La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 39 de 50

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La canción del bisonte

38. El jefe de los Primeros Hombres

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El jefe de los Primeros Hombres

 

Cuando la fila de cazadores del Valle de los Primeros Hombres con el Mayor a la cabeza partió aguas abajo del río hacia los bosques del naciente en la primera gran expedición tras las Lunas del Hielo, Nublo sabía, siguiendo los pasos del jefe por la nieve aún no desaparecida del todo, que uno de los dos no volvería a ver las hogueras del clan. El Mayor tenía la firme voluntad de matarlo. Lo sabían ambos y lo sabían todos y cada uno de quienes los seguían por la senda.

Durante todo el invierno la tensión había ido haciéndose insoportable y en una ocasión el estallido pareció definitivo. El jefe llegó a golpearlo con la mano en la cara y hacerle caer de la piedra donde estaba sentado al lado de la lumbre cuando fue a coger un trozo de carne que estaban asando. Nublo rodó por el suelo e hizo un ademán de responder a la agresión. El otro lo estaba esperando. Pero él contuvo su furia y optó por alejarse al otro extremo de la hoguera. La humillación fue más allá, pues el jefe, al acabar de comer el trozo de carne, le arrojó el hueso mondo y pelado con una brutal risotada que algunos celebraron.

Desde aquel día Nublo escapaba de la cueva en cuanto la inclemencia lo permitía. El Mayor se sentía complacido pues varios cazadores, al ver cómo Nublo era incapaz de enfrentársele, lo fueron abandonando y se alejaban de su cercanía. Pero más le hubiera valido al Mayor comprobar a qué se dedicaba el otro en sus salidas solitarias.

Nublo no había olvidado el uso que los Oscuros hacían de sus propulsores y sus finas y ligeras lanzas. Y aunque había fracasado en sus intentos de usarlos, siguió insistiendo y a la postre consiguió alcanzar un blanco a diez pasos y con la suficiente fuerza para que la punta de sílex se clavara hondamente. Procuró elegir objetivos blandos, montones de nieve en muchos casos, para sus pruebas, pues solo le quedaba una punta y desde luego esta era mucho más cortante y penetrante que las que ellos hacían en el valle, donde era difícil encontrarlo, y por eso las lanzas de los primeros

Hombres relucían al sol pues sus puntas eran de cristal de roca.[76] Había comprendido que de aquellos artilugios arrebatados a sus enemigos iba a depender su vida. En una pelea donde el jefe pudiera emplear la fuerza de sus brazos, asestar su maza o arremeter con su lanza él sucumbiría. Su única posibilidad era hurtar el cuerpo a cuerpo y lograr herirle a distancia y así irle mermando sus fuerzas. Al final del invierno había conseguido avanzar bastante con su técnica de lanzado, había destrozado del todo la azagaya ya deteriorada, que hubo de tirar, pero logrado conservar intacta y con su punta en perfecto estado la otra.

Ahora, caminando tras el jefe hacia aquel primer campamento de caza, ambos sabían que había llegado el momento. El Mayor podría matarlo con mayor impunidad que ante los ojos de todos los fuegos, de las mujeres y de los ancianos. Los cazadores callarían. Aunque fuera contra él sin que mediara desafío alguno. Tendría que combatir o huir y abandonar el valle para siempre. Y eso Nublo no estaba dispuesto a hacerlo.

La primera de las noches en campo abierto, observándolo fijamente a través de las llamas, el Mayor decidió que aquel maldito medio Oscuro no llegaría a la siguiente. Lo miró tan fijamente que el otro sintió la mirada y levantó la suya. Por unos instantes ambas se cruzaron y se sostuvieron. El Mayor la completó con una mueca de risa y de desprecio. Nublo hizo como que volvía a mirar a la hoguera. Pero supo que ya no le quedaba otro remedio que combatir.

Pero no iba a ser el jefe quien eligiera el momento del ataque, sino que, y eso desconcertaría al otro, sería él quien iniciara la ofensa, y así el combate. También había pensado mucho en cuál podía ser el momento más favorable para pillarlo desprevenido. Al ver cómo el Mayor preparaba sus pieles para dormir, cayó en la cuenta de un detalle que podía darle un resquicio de ventaja y hasta una posibilidad de victoria. El jefe solía dormir, tras apropiarse del mejor lugar para aprovechar el rescoldo de la hoguera, despojado de una gruesa piel de bisonte que le envolvía la parte superior del cuerpo. Ponía en el suelo otra que llevaba en el zurrón, se tumbaba y se tapaba con la que se había quitado.

El jefe del Valle de los Primeros Hombres había dispuesto que Nublo no vería ya la hoguera del campamento la noche siguiente, pero no esperaba que al rayar el alba una patada lo sacara del sueño, y al incorporarse, se encontró a Nublo ante él, desafiante, retador y amenazante con un venablo. Una pequeña y ridícula azagaya que llevaba en la mano.

El Mayor lanzó un rugido de rabia y hasta de júbilo, pues había esperado aquello largo tiempo, y a sus grandes voces se levantaron todos los hombres que aún dormían. Rápidamente, echó mano a la maza que siempre dejaba a su lado, al igual que la larga lanza, y enfebrecido por la inminencia de la pelea, no se arrolló la gruesa pelliza de piel de bisonte al cuerpo antes de lanzarse sobre el otro con su peludo dorso al descubierto.

Nublo, aquella noche anterior, tras comprobar que el jefe ya roncaba al lado de la hoguera, lo primero que había hecho había sido irse más allá de la luz de la hoguera y aprestar su propulsor y la azagaya que conservaba intacta, la que le había quitado al Oscuro que mató en el Paso de la Cascada de Navafría. Aquella fina lanza era la que podría darle una oportunidad si el Mayor al levantarse bramando no se ponía la piel de bisonte, pues sin su protección su punta penetraría mucho más hondamente en su carne. Pero también sabía que esa sola herida no sería suficiente para detenerlo y que si, aunque mermado lograba alcanzarle, estaría más enfebrecido y su ataque sería terrible. Si lograba poder utilizar la maza y aún peor si conseguía agarrarlo, estaría muerto. Para intentar frenarlo, lanzada la azagaya, habría de usar su lanza larga, la de arremeter, a la que también llevó con él al amanecer y la clavó en el punto hasta donde pensaba retroceder, antes de acercarse donde dormía el Mayor y patearlo con fuerza.

El Mayor blandía su maza y se bamboleaba antes de cargar para aplastarlo de un solo golpe. Se lanzó como un uro al ataque. Pero no había ni siquiera dado dos brincos en su carga cuando fue a él a quien le llegó la herida, la fina lanza encontró su carne, la penetró muy hondo y la punta asomó por el otro lado. La azagaya no le había alcanzado en el pecho, ni siquiera en la parte alta del estómago, pues había llegado baja y ladeada. Le entró por los blandos, por la tripa, en un costado, justo por encima de la cadera.

Aquel impacto no hizo caer ni detenerse al Mayor, pero si trastabillar un instante, lo que otorgó otro a Nublo para zafarse y correr. Hacia un lado y hacia atrás donde la noche anterior había dejado clavada su lanza. El jefe bramaba y se miraba la herida de la que salía sangre y otros jugos del cuerpo. Aquellas heridas no mataban al momento pero eran de las que hombres y bestias morían. Su rabia creció aún más y se lanzó de nuevo a intentar acorralar y aplastar como fuera a su contrincante. Intentó quitarse aquel venablo que lo atravesaba pero no vio cómo hacerlo sin provocarse un desgarro brutal. Optó entonces por romper su astil para que al menos no lo estorbara tanto. Lo sujetó con una mano y con la otra lo partió dejando tan solo un palmo sobresaliendo de la carne. El alarido de dolor que soltó culminó en un nuevo bramido de furia. Vio que Nublo empuñaba la lanza larga del clan, recogió su maza y se lanzó contra él.

El Mayor había comprendido que debía cambiar de táctica y que no podría abatirlo de un solo golpe en la cabeza, sino que tendría que irlo acosando y, con golpes laterales, penetrar en su defensa. En cuanto el otro cayera podía machacarle el cráneo. Quizás él se moriría de aquella herida, pero antes se comería los sesos de Nublo.

El Mayor era un luchador formidable. Fintaba hacia un lado y hacia el otro con grandes saltos laterales y lanzó un golpe que estuvo a punto de hacer caer la lanza de la mano a Nublo, que hubo de recular dando traspiés. Fue cuando el Mayor pudo matarlo. El siguiente golpe le llegó a rozar el hombro despellejándoselo. Perdió pie, pero no cayó y buscó de nuevo distancia. El Mayor entendió que esa era la manera de vencerlo e intentó la misma táctica de nuevo. Primero un golpe lateral que Nublo intentaría contener o desviar con la lanza. Lo desestabilizaría y luego con un salto hacia delante asestaría el definitivo golpe a la cabeza. Aunque igual era si le alcanzaba en el hombro. Caería.

Pero ahora Nublo lo esperaba y utilizó sus piernas, más ágiles y rápidas. No intentó parar el siguiente golpe sino que saltó como un felino hacia atrás. La maza solo encontró el vacío y quien perdió entonces el equilibrio fue el Mayor. Ya no iba a poder recuperarlo. Aprovechando aquel mínimo vacile, con la misma rapidez Nublo saltó hacia delante arremetiendo con la lanza larga y esta vez sí la clavó justo en el centro del corpachón del jefe, que cayó hacia atrás soltando la maza que tantas cabezas de hombres y bestias había aplastado.

El Mayor quedó allí tendido, haciendo aún esfuerzos por levantarse, pero hasta él mismo se daba cuenta de que ya estaba muerto. Aun así, miró hacia donde estaba su lanza larga, sabiendo que ya no podría alcanzarla, y a la pelliza de bisonte que no se había puesto antes de iniciar el combate.

Nublo se acercó sin precipitarse. El Mayor intentaba sacarse la lanza con manos convulsas. Nublo la cogió por el mango, la puso en vertical y con un alarido la empujó con todas sus fuerzas clavando al Mayor firmemente en el suelo mojado. El resto de los cazadores se acercaron a ver cómo su jefe agonizaba y, tras una última bocanada de sangre, soltaba las manos de la lanza clavada, extendía sus gigantescos brazos, soltando el astil, y moría.

Nublo desclavó con esfuerzo su lanza larga ayudándose con los pies apoyados en el cuerpo de su enemigo y luego poniéndose de rodillas le dio la vuelta al cadáver para extraer su azagaya rota. La limpió cuidadosamente en la hierba de la sangre y de los trozos de intestino que se le habían adherido. El astil de fresno podría sustituirlo fácilmente.

Todos lo miraban expectantes. Nadie hizo un gesto siquiera de retarlo. El grupo de los jóvenes que lo habían seguido en su expedición para capturar hembras Oscuras fue el primero en ponerse a su lado, luego lo fueron haciendo todos y no fue de los últimos el Mellado, quien había sufrido de muchacho la primera derrota a sus manos. Uno a uno lo acabaron rodeando y aceptando su jefatura. Se quedaron esperando su decisión mientras contemplaban el corpachón del jefe muerto, al que todos habían temido y seguido.

Nublo también lo miraba en silencio. No había pronunciado aún palabra alguna y todos la esperaban.

—El Mayor fue un poderoso jefe. No lo dejaremos aquí para que se lo coman los lobos o los buitres, ni tampoco lo enterraremos y que se pierda su carne. Aún servirá al clan sobre el que mandó. Lo honraremos y su cráneo lo colocaremos al lado del de su hermano.

La fila de los cazadores del Valle de los Primeros Hombres aprobó sus palabras. El medio Oscuro conocía y seguía las viejas costumbres. La carne de un jefe tan poderoso trasmitiría fuerza al clan entero. No era igual que cuando se comían la de un Oscuro, que era una carne como la de un jabalí o un corzo, pero esta era la de un jefe de su tribu que había matado a muchas grandes bestias, a Oscuros y hasta a hombres que se le habían enfrentado. Ahora él había sucumbido y su fuerza pasaría a todos. Antes que nadie y por encima de cualquiera, a su matador. Nublo tenía derecho a comerse su cerebro.

Y con los sesos se deleitó Nublo cuando volvieron al Valle, llevando al Mayor por turnos, tendido en su propia piel de bisonte.

Las mujeres los vieron venir y los muchachos salieron corriendo a su encuentro. Los ancianos miraron a Nublo esperando alguna señal, pero este no les hizo ninguna. Recorrió fuego por fuego para decirles a todas las mujeres que no les faltaría comida, que de inmediato saldría de nuevo con los cazadores y que traerían abundante carne. Y las mujeres se musitaron unas a otras que sería un buen jefe, que proveería para todos y que no dejaría morir a los niños. Las hembras, a solas con la Sanadora, prepararon una bebida y salmodiaron en honor del nuevo jefe un conjuro.

Y él cumplió su palabra. Dos días después salía con sus cazadores y antes de que aquella luna comenzara el declive había vuelto con la primera carne fresca. Había logrado entrampar a una tropilla de caballos y su jefatura empezaba con las tripas de su tribu llenas y la puerta de la cueva en frenética actividad ahumando carne, secando pieles y contando los cazadores sus hazañas en la batida.

Nublo mantuvo a lo largo de todo el periodo de buen tiempo una actividad continua. Nunca se habían realizado tantas salidas ni de caza ni de recolección, ni se había llegado tan lejos en todas las direcciones. No solo a lo largo del río que venía de poniente a naciente, sino que también atravesó las montañas de los Fontanares hacia el sur, donde encontraron otro valle con mucha caza, y tras él otra cadena de cimas aún más altas, y al cabo volvieron con mucha carne, sobre todo de íbice, pero también con la nueva de que al otro lado de aquellos picos habían encontrado otro clan de Primeros Hombres y que se habían saludado con ellos. Que les habían señalado dónde moraban y que alguna vez los clanes se reunirían. Y esos les habían dicho que más allá de ellos, hacia el sur, había todavía más hombres.

Aquella temporada Nublo no hizo por ascender al paso de la montaña que separaba su territorio del de los Oscuros. No era tiempo todavía. Cazaron a media ladera y no quiso llegar nunca a la divisoria de aguas. Pero Nublo pensaba mucho en ello. Primero debía consolidar todo su poder, y si podía, establecer alianzas con otros hombres, como aquellos con lo que se habían encontrado. Había derrotado y matado a los Oscuros. Les había quitado a sus hembras y estas habían dado hijos al clan de los Primeros Hombres. Él había emprendido ese camino y era el que seguiría. Ahora era tiempo de aprovisionarse para atravesar el frío que ya comenzaba a sentirse en las alturas y que no tardaría en llenar de nieve el Valle de los Primeros Hombres, que ahora tenía un nuevo jefe, aunque este fuera hijo de una Oscura.