La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 31 de 50

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La canción del bisonte

30. El Hombre León

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El Hombre León

 

Muchos clanes tenían como tótem principal al bisonte. Otros al caballo. Ambos eran animales fuertes y poderosos que les entregaban su carne. Algunos en las abruptas montañas que habían dejado atrás tenían su símbolo en el oso de las cavernas y, a pesar de sus garras y colmillos, lo cazaban y se lo comían. Pero que fuera el gran león quien señoreara una cueva con fuegos humanos, eso el joven no lo había visto jamás, aunque al Errante pareciera no sorprenderle sino agradarle en grado sumo.

Porque el gran león cavernario era en ocasiones quien cazaba a los hombres. El clan del león y el clan del hombre se evitaban. Moraban a veces en un mismo territorio y hasta llegaban a compartir los límites de sus respectivos cazaderos, pero entre el hombre y la fiera existía tanto respeto como miedo mutuo. El hombre temía al cavernario, pero el cavernario también temía al hombre. El león con solo alcanzar al cazador humano ya lo había matado de un zarpazo, pero el hombre mandaba la muerte desde lejos. A distancia de la garra arrojaba lanzas y piedras, dañaba, hería, infectaba y mataba. Y, además, el hombre tenía el fuego y podía protegerse tras él o enviarlo por delante. Más que nada en el hombre, el león temía al fuego en su mano. Y lo evitaba si era una fila la que pasaba. Los leones huían de la voz de los hombres y a estos se les erizaba el vello al escuchar su rugido.

Excepto el oso, los animales de garra y colmillo no tenían buena carne, y esta a veces era infecta. De las fieras de garra y colmillo había el hombre de cuidarse. El leopardo sabía acechar cuando se recolectaba, alcanzar a un cachorro humano y llevárselo a devorar a un árbol; la hiena, si iba en manada, no solo podía arrebatar la caza sino hacer presa en quien se descuidara; el lobo cazaba mejor que el más avezado de los cazadores humanos, le disputaba los rebaños de renos, emboscaba a los ciervos, los gamos y los íbices, y no perdía jamás la huella de una res herida. Los más pequeños glotones, zorros, tejones, nutrias, martas, garduñas y hasta armiños y comadrejas, le quitaban al hombre de la boca liebres, conejos, peces y huevos. No tenían buena carne pero sus pieles eran mejores que ninguna, eran suaves y finas y a la piel del hombre de gustaba ser acariciada por ellas.

Con los leones, el oso y las hienas los hombres se disputaban las cuevas. Con el fuego como aliado, los hombres los expulsaban y les impedían su vuelta. El clan de los hombres, a la postre, era más poderoso que el de cualquier fiera. Porque si bien había huesos de hombre en algún cubil del felino, había más pieles de león en las tiendas de los hombres. Pero de todos los sonidos de la noche, entre los que destacaban el aullido del lobo, el barritar del mamut, la tos de la pantera y el bramar del uro, era el rugido del cavernario el que hacía que el hombre ya no durmiera y velara.

Pero el Errante parecía no temerlos en absoluto. Al Autillo le pareció incluso que procuraba ir a su encuentro y, desde luego, no parecía tenerles pavor alguno, aunque eso no significaba que no fuera prudente, mantuviera la distancia y buscara refugio conveniente por la noche. Pero sin duda conocía muy bien a la manada de los cavernarios.

El viaje estaba siendo largo, muy largo, y nada indicaba todavía que ni siquiera estuvieran cerca del destino, que seguía siendo un misterio. Habían seguido la línea de costa siempre hacia el naciente, pero en un momento la propia orilla giró hacia el norte y ese fue ya el rumbo que mantuvieron. Caminaban por la amplia franja que se extendía desde la orilla del Gran Azul hasta las líneas de acantilados y montañas, hubieron de penar al cruzar algunas desembocaduras de río y el Errante optó por

remontar tierra adentro para salvarlas mejor.[55] Cuando cumplieron una luna entera de camino es cuando al Autillo le entró la duda de si él tampoco volvería a ver nunca jamás a todos esos clanes que cada jornada iban quedando más atrás. Porque era tan lejos ya donde estaban que parecía imposible regresar.

Aún bastantes jornadas después, tras haber circunvalado una enorme bahía, el errante dejó la orilla del Gran Azul y torció de manera brusca de nuevo hacia poniente. Caminaron ya por llanuras, tierra adentro, hasta alcanzar un extraño territorio. Parecía que volvían a topar con el mar, pero, aunque había mezcla de aguas y la salada se metía profundamente tierra adentro, y esto también sucedía en los rías costeras que conocía, aquí topaba con la desembocadura de un gigantesco río cuyas aguas oscuras, llenas de sedimentos, teñían las del Gran Azul y encharcaban una

enorme extensión de territorio que se hacía imposible de cruzar.[56]

En medio de aquel inmenso pantanal, a veces somero y otras profundo, había numerosas islas e islotes, pero el Errante no tenía interés alguno por perderse allí, sino en poder seguir su curso aguas arriba. La noche que el Errante consideró que al fin había logrado llegar a ese punto de su ruta descubrió a su compañero el camino que aún les quedaba por andar, que era todavía mucho, y cuál era su objetivo final.

—Es por este río por el que debemos subir, lo haremos hasta dar con otro que le llega por su margen izquierda y que seguiremos después, pues él nos llevará al fin ya a las montañas a las que me dirijo. Allí debo recuperar mi lugar para poder presentarme de nuevo ante mi clan. Por este río descendí un día y por él debo comenzar mi retorno.

Otra noche, en torno a la hoguera, hablaron de la mañana en que la boca negra se comió el sol y el Errante le descubrió algunas razones del poder de los chamanes. Supo que no solo en las cuevas de las montañas Mamut y en sus vecinas las gentes habían contemplado aquello, sino que en todas por las que habían pasado se había producido aquella misma tiniebla repentina. Cada uno de los chamanes se lo había ido contando, pero las gentes guardaban su miedo, suponiendo que la calamidad solo los había amenazado a ellos y temiendo verse señalados por los demás. Pero entre los chamanes meditaron el porqué del terrorífico suceso y la forma de conjurarlo. En la memoria de algunos existía el recuerdo de algo similar que fue un presagio funesto. Las gentes lo habían ido olvidando y era mejor que fuera así, pero ellos lo trasladarían a quienes vinieran después.

Hacía ahora muchas jornadas que ya habían dejado de divisar las impresionantes montañas que, hasta girar hacia el norte, corrían paralelas al mar y cuyas cimas cuajadas de nieve cerraban todo el horizonte. Mientras las tuvo a la vista, el Errante había hecho todo lo posible para no encontrarse con hombres. Prefería la cercanía de las peores fieras y en cuanto detectaba cualquier rastro de cazadores, hacía lo posible por esconderse, alejarse y ocultar sus huellas.

Ahora parecía ya mucho más tranquilo y más seguro de llegar hasta su destino. Fue cuando el Autillo aprovechó para preguntarle como había hecho en muchas ocasiones, sin respuesta, por qué emprendió su vida errante.

—Huía. Ahora es aún pronto para que me muestre. Primero hemos de llegar a un sitio y que se me reconozca. Luego iremos adonde nací para recuperar mi rango y mi lugar.

Aquel ocultamiento les hizo transitar en ocasiones por el territorio del león y tropezar con alguna de sus manadas. El Errante encendía rápidamente una tea y profería grandes alaridos y hacía aspavientos en su dirección. Parecía incluso amenazarlos en alguna extraña invocación de la que su compañero apenas si entendía alguna palabra. Un día, cerca de un abrevadero donde los felinos acechaban a sus presas, ante el peligro inminente, el Errante echó mano a algo que llevaba guardado entre las ropas y se plantó ante ellos gritándoles. Fuera por ello, o por el fuego que ya había encendido el Autillo, o porque descubrieron más tarde, al ver la osamenta de un uro casi por completo devorado, que estaban saciados, los felinos se alejaron.

El Autillo creyó ver en la mano del Errante la misma figura que había mostrado en la cueva donde la efigie del cavernario presidía los ritos de los cazadores, pero se la guardó antes de que lo pudiera confirmar. La estatuilla no era más grande que la mano que la empuñaba. Pero debía de ser en extremo poderosa para que el Errante no temiera al león cavernario.

Y aquella noche le contó cosas de los cavernarios, que seguían rugiendo a no mucha distancia. Se habían procurado un refugio por cuya abertura no cabría jamás, tras haber colocado por dentro grandes piedras, la cabeza de un cavernario.

—El macho es más fuerte y corpulento que la hembra, que es más rápida y ágil.

[57] Esa manada, lo sé por sus dos diferentes voces, la dominan dos hermanos. Se habrán criado juntos desde cachorros pues si no se matarían el uno al otro. Habrán conquistado este clan y matado al anterior gran macho. No hay cachorros y eso es porque los dos nuevos jefes del clan los han matado a todos hace poco. Cuando vencen al jefe anterior, matan a las crías y se aparean con las hembras. Odian a los cachorros que han nacido bajo el dominio de otro macho y extirpan cualquier olor que los recuerde. Son los machos los que pelean y combaten guardando su territorio contra otros leones. Pero son las leonas quienes dirigen la caza y casi siempre abaten las presas. Los leones solo aguardan, aunque en ocasiones las ayudan, si el animal que han de derribar es muy grande, un gran uro o un rinoceronte.

El Autillo lo escuchó fascinado, casi tanto como cuando era un niño. Y al poco pudo comprobar que el Errante no le había mentido. Porque aquel amanecer vieron a la manada de cavernarios cazar al gran bisonte.

El rebaño de herbívoros bajaba en una poderosa formación, con dos grandes machos al frente, hacia aquel abrevadero. Ellos lo contemplaban desde la puerta de su cubil, que ya habían despejado para salir cuando el Errante le hizo un gesto y lo obligó a tenderse sobre el suelo. Además de los bisontes, había visto algo más entre los arbustos que rodeaban el manantial y el pequeño embalse que luego fluía por un riachuelo. Los ojos alerta del hombre habían detectado un mínimo movimiento en un macizo de arbustos. Clavó allí su mirada y no tardó en distinguir que, camuflada y agazapada, allí se escondía una silueta felina.

—Los cavernarios están cazando. No consiguieron presa anoche.

Los bisontes seguían avanzando despacio, sabedores de su fuerza, protegiendo a sus crías, aunque a veces estas se entregaban a juegos y corcovetas. De los machos que venían al frente uno era enorme, sin duda el dominante del rebaño, el otro era todavía joven pero de gran corpulencia y vigor. No tardaría en desafiar al gran macho, pero ahora le guardaba las espaldas. Otros machos jóvenes y las hembras adultas cubrían los flancos. No dejaban de estar alerta pero las leonas tenían el viento de su parte y los bisontes, la fortuna en contra.

Cuando comenzaban a bajar una leve pendiente hasta la charca, el Autillo señaló con un gesto un nuevo movimiento en su retaguardia. Allí también se movían las hierbas altas. Los cavernarios estaban cerrando el cerco. El rebaño sentía ya el agua en sus belfos, el gran macho ya pisaba el barro cuando algunos jóvenes y alguna cría ansiosa lo adelantaron y llegaron antes que él a la charca.

Los hombres vieron cómo de los arbustos donde habían detectado a la leona, pues era una hembra la que dirigía la cacería, esta se perfilaba, todos los músculos en tensión, con toda la elasticidad y potencia de su cuerpo y se desplazaba en un sinuoso deslizamiento que al instante siguiente se convirtió en una explosión de movimiento que avanzó hacia su presa con la velocidad de un vendaval. Otros arbustos y matas también tomaron vida y otras tantas leonas brotaron cargando contra la manada. El ataque se concentró en los rezagados. Las crías, sus madres y algunos jóvenes, en vez de dar la vuelta, salieron en estampida por la misma orilla del cilanco buscando el otro lado. Solo el gran macho se revolvió haciendo frente y quedó aislado, al igual que otro joven que cerraba el grupo y que se vio rodeado. Contra él cargó la leona guía. Otras dos consiguieron retener al gran macho en la poza, donde se había refugiado buscando la hondura, ya que él hacía pie, pero no los carnívoros.

El bisonte atacado por el grueso de la manada se defendía con firmeza, a pesar de llevar cargada en su grupa a la vieja leona y otra colgando de su costado. Pero no podían derribarlo. En un par de ocasiones logró incluso liberarse, pero a nada volvió a estar rodeado, aunque sus cuernos eran peligrosos y los leones tenían extremo cuidado en no ser alcanzados. Parecía que la lucha iba a seguir así durante mucho tiempo. Entonces apareció el macho, el gran león cavernario. Las leonas eran grandes, pero él era enorme, una masa de músculos con los belfos entreabiertos que llegaba en rápido trote desde la retaguardia y desniveló la contienda. El cuello del cavernario tenía el grosor del cuerpo de un hombre recio y su peso hizo que al fin el bisonte se desnivelara y acabara desplomándose de costado. Las leonas remataron la faena prendiéndole el morro con sus fauces e impidiéndole coger aire. Y antes de que hubiera muerto, el cavernario macho y algunas hembras, abriéndole la tripa con su garra, habían empezado a comérselo vivo. Los hombres ni siquiera lo oyeron ya mugir pues la vieja leona no dejó de taparle con el cepo mortal de su dentellada la boca y, hasta que sus patas no se estremecieron por vez última e incluso un rato después, no soltó su presa.

Pero no se unió al festín. Con el león macho se dirigió a la charca, donde las otras dos hembras seguían acosando al bisonte refugiado en las aguas más profundas. A la llamada de la guía vino el resto de la manada y entre todos intentaron hacerlo salir de su refugio. Rodearon la pequeña laguna, parecían lanzar el ataque por un lado y lo hacían por el otro, penetrando dos a la vez en el agua somera mientras el resto acechaba en la orilla contraria y de nuevo giraban en torno a su presa confiando en que, en un descuido, el herbívoro dejara las aguas donde ellos no hacían pie. Pero el gran bisonte era viejo y sabio y no caía en la trampa. Una vez sí estuvo a punto de hacerlo y una leona llegó a saltarle encima, pero pudo llegar a las aguas hondas ya casi en el centro mismo de la poza y la leona se desenganchó y retorno a la orilla. El león macho acechaba agazapado en la mínima playa donde era más fácil la salida y por donde suponía que emprendería su presa la huida, pero el bisonte parecía saber que aquella era la ruta que no debía intentar.

Si antes la lucha de los leones con el macho joven se hizo larga, esta parecía no tener fin alguno. La manada de los carnívoros incluso se tomaba reposos y se echaba en las orillas pero siempre vigilando cualquier movimiento del bisonte. Este permanecía emplazado en el centro del manantial y tampoco hacía excesivos movimientos a no ser que fuera necesario para seguir manteniendo a raya a sus enemigos. Los hombres en la ladera vecina tampoco podían salir de su refugio. Aparecer a la vista de los leones en plena furia cazadora era algo a lo que no iba a arriesgarse el Errante por mucho poder que tuviera.

La mañana avanzaba y el tiempo parecía detenido entre los cazadores y la presa. Los leones tenían ahí al lado la carne del otro recién matado a su alcance. Intentaron un nuevo ataque, pero algo debió de percibir el gran bisonte porque entonces decidió dar el paso definitivo. Cuando las leonas cargaron desde un lado, él se dirigió aparentemente hacia la playita donde lo aguardaba el león, pero justo antes de llegar torció por donde la laguna se derramaba creando el riachuelo y se lanzó en tromba para romper el cerco. Una leona que intentó detenerlo salió volteada por los aires y aterrizó a buena distancia aunque el cuerno no le llegó a penetrar en la carne. El bisonte emprendió la huida por la pequeña corriente, rompiendo con su inmenso cuerpo todo lo que se le ponía por delante, y una vez estuvo entre los árboles que flanqueaban la corriente, la cacería se hizo imposible para los felinos. Aunque lo siguieron un trecho, al cabo regresaron. Tenían comida abundante y el agua al lado. El macho se puso a comer donde mejor le plació y las hembras fueron uniéndose al festín. Los hombres aprovecharon entonces para escabullirse y poner con los cavernarios toda la distancia que pudieron hasta que les volviera a caer la noche.

—El león cavernario ha matado al bisonte —dijo luego, ya en la hoguera, el Errante, orgulloso parecía por los que en cierta forma consideraba espíritus cercanos a él mismo.

—Pero ni entre todos han logado derribar al gran macho. El bisonte grande los ha burlado —replicó el Autillo, pues no podía dejar de defender al tótem de su clan.

—Quienes se están comiendo la carne del bisonte son los cavernarios. Quien ha huido de su fuerza, de su colmillo y de su garra ha sido el gran bisonte.

Discutieron sobre ello aquella noche hasta que se durmieron. Por si acaso, también buscaron un buen refugio en la oquedad de un gran roble cuyo tronco estaba hueco.

Por la mañana siguieron viaje sin contratiempo, siempre por la orilla del caudaloso río, aguas arriba, procurando esquivar cualquier presencia de otros humanos, alimentándose de lo que recolectaban al paso o aprovechando alguna pieza cobrada en un lance, con el Errante cada vez con más ansias y su joven acompañante ya del todo metido en su aventura y deseoso también de llegar a aquel destino y conocer el secreto de quien aún era su mentor y maestro, al lado de quien se había hecho hombre.

La orilla del río suponía un continuo encuentro con manadas de caballos, con rebaños de bisontes, con ciervos de grandes cornamentas y con grupos de hembras de la misma especie con sus crías y algunos varetos, con huidizos corzos, con estruendosos jabalíes, con sinuosas nutrias, pero siempre iban alerta a la aparición furtiva del leopardo o a la llegada sigilosa de los lobos. Estos en ocasiones se acercaban más que ningún otro animal al fuego y al amanecer los hombres comprobaban que habían merodeado la hoguera situada a la puerta del refugio y dejado la huella de sus patas en las cenizas ya frías. Los lobos no los atacaron nunca, pero los siguieron durante días. Al Errante lo incomodaban, pero al joven le gustaba observarlos y se asombraba de cómo lograban emboscar y abatir piezas mucho más grandes que ellos: al gran ciervo, a una yegua y a su potro. En algunas ocasiones los hombres los ahuyentaron a pedradas y con teas encendidas y les quitaron la carne, que asaron y disfrutaron luego en su fuego.

—Solo el hombre caza mejor que los lobos, que lo hacen todos juntos y cada cual tiene su lugar —señaló el Autillo.

—Los cavernarios también cazan en manada, y también las hienas —refutó el Errante.

—Pero ninguno con la astucia del lobo.

—Las leonas la tuvieron en la charca.

Y cada cual se quedó con su sentencia, aunque cuando aquel día le quitaron la presa a los cánidos, el Errante le recordó la disputa con cierta sorna.

—A los cavernarios no les hubiéramos quitado su carne.

—Es sabido que en ocasiones una fila de cazadores ha conseguido alejar al león cavernario y quitarle su presa.

El Errante lo sabía y la carcajada le salió fresca y alegre. Hacía mucho que no comían carne asada como aquella del corzo que le habían quitado a los lobos. Estaban contentos.

Estaban ahora en lo mejor de la estación cálida. El tiempo era seco y por el día estorbaban las zamarras, aunque por las noches la lumbre acariciaba y las pieles no molestaban. Seguían invariablemente el curso del río con tesón y sus orillas les ofrecían comida en cantidad. Llegaron al fin a otro de los puntos que el Errante saludó con una exclamación de júbilo: por fin el poderoso río se unía a otro de no

mucho menor caudal que venía a juntársele por la margen izquierda.[58]

—Hemos de atravesar ahora este, es el que conduce adonde hemos de ir primero. Si siguiéramos las aguas por las que hemos venido, nos llevarían a nuestro destino final, pero es pronto aún para ir allá y no he de ir solo. Aún debemos seguir ocultándonos de los hombres. Cuando bajaba, me persiguió un clan que cazaba en

este territorio y no quisiera topármelo ahora de nuevo.[59]

La muerte puede venir siempre, pero muchas veces viene cuando nada parece indicar su presencia. La cercanía ya del final del viaje había ido llevando una creciente seguridad al Errante. Siempre tan precavido, la confianza estuvo a punto de acabar con su vida. De haber caminado solo hubiera perecido en un cenagoso remolino de aquel río.

Iban buscando un vado para cruzar en la junta de los dos ríos. Al caminar por el borde, la tierra falló bajo los pies del Errante, que cayó por la terrera y fue a dar a una gran poza donde giraba un traicionero remolino. Cayó con toda su impedimenta y sintió que el agua lo absorbía y lo metía a su entraña. Y sintió el pavor y supo que moriría, allí, estúpidamente, y que no podría cumplir con su destino. Intentó patalear pero el agua lo arrastraba hacia el fondo. Cuando ya desesperaba, notó que una fuerza tiraba de él hacia arriba. El Autillo nadaba bien, los niños de su clan aprendían a hacerlo pronto en las pozas del cercano río, bajo la Cueva Mayor, pero sabía que, si entraba al remolino, ambos perecerían. Por ello se quitó toda la impedimenta y buscó una buena rama con horquilla, se descolgó por la terrera y cuando asomó el Errante, con ella pudo engancharlo de la mochila, que iba a ser lo que lo ahogara y resultó ser el asidero por el que pudo salvar la vida. Lo arrastró como pudo y logró que sacara la cabeza y respirara. Pasó el pánico, agarrado a la rama consiguió llegar a la base de la terrera y ponerse a salvo. Empapado pero vivo. Aguas abajo, y mientras se reanimaba, el Autillo recuperó sus dos venablos.

Se miraron ambos junto al fuego donde secaron la ropa. El joven Autillo le había salvado con su inmediata reacción la vida. Al final, podría cumplir con su destino gracias a aquel pequeño huérfano que había recogido.

Al día siguiente, con muchas más precauciones, buscaron un vado y aquella noche ya estaban remontando por el otro lado. El Errante puso al corriente a su acompañante de sus próximos pasos:

—Queda un largo camino aún, muy largo. Ahora tendremos muchas jornadas siguiendo este río por grandes llanuras. Ahí seremos aún más vulnerables. Jamás debemos dejar la protección de los árboles. Dormiremos en ellos. Si es preciso, en sus ramas. Aquí nos será difícil encontrar cuevas. Tardaremos en divisar las montañas a las que nos dirigimos y entonces llegará lo más duro del camino pues habremos de atravesarlas entre el hielo antes de que la nieve caiga, de otro modo el viaje habría sido en balde.

—¿Adónde vamos? Ya debes decírmelo. Te he seguido hasta aquí.

—Es cierto, ya puedes saberlo. A la cueva del león, al clan de los Hombres de los Cavernarios es hacia donde nos dirigimos.

—Pero tú me has dicho que huías de ellos.

—No. Los Hombres del León fueron quienes me cobijaron y me protegieron. Allí regreso para comenzar a cumplir la profecía para la que hube de caminar errante por todas las tierras. Mi retorno es la prueba de que mi visión era certera, que he superado la prueba y que podré después culminar mi destino.

No descansaron ya desde entonces una sola jornada. Caminaron de sol a sol. A veces, arriesgándose en exceso en apurar hasta el crepúsculo, cuando las fieras más grandes ya acechaban. Pero al fin divisaron las montañas y comenzaron a remontarlas cuando ya el río había dejado de serlo, convertido primero en riachuelo y luego despreciado como guía, pues el Errante parecía estar ya en terreno de sobra conocido y se orientaba por los picachos nevados y por los portillos por donde subían con una creciente fatiga. Su resistencia iba menguando y solo el ímpetu y la determinación cada vez más febril del Errante los mantenía una jornada y otra subiendo, bajando y volviendo a remontar por aquel macizo montañoso en el que el Autillo se encontraba absolutamente perdido y a veces con la sensación de dar vueltas sobre sus mismos pasos, pero el Errante sabía hacia dónde dirigirse con absoluta certeza. Más aún cuando llegó a un nuevo río que reconoció de inmediato y que le produjo un

incontenible alborozo.[60] Pareció recuperar, con solo llegar al borde de sus aguas y beber en ellas, toda su energía, y el brillo de la esperanza llegó de nuevo a sus ojos. Hasta se lavaron gozosos en sus frías aguas.

Desde aquel punto el Errante ya no solo no se ocultó de otros hombres sino que hizo lo posible por mostrarse. Esa noche hicieron una enorme hoguera y en un lugar alto para que pudiera ser divisada desde lejos. El Errante anunciaba su venida y ahora deseaba que lo encontraran. A la noche siguiente prendieron de nuevo una gran pira en lo alto de un cerro, en medio de un círculo de enhiestas rocas que los protegían. Al tenderse agotado para recuperar fuerzas con el sueño, el Errante anunció:

—Estamos ya muy cerca.

Antes de que clareara el día, un círculo de hombres, con los propulsores a punto y las azagayas montadas, los rodeaban en actitud amenazante. El Autillo hizo ademán de echar mano a su venablo. El Errante lo detuvo con un gesto de autoridad y un semblante solemne y tenso como jamás había visto en él. Se echó mano entre sus ropas, extrajo aquella pequeña bolsa donde guardaba su estatuilla y se la mostró a los cazadores que los apuntaban con sus lanzas.

—Soy el Hombre León. Este es mi símbolo. Es vuestro tótem y yo lo porto. Miradlo. He vuelto.

El Autillo pudo ver por fin la imagen que el Errante había custodiado tan secretamente pegada a su propio corazón. Estaba tallada en marfil de un mamut y relucía con los rayos del sol naciente mientras la mantenía en alto. Representaba a un

hombre, pero su cabeza era la de un león cavernario. Era un hombre león.[61] Los cazadores bajaron de inmediato sus armas, se miraron con estupor los unos a los otros y se inclinaron ante el Errante.

—El Hombre León ha regresado. Yo lo vi partir cuando era un niño —anunció el jefe de la fila de los cazadores—. Corred al clan y anunciad su llegada.