La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 35 de 50

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La canción del bisonte

34. La rebelión de las hembras

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La rebelión de las hembras

 

El Valle de los Primeros Hombres se había congelado. La dureza de las Lunas del Frío fue tan atroz, las ventiscas tan continuas y las nieves tan repetidas que debieron resguardarse en la parte más cobijada del abrigo para resistir. Por fortuna, la leña no faltaba. Pero la carne y cualquier otra comida escaseaban. No podían recolectar nada debido al manto blanco que cubría incluso las copas de los árboles que mantenían sus hojas mientras que los otros, desnudos, semejaban esqueletos ateridos. Solo el río ofrecía algunas posibilidades. Pero eran muchas las veces que los cazadores regresaban casi congelados y con las manos vacías.

Cuando la hambruna se abatió sobre ellos, la Jara le dijo a Nublo algo que él ya sabía: las crías no aguantarían, o conseguían carne o morirían en unos días.

No era posible salir pero Nublo se levantó, cogió sus armas, se abrigó todo lo que pudo y recorrió algunos fuegos, sin hablar apenas pero con su gesto y decisión, pidiendo a quien tuviera valor que lo acompañara. Lo hicieron un puñado. El Mayor los miró con cierto desprecio desde su rincón más resguardado. Él tenía todavía carne. Tal vez Nublo se muriera de frío y no regresara. Se habría acabado su problema.

Consiguieron llegar al río y lo siguieron aguas abajo. Cegados por la nieve, hubieron de pasar la noche a la intemperie con el estómago vacío. Menos mal que hallaron una covacha, se metieron dentro y pudieron encender fuego. Apretados los unos contra los otros lograron no morir congelados.

El amanecer no pareció dar tregua pero dejó al menos de nevar. Fue entonces cuando Nublo oyó los aullidos de los lobos y supo que en ellos podía estar la salvación del clan entero. Porque era aullidos de persecución y cerco. Tenían alguna gran presa rodeada. Cuando al fin llegaron hasta ellos se les salía el corazón por la boca reventados del esfuerzo pero ante ellos estaba el gran megaceros, recién muerto en la misma orilla del río, con parte de su cuerpo metido aún en el agua donde había intentado refugiarse pero donde el hielo se lo había impedido, y los lobos comenzaban a comérselo. Se lanzaron sobre ellos, a pedradas, tirándoles tizones encendidos y con las lanzas en ristre. Los lobos les plantaron cara y se lanzaron sobre alguno de los cazadores, pero no tenían número suficiente para hacerles retroceder y se retiraron con los belfos retraídos y los colmillos al aire. Aún hubieron de soportar cómo los hombres descuartizaban a la presa que ellos habían cazado y se la llevaban consigo. Les dejaron los menudos, la cabeza y las patas, y con ello la manada hubo de conformarse.

Nublo y los cazadores intentaron regresar a escape al abrigo. De nuevo la tormenta estaba encima y, con la carga, el camino les fue aún más penoso que el de ida. Anochecía cuando al fin vieron el resplandor de la hoguera en la atalaya. Nublo, una vez hubo descargado, se volvió a ayudar a un rezagado que parecía agotado y a punto de perecer. Consiguió llevarlo consigo y ponerse ambos a salvo al lado del fuego.

La alegría por la carne inundó al clan. Habría para varios días. La repartiría la Mujer de las Hierbas, y las hembras y los cachorros serían los primeros en comer. Nublo le entregó su carga, excepto un trozo de pernil que cortó para la Jara y se retiró a su rincón con su hembra.

Iba a comenzar el reparto cuando estalló el conflicto. El Mayor se levantó de entre sus pieles y avanzó agresivo sobre la anciana. Reclamaba su parte, toda la que quisiera y el primero. Otras veces las madres se habían atemorizado y consentido, pero aquel día lucharon por sus hijos. Un griterío enorme, un alarido de rabia inundó el abrigo. Más aún cuando de un manotazo el Mayor derribó a la Mujer de las Hierbas y pretendió echar mano a un jamón entero del megaceros. Las hembras se abalanzaron sobre el jefe. Este, estupefacto, intentó quitárselas de encima a golpes pero se vio rodeado. Y los cazadores se habían incorporado también y con las lanzas en la mano le plantaban cara. No iban a consentir que pegara a las hembras ni que les quitara la carne que ellos habían traído. El Mayor entendió que contra todos, y menos contra las mujeres enfurecidas, no podría y con un gruñido impotente se volvió a su cobijo. Nublo no había participado en la revuelta, se había mantenido tenso y expectante, en pie, pero sí lo había hecho la Jara. De las primeras.

El Mayor perdió aquel día mucho más que el pernil. Nadie se iba a atrever a desafiarlo, pero las hembras supieron que, contra todas ellas juntas, no podría imponer sus abusos. Había golpeado además a la anciana curandera y ello quedó grabado en la memoria del clan como algo despreciable. Y la Jara consiguió al fin librarse de su acoso. La próxima vez que intentó montarla salió corriendo hacia otros fuegos, estalló de nuevo el griterío y el Mayor hubo de dejarla.

Nublo no había levantado ni una mano ni una lanza contra él, pero el Mayor sabía de sobra que él estaba detrás de todo aquello que lo mermaba. Tenía que matarlo, que aplastarlo como fuera. Si no podía antes, en la primera expedición, cuando regresara la Hierba Nueva.