La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 45 de 50

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La canción del bisonte

44. El retorno

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El retorno

 

Lobo Alto no era un gran chamán ni a sus oídos llegaba la voz de los espíritus, pero el recuerdo y la figura del Errante guiaba sus pasos, daba certeza a su mirada y fuerza a su ánimo. El huérfano receloso, el Autillo; el ensoberbecido Hombre Ballena; el ahora Lobo Alto, digno de caminar en cabeza porque todo su pensamiento, empeño y esfuerzo estaban por entero dedicados a velar y procurar el bien de Ababol, de las mujeres, de los jóvenes que lo seguían y de los lobos con los que había establecido vínculo de alianza. Lobo Alto se debía a su nuevo clan porque un jefe era, antes que nada, el primer servidor de su clan. Y eso era lo que Lobo Alto había aprendido en su camino con el Errante y ahora debería demostrar él por sí solo.

Intuía su destino y conocía su camino, pero el clan Errante no tenía ruta fija, ni cueva ni territorio, y hacía su morada de aquellos por los que pasaba y de los abrigos a los que se acogía. Si no encontraban oquedades, levantaban tiendas; si daban con ciervos, cazaban ciervos; si topaban con caballos, alanceaban caballos; si seguían un río, pescaban, y si caminaban, como solían hacerlo, siguiendo sus riberas, recolectaban en sus sotos todo lo que les ofrecían.

Al poco de partir de la montaña Mamut pasaron cerca del asentamiento del pequeño clan donde se habían establecido los que habían llegado allí con él y el

Errante en aquel primer viaje desde el clan del Ojo de la Roca,[80] cuya vida no había sido fácil pues solo los dejaron aposentarse en un territorio muy quebrado y a demasiada altura, donde las Lunas del Frío eran aún más crudas e insufribles. Lobo Alto tenía noticias de su penosa supervivencia y quiso llegar hasta ellos. Compartieron fuego y días de caza, y cuando reemprendieron la marcha, todos ellos, tres mujeres, una acababa de morir de parto, cuatro hombres y dos niños se les sumaron. Lobo Alto les había dicho que su intención era cruzar de nuevo, hacia los llanos del sur, aquellas cadenas de montañas y que en algún momento pasarían cerca de su territorio natal, aunque ese no era su destino. A ellos volver al clan del Ojo de la Roca no era lo que más los alentaba y sí unirse a aquel clan joven, ellos todavía lo eran, y lleno de energía que marchaba alegre y confiado en su fuerza.

El periplo que Lobo Alto tenía en la cabeza era cruzar la cordillera antes de que llegara de nuevo el gran frío, adentrarse en las llanuras e invernar a las orillas de alguno de aquellos grandes ríos que las cruzaban, acogidos en algún valle o cañón propicio. Pero después continuarían su marcha, pues el jefe del clan Errante quería seguir bajando, más allá incluso de su clan natal de la Cueva Mayor y al menos hasta donde el Errante había llegado: a las planicies de los Hombres de los Caballos.

Lo hablaban por la noche en los fuegos y él les relataba lo escuchado a su maestro: cómo crecía allí la hierba, cuán grandes eran las yeguadas, cuán abundante la caza de todo tipo de animales y de qué forma vivían las tribus allí establecidas recorriendo aquellas extensas llanuras y llegando al pie de las siguientes montañas.

Las montañas que eran —y eso hacía que la conversación alrededor de la lumbre adquiriera otro tono y hasta silencios— la frontera con los Patas Cortas, que a veces bajaban y atacaban los campamentos de los Hombres de los Caballos. Pero ellos no temían a los Patas Cortas, gritaban los jóvenes. Subirían a sus montañas y los arrojarían de ellas como habían hecho en las que iban a dejar atrás.

No sabían que, en ese mismo tiempo, y aprovechando el tiempo cálido, el jefe de los Primeros Hombres había vuelto a salir de su valle y, esta vez seguido de muchos de sus hombres, estaba lanzándose sobre las llanuras para arrebatarles las hembras a los Oscuros y matar a todos quienes se le enfrentaran. En esta ocasión, Nublo estaba decidido a dar un paso más. A no retirarse del todo al valle, sino establecer de manera fija un grupo en la otra vertiente y recuperar aquel territorio de caza para el clan de los Primeros Hombres.

Tras el éxito de la temporada anterior, Nublo había esperado ansiosamente el final de este invierno. Habían visto que al otro lado había muchas manadas de herbívoros, que los valles estaban llenos de íbices, ciervos, corzos, gamos, más abundantes que en ningún lugar pues durante mucho tiempo nadie los había cazado. Y un poco más allá, en las planicies, caballos, rinocerontes, inmensos mamuts, uros y bisontes. Por dos veces habían derrotado y burlado a los Oscuros. Les habían robado sus hembras y ellos ya no se atrevían a seguirles. Ahora Nublo bajaba.

Había decidido establecerse en el sopié de la montaña. No era imprudente. Quería tener resguardada su espalda por si los Oscuros se reagrupaban y venían contra ellos. Temía sus lanzas ligeras y sabía que no podría contenerlos en campo abierto y que muchos de los suyos morirían. Pero, si se acogían al bosque y a los riscos, la ventaja era suya. Al cobijo de sus últimos árboles, en una oculta y tupida hondonada, estableció su acampada utilizando un buen abrigo rocoso en una de sus laderas. Desde allí sus batidores saldrían a espiar los pequeños campamentos de los Oscuros, y cuando los tuvieran bien situados y conocieran sus costumbres y debilidades, lanzaría su ataque. Por ahora se limitarían a cazar animales. Pero cuando los días comenzaran a acortar y cuando ya fuera momento de retornar al clan, se lanzarían a cazar a las hembras de los Oscuros. Y planeaba incluso dejar a algunos jóvenes, a quienes les daría algunas hembras capturadas, en el refugio que ahora habitaban hasta la próxima añada.

El clan Errante bajó hasta la costa para disfrutar de lo que el Gran Azul ofrecía en abundancia y porque por allí el camino era fácil. Cada mañana se acercaban hasta las rompientes de las olas y cada tarde, con la abundante carga de cangrejos, lapas, mejillones, almejas, pulpos y todo tipo de crustáceos, regresaban a los alejados acantilados que les ofrecían inmejorables cuevas con suelos de suave arena. Iban así avanzando por toda la franja costera, demorándose cuando encontraban algún lugar que los invitaba a hacerlo o acelerando el paso cuando transitaban por parajes más inhóspitos. En ocasiones se cruzaban con algún clan de la cornisa que recolectaba conchas y aquella noche compartían fuego. De aquellos encuentros resultaba que algunos jóvenes, hembras y varones, decidían abandonar sus fuegos nativos y proseguir viaje con ellos. Recordaban al Errante y al propio Hombre Ballena, ahora convertido en jefe de aquel grupo que cada vez iba siendo más numeroso y que parecía vagar sin rumbo. Pero Lobo Alto sí lo tenía en su mente. Por eso, cuando llegaron a Punta Peñas, doblaban por mucho el número que un hombre puede contar con las dos manos y si fueron a aquel lugar era por algo. Lobo Alto le había relatado a Ababol lo que allí había acaecido y el conjuro que todos los chamanes habían hecho, al mar, al viento y a la tierra, contra los Patas Cortas. Deseaba ahora que la Guardiana de la Diosa, pues no había perdido tal condición por ser Errante, celebrara allí también una ceremonia para invocar a los mismos espíritus en bien de la fecundidad para su clan y que la Madre bendijera los vientres de las mujeres.

La estatuilla de la Diosa se había quedado en su hornacina de la montaña Mamut. Ababol no había querido arrebatársela. Pero la más pequeña de las jóvenes, la del fuego del Tasugo, siempre estaba pegada a ella, atenta a todas sus enseñanzas y palabras, y tenía el don de saber hacer nacer figuras que se escondían en las rocas. A ella Ababol le encargó una nueva figura y para cuando llegaron a Punta Peñas ya la tenía dispuesta. Era pequeña y no tan robusta ni con la feminidad tan destacada como otras. La había tallado en una hermosa piedra, de intenso reluciente color negro al alisarla y lavarla; mientras que su mano izquierda reposaba sobre su vientre, la

derecha sostenía un gajo de luna en naciente.[81] A Ababol le agradó en extremo y Lobo Alto no pudo evitar un estremecimiento al contemplarla. Miró a la loba, que en ese momento jugaba con sus cachorros cada vez más crecidos y que ya caminaban con todos, y sintió que la Negra seguía a su lado y protegiéndole. Pero lo guardó para sí y sus recuerdos.

Sí habló a los hombres sobre sus siguientes pasos tras los ritos y ceremonias que celebraron aparte las mujeres y que las hicieron sentirse a todas más unidas y, aun viniendo de fuegos diferentes, ahora hermanas y algunas ya madres en torno a este que ahora todas juntas encendían. Lobo Alto, desde aquella punta sobre el mar, quería dirigirse hacia el interior y tenía muy meditado el camino y sus paradas. Deseaba subir por aquel valle por el que había bajado con el Errante en la expedición en busca de los Patas Cortas, y reencontrarse con aquel poderoso y alegre clan del Caballo, que

tenía en su cueva y en su camarín del monte de Candamo su lugar sagrado.[82] Había sentido allí como en ningún lugar, él a quien tan poco alcanzaban, toda la fuerza de los espíritus y recordaba muy bien el recibimiento que aquellos hospitalarios cazadores con la risa siempre a punto le habían ofrecido con el mejor bocado del oso que habían cazado. Irían allí, propuso a sus gentes, y les pediría a sus chamanes que celebraran para ellos ritos propiciatorios pues les aguardaba lo peor del camino hasta lograr atravesar la alta cordillera. Lobo Alto pensaba que, al igual que los ritos de Ababol habían hecho sentirse hermanas a las mujeres, Candamo sería el lugar propicio para que eso mismo sucediera a los hombres.

Comenzaron la subida por el caudaloso río, sabedores de que en cualquier momento los de Candamo los localizarían y vendrían hacia ellos. Eran fuertes y dominaban todo aquel territorio y, al ver a tan numeroso grupo, los interceptarían de inmediato. Mientras, caminaron por la ribera asombrados de la riqueza en caza y pesca. Al atardecer de la segunda jornada hicieron sus fuegos en un claro y, antes de que oscureciera del todo, supieron que estaban rodeados. Pero Lobo Alto no se asustó, sino que se alegró de ello. Clavando su venablo en tierra y haciendo a los suyos que lo imitaran, saludó y dijo su viejo nombre, el del Hombre Ballena, y proclamó que solo pedía permiso para atravesar su territorio y, si lo permitían, celebrar un ritual en su cueva, porque ellos carecían de chamán que lo oficiara. Lo gritó todo hacia la oscuridad, donde sabía que los otros lo escuchaban. Y, al acabar, le respondió una voz conocida: la del jefe que los había recibido. Brotaron desde todos los lados y se acercaron al fuego. El jefe abrazó a Lobo Alto y a nada estaban todos compartiendo carne y lumbre. Pero estaban también perplejos y no dejaban de mirar a la loba y a sus cachorros con admiración y suspicacia al mismo tiempo.

—¿Cómo es que viajas con lobos y los tienes en tu fuego? —fue lo primero que le plantearon, para luego encadenar una cascada de preguntas—: ¿Dónde está el Errante? ¿Quiénes son los que vienen contigo? ¿Adónde os dirigís? —Y un borbotón de cosas que querían conocer y que los dejaban asombrados pero sonrientes con sus respuestas.

Buena parte de la noche pasó en relatos y exclamaciones para concluir con una decisión del jefe:

—Bueno, ahora ya sabemos por qué el Hombre Ballena es Lobo Alto. Fue entonces y será ahora recibido en nuestro clan, pues viene con respeto y nos dice que no piensa quitarnos nuestra caza. Mientras cruce por nuestro valle, podrá cazar para que su gente coma, pero no deberá hacer campamento más de una noche y seguirá camino al amanecer siguiente. Tu petición de que el chamán oficie sus ritos para vosotros será a él a quien deberéis plantearla.

Al día siguiente ascendieron a la cueva de Candamo y el impacto que produjo entre las gentes del clan Errante fue semejante al que en su día había causado y seguía causando a Lobo Alto. El chamán aceptó su petición y solo los hombres penetraron al camarín que presidía el gran caballo. Los jóvenes salieron de allí reconfortados y agradecidos para siempre a la hospitalidad de Candamo. Aquella noche les ofrecieron pernoctar en el abrigo que la roca tenía, previo a la entrada a la sala de los fuegos donde ellos vivían. Y al amanecer el jefe se presentó ante Lobo Alto con varios jóvenes, entre ellos una muchacha, y un chiquillo que había oficiado de ayudante del chamán.

—En el camarín de Candamo sus gentes no hacen nada a escondidas los unos de los otros. Estos jóvenes vinieron a vernos a mí, al chamán y a la Guardiana anoche. Quieren partir con vosotros. Al menos, guiaros hasta que crucéis las montañas, pero quizá también seguiros después y formar parte de vuestro clan. La Guardiana lo ha autorizado tras hablar con la vuestra y el chamán ha alentado a su discípulo a que vaya también pues no tenéis quién os trasmita la voluntad de los espíritus. Él lo hará, ya sabe hacer brotar los animales de las rocas y su poder irá creciendo.

Lobo Alto observó que al jefe, aunque sereno en su palabra, le asomaba la tristeza a los ojos. Para un clan tan numeroso como el suyo no era una pérdida excesiva, pero la sentía profundamente y no acababa de entender una decisión que a regañadientes había aceptado. No quería obligar a nadie a quedarse.

Lobo Alto le puso una mano en el hombro y le habló con amistad:

—Sé que al jefe le duele. Sabe que nadie de nosotros les hemos pedido que hicieran tal cosa. Pero ellos, como todos los que aquí caminan, lo han hecho por su voluntad e impulso. En nuestro clan, el de Candamo vivirá y se expandirá, nos traerán vuestra fuerza, vuestra alegría y vuestros tótems protectores. Vamos hacia las llanuras lejanas donde pastan las grandes yeguadas. Nos enseñarán a cazarlas y serán el recuerdo vivo de su clan y de esta cueva.

No se despidieron tristes. No aguantaban a serlo mucho tiempo aquellas gentes. Los que de allí se iban agitaban sus manos al ir bajando por la ladera y los que quedaban les respondían y hasta les acompañaron con cánticos, hasta que su voz ya no los alcanzó, aunque los siguieron contemplando mientras avanzaban río arriba hasta que se perdieron en un recodo bajo las arboledas. A Lobo Alto lo alegraron muchos aquellas incorporaciones. Tendría los mejores guías para cruzar las montañas, tenía un jovencísimo chamán y tenía una hembra más para los fuegos. Pero, más que todo, lo alegraba contar en su clan Errante con la simiente de aquel clan de Candamo.

Al principio no había comprendido del todo por qué tantos jóvenes se les unían, pero luego empezó a sentir él mismo aquel impulso, aquella visión de la cada vez más poderosa horda, pujante en su juventud, decidida y alegre, que cruzaba tierras, ríos, valles, desfiladeros y montañas e iba siempre más allá, en busca del siguiente horizonte.

Con los guías de Candamo al frente, ascendieron por el río y luego siguieron otra agua que hacia él venía y los adentró por un profundo desfiladero donde solo una senda pegada a la corriente permitía el tránsito. Los de Candamo la conocían bien.

—Es la Senda del Oso.

Y no solo encontraron muchas huellas suyas, sino que también tuvieron algún encuentro. No tenían tiempo para intentar cazar ninguno y los osos optaron por retirarse a su paso.

Al salir de aquellas quebradas asomaron ya al pie de las montañas, cuyas cimas eran de roca pelada. Iniciaron el duro ascenso por las sendas de los íbices, atravesando hayedos, después algunos robles y encinares, para llegar luego a los alerces y, ya antes de la hierba y la roca, solo piornales y brezales.

Fue una agotadora subida que pudieron culminar en una jornada, con el sol poniéndose a sus espaldas divisaron el gran semicírculo de montañas peladas y los neveros, canchales y pedrizas que se desparramaban desde ellas al enorme y mucho más abierto valle que se abría al otro lado. La loba y los tres cachorros se adelantaron al viso y miraron hacia abajo aguzando las orejas. En las praderías pastaban los rebecos y oyeron el topetazo de dos íbices entrechocando sus cornamentas, que, aunque aún no era su época de celo, parecía ya anunciarlo.

Aquel sonido de las cuernas chocando y ver asomar en las praderías unas pequeñas flores moradas decidieron a Lobo Alto, tras consultarlo con los guías, a avivar el paso y no demorarse hasta su siguiente destino. Irían a pasar las Lunas de Hielo a su clan natal, a la Cueva Mayor, pero debían apresurarse.

El clan Errante descendió hasta los pies de la cordillera y sin dejar el sopié se

dirigió hacia el naciente. Contaron hasta tres grandes ríos[83] que hubieron de atravesar y se adentraron ya en un territorio que los Hombres del clan de Ojo de la Roca conocían como Las Loras, pero no se dirigieron hacia su cueva, sino que desde ahí y por un corredor donde eran continuas las muestras del paso de animales, pues ellos también lo utilizaban para cruzar a la sierra de enfrente, donde Lobo Alto había nacido y allí había sido nombrado como el Autillo, el niño huérfano sin fuego.

Estando ya tan cerca, ralentizó la marcha para que pudieran descansar, buscaron buena acampada y procuraron abastecerse de carne, que ya les faltaba. El corredor era pródigo en caza.

La loba ya no extrañaba a nadie en aquel clan, los lobatos jugaban con los pocos niños, pero también con hombres y mujeres. El animal se había ganado la estima de todos, pues su ayuda se había vuelto imprescindible para ayudarles en la caza y en el cobro de las piezas heridas en los días en que como mucho podían herir una res al paso. Ahora demostró aún más el acierto de tenerla con ellos, pues las cacerías fueron mucho más fructíferas con su olfato y su oído. La loba se había ido acostumbrando al grupo y ya no solo era Lobo Alto al que se acercaba, sino también a las mujeres, en especial a Ababol, con la que se había encariñado desde que llevaba sus crías en el zurrón, y poco a poco también se iba aquerenciando a los demás hombres. Pero tan solo por Ababol se dejaba acariciar y tan solo a Lobo Alto aceptaba como líder de manada, con el que se restregaba y se acurrucaba a su lado en los descansos.

Para el líder del clan Errante dar vista al portalón de la Cueva Mayor no dejó de suponer un fuerte impacto. Volvía al frente de una fila nutrida y poderosa de cazadores y aquello le hacía levantar la cabeza y afirmar el paso, pero no dejaba de hacerle asomar inquietudes y viejos recuerdos nunca dejados atrás del todo. Envió a dos batidores para que anunciaran su llegada, pues el aparecer tan nutrida tropa podía levantar todas las alarmas, entender que suponían una amenaza y desatar cualquier respuesta agresiva. Les encargó que les dijeran quién era él y que su estancia y paso por su territorio serían efímeros. Seguirían hacia el sur en cuanto pudieran.

Regresaron los emisarios, que habían sido recibidos con cierto recelo, pues los vigías habían detectado a la potente horda y les habían señalado que podrían acampar junto al río, pero que se abstuvieran de subir hasta la gruta. Que cuando estuvieran acampados podría subir hasta el Portalón su jefe y parlamentar con ellos. Pusieron como condición que lo hiciera tan solo con otros dos más como compañía. La larga fila de lanzas los había intimidado aunque hacían todo lo posible por no demostrarlo.

El clan Errante, ya avezado en paradas, descargó y desempaquetó sus enseres y habilitó con gran rapidez su campamento en una pradera a orillas de la corriente. Las pequeñas tiendas de piel, ensambladas con palos que cortaron allí mismo, estuvieron pronto levantadas y no tardó en subir al cielo el humo de sus hogueras.

Al atardecer, Lobo Alto, Ababol y el Esmerejón subieron a la Cueva Mayor y el ahora jefe no pudo dejar de recordar el día en que había visto llegar desde su escondrijo, donde observaba a las águilas cebar al aguilucho, al Errante, aquel hombre que había cambiado radicalmente su vida. Ahora era él quien regresaba. Y como a él entonces, pero con muchas mayores reticencias, salieron a recibirlo a la entrada.

Esperaba al menos reconocer al jefe, a Rastros, que era de todos quien más guardaba con afecto en su memoria. Pero no era Rastros, ni tampoco vio que el viejo jefe estuviera entre los ancianos que lo flanqueaban, quien lo saludaba con cierta tirantez y no muy disimulado recelo. Al fin reconoció a quien lo interpelaba. Era Tropezón, aquel joven que ganó su apodo en la cacería de uros donde quedó a merced de uno y resbaló en la pastosa boñiga del animal. Era él sin duda. Y aquello lo hizo sonreír.

—Saludo al jefe del clan de la Cueva Mayor y lo reconozco. No sé si ahora será su nombre, pero cuando yo partí de aquí como acompañante del Errante se le llamaba Tropezón. Yo era para él el Autillo.

Al jefe se le distendió la cara y algo parecido sucedió con quienes lo acompañaban.

—¡El Autillo! —exclamó—. Era verdad lo que los emisarios dijeron. Yo sigo siendo Tropezón, fue el nombre que me dio mi tribu y que has recordado. Me has reconocido. Yo no lo hubiera hecho contigo.

Consultó con la mirada a los ancianos y de nuevo se volvió a su interlocutor:

—Sé bienvenido al clan en que naciste.

Varios ancianos se adelantaron entonces y se hicieron las presentaciones. La primera, la de Ababol, que como Guardiana de la Diosa fue rápidamente conducida por la del clan que visitaban y marchó con ella a hacer la preceptiva ofrenda, y luego la de Esmerejón.

Se les permitió a todos ya pasar dentro de la gran sala de la entrada, aunque a Lobo Alto le pareció algo más pequeña que la de su niñez. Celebraron cónclave y se dieron las nuevas. Contó Lobo Alto las suyas y reiteró sus intenciones de adentrarse en el territorio de los Hombres de los Caballos.

Tropezón lo miró entonces con gravedad y les dio por su parte las novedades que debían conocer antes de seguir avanzando.

—Los Patas Cortas han atacado de nuevo. Lo hicieron ya antes pero cada vez son más agresivos y se adentran más en los territorios de los Hombres de los Caballos. Hasta aquí ha llegado el miedo. Los ancianos recuerdan ahora cuando eran la amenaza con la que los asustaban sus madres. Por nuestros cazaderos no los hemos visto aún, aunque estamos alerta.

Tropezón lo avisaba del peligro, pero lo alentaba a que avanzara. Enalteció el poderío de su clan y el número y vigor de sus cazadores.

—Los Hombres de los Caballos te recibirán con alegría. Un clan tan poderoso como el que guías los reconfortará mucho ahora que se ven acosados.

Estaba claro que Tropezón prefería no tener cerca ese poder del clan Errante. Ofrecía su amistad, pero como buen jefe había de velar por los suyos, y toda aquella tropa forastera no dejaba de representar una competencia en la caza. Eran casi tantos como todos los suyos. Y eran todos jóvenes y fuertes.

Lobo Alto se decidió al fin a preguntar por Rastros, con un elogio a sus habilidades que tan bien había conocido. Se apenaron los rostros de sus interlocutores pero bien se demostró que mantenían de su antiguo líder una buena memoria pues les agradó el recuerdo, y un anciano fue quien contestó con una leve sonrisa dentro de la pena:

—Las pasadas Lunas del Hielo han sido terribles para el clan de la Cueva Mayor. Las cacerías del reno, del uro y del bisonte resultaron fallidas. Rastros hacía ya tiempo que, mermado por la edad, no pertenecía a la fila de cazadores. Su palabra era respetada y tenida siempre en cuenta. Pero el clan pasaba mucha hambre. Se murieron los más débiles, los niños, y no había comida que darles. Rastros era ya un tullido pues su cuerpo se había agarrotado y casi no podía caminar, él, que con tal velocidad y certeza seguía las pistas. Entendió que era una boca que quitaba la comida a los que debían vivir. Un amanecer lo echamos de menos. Había desaparecido. Fuera la nevada era inmensa. Nadie además de él había salido de la cueva. Vimos que sus huellas se perdían en la nieve y entendimos que voluntariamente había partido para desaparecer en ella. Supimos que lo hacía como último servicio a su clan. No encontramos nunca señal suya. Solo el propio Rastros hubiera podido seguir su propia huella.

Se hizo un silencio respetuoso y cargado de nostalgia. Las miradas se quedaron prendidas de las llamas y solo se oyó el crepitar de la leña.

Tropezón quería enseñarle a Lobo Alto algo que guardaba en secreto. Lo invitó a que volviera a subir a la mañana siguiente y le pidió que viniera solo hasta el Portalón de la Cueva Mayor. Lo hizo el jefe del clan Errante muy de amanecida y se encontró que lo estaban esperando Tropezón, el chamán y un par de cazadores, que supuso que eran de mayor confianza.

—Los Patas Cortas habitaron estas cuevas. La memoria del clan lo recuerda y el chamán conoce los conjuros para protegernos de sus espíritus, que aún las habitan. Donde voy a llevarte permanecen sus calaveras y osamentas —le dijo en voz queda el jefe.

Se adentraron con antorchas por estrechas galerías en las que resultaba muy fácil perderse. Hubieron de caminar por sinuosos pasadizos y, al llegar al final, extremar aún más las precauciones. A sus pies se abría una sima cuya hondura era enorme. No hubo necesidad de que bajaran para mostrarle algo de lo que las entrañas de aquella montaña guardaban. Ataron algunas antorchas encendidas a cuerdas trenzadas y fueron haciéndolas descender al abismo. En un momento alumbraron, destacado por su blancura, parte de lo que allá abajo se amontonaba: todo un revoltijo de huesos y cráneos desparramados al fondo. Una visión que los mantuvo en silencio hasta que

hicieron subir las teas y regresaron al Portalón de la Cueva Mayor.[84]

—Los Patas Cortas dominaron todo este territorio. No es este el único rastro de su presencia, hay muchos otros, y también recuerdos que nos han sido trasmitidos por los chamanes y los ancianos.

Caminaron en hilera hasta llegar a la abertura casi totalmente tapada de otra cueva.

—Es tabú y la Guardiana y el chamán prohíben entrar en ella. Pocos la conocemos. Es aquí donde los Patas Cortas vivieron antes de que los Hombres llegaran y los ahuyentaran. Hay muchos lugares suyos en toda la sierra. La mayoría de sus entradas están cegadas, menos en la que nosotros habitamos y en otra que da a nuestra galería del sílex, pues ahí se encuentran en su techo riñones mejores que los

que recogemos en los canchales del río.[85]

Todo ello interesaba y sorprendía a Lobo Alto. Nada de ello sabía de su época de niño. Nadie le había trasmitido tales secretos y suponía que, si ahora lo hacía Tropezón, es porque suponía que podían servirles cuando avanzara hacia donde los Patas Cortas habían regresado. Más que ninguna otra cosa, despertó toda su atención algo que le confió Tropezón casi de refilón. Era apenas un rumor, pero se había ido extendiendo entre los clanes.

—Los Patas Cortas tienen un jefe que los dirige. Antes andaban diseminados en pequeños grupos, pero ahora sus expediciones y ataques parecen mucho mejor organizados. Dicen que es joven y terrible. Hay quienes le han visto de cerca y han sobrevivido, cuentan que no es del todo un Patas Cortas. Tiene la piel más oscura y sobresale por su altura. Dicen que su madre fue alguien de los nuestros.

Aquello hizo reflexionar mucho a Lobo Alto. Lo que el Errante le había trasmitido sobre los Patas Cortas no se parecía en nada a esto. Ahora parecían tener como principal objetivo apoderarse de mujeres de los Hombres. Debía conocer todo lo que pudiera de aquel jefe enemigo.

Resultó que no eran ellos los únicos que hablaban y establecían vínculos y amistad. Mientras Lobo Alto había ascendido hasta la cueva, muchos de sus habitantes habían descendido hasta el campamento de los Errantes a la orilla del río.

La curiosidad les podía a todos y no cesaban de hacerse preguntas. Los jóvenes del clan de la Cueva Mayor eran los que más y con mayor interés las hacían. El clan Errante aparecía ante sus ojos lleno de vigor y caminaba sin miedo hacia el sur. Aquellas noches algunos jóvenes, hombres y mujeres, no volvieron a dormir a sus fuegos y por la mañana casi hacían falta los dedos de las dos manos para contar a quienes habían decidido empaquetar sus cosas y seguirlos hacia las llanuras de los Hombres de los Caballos por muy terribles que se contara que pudieran resultar los Patas Cortas. Ellos los enfrentarían, los matarían y los expulsarían de todo aquel territorio. Los arrojarían de nuevo al otro lado de las montañas y se quedarían a vivir en aquellos territorios tan abundantes en caza y donde las Lunas del Hielo eran menos crueles y frías.

La visión de Lobo Alto, el hombre que no tenía visiones, era quien los guiaba. Y decidió que debía llegar a su destino cuanto antes. No invernarían allí. El frío este año parecía demorarse. Lo suficiente para que en algunas jornadas pudieran llegar al lugar donde habitaban los Hombres de los Caballos.

Cuando dejaron atrás el clan donde había nacido a quien llamaron un día el Autillo, los que seguían a Lobo Alto eran ya más que quienes se quedaban en la Cueva Mayor.