La canción del bisonte
11. Caricia
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Caricia
Ababol no había visto jamás tan feliz a su madre como aquella noche. Todo era alegría en el monte de las Cinco Cuevas. La montaña Mamut tenía no solo una vida nueva, sino dos. Una mujer había parido, y con los saberes de Ova se había logrado que ambos mellizos, dos niñas además, sobrevivieran. La Diosa Madre los bendecía.
La Guardiana convocó a todos, mujeres y hombres, a la cueva más grande y de entrada más espaciosa, la primera de la ladera, avivaron las lumbres, comieron truchas y carne, golosearon fruta, tocaron flautas de hueso y danzaron alrededor de las llamas. Al regreso y al respirar el aire limpio y húmedo del exterior, libre de humo, Ababol, ya grande, fue la última vez que Ova la cargó, medio dormida en sus brazos, sintió en la mejilla y en todo su ser la caricia de la noche. Una noche, con la luna en creciente y los pequeños e incontables fuegos guiñando sus ojos en lo alto, que olía a hierba, a bosque y a río.