La canción del bisonte
16. La Jara
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La Jara
A Nublo seguía sin salirle pelo en la cara, apenas en los brazos y tan solo un cierto vello en su entrepierna cuando llegaron los grandes fríos y las salidas de la caverna se redujeron a las breves calmas entre las continuas celliscas, que a veces parecía que no dejarían nunca de azotar la tierra. Solo entonces, aprovechando el mínimo sosiego en los cielos, recuperaba el valle el movimiento y la vida aunque fuera en dura brega con la nieve.
Por algo el abrigo bajo la roca protectora estaba tan cerca del río. Aunque cuando el frío se hacía intensísimo no les quedaba otra opción que llenar calabazas de nieve y dejarlas al lado de las hogueras para poder beber, siempre era aquello más fácil que abrir un agujero con las lanzas en el hielo. Pero más difícil era cazar y comer. Salían siempre que se lo permitía la ventisca. Ellos padecían mucho pero no lo pasaban mejor sus presas. Se hundían en la nieve, estaban débiles y tendían a concentrarse en
determinados sitios más resguardados, que los hombres conocían bien.[25] Aprovechaban la debilidad de las bestias para que no aumentara la suya, cada captura era recibida con gran júbilo pues a veces significaba la diferencia entre seguir vivo mañana o morir aquella misma noche.
A quienes envidiaban en verdad los cazadores, que atalayaban desde el divisadero sobre sus propios abrigos, era a los lobos. Ellos parecían flotar sobre el manto blanco y deslizarse tras ciervos, corzos y hasta uros o bisontes pequeños o debilitados a los que daban alcance, acorralaban y acababan por matar. Envidiaban su facilidad y estaban atentos por si podían aprovecharla y robarles la presa. En cuanto detectaban alguna matanza suya, corrían hacia allá para arrebatarles lo que aún no hubieran engullido. Les lanzaban piedras y los ahuyentaban con el fuego y con sus lanzas. Tenían que ser bastantes para lograrlo pero los Primeros Hombres cazaban siempre juntos. Un hombre solo, y más en las Lunas del Hielo, no tardaba en morir y ser comido. Eso fue lo primero que enseñaron a Nublo los cazadores aunque fuera imberbe y lampiño, a ser uno de ellos pero de un rango muy inferior. Ayudaba en todo aquello que se le ordenaba y no protestó cuando no lo dejaron ir hacia un desfiladero lejano y propicio, en los pies de la Peñalanza, aprovechando que el cielo aparecía despejado y el viento calmado, cuando sus víveres estaban a punto de agotarse. Fue una expedición fallida, regresaron agotados, casi congelados y sin presa alguna. No pudieron alcanzar el lugar, sorprendidos por la tormenta que volvió repentinamente, y hubieron de retornar en la noche, pugnando por salvar su vida entre el vendaval.
Las trampas-fosa seguían siendo lo más eficaz. Con la nieve se camuflaban tan bien que resultaba imposible para las presas detectarlas. Así capturaron a una cría de rinoceronte lanudo bien crecida que fue recibida con gran alegría pues su carne les duró bastantes días. En las Lunas del Hielo el hambre siempre era la compañera inseparable, día y noche, y algunos no lograban llegar vivos para volver ver reaparecer la hierba en las orillas del río ni oír correr de nuevo sus aguas revueltas y libres.
En el clan no era costumbre comerse a los suyos, aunque en una ocasión estaban tan famélicos que sí lo hicieron con un joven que se hirió y murió, y con un viejo que también pereció. Se los comieron royendo hasta sus huesos y su muerte salvó a todos los demás. Pero se hubieran comido mejor a un ciervo o a un Oscuro que a uno del propio clan.
Cuando pasó por fin aquel Tiempo del Hielo a Nublo ya le había salido algo de barba, aunque muy poca, y ya había montado a una hembra. Había visto cómo lo hacían los hombres y se lo había visto hacer a los caballos, a los ciervos y a otros animales. No se lo tuvo que enseñar nadie, como cuando aprendió a tallar. Pero sabía que tenía que hacerlo a hurtadillas y sin que los hombres mayores y más fuertes lo vieran. Quería hacerlo y sabía con quién. Por eso se escurrió tras una muchacha muy joven que bajó al río. Ella se agitó y se resistió algo cuando la cogió por atrás, pero ya la habían montado antes y se dejó hacer. Además, Nublo no la desagradaba. Él la arremetió y ella ya se abrió para recibir su empujón y se apoyó en los codos para aguantar sus embestidas, que no fueron muchas, pues Nublo no tardó en derramarse y descabalgar. A la hembra la llamaban la Jara, pues si los Primeros Hombres solían tener el pelo rojizo, ella lo tenía casi bermellón y también muchas pecas sobre su rostro de piel muy blanca. Los ojos eran de un azul lavado y pálido frío. Era muy arisca en el trato, pero nunca había zaherido a Nublo por su color. Al revés, la intrigaba, y el día que le destrozó la nariz al Mellado, que la había disgustado mucho cuando con otros también la montó, se alegró de que lo hiciera. A partir de entonces repitieron el encuentro siempre que pudieron, cuando él conseguía encontrarla sola o ella hacía lo posible para que él la sorprendiera. La hembra ahora, lejos de resistirse, lo esperaba húmeda y gruñía de placer al ser penetrada, apretando su trasero para que el miembro de Nublo la ahondara lo más posible.
Cuando la nieve comenzó a retirarse del valle, Nublo ya salió en la fila de los cazadores a las expediciones largas. Iba el último pero partió con ellos. Así lo ordenó el jefe y así lo aceptaron todos.