La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 36 de 50

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La canción del bisonte

35. La danza del hombre-bestia

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La danza del hombre-bestia

 

La expedición se demoró una luna más de lo previsto. Antes que pensar en cumplir con aquella misión, era imprescindible aprovechar la más mínima rendija de mejor tiempo para conseguir alimentos. Y a ello se dedicó el clan del León entero en cuanto la primera soleadilla calentó la tierra. Les sonrió la fortuna pues con el deshielo encontraron, aflorando apenas de la nieve, varios cadáveres de ciervos atrapados en un ventisquero, se los arrebataron a los carroñeros que los habían localizado primero y supusieron un botín equivalente a una exitosa cacería y, además, sin tener que realizar otro esfuerzo que descuartizar las piezas y llevarlas hasta la cueva.

Con aquella provisión de carne extra, el Claro decidió que era el momento de la partida. Seleccionó a un nutrido grupo de los cazadores más fuertes y valientes, que, dirigidos por él mismo, acompañarían al Hombre León a castigar a aquellos que habían trasgredido todas las leyes y memorias, que habían matado y desterrado a todos cuantos se les habían opuesto y traicionado los vínculos con el resto de las tribus. Los Hombres del León iban dispuestos para el combate, prestos a la venganza y seguros de su victoria, pues tanto el Hombre Búho, cuya vejez le había impedido acompañarlos, como el Hombre León habían realizado los conjuros y comprobado que los augurios eran favorables. Lo que fue roto se restablecería y los culpables sufrirían el castigo. En la Cueva de los Leones quedaron los hombres necesarios para asegurar su protección y alimento.

Conocían bien el camino de las montañas. Llevaban botas con el pelo por dentro, prendas de abrigo con buenas capuchas, sobrepellizas de junco para que resbalaran la nieve y el agua, una pequeña provisión de tasajo de ciervo y el ánimo dispuesto para esta cacería que sería diferente a todas. El hombre cazaría al hombre.

Al llegar a las estribaciones de las gigantescas montañas la marcha se ralentizó y las precauciones se fueron incrementando cada noche. Los del clan que invadían terminarían por localizarlos pero querían que ello se produjera cuando estuvieran lo más cerca posible de su cueva. Y con el buen hacer de sus exploradores y el sigilo empleado por el Claro lo consiguieron. Dieron vista a la gruta antes de que desde ella los avistaran y estuvieron apostados hasta que el Autillo, en su buen hacer habitual como vigía, vio cómo algunos cazadores retornaban a la carrera y alertaban a los demás sobre la presencia de invasores en sus territorios. Un grupo de cazadores salió con los venablos en la mano, pero no hicieron intención alguna de dirigirse contra ellos. Se pusieron en guardia, con hombres siempre vigilantes atalayando desde su altura, pero bajaron contra los que les invadían. Aquello hizo pensar al Claro y al Hombre León.

—No vienen contra nosotros. Tienen miedo —opinó el Claro.

—O son precavidos y nos esperan. Habremos de ser nosotros quienes los ataquemos y ellos están al amparo de la altura y de su cueva —respondió el Hombre León.

—Pero no podrán salir a cazar. Y si salen, los emboscaremos.

—Eso es bien cierto. Pero no sabemos cómo son de numerosos. Nosotros hemos de mostrar que somos muchos y parecer más de los que venimos. Esta noche encendamos multitud de hogueras.

El consejo del Hombre León era sabio y lo siguieron.

Al día siguiente, al ver que sus enemigos seguían encerrados y sin moverse, decidieron desplegarse en semicírculo. Llegaron al pie de la ladera donde estaba la cueva sin que los hostilizaran siquiera. Decidieron cerrar el cerco solapadamente y sin mostrar sus fuerzas, y por la noche volvieron a encender muchas hogueras.

Por fin, al tercer día, una mano de guerreros tomó posiciones en la plataforma de entrada y se lanzó dando alaridos ladera abajo. Pero se limitaron a llegar a un riachuelo y hacer provisión de agua en unos odres para volver a toda prisa a su refugio. Los Hombres del León corrieron tras ellos y lograron alcanzar con una azagaya al más rezagado en una pierna. Pero los otros lo ayudaron a acabar de subir y lo pusieron a salvo en su refugio. Desde allí les lanzaron muchos insultos y gritos blandiendo sus armas.

—Tienen miedo. Están asustados —se ratificó el Claro.

—Veo a su jefe de caza. Pero no veo al brujo, no veo al Hombre Pájaro. No se muestra y debería haberlo hecho. No parece estar con ellos. Pero su cómplice, el Cetrino, es tan perverso como él y más cruel y brutal incluso —observó el Hombre León.

Los de la cueva no hicieron más intentonas de salida ni de alcanzar el agua. Se sucedieron los días. Al fin, una mañana se produjo en lo alto un cierto tumulto. Quien se asomó en dirección a los sitiadores no fue el chamán ni el jefe de los cazadores, sino una mujer. Portaba la estatuilla de la Madre en la mano y elevó su voz para que la oyeran:

—¿Quiénes sois que venís a herirnos y no permitís siquiera que bebamos agua? ¿Por qué nos cercáis y queréis matarnos?

—Somos los Hombres del León. Con nosotros viene el hijo vuestro que hubo de huir pues queríais matarlo, igual que hicisteis con su hermano, el Hombre Músico. ¿Dónde está su asesino? ¿Dónde está el Hombre Pájaro? ¿Por qué se esconde?

Las palabras del Claro provocaron arriba una gran conmoción. Se oyeron alaridos y reapareció el Cetrino rodeado de un puñado de hombres con propulsores y venablos. Hubo entre ellos grandes discusiones, pero volvió a hablar la mujer:

—Yo soy la Guardiana de la Diosa. El chamán de quien habláis ya no está entre nosotros, ya no está entre los vivos. No podemos entregar lo que ya está enterrado.

Entonces se elevó la contestación del Hombre León:

—Yo soy quien hubo de huir tras la muerte de mi hermano, yo soy a quien quisisteis matar luego, yo soy quien ha caminado errante y ahora vuelvo para recuperar mi lugar y reclamar la sangre de quienes vertieron la del Hombre Músico y la de muchos otros. Y esa sangre la derramó no solo el Hombre Pájaro, sino que fue el Cetrino y quienes lo rodean. Ahora es la suya la que habrá de verterse a cambio.

Hubo nuevos alaridos e imprecaciones al escuchar y mostrarse el Hombre León. Pero se hizo el silencio cuando avanzó con su tótem en la mano, pues todos descendían de aquel clan primigenio y estaban bajo su protección.

—Traigo el símbolo en la mano, el tótem en el que todos un día se cobijaron. Los Hombres del León vienen conmigo. Entregad a los asesinos —exigió.

El Cetrino y los suyos elevaron sus lanzas en desafío. No iban a ir como recentales a entregar su cuello.

La mujer, rodeada de las madres del clan, respondió:

—No se verterá la sangre. Nuestro clan ya ha vertido mucha. La Diosa no quiere más muerte, ni más hambre ni más frío. —Se dio media vuelta y acompañada de las mujeres regresó a la cueva.

Aquella misma tarde reapareció en la repisa de entrada a la gruta. Iba hermosamente ataviada y flanqueada por dos madres. Con decisión y paso firme comenzó a bajar hacia donde estaban los sitiadores. Al acercarse vieron que era una mujer aún joven, bastante más que sus acompañantes, de elevada estatura, esbelta, de fina cintura y rotundas caderas, que caminaba con paso elástico y felino. Su piel, bastante más oscura que las de las otras dos, relucía al sol. Traía suelto el pelo muy largo y muy negro, pero extrañamente liso, no crespo ni rizado como el de la mayoría de las mujeres.

Al llegar al riachuelo se paró y llamó:

—Mostraos, hombres. ¿O acaso vais a permanecer ocultos ante nosotras? Veis que no os tememos.

El Hombre León y el Claro se adelantaron brotando de entre la maleza. El segundo habló:

—Nada ha de temer ni la Guardiana ni las madres, ni sus hijos ni quienes no tienen sangre de sus hermanos en sus manos. Los Hombres del León guardan las normas y viven de acuerdo a sus recuerdos y a sus memorias. Son los de aquí quienes la han perdido y traicionado.

—Hablaremos de todo ello —dijo la Custodia de la Diosa—. Pero ahora permitid que las mujeres bajen a recoger agua. Sus hijos tienen sed.

Asintieron el Hombre León y el Claro. Eso no podían negarlo. Pero solo podrían bajar hembras y niños, advirtieron. Los sitiadores, el Autillo fue de los primeros, se iban mostrando a la vista de las mensajeras. El joven miró con atención a la mujer que las encabezaba, y esta, a su vez, clavó en él su penetrante mirada de brillos negros.

Mujeres y niños con odres y calabazas huecas bajaron en fila hasta el arroyuelo mirando con cierta aprensión hacia la otra orilla, a la que ya habían pasado sus enviadas.

Los Hombres del León ofrecieron comida, las mujeres la aceptaron y todos se sentaron en torno a la hoguera central del campamento. Hablaron hasta que llegó la noche y no acordaron nada. Las mujeres se marcharon. Volverían a bajar mañana. Todos habrían de pensar. El Autillo oyó que el Hombre León musitaba al Claro:

—La sangre exige sangre pero solo trae más sangre. Es la de mi hermano la vertida. No debes tú ni tus hombres derramar la vuestra por vengarla. No lo quiero. Ya es inmensa mi gratitud y mi deuda para tener que cargar con ella. El Cetrino y los suyos no se rendirán sin luchar hasta morir si saben que solo la muerte los espera.

—Hablaremos mañana. La joven Guardiana también lo sabe. Habla tú esta noche con los espíritus, llámalos y dinos.

El Hombre León permaneció toda la noche en vela. El Autillo escuchó zumbar su bramadora en la oscuridad, alejado un trecho de la hoguera. Cuando despertó al alba, comprobó que estaba ya levantado y hablaba con el Claro. Los espíritus le habían hablado. Comieron algo y esperaron la bajada de las mujeres. Junto a las tres venían otras tantas, las tres más ancianas de todo el clan. El Hombre León las reconoció. Eran ya madres cuando él era solo un niño y alguna lo había cuidado en su fuego.

Hablaron entonces ya con otro tono y ante las ancianas madres las amenazas se retiraron de la boca de los hombres. No era ya la cueva del Cetrino. Era la cueva de ellas, de las madres y sus fuegos, la que cercaban y querían asaltar. Ninguno de los Hombres del León se veía levantando una mano contra ellas. Lo primero en establecerse fue que el acceso al agua fuera permitido en todo momento y los grupos recolectores podrían salir por los alrededores. Los únicos a los que mantenían recluidos por el cerco eran los cazadores y, en particular, a quienes permanecían vinculados al Cetrino.

El Hombre León y el Claro observaron el papel determinante de la joven Guardiana, de la Negra, así llamada por la evidencia de su piel y de su pelo. Había sido providencial en el clan. Se había ganado el respeto de las mujeres, incluso de las más ancianas, y las había liderado en aquellos años pasados de adversidad, odio y sangre. Pues tras la muerte del Hombre Músico y la huida del Pequeño, así seguían llamándolo, la violencia había proseguido. El Hombre Pájaro y el Cetrino habían dominado el clan con crueldad y habían cometido un abuso tras otro hasta llegar a derramar la sangre de todo aquel que osó oponérseles. Los demás se plegaron a su poder y fueron sumisos a sus antojos.

Solo las madres se mantuvieron más firmes y el Hombre Pájaro no se atrevió a causarles excesivo daño aunque sí hacerles pasar todas las calamidades que pudo. Entonces emergió La Negra. Era una niñita cuando la huida del Errante, aprendiz aunque no hija de la vieja Custodia y la sucedió a su muerte. El Hombre Pájaro supuso que se plegaría a su voluntad. Pero ella tuvo el valor de enfrentarlo con la fuerza de la Diosa, con el poder de su magia: lo amenazó con que cualquier daño que las infligieran a ella o a las madres llevaría la definitiva desgracia al clan y los vientres de las mujeres ya no engendrarían nuevos hijos.

Y durante un tiempo se cumplió la amenaza. La Negra realizó el sortilegio, las mujeres bebieron la pócima y no hubo vientres fecundos. Ante ello el Hombre Pájaro y los suyos hubieron de dejar de acosarlas, proveerlas de carne y caza y no pretender someterlas a sus arbitrariedades.

Aquello fue el principio de la decadencia del malvado chamán. Según les relataron la Negra y sus acompañantes a los Hombres del León, la cueva hermana, Gargas, se sacudió su dominio. Un nuevo chamán apareció en ella y no se permitió al Hombre Pájaro entrar en su territorio y los cazadores eligieron al mejor de ellos para que liderara su fila, y cuando el Cetrino y los suyos pretendieron seguir dominándolos les enseñaron los venablos y las azagayas y hubieron de retirarse.

El clan languidecía y el recuerdo de la sangre vertida hacía aún más tenebrosa la oscuridad y más tristes las Lunas del Frío. El Hombre Pájaro no parecía tener poder para que los espíritus de la caza y de las bestias les fueran favorables. El clan pasó hambre, calamidades y frío. Solo la fortaleza de la Negra y la perseverancia de las madres les permitieron sobrevivir.

En una desafortunada partida de caza liderada por el Cetrino el año anterior, un gran bisonte, con muchos venablos clavados, cargó en su furiosa agonía contra el Hombre Pájaro, le sacó las tripas con sus cuernos, lo pisoteó y le rompió todos los huesos hasta hacer de su cuerpo un amasijo sanguinolento antes de caer él también muerto. El gran bisonte hizo trizas incluso la lanza con el pájaro tallado en su mango que el chamán llevaba siempre como símbolo de su poder.

En este nuevo encuentro con la comitiva de la Negra les volvieron a ofrecer comida y compartieron la carne. El enfrentamiento y la sangre se alejaban y discutieron la forma de resolver el conflicto. La solución comenzó a vislumbrarse cuando la Negra y las mujeres ofrecieron al Pequeño, al Hombre León, restablecerlo en el lugar que le correspondía. Lo necesitaban, las madres lo reconocían y lo querían. Él, por su parte, renunció a cobrarse sangre por sangre para vengar a su hermano. Pero la discusión volvió a tensar las voces cuando hubo que decidir qué hacer con el Cetrino y aquellos que más se habían distinguido en secundarlo en sus atrocidades. No iban a rendirse y las mujeres no podían dominarlos ni quitarles sus armas. Entonces la Negra impuso que su castigo sería el destierro y que a él estarían obligados los que ellas decidieran más las mujeres que libremente quisieran seguirlos. Expuso su plan y los Hombres del León hicieron juramento ante la estatua de la Diosa y ante la figura del Hombre León de no conculcarlo.

Aquella noche, a una señal desde la gruta con una tea, un grupo elegido entraría en la cueva. La Negra garantizaba que cuando vieran la luz moverse es porque ya no había vigías despiertos. Deberían luego limitarse a desarmar y maniatar a los que les fuera señalando, comenzando por el propio Cetrino.

El Claro eligió a los más ágiles y decididos y entre ellos estuvo el Autillo. Aguardaron pacientemente que llegara la oscuridad, vieron moverse a los centinelas junto a la hoguera, algunas otras siluetas que venían hacia ellos y algún cambio de turno. La señal se demoraba y ya estaba muy entrada la noche cuando una antorcha brilló, se movió un par de veces, y desapareció de nuevo. La propia hoguera ante la cueva languidecía también. Los Hombres del clan del León ascendieron en silencio, a la carrera cuesta arriba para llegar cuanto antes a la cueva. Los dos vigías estaban caídos en el suelo, dormidos. A la entrada les esperaba la Negra. Ella fue señalando las pieles donde dormían los que había que hacer prisioneros antes de que despertaran. El primero, el Cetrino. De él se encargó el Claro, que lo inmovilizó, y antes de que se diera cuenta, estaba atado y dando alaridos. Cuando sus secuaces despertaron los Hombres del clan del León tenían la cueva bajo control. La Negra y las madres llamaron a la calma a otros cazadores que hicieron ademán de defenderse. Hubo un momento de tumulto y confusión cuando el grupo asaltante irrumpió al completo en la cueva con el Errante al frente, pero ya no había resistencia posible. Atados también de pies y manos traían a los dos centinelas dormidos.

El grupo del Cetrino y sus secuaces fue arrojado a un rincón con un círculo de venablos apuntándolos. La Negra se dirigió a la tribu

—Las madres y yo hemos pactado con los Hombres del León. Con ellos viene uno de los hijos de este clan, el Pequeño, el hermano del Hombre Músico y del Hombre Pájaro, que hubo de escapar para que este no lo matara como hizo con su hermano mayor. Buscaban venganza y sangre, pero no habrá ninguna de esas cosas. Eso hemos pactado las madres y yo con ellos y serán leales a su palabra. Porque su clan fue el nuestro y todos nosotros estuvimos un día unidos y venimos de las mismas madres. El Cetrino y los suyos no morirán. Se respetará su vida. Pero tendrán que irse y no volver nunca. Si intentan volver, cualquiera que se los encuentre podrá matarlos.

Sus palabras tranquilizaron un poco a todos, pero con su cueva invadida, los Hombres del León armados, su anterior jefe atado y tirado en el suelo, los demás cazadores seguían inquietos y lloraban algunos niños.

El Claro hizo que bajaran todas las armas, incluso las que apuntaban a los prisioneros, que ya no podían hacer daño alguno. Y se dirigió a los hombres de la cueva que permanecían libres para asegurarles que respetarían el pacto.

—Hemos bajado nuestras lanzas y no os hemos quitado las vuestras cuando pudimos hacerlo. Nadie os ha infligido herida ni se ha derramado sangre alguna. Respetamos nuestro pacto.

Entonces habló el Hombre León:

—Me llamabais el Pequeño. Mi hermano, el Hombre Músico, murió por salvar mi vida. Hube de huir y he andado errante por toda la tierra. Vuelvo ahora a mi gruta y a mi clan. Los Hombres del León me entregaron su tótem —lo mostró en alto— que fue un día de todos nosotros. Somos todos hijos de las mismas madres y yo también, aunque tendría el derecho de tomarme la vida del Cetrino, me he comprometido a que no se vierta ya más sangre y no tengan las madres que llorar por ningún hijo muerto. Esos días han acabado para este clan. Regreso con vosotros, mis hermanos, devuelvo su tótem al pueblo del León, con el que viviremos en alianza, y los unos y los otros nos visitaremos, compartiremos fuego y cazaremos juntos.

Todos en el clan, aunque contada a escondidas, sabía la historia de los Tres Hermanos y del Pequeño huido. Ahora hablaron de su peripecia y los grandes poderes que tenía. Había viajado por la tierra entera, conocido todos los clanes que la habitaban y pasado por en medio de las manadas de las más poderosas bestias, del león al mamut, sin que estos le hirieran ni con garra ni colmillo.

La cuestión pendiente eran los prisioneros que iban a ser expulsados, un total de cinco. Un joven, el sexto de ellos, suplicó tanto y adujo tantas veces que no había hecho mal alguno, sino que tan solo había cumplido los designios del jefe, que al final se concedió, mucho tuvo que ver su anciana madre, que se quedara, aunque sería el último en la fila de los cazadores, y debería estar dispuesto a las tareas más penosas. Con lágrimas de agradecimiento y las miradas de odio del Cetrino, que llegó a escupirle furioso, fue liberado. Sobre los otros cinco al final se decidió que serían los hombres de la cueva y los del León quienes los llevaran hasta los confines del territorio, no permitiéndoles que bajaran río abajo sino obligándolos a adentrarse en lo más profundo de las montañas. Con ellos quisieron marchar otras dos mujeres y una hija, ya casi una muchacha, de una de ellas. No se les impidió hacerlo y, al día siguiente, tras entregárseles algunas provisiones, salieron, maniatados y flanqueados por sus captores. En los confines del clan les cortaron las ligaduras de las manos y les ordenaron alejarse. Pero todavía no les entregaron sus armas. Cuando el sol fuera cayendo se las dejarían donde ahora estaban y podrían recogerlas junto a las bolsitas donde estaba la yesca y el pedernal para que pudieran hacer fuego y defenderse de las fieras. Quedaban malditos para el clan y para todos los clanes del León, y si un día los encontraban en sus cazaderos, los matarían de inmediato. Ellos serían ahora los que habrían de vagar errantes por la tierra.

Al regreso de quienes los habían conducido al destierro se celebró un ritual de fraternidad entre los dos clanes para reestablecer los vínculos rotos y recuperar las memorias y los recuerdos comunes. Compartieron los ritos hombres y mujeres juntos. El chamán, el que había sido el Pequeño, el Errante y el Hombre León, recuperó su sitio y su rango, los clanes, el sosiego, y los espíritus de los muertos pudieron reposar al fin tranquilos. Pero para esto último aún se necesitaba hacer algo que lo concluyera.

Al día siguiente de la ceremonia el chamán se aisló en las profundidades de la cueva y al salir pidió al Autillo que lo acompañara y, al igual que había hecho en la montaña Mamut, estampó su visión en la pared. Su meditación había tenido lugar en la pared donde danzaba su hermano mayor, el Hombre Músico, el mago afectuoso, alegre y bailarín que con su flauta atraía a las bestias y congregaba a los pájaros. Quería que fuera su recuerdo y su espíritu el que anidara también en él y, por ello, dos figuras, una reno hembra y un híbrido de ese animal y de bisonte, volvían sus cabezas fascinados por el brujo que hacía sonar su melodía. Ambos animales quedaban atrapados por el baile del hechicero tañendo su flauta. En su representación en la roca, él era también mitad humano y mitad bestia, con cuernos, pezuñas y cola de bisonte.

El chamán había estado dos días y dos noches completas en su trance, solo con agua, algún brebaje y algunos hongos y lámparas para poder contemplar aquel abigarramiento de figuras, pues las paredes albergaban ya multitud de animales y escenas, allí dejados por sus antecesores e incluso por sus propios hermanos.

Salió al fin y el Autillo le tenía preparado, como la vez anterior, recado de grabar y pintar y lo necesario para alumbrarse. Presintió que aquella podría ser la última ocasión en que lo hiciera. Era ya un hombre, no seguía las sendas de los espíritus sino las de la caza, su rango subía entre los hombres, pero cada vez era más evidente que no seguiría los pasos del chamán. Este también parecía, desde que había regresado a su lugar, alguien diferente, como si otro ser, sin por ello haber acabado con el que había sido, estuviera emergiendo. Pero el Autillo lo reconocía como su mentor, maestro y guía, y el otro veía en el joven a alguien a quien quería y en quien confiaba.

Y quien ahora lo cuidaba, pues el trance lo había dejado débil y febril, pero quería a toda costa, y sin reposar un instante, angustiado por olvidar su visión y no poder recordarla, plasmarla cuanto antes. A pesar de que se apresuraron, hubo que contar con más ayuda, pues donde quería hacerlo necesitaba un andamiaje de troncos al que izarse y llegar a aquella altura. El Claro lo ordenó y el Autillo intentó que, aprovechando la espera, comiera algo, pero solo aceptó ingerir un caldo caliente, pero nada sólido, temiendo que la comida estorbara sus visiones. Seguía mientras tanto salmodiando cantos y trazando con su mano signos en el aire. En un momento le dijo a su joven ayudante, apoyándose en su hombro:

—He de unirlos a todos, todos los animales han de estar en mí y yo en ellos.

Preparado al fin el entramado, listos los buriles y los pigmentos, avivadas las hogueras y encendidas las lámparas, el Autillo subió también para alumbrarle mejor y el mago comenzó a trazar de manera compulsiva, pero muy firme en su trazo, muy profundamente marcado, como si a su brazo lo impulsara una fuerza tremenda y

misteriosa, una gran figura que llenaba la pared entera.[73] Allí fue brotando un ser que eran muchos y que de cada bestia tenía un atributo. Era también un ser danzante, como su hermano, detenido en pleno salto mágico, con una cabeza de ciervo de poderosa cornamenta, con cara de lechuza, quizá, pensó el Autillo, como respeto a la

impronta del Hombre Búho, con orejas de lobo y barbas de gamuza.[74] Los brazos eran humanos, pero terminaban en garras de oso, las piernas, fuertes y musculosas, y el sexo, bien marcado, eran de hombre, pero su cola era la de un caballo. Completados los trazos, aplicó los colores, algún pigmento rojo, pero la mayoría con carbones negros que resaltaban las siluetas y los fondos. Concluida la tarea, la poderosa figura del chamán, del Errante, del Hombre León, del Pequeño de los Tres Hermanos parecía, desde arriba, dominar con su mirada y su presencia a todas las otras bestias de las paredes.

El Autillo lo ayudó a descender, pero, como en la montaña Mamut, nada más bajar se desplomó agotado y hubieron de llevarlo a la sala de los fuegos, donde la Negra se dispuso a darle todos los cuidados. Pero hubieron de pasar bastantes días antes de que el hechicero se incorporara y comenzara a comer y a hablar con normalidad.

Cuando ya estuvo recuperado, los Hombres del León entendieron que era llegado el momento de que ellos se marcharan. Celebraron un último ritual conjunto de despedida y el Claro y su fila de cazadores inició el camino de regreso. Antes el chamán quiso hacer un último anuncio y que ellos también fueran participes de él:

—Los espíritus me hablaron. Me dijeron que la cueva habrá de llamarse de los Tres Hermanos, y que sean sus tres espíritus, al fin reconciliados, los que velen, protejan y provean a sus moradores. Eso me han dicho las voces y eso habrá de ser en memoria del Hombre Músico, el Hombre Pájaro y mía.

Así fue dicho y se unió a los recuerdos y la memoria de todos. Los del León partieron, pero el Autillo no se fue con ellos. Había venido con el Errante y entendió que debía permanecer a su lado. El clan donde había nacido, el clan donde se había iniciado como hombre, sus recuerdos, Ababol y los demás nombres estaban lejos, tan lejos que a veces se perdían durante días enteros sin aparecer por su memoria, y ninguna atadura tenía con quienes ahora marchaban en busca de los suyos. Su único vínculo era con aquel hombre que lo había amparado desde niño y al que, tras sus sucesivas transformaciones, le costaba reconocer en ocasiones, pero al que seguía sintiéndose profundamente unido.

Al chamán le prepararon un habitáculo aparte y, aunque el joven tenía acceso a él, entendió que el brujo no quería compañía permanente. En la sala de los fuegos donde se instaló todos eran extraños y él comenzó a sentirse cada vez más solo y ajeno al lugar y a ellos. De nuevo los malos presagios y recuerdos de su niñez huérfana comenzaron a asaltarle los pensamientos y los sueños. Pero entonces los ojos de la Negra se posaron en él y, cuando le cogió de la mano y lo llevó con ella a sus pieles, supo que mucho más poderoso que el embrujo del hechicero y del chamán era el de la hembra.