La canción del bisonte
10. El cántico
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El cántico
Nublo los había visto en alguna ocasión, hurtándose en las sombras, penetrar por la estrecha entrada de una gruta que permanecía tapada con piedras y ramas, en la que no se adentraba ni vivía nadie. Iban hombres y mujeres, en el abrigo quedaban tan solo algunos adultos como vigías y al cuidado de los pequeños. Los demás, en silencio, iban saliendo uno a uno del refugio, algunos con una tea preparada en la mano, y se metían por aquel pasadizo y encendían las antorchas. La curandera y los más destacados del clan iban delante, Nublo se había escabullido para espiarlos tras unos matorrales, y justo tras ellos un cazador que algunas jornadas antes había sido muy loado. Era quien había asestado el lanzazo definitivo a un rinoceronte lanudo. Había bajado todo el clan al lugar de la matanza y se habían traído, menos las tripas, toda la carne del enorme animal. También la cabeza con sus dos imponentes cuernos, que habían descarnado hasta dejarla limpia, y ahora vio que su matador la llevaba en vilo flanqueado por otros dos hombres que le iluminaban con el fuego. Vio pasar a su madre, la Callada, entraron todos en la galería y fuera quedó el silencio.
Nublo se aproximó con sigilo hasta llegar casi a la boca de la gruta y algo que sonaba en su interior lo detuvo en seco. Jamás lo había oído hasta entonces. Eran muchas voces, elevándose todas y reverberando en las profundidades. Era un sonido que se repetía, aunque no distinguía las palabras, subía, bajaba, parecía apagarse y volvía a subir de nuevo. Y así una vez tras otra. El clan del Valle de los Primeros Hombres cantaba.