La canción del bisonte
5. La Callada
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La Callada
Su madre siempre estaba cerca. Era su primer horizonte, la presencia inmediata, quien se hallaba a su lado, y podía tocarla con solo dar unos pasos y hacer que lo cargara. Nublo, adusto con los demás, tenía para su madre, en cada cruce de la mirada, en cada contacto de la mano, en el gesto de llevarle algo que había encontrado, una media sonrisa entreabierta que buscaba y encontraba su respuesta, también escueta, pero inmensamente profunda, secretamente compartida y querida.
Jugaba con los otros, aprendía con todos, correteaba en el abrigo, bajo la enorme visera de piedra, de un fuego a otro, y allí se quedaba viendo cómo un cazador desollaba, una mujer encendía la lumbre, un joven trabajaba una punta, y cada uno le hacía una mueca, un guiño o le obsequiaba con un bocado o una esquirla. Los cachorros eran escasos entre los Primeros Hombres y los adultos demostraban el mayor de los afanes para que consiguieran medrar y sobrevivir.
Cuando las hembras salían de recolección, los niños podían correr más peligro, y por ello un par de hombres en guardia y con las armas prestas los vigilaban y escoltaban en cuanto salían del campo de visión desde la atalaya, donde siempre había un ojo alerta. Un centinela pendiente del movimiento de las manadas por el valle, de las cabras por las laderas, de cualquier revuelo en las aguas o de un tamareo en las orillas del río, pero también y más que de nada, de las tropillas de cachorros que salían a revisar las trampas o a buscar frutos, plantas o raíces. Era un valle hermoso, feraz y abundoso en caza, pero por ello estaba plagado de peligros y estos podían acechar tras cualquier mata o saltar desde cualquier árbol. O reptar sobre la tierra. Porque una de las primeras cosas a las que le enseñaron a Nublo a temer y rehuir, tanto la Callada como la Mujer de las Hierbas, fue a las serpientes, a los escorpiones y a otros bichos que parecían pequeños, pero causaban mucho dolor y podían llegar a matar.
En su caso, primero fue una picadura de avispa, que su madre le cubrió con barro y listo, pero en la segunda ocasión hubieron de acudir a toda prisa a la curandera porque, además del dolor, el brazo se le estaba hinchando de tal forma que comenzaba a no poder siquiera moverlo y la fiebre le aumentaba. El bicho, un escorpión de buen tamaño, le había picado al volver una piedra, pero aunque le dolió mucho, Nublo reaccionó y con el mismo canto que había levantado lo machacó antes de que pudiera esconderse y pudo enseñárselo, espachurrado, a la Callada. Así pudo conocer su madre el causante del daño y actuar rápido.
La Callada le hizo un corte con una lasca donde el escorpión le había inyectado el veneno para que le saliera sangre y le chupó la herida para sacarle la ponzoña. Luego le puso arcilla para que siguiera extrayendo el mal, pero el aguijonazo debía de haber llegado a dar en alguno de los pulsos y Nublo comenzó a marearse y el brazo se le estaba poniendo gordo como uno de sus muslos. En volandas lo llevaron a escape al abrigo. La curandera primero tranquilizó a madre e hijo, pero advirtió:
—Dolor mucho. Mucho. Pero Nublo fuerte.
Sajó de nuevo y volvió a succionar la herida y aplicó luego un emplasto, que ató con un tendón. Le dio a mascar un trozo de corteza de abedul y le dijo a la Callada que volviera más tarde a recoger un brebaje cuya preparación necesitaba tiempo. Mientras, que Nublo se acostara, no se moviera y procurara dormir.
A Nublo le dolió mucho, su sueño fue febril y el sudor le empapó el cuerpecillo. Pero con el bebedizo ya durmió mejor, y cuando se despertó ya no ardía de fiebre y solo le seguía doliendo el brazo, y eso hizo que ya le sonriera de aquella manera suya a su madre. Y la Callada respiró aliviada. Muchas mujeres y niños fueron también a verlo y, aunque no dijo nada, le gustó mucho que lo hicieran.
En el valle vivían también muchas hienas. Los hombres siempre estaban a pedradas con ellas. Las habían expulsado de los cubiles cercanos a sus refugios, e incluso uno lo tenían de abrigo los hombres ahora, pero ellas siempre volvían y andaban merodeando para aprovechar cualquier descuido. Y, en una ocasión, Nublo, siempre tan cerca de la Callada, se había separado demasiado de ella recogiendo bellotas y se había perdido no solo de su vista sino de la de todo el grupo. Fue cuando se topó con la manchada. Y la hiena, tras dar un repentón y echarse hacia atrás, huidiza, se revolvió al ver que el cachorro estaba solo y se dispuso a echarle la enorme mandíbula encima. Pero Nublo había crecido y aunque no era rival para una manchada no iba a ponerle la captura fácil. Él había visto hacer a los hombres e intentó imitarlos. En vez de correr, trepó a un pequeño montículo y cogió una piedra. La hiena podía subir con facilidad pero comenzó a rodearlo. Nublo comprendió que había olvidado algo esencial, gritar pidiendo ayuda. Lo hizo y eso detuvo de momento a la hiena. El cachorro siguió chillando pero la hiena ya subía. Le tiró entonces la piedra, con toda su fuerza, que no era mucha. Y le dio. No en el costillar, donde le hubiera hecho más daño, sino en la pata trasera. Pero algo logró. La hiena giró el hocico hacia la parte dolorida, se demoró un instante y luego prosiguió el ataque. Nublo ya había oído que los suyos llegaban y corrió hacia su madre, que venía también gritando. La hiena volvió su grupa escurrida y salió corriendo bajo una lluvia de piedras. Después, durante mucho tiempo, antes de alejarse unos pasos, Nublo levantaba la cabeza hacia donde estaba la Callada y los dos sonreían. Y cuando comenzó ya a separarse y campear más suelto y hasta alejarse del grupo, eran las hienas quienes se escapaban de él y de sus pedradas.