La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 46 de 50

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La canción del bisonte

45. La alianza

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La alianza

 

El clan Errante fue recibido con alborozo por los Hombres de los Caballos. La noticia de su llegada los iba precediendo en las llanuras y de los campamentos salían a recibirlos. Sus chamanes recordaban al Errante y veían en Lobo Alto, que ahora llegaba al frente de tan poderosa fila de cazadores, a un enviado de aquel gran chamán que había vivido con ellos y que les enviaba una señal en aquellos tiempos de tribulación. Que aquel clan y aquel hombre avanzaran además flanqueados por lobos que se les sometían y los ayudaban en la caza señalaba que sin duda era alguien a quien los espíritus conjurados habían mandado en su socorro. Lo agasajaban y, según iba a avanzando de norte a sur, se le unían más y más jóvenes que querían caminar a su lado y exterminar a sus enemigos.

Los Hombres de los Caballos eran valientes y querían desprenderse de una vez de su miedo. Porque el pavor a los Patas Cortas llenaba las noches, parecía acechar en todas las oscuridades y aterraba más que a nadie a las mujeres, pues el viento susurraba que eran ellas a quienes buscaban, raptaban y se llevaban a sus cuevas, de las que no había vuelto ninguna. También se llevaban a las niñas pequeñas y a los niños. A los jóvenes y los cazadores que conseguían atrapar se los comían. Por doquier contaban del poderoso jefe que los conducía. Que se parecía a los propios Hombres de los Caballos, con la piel casi tan oscura como la suya, y que había matado a muchos.

Pero Lobo Alto comenzó a ser prudente según iba acercándose a aquellas sierras que ya divisaba. Se dirigió a un gran campamento, donde muchos pequeños clanes se habían agrupado tras los últimos ataques de Nublo, y decidió establecerse y levantar una empalizada por si tenían que invernar allí. Quería reconocer el terreno y conocer en todo lo posible a sus enemigos. La luna siguiente, ya con ventiscas, la dedicaron a cazar junto a los Hombres de los Caballos para acumular provisiones, dejando siempre un considerable número de hombres protegiendo las tiendas y a las mujeres cuando estas salían en busca de comida o de leña.

Con las partidas de caza, Lobo Alto llegó hasta el sopié de la sierra y mandó a pequeños grupos en busca de algún rastro que delatara a los Patas Cortas. Pero no hallaron nada. Volvieron con abundante provisión después de una última y exitosa cacería de caballos, donde los hombres de aquellas llanuras los asombraron con su habilidad para conducir a los veloces y potentes animales a un cañón sin salida donde les cercaron y lograron alancear a muchos de ellos. A su vez, los Hombres de los Caballos ensalzaron a la loba y contaron y recontaron por los fuegos cómo ella y sus espigados lobatos, que intentaban, con torpeza, secundarla, habían sido quienes mordiéndoles casi las patas a los caballos los habían llevado mejor que los propios hombres a la mortal encerrona. Al poderoso garañón que se resistía a entrar y hacía continuos quiebros para huir fue la loba quien logró que, finalmente, penetrara por el paso que no tenía salida y por donde la yeguada le siguió enloquecida.

Regresados al gran campamento sin noticias de los Patas Cortas y con las Lunas del Hielo ya encima, la vigilancia se relajó un poco. Fue entonces cuando Nublo atacó de nuevo.

El jefe del Valle de los Primeros Hombres había acechado durante mucho tiempo los posibles descuidos de los Oscuros. Detectó el gran campamento situado más hacia el poniente y comprendió que por aquel lado era muy peligroso arriesgarse. Así que decidió ampararse en las laderas boscosas de las montañas hacia naciente e intentar un golpe antes de retirarse al otro lado. Finalmente, sus escuchas detectaron un campamento mediano de los Oscuros situado en una pequeña vaguada a la que se podía llegar oculto hasta una cierta distancia. Pero comprobaron que sus gentes no salían nunca del recinto en pequeños e indefensos grupos, sino siempre con la suficiente protección. Entonces Nublo se arriesgó a dar un golpe mucho más audaz. Atacaría de noche. Se infiltrarían en el campamento y entrarían en sus tiendas.

Logró penetrar en el recinto. Los Oscuros se consideraban allí seguros y dormían. No había centinelas. Las hordas de Nublo encendieron sus teas y las arrojaron contra algunas tiendas, que comenzaron a arder. Con las hachas y las mazas en las manos, penetraron en una, golpearon a quienes se incorporaban y arrastraron fuera a las hembras que pudieron agarrar. Huyeron tan velozmente como habían llegado. El pánico se apoderó del campamento. Todo fue confusión, gritos, alaridos, siluetas corriendo de un lado a otro a la luz de las tiendas incendiadas.

—¡Los Patas Cortas, los Patas Cortas! —gritaban, aunque no acababan de distinguirlos.

Un niño había salido aterrado de su tienda y su grito era el que ahora todos repetían. Los hombres se habían armado y echado a correr unos por un lado, otros por otro, sin dar con nadie. Al final, el muchacho los había conducido a su tienda y allí se toparon con un cazador con la cabeza reventada de un mazazo tendido en el suelo. Una mujer y su hija habían desaparecido. Nadie alcanzó a decir por dónde habían huido los agresores. La tienda era la que estaba en la esquina más próxima al campo abierto y más cercana a la zona de la vaguada donde comenzaba un bosquecillo.

Una partida de hombres salió en descubierta para intentar dar con alguna huella. Las hallaron precisamente en aquella dirección, pero una vez bajo los árboles, la oscuridad les impidió seguirlas. Hubieron de esperar al amanecer y para entonces los Patas Cortas ya estaban muy lejos. Siguieron durante dos jornadas su pista hasta que a la tercera llegaron al sopié de la montaña y comprendieron que por allí no debían perseguirlos.

La noticia llegó al gran campamento del poniente. La conmoción fue total. El jefe de los Patas Cortas los había burlado y vencido de nuevo. Los jefes de los Hombres de los Caballos se mostraban casi resignados.

Lobo Alto, sin embargo, no quiso resignarse a la desgracia ni al invierno. Dejó a Ababol y a las mujeres en su campamento y salió con su loba, sin cachorros, acompañado de casi la totalidad de sus hombres y un buen puñado de batidores. Su intención y firmeza eran muy claras: iban a seguir a los Patas Cortas para saber por dónde venían y adónde se retiraban.

Con los buenos servicios del olfato de la loba, a la que dieron a oler una prenda de una de las niñas secuestradas, encontraron el campamento desde el cual habían permanecido acechantes los Patas Cortas. Por los rastros de sus fuegos calcularon su número. No eran demasiados. Llegaron al siguiente fuego enemigo, que, para su estupor, volvía a estar próximo al campamento grande del que ellos mismos habían salido. Los Patas Cortas se habían escurrido por las laderas dando toda una vuelta y haciéndosela dar a ellos.

—Estuvieron primero aquí y, como no se atrevieron a atacar al campamento grande, se desplazaron hacia el de naciente. Luego han regresado aquí y han emprendido la huida montaña arriba.

Un superviviente de la matanza del paso se lo señaló en lo alto:

—Van hacia aquel portillo. La cascada de Navafría. Allí es donde nos emboscaron y nos mataron a muchos, aplastándonos con piedras.

Lobo Alto no estaba dispuesto a caer en la misma trampa. Pero tampoco iba a dejar escapar impunes a los Patas Cortas. Volvieron al Gran Campamento y allí expuso su plan.

—Los Patas Cortas suponen que no nos atreveremos a intentar de nuevo forzar el paso. Y no lo haremos. Hemos de encontrar otros pasos hacia la otra vertiente de la montaña. Hemos de actuar como ellos y localizar antes sus campamentos y la forma de llegar a ellos. Hemos de encontrarlos y caer sobre ellos. Pero habremos de ir todos cuantos podamos. No sabemos cuántos serán ellos. Estos pueden ser tan solo alguna de sus partidas.

Los diferentes jefes de los Hombres de los Caballos se juramentaron. Habían sufrido bastante. El enviado del Errante les insuflaba ánimos. Se vengarían ahora. Avisarían a todos los clanes de las llanuras, les pedirían que se les unieran y que pidieran ayuda a cuantos clanes vecinos pudieran. Los Hombres debían ir juntos contra la abominación de los Patas Cortas. Todos los clanes de los Hombres debían librar ese combate para exterminar a aquellos seres medio humanos. En menos de una luna deberían estar todos allí reunidos. Durante ese tiempo Lobo Alto y sus hombres del clan Errante hallarían los pasos y descubrirían sus campamentos al otro lado de la sierra.

Los jefes de los Hombres de los Caballos objetaron:

—Podrá hacerse lo que dices, pero no ahora. Las Lunas del Hielo ya están llegando y no podrá atravesarse la montaña.

—Eso es lo que los Patas Cortas creen, que con el hielo y la nieve protegiéndolos están a salvo. Esa será nuestra ventaja. Atravesaremos la sierra y caeremos sobre ellos cuando estén confiados en sus cuevas.

Aunque algunos fueran a regañadientes, todos lo aceptaron. Nunca los clanes habían ido contra un enemigo todos juntos. Solo en alguna ocasión dos habían llegado a cazar mezclados. Entonces Lobo Alto habló:

—Sí se ha hecho. Sí lo hicieron nuestros antepasados. Donde llegué con el Errante, con el Hombre León, lo hicieron. Cuando nuestros ancestros fueron mucho más al norte, hasta donde otro Gran Azul cerca la tierra también por el naciente, se toparon con los clanes de los Patas Cortas, los Jaros como ellos los llaman, que eran entonces muy numerosos y lo dominaban todo. Los clanes de los Hombres se aliaron y los fueron expulsando, primero hasta el Gran Azul de Poniente, después bajando hasta el sur, hasta esta sierra detrás de la cual se han refugiado. Ahora ya no queda memoria de lo que nuestros ancestros hicieron pero el Hombre León me la enseñó. Por ello sé lo que debemos hacer y que tendremos el aliento de nuestros antepasados y la visión del Errante, que estará ahora también con nosotros.

Aquello acabó por convencerlos. La memoria de los Hombres había sido recuperada. Y quien la había traído del Errante los guiaba. ¿No se llamaba acaso así el propio clan que lideraba?

Los emisarios partieron hacia el norte. Lobo Alto con el clan Errante lo hizo en dirección contraria, hacia las montañas, y alcanzaron prontamente el campamento abandonado de los Patas Cortas, bajo el paso de Navafría.

—Ellos bajan siempre por ahí. Tendrán en lo alto vigías. Hemos de flanquearlos. Iremos hacia el poniente y buscaremos un collado por donde pasar, aunque desde aquí las montañas parecen muy altas y ya cargan con mucha nieve.

Eso hicieron durante largas y agotadoras jornadas, aguantando ya las celliscas. Tras varios fracasos que concluían en paredes de roca verticales o en neveros impracticables dieron con una esperanza. En una zona, los picachos parecían cada vez menos altos y en lo alto de una pedriza les pareció que se abría un portillo. Subieron por un costado, pero acabó resultando impracticable, probaron por el otro y por un sendero de rebecos que parecía ir hacia la cumbre. Y a ella llegaron. Hallaron

al fin el paso anhelado.[86] Allá abajo, a sus pies, se abría un impresionante valle cercado de montañas altísimas. Aquel era sin duda el refugio, la guarida de los Patas Cortas.

Tomaron todas las precauciones para no caer de nuevo en una emboscada como les había ocurrido a los Hombres de los Caballos, pero comprobaron pronto que aquel portillo no lo tenían guardado. El grupo más numeroso se rebajó un poco en la vertiente por la que habían subido para eliminar cualquier posibilidad de que detectaran su humo, y un puñado con Lobo Alto comenzó el descenso, enmontados para no ser vistos. Tan solo necesitaban divisar los humos de los Patas Cortas. Con eso bastaría.

Lo primero que distinguieron en lo profundo del valle fue el brillo del río que corría de poniente hacia naciente. Lo contemplaron con ávida mirada. Aquel podría ser el lugar donde se posara el clan Errante. Aquel podría ser el destino de Lobo Alto. Pero antes deberían acabar con los Patas Cortas.

Tardaron en dar con ellos todavía otra jornada, pero al final vieron el humo. Se acercaron y desde la altura distinguieron las bocas de sus cuevas. Era un gran campamento y eran varios los lugares donde los Patas Cortas parecían tener sus guaridas. Contaron al menos tres humos. Uno en lo alto de una meseta rocosa y dos bajo ella. Lobo Alto retuvo todo en su memoria e inició de inmediato la vuelta. Remontaron hasta casi la cima, pero esperaron a que fuera de noche para no recortar su silueta en la altura, y retornaron por el portillo descubierto hacia la vertiente norte de las aguas. Los Patas Cortas no los habían visto, pero ellos ya sabían dónde estaban.

En el Gran Campamento habían estallado las discusiones sobre la conveniencia del ataque. La vuelta de Lobo Alto al frente de los Errantes sosegó las suspicacias y excitó los ánimos, sobre todo cuando contaron que habían descubierto un paso que no estaba bloqueado ni protegido y también las guaridas de los Patas Cortas en un valle como jamás habían visto antes.

Volvió a desatarse la disputa de si era posible hacer la travesía ahora pues los Errantes habían regresado casi muertos de frío.

—Hemos de lograrlo cuando no nos esperan. Es nuestra oportunidad y no podemos dejarla. Vuestras mujeres están allí secuestradas. No podemos dejarlas en sus manos. Hemos de vencer a la nieve y al hielo para derrotarlos a ellos.

Tropezón, que había venido del clan de la Cueva Mayor, para alegría de Lobo Alto, fue el primero de los recién llegados en decidirse.

—Mi clan no ha venido hasta aquí para volverse. Subiremos para caer sobre esas bestias que semejan hombres.

Ya se decidieron todos. Y salieron de inmediato. Ababol, las mujeres, los niños y un potente grupo de hombres se quedaron protegiendo el campamento, aunque nada hacía suponer que fueran a ser atacados. Pero no podían fiarse.

Desde que comenzó la marcha, Lobo Alto parecía tener solo una obsesión: no ser descubiertos. Haciendo en los ventisqueros cuevas donde guarecerse por las noches, aguantando las peores tormentas, una los impidió avanzar durante una jornada completa y unas espesas nieblas llevaron a despeñarse a dos hombres de la partida, alcanzaron por fin la pedriza y el sendero de rebecos. Algunos tan exhaustos que no pudieron continuar. Uno se había roto una pierna, otros ya no tenían fuerzas. Allí podrían hacer fuego, pues aún estaban en la otra vertiente, y esperar su regreso. Ellos mismos se calentarían con una hoguera por vez última aquella noche pues hasta que atacaran las cavernas de los Patas Cortas no podrían encender fuego alguno, y menos por la noche, para no delatarse. Al alba cruzaron y desde lo alto contemplaron el valle.

Pero cuando iban faldeando para llegar enfrente de las guaridas de los Patas Cortas una terrible tormenta se abatió sobre ellos y estuvo a punto de acabar con todos. No hacer fuego aquella noche y no encontrar refugio era la muerte segura. Los salvó la loba. Ella encontró la pequeña boca de una cueva, Lobo Alto la vio meterse. Pensó que era una pequeña guarida, pero, desesperado en medio de la ventisca, fue tras ella y tras arrastrarse vio que se ensanchaba. No era mucho, pero era una gruta y cabrían todos. Y allí podrían encender el fuego y no morir congelados. La tormenta duró dos días. La nieve tapó casi por completo la entrada de la gruta. Se les estaban agotando las provisiones. Pero Lobo Alto sabía que estaban cerca.

Salieron al tercer día y esa misma mañana divisaron los humos de los Patas Cortas y comenzaron a descender protegidos por los árboles. Llegaron a mediodía a la orilla izquierda del río. Parecía en algunos lugares helado, pero prefirieron no arriesgarse y buscaron un vado.

Lobo Alto, con Esmerejón, Tropezón y los jefes de los Hombres de los Caballos coordinó el ataque. Atacarían entre dos luces, al ponerse el sol. Aprovecharían el último resol sobre las costeras de las cuevas mientras ellos ya estarían en la penumbra en los sotos del río.

El clan Errante atacaría la cueva más grande y donde parecía que había más gente. Los Hombres de los Caballos, la que estaba no muy lejos de ella, y Tropezón, con los clanes del norte, rodearía la meseta de piedra y atacaría desde atrás el fuego que desde allí se levantaba. Irían hacia ellos con los propulsores listos, los venablos y las azagayas. Debían evitar el cuerpo a cuerpo con los Patas Cortas, ya que tenían la fuerza y la envergadura de las grandes bestias. Había que herirlos y matarlos a distancia. Tenían que recuperar las azagayas lanzadas para no quedarse desarmados y utilizar su agilidad en el salto y su velocidad en las piernas. No debían dejar que los alcanzaran y deberían cuidarse de sus mazas y de sus largas lanzas. Que no les importara huir para alejarse y volver a coger la distancia para desde ella volver a herirlos.