La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 3 de 50

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La canción del bisonte

2. Nublo

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Nublo

 

Le pusieron el nombre, Nublo, por su piel, su pelo y el color de los ojos. Ellos la tenían pálida, el pelo jaro y los ojos claros. El hijo de la Oscura, a la que capturaron al otro lado de las montañas, no lo era tanto como su madre, a la que mató en el parto, pero su piel era del color del barro claro, el pelo del de los tizones de la hoguera y los ojos, que destacaban el blanco que los rodeaba, como el del légamo.

Había nacido fuerte, con buen grito y con muchas ganas de mamar. Tuvo suerte porque una de las hembras había perdido a un recién nacido y tenía mucha leche. Fue ella quien lo crio desde su primer día. Era una de las mujeres de mayor rango, que tenía un hijo que ya cazaba y otro macho y otra hija más pequeños a su cuidado. Era muy admirada por ello, por haber sacado adelante a tres crías, y haber parido otras tres más que, como la última, se malograron al nacer o a poco de hacerlo. Las demás hembras del clan y también de los otros clanes no eran tan fértiles. Ella había contribuido a aumentar y fortalecer al grupo. No era la primera de su estirpe, pues tenía una hermana que ordenaba el fuego familiar, pero su voz se escuchaba y respetaba. Hablaba poco, solo cuando era preciso y no siempre cuando se le preguntaba. A veces respondía con el silencio y un gesto y seguía a sus cosas. Había sido así desde niña y siempre la habían mentado como la Callada.

La Callada prohijó a Nublo y este creció robusto entre los Primeros Hombres, los

que tienen sus cazaderos y sus refugios en el Valle Oculto,[3] protegido por las más altas montañas que impiden el paso de los peores vientos, recorrido por el río que

viene desde el pie de la más elevada, la que llaman Peñalanza,[4] y va lamiendo las faldas de todas ellas hasta que se le puede ver desaparecer desde la atalaya bajo la que se abren todos los abrigos por un último recodo. Un valle extenso y feraz en plantas y animales, no solo por el norte rodeado de montañas, sino también por naciente y por poniente, y aun por el sur, donde otra cadena de picachos algo más bajos se eleva guareciéndolo y es también abundosa en aguas y manantiales, por lo

que los hombres lo llaman de los Fontanares.[5]

Peñalanza está justo enfrente de donde se abre la gran visera de roca donde el clan vive, se protege y se calienta. La punta de la gran montaña es lo primero que los ojos de Nublo, cuando aprendió a mirar las montañas, vieron y entendieron como un espíritu que los protegía. Peñalanza es lo primero que los Primeros Hombres miraban cuando se asoman al amanecer y su sola visión les daba fuerza y se sentían por ella amparados.

Toda aquella cordillera, todos los horizontes, los más lejanos y los más inmediatos, con los que topan los ojos desde la boca del abrigo o desde la atalaya, está ahora nevada y el hielo reluce en sus cimas. Es la divisoria no solo de aguas, sino de la tierra misma en la que los Primeros Hombres habitan. Más allá hay otras y lo saben, y cuentan que tras bajar por aquellas laderas se extienden inmensas llanuras, pero sus cazadores no van hace mucho tiempo por allí. Porque allí moran los Oscuros. Ellos tampoco descienden, ni siquiera conocen el valle. Ya hay que buscar relatos muy atrás y ahondar en las memorias de la tribu para hallar recuerdos de cuando los Primeros Hombres tuvieron allí sus grutas y en ellas vivieron poderosos clanes. Pero hace ya mucho, desde que los ancianos alcanzan a recordar lo que a ellos les relataron sus ancestros, desde el tiempo casi en que el hielo no era tan cruel ni tan dueño y señor de tantas lunas, que no se ha sabido nada de aquellos, ni se les ha visto ni han encontrado restos de su paso. Lo más que alcanza algún recuerdo es a relatar cuando algunos vinieron huyendo del otro lado, alcanzaron el Valle Oculto, donde ya moraban Primeros Hombres, y se establecieron con ellos. Fueron quienes trajeron las primeras nuevas de los Oscuros, unos seres que no se sabía de dónde habían llegado ni de ellos había noticia alguna, y que nunca habían visto caminar la tierra como sí lo habían hecho con el resto de los seres que en ella vivían: el rinoceronte, la hiena, el león, el leopardo, el uro, el ciervo, el corzo, el caballo, el reno, la cabra, el bisonte, el lobo, el oso, el mamut o hasta aquel tigre de dientes gigantescos que ahora ya no se veía, pero se recordaba. Unas veces los animales parecían ya no existir, pero luego reaparecían, y en cualquier caso siempre estaban en los recuerdos, pero de los Oscuros no había recuerdo ni memoria anterior alguna.

Pero ahora ya sabían de ellos y los temían. Porque eran o parecían hombres, pero no eran de la raza de los Primeros Hombres sino que los mataban. Y aquellos que habían llegado huyendo contaron que habían invadido sus territorios de caza, asaltado sus cuevas y los habían herido y muerto con delgadas lanzas que disparaban desde muy lejos.

El Valle Oculto se pobló de muchas gentes con aquellas llegadas. De los que estaban y los que vinieron. Pero hubo espacio para todos y no faltaba comida. El río que lo recorría no solo era abundoso en peces, sino que daba vida a su ribera y al entorno entero, y allí se multiplicaban los animales y crecían vigorosos y verdes las plantas y los árboles, dando a los hombres toda suerte de raíces, semillas, frutas, bayas y hojas y tallos que podían comerse.

Podían cazar en todo aquel espacio y también en las faldas de las cercanas montañas, y subir cuando lo permitía la nieve hasta lo alto e incluso atravesarlo por collados, y descender por las laderas del otro lado, aunque estas eran más frías y hostiles, e incluso, ya cuando el primer miedo a los Oscuros se diluyó en torno a los fuegos, llegar hasta las grandes llanuras que desde allí se divisaban. En ocasiones algún grupo se decidía porque en aquellos espacios había grandes manadas de caballos y de bisontes paciendo, y muchos rinocerontes, cuya carne era la más apreciada. Buena prueba era que los leones cavernarios también las frecuentaban y bajaban a cazar en ellas.

A los Primeros Hombres los leones no les daban miedo, aunque sabían que podían matarlos con sus garras y sus colmillos. Pero ellos también podían asustarlos con el fuego, herirlos con piedras o matarlos igualmente con sus lanzas. Unos y otros lo sabían y por ello, cuando se divisaban, se mantenían a distancia. En el propio valle residían dos manadas de leones, una en el extremo más alto del río y otra donde sus aguas se apaciguaban y el valle se ensanchaba. Alguna noche un cazador rezagado o una mujer que se demoraba en el retorno al campamento o a la cueva desaparecía, y algún resto indicaba bajo qué garras había sucumbido, pero no eran frecuentes los ataques; a veces también un niño podía sufrirlo de las hienas manchadas, pero si se repetía, una partida salía hacia sus guaridas, incendiaba las laderas de sus cubiles y mataba si podía algún león cavernario. Quien asestaba la última lanzada era quien tenía derecho a sus colmillos y a las uñas de una garra. Las otras tres se repartían entre todos los que habían participado en la cacería y eran motivo de relatos durante muchas noches, sobre todo cuando era tanto el frío que había que quedarse lunas enteras sin salir casi de los abrigos.

Decían los viejos que en otros tiempos había tantas manadas de Primeros Hombres como de leones. Pero ahora, en el otro lado de las montañas, ya parecían quedar apenas unas cuantas de los felinos y no haber rastro alguno de los Primeros Hombres. Los únicos que crecían en número y expulsaban del territorio a unos y a otros eran los Oscuros. Y era por ellos, y no por los leones, por lo que los cazadores del valle cruzaban los collados y descendían sobre aquellas llanuras solo si la necesidad los obligaba.

Una de las veces que lo hicieron es cuando capturaron a la Oscura, y no solo a ella, sino también a un viejo y a un cachorro ya crecido. Según contaron, mataron a un joven que blandió contra ellos una de sus delgadas y finas lanzas hiriendo a un cazador e hicieron huir a varias hembras y a sus crías, que se desperdigaron dando alaridos y se ocultaron. Podían, tal vez, haberlas cogido a todas, pero decidieron escapar cuanto antes del lugar, sabedores de que los cazadores Oscuros no estarían lejos y, en cuanto vieran lo sucedido, saldrían tras ellos e intentarían liberar a los suyos y matar a los Primeros Hombres. El jefe de la partida ordenó presto el regreso, y para cuando cayó la noche ya estaban en la ladera de la montaña, donde acamparon sin encender el fuego, y con la primera luz del día habían comenzado a remontar de nuevo y cruzaron el collado del Nevero cuando los primeros rayos del sol le sacaron destellos y brillos.

Llegaron con sus cautivos al campamento y hubo silencio y preocupación en muchas caras, sobre todo de las mujeres, pero también en las de los más avezados cazadores, pues los que habían realizado la larga expedición eran de los más jóvenes, con tan solo uno de edad y experiencia al frente, que es quien ordenó el retorno inmediato después del encuentro.

Los ancianos y los jefes de los cazadores tanto del Abrigo Grande como del cercano Cubil de las Hienas, llamado así pues a ellas se lo habían arrebatado, y de otros refugios cercanos del valle se concitaron en torno a la hoguera para conocer y discurrir sobre lo sucedido. Ya antes algunos de los mejores conocedores de los pasos de la montaña se apostaron en los collados de Peña Cabra, del Nevero y de la cascada de Navafría para alertar a todos en el caso de que los Oscuros vinieran. Pero no vinieron. Ni después tampoco, pues al siguiente día se nubló el cielo y unas nubes del color de la ceniza de las hogueras se asentaron sobre las cimas y sobre el valle entero. Comenzó a caer la nieve, aunque no era tiempo aún, pero cada vez parecía llegar una luna antes y retirarse una más tarde, y toda la montaña quedó cubierta. Los copos también cayeron sobre el valle, pero a nada se volvieron agua muy fría y menuda que calaba hasta las pieles. Retornaron los vigías y se encerraron todos para soportar la primera ventisca. Se sintieron contentos esta vez, aunque preludiara el tiempo del frío, el hielo y el hambre, porque supieron que los Oscuros no vendrían. Ni tendrían huellas ni podrían cruzar las sierras.

El joven cazador herido conservó la vida. La herida no era honda ni le había llegado a penetrar en los intestinos. La gruesa piel de bisonte que llevaba enrollada al cuerpo había logrado que la punta de pedernal del Oscuro solo le hubiera rasgado el costado. De los tres cautivos decidieron dejar vivir a la hembra. Al viejo y al otro joven se los comieron y en el festín participaron todos los clanes de los Primeros Hombres que moraban en el valle.

La hembra fue reclamada por el joven que había sufrido la lanzada y los ancianos se la concedieron pues entre los Primeros Hombres no había hembras para todos; entre los que habían llegado huyendo hubo desde el inicio más hombres que mujeres, y en los fuegos nacían cada vez menos niños. La Oscura se sometió a él y a las hembras del grupo al que pertenecía. Era una hembra muy joven que asombraba a todos, además de por su piel y su pelo crespo y rizado, por la delgadez y largura de sus piernas, su falta de anchuras y sus débiles hombros. Pero era muy resistente y aguantaba mejor que ninguna las caminatas. Sabía hacer cosas con sus manos que les sorprendían, al igual que sus ropas, cuyas piezas estaban unidas por tendones, y era muy hábil buscando comida, descubriendo madrigueras, parideras de conejas y nidos de pájaros. Habrían hablado con ella y le habrían preguntado por todo, pero no les dio tiempo pues cuando empezaban a comprender algunas cosas que decía y hacía, se murió.

A las cuatro lunas de llegar al valle se le empezó a hinchar la barriga y parió cuando de nuevo había retornado el sol y el calor y las expediciones de caza estaban en apogeo. Murió del parto. Era muy estrecha y se desangró.

Nublo no supo que una Oscura había sido su madre hasta que la Callada se lo dijo, cuando otros niños intentaron rasparle la piel y le hicieron sangre con una lasca intentando que se pusiera igual que la suya. Le dijo que los Oscuros no eran como los Primeros Hombres, pero que él sí era de ellos porque de sus espíritus había nacido, y que la próxima vez que los otros intentaran hacerle alguna cosa en la piel o en el pelo porque eran diferentes, no se dejara. Y Nublo no se dejó en absoluto. Saltó sobre el primero que repitió la intentona mordiendo, golpeando con pies y manos, y el agresor acabó huyendo y chillando hacia su fuego.

Nublo se crio fuerte y robusto en el Valle de los Primeros Hombres y cuando ya estuvo crecido, supo bien quiénes eran los Oscuros: los peores enemigos de sus gentes. Si podía, les daría caza y se los comería.