La canción del bisonte
47. El rapto de Ababol
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El rapto de Ababol
La tercera de las Lunas del Hielo, para compensar tal vez la suavidad de las anteriores, fue particularmente cruda incluso en el Valle Oculto. La nieve cayó sin descanso durante noches y días. Cuando al fin se despejaron un poco los cielos, Lobo Alto, Esmerejón y una selecta partida de cazadores partieron de inmediato río abajo, acompañados de la loba y dos de los espigados lobatos, un macho y una hembra. La lobita más pequeña se quedó en la cueva con Ababol y las otras mujeres.
La partida solo estuvo fuera dos noches, que pasó en otro refugio que habían descubierto, consiguió abatir un megaceros y retornaba alegre. Al llegar, muy de mañana, la desolación estaba esperando a Lobo Alto. La cueva donde moraba con Ababol había sido asaltada en un audaz golpe de mano que nadie había prevenido y que se ejecutó con tal sigilo en medio de la noche cerrada que cuando los hombres del Abrigo Grande quisieron reaccionar a los gritos de socorro ya fue tarde. Cuando llegaron a la cueva de la Guardiana esta había desaparecido, al igual que Alondra, y la lobita daba los últimos estertores con la cabeza hundida por terribles golpes.
—Intentamos seguirlos en la noche, pero nos fue imposible hacerlo más allá de la linde del boque. Hasta aquí, hasta la cueva, se deslizaron tres tan solo. Esta mañana, ya con la luz, hemos visto que bajo los árboles los esperaban varios más. Un grupo de batidores ha salido tras la pista fresca antes de que la tape otra nevada. Nosotros nos hemos quedado esperándote.
Lobo Alto, antes de ir a su encuentro, quiso con Esmerejón y los mejores rastreadores saber más de lo sucedido y se acercó a la cueva. Allí el jefe no quiso evitar un alarido de dolor que oyó todo el clan Errante. La tristeza, la rabia y la impotencia arrasaban a Lobo Alto, que se maldecía por haber salido de caza.
Por los rastros, era evidente que habían intentado defenderse y que la lobita había logrado hacer sangre en alguno de los agresores. Habían derribado el parapeto protector de piedras y ramas y habían penetrado dos Patas Cortas y otro se había quedado en la entrada. Habían matado a la loba a golpes de hacha y cogido primero a la Alondra. Ababol parecía haberse logrado escurrir pero al salir, el grito de socorro que oyeron fue de ella, un golpe del Patas Cortas que acechaba la había derribado. La habían cargado a la espalda, como también a la Alondra, se notaba en la profundidad de dos de aquellas huellas, mientras que las del que abría la marcha eran menos hondas.
Bien claro estaba quiénes eran y que conocían a la perfección aquel paraje. Las huellas llegaban primero a un cortado, por el que se deslizaron, se metieron luego en una hondonada abierta por un pequeño regato de agua para evitar ser vistos desde la plataforma de arriba y por ahí se escurrieron hasta el bosque.
No perdió más tiempo Lobo Alto. Con Esmerejón y un numeroso grupo de los más fuertes y ligeros partieron tras las huellas de los raptores. Llegaron donde un batidor los esperaba para guiarlos por la pista que los otros iban dejando mientras seguía la de los fugitivos y, al remontar la primera pequeña loma de los Fontanares, Lobo Alto lanzó desde allí un tremendo alarido, de furia, de pena, de rabia y de venganza, con el que quiso alcanzar a Nublo, pues estaba bien seguro de que era él quien se la había arrebatado, y de esperanza para Ababol. En el grito le decía que no cejaría nunca hasta encontrarla. La mujer ya lo sabía, aunque no llegara a oírlo.
Y Ababol sabía otra cosa que Lobo Alto desconocía. Estaba preñada. Lo sabía desde hacía dos lunas. El flujo de sangre no le había venido por segunda vez y sentía que una vida le crecía en las entrañas. Eso fue en lo primero que pensó cuando se despertó de su inconsciencia, provocada por el tremendo golpe recibido al intentar escapar. La habían llevado a cuestas pero, tras atravesar aquel pequeño riachuelo, le habían echado agua en la cara para despertarla, le habían atado las manos, puesto una cuerda también al cuello para tirar de ella y la habían obligado a andar. La Alondra seguía aún desmayada, pero a ella seguía llevándola como un fardo y sin aparente esfuerzo el Pata Corta que la había capturado. Al principio, Ababol perdió el equilibrio a causa de la conmoción en un par de ocasiones, pero se fue rehaciendo y siguió a sus captores. Vivía y habría de vivir por el hijo que llevaba dentro. Eso era lo único. Vivir. Y para ello no debía hacer nada que los enfureciera y decidieran matarla. Vivir era lo único que importaba. Luego ya pensó que Lobo Alto iría tras ella y la acabaría encontrando. Con la loba, la encontraría.
Nublo avanzaba el primero, elástico, moviéndose con decisión, buscando las sendas por donde la nieve era menos espesa, utilizando a veces las de algunos animales. Conocía a la perfección los lugares por los que pasaban y no dudaba ni un instante en la dirección que seguir.
La Alondra se recuperó al fin del desmayo. Los Patas Cortas querían que se pusiera en pie y caminara, pero ella se quedó tendida en la nieve. Los cinco, pues cinco eran los de la partida que habían protagonizado el asalto, la rodearon. Uno hizo un gesto de amenaza con la lanza. Entonces Ababol le habló y la llamó por su nombre:
—Vamos, Alondra, levántate. Si no, te matarán y te comerán. Levántate e intenta caminar. Hazlo a mi lado.
La jovencilla, aún sollozando, al oír a la Guardiana se repuso un poco, se incorporó e hizo un esfuerzo por andar. El Pata Corta desarmó su brazo y prosiguieron camino. Ababol sintió entonces los ojos de Nublo, verdosos y serpentinos, clavados en ella. Se había dado cuenta de su influjo sobre la joven.
Mientras corría hundiéndose en la nieve, la desesperación de Lobo Alto lo desgarraba por dentro como la peor de las heridas. De nadie sino de él mismo era culpa lo sucedido. No había actuado como un jefe prudente, no había previsto el contraataque de un enemigo tan audaz y temerario como Nublo. Una vez más su soberbia, creerse por entero victorioso, haberse confiado de fuerza y menospreciado la del otro, lo habían conducido al desastre y ahora había perdido a Ababol. Mejor le hubiera parecido sufrir el asalto y haber muerto.
Pero estaba vivo. Y de pronto pensó que era esencial que lo estuviera. Que habría de vivir para conseguir llegar de nuevo hasta ella. Que no cejaría de recorrer todo aquel inmenso y desconocido territorio, aquellas montañas interminables hasta encontrarla. Aquello le reconfortó, le serenó el pulso y le llenó de coraje. Su paso se hizo más elástico y menos atropellado. El clan Errante lo ayudaría en ello.
Exterminarían, ahora ya sin compasión alguna ni sobre hembras ni sobre crías, a los Patas Cortas, y no dejarían que ni uno solo de ellos viviera. Los perseguirían hasta donde fuera necesario, pero recuperaría a Ababol y mataría a Nublo y a todos quienes con él estuvieran. La tierra sería solo para los verdaderos hombres y aquellas abominaciones debían de ser exterminadas de su faz.
Esmerejón, el más rápido de todos los cazadores y el más cercano al jefe, compartía su desolación y sentía como propio su dolor. Percibió también su cambio de actitud, redobló el ritmo de sus pasos y a poco el grupo alcanzó a los batidores que seguían la pista. La habían logrado mantener hasta que remontaron las cimas de los Fontanares, pero allí la habían perdido en una pedriza desnuda de nieve por la que parecían haber atravesado. Celebraron consejo. Los batidores indicaron cuál creían que era la dirección que habían tomado. Parecía ser la misma que cuando habían huido derrotados del Valle Oculto. Divisaron aquel característico pico, el Ocejón, que habían significado la vez anterior. Su ruta parecía dirigirse hacia él, cruzando el Valle y remontando de nuevo después. Si perdían su rastro, aquella montaña sería su guía.
Pero tenían también a la loba. Esta había lanzado un lastimero aullido tras olfatear el cadáver ya frío de su cría y ahora se entregaba con verdadero frenesí a la búsqueda de aquel olor, el de los Patas Cortas, que distinguía bien como perteneciente a los que habían matado a su cachorra.
Tardaron en localizar la pista al otro lado de las rocas, pero la loba dio con ella y eso hizo renacer sus esperanzas. Atardecía y hubieron de buscar cobijo. Al día siguiente, a media mañana, sintieron que los secuestradores no podían llevarles mucha delantera, pues descubrieron los rescoldos de una hoguera en la pared abombada de un cortado. Era de la noche pasada y estaban ya fríos, pero el rastro era bueno. También comprobaron, ahora mejor, que eran cinco los captores y que Ababol y la Alondra seguían vivas pues sus pisadas se marcaban de manera bien diferente en la nieve. Si se mantenía el buen tiempo y forzando el paso, podrían darles alcance en poco más de otra jornada.
Pero aquella misma tarde la tormenta y la cellisca cayeron sobre la tierra y sobre su ánimo con un golpe demoledor. Hubieron de afanarse en encontrar refugio, encender fuego y no perecer congelados. Cuando al día siguiente despejó ya no hubo pista alguna que seguir. Ni siquiera para la loba. Les quedaba la referencia del Ocejón, ahora cubierto de nieve, al igual que todas aquellas sierras. La nevada había sido extrema y copiosa. Lobo Alto los reunió.
—Los hemos perdido y habremos de buscarlos al otro lado de este valle. Aquí ni antes ni ahora hemos detectado fuego alguno que indique una guarida de los Patas Cortas a la que ellos se dirijan. Están en aquella montaña de allá —dijo señalando al pico con convicción, quizá para darse seguridad a él mismo, que distaba mucho de tenerla.
El grupo perseguidor era demasiado numeroso y ahora era evidente que la caza de los Patas Cortas iba a prolongarse mucho. Lobo Alto tomó otra decisión.
—Ellos no son muchos. Una partida nuestra más pequeña irá más veloz y podrá alcanzarlos antes. Vendrán conmigo solo los más rápidos de pies y más resistentes a la fatiga. Los demás regresarán al Valle. Si los alcanzamos antes de que lleguen a su guarida, con nosotros bastaremos para acabar con ellos y liberar a Ababol y a la Alondra, pero si consiguen llegar adonde los esperan los demás, enviaré emisarios para que acuda el clan entero.
Los Errantes protestaron. No querían dejar a su jefe y todos querían acompañarlo. Pero él los convenció. Las Lunas del Hielo iban a entrar en lo más crudo. Un grupo más pequeño, y al que además dejarían todas las provisiones posibles, podría arreglárselas mejor para sobrevivir. Porque Lobo Alto había decidido traspasar aquella sierra, ir hacia aquella montaña lejana y permanecer allí todo el invierno si fuera preciso en busca de la más mínima señal que permitiera detectar al clan de Nublo. La menor voluta de humo ascendiendo sería suficiente. Y entonces le daría caza.
Pero la mayoría de sus hombres debía volver al Valle y proveer para todos los que allí habían quedado. Al frente de ellos puso a Esmerejón. Perdía al mejor corredor pero era en él en quien confiaba más para dejar en sus manos al clan Errante y sabía que a la menor indicación acudiría sin demora a su lado. Eligió después a los mejores, los más duros y resistentes. Iban a permanecer a la intemperie durante las Lunas del Hielo. Pero Lobo Alto era su jefe, él los había traído hasta el sur, hasta aquellas nuevas tierras, había vencido a los Patas Cortas y les había arrebatado el Valle Escondido. No, no iban a fallarle en su tribulación. Darían con Ababol, con la Alondra, y del cráneo de Nublo harían una copa para beber.
Nublo forzó a Ababol en la primera parada. Quien no había tocado hasta el momento a una Oscura les dijo a sus hombres que aquella hembra la quería solo para él. Los otros no rechistaron y se turnaron sobre la Alondra, que gritó y lloró. Ababol sabía lo que la esperaba y que era estúpido ofrecer cualquier resistencia. Aguantaría su embestida e intentaría que no la golpeara ni que le hiciera ningún daño. Ni a ella ni a lo que llevaba dentro. Nublo se sorprendió cuando la agarró por detrás y, cogiéndola con fuerza del pelo, la penetró. La hembra se mantuvo inmóvil y como yerta. Cuando se derramó y la descabalgó, ella se limitó a rodar hacia un lado. En sucesivas ocasiones y paradas, cuantas veces quiso hacerlo la montó, y ella se mantuvo igualmente calmada y sin ofrecer al macho resistencia alguna. Él volvió a fijar su mirada en ella intrigado. La había encontrado con tan solo otras mujeres en aquella pequeña cueva en la que no había hombre alguno y aquello también lo había sorprendido. Era una hembra diferente a las otras Oscuras que habían capturado, erguida y firme, con extraños ojos verdosos y era evidente que la muchachita la obedecía y le demostraba respeto. Se quedaría con ella.
En realidad, su captura había sido puramente fortuita. Nublo no sabía quién era. No había visto en el ataque de Lobo Alto mujer alguna entre los asaltantes. El hecho de haber topado con la pequeña cueva también había sido una casualidad. Había decidido asestar aquel golpe intuyendo que, tras su huida y la persecución a que lo habían sometido, los Oscuros lo creerían al otro lado de las montañas. Pero él se había apostado con un escogido grupo en el valle y había enviado a todos los demás, remontando la siguiente serranía, hacia aquel lugar donde sabían que habitaba otro clan de los Primeros Hombres, al abrigo de aquella montaña que les recordaba a su Peñalanza.
Desde lo alto de los Fontanares, Nublo acechó todos los movimientos de los Oscuros. Vio como gran parte de ellos marchaban y retornaban hacia los llanos por el paso de la cascada donde un día los derrotó. Y por él vio venir a una nueva partida en la que iban muchas mujeres y algunos niños, que bajaron hasta el refugio que había sido el de su fuego. Con su golpe de mano nocturno solo había buscado que no se sintieran seguros, que allí en el Valle de los Primeros Hombres, el Oculto, siempre estarían en peligro, y también demostrar a los suyos que no estaba vencido. Sembraría entre ellos el miedo y cuando los suyos pudieran rehacerse, lograría hacerles volver al otro lado de las montañas. Pero para ello habría de unir a más clanes. Él solo no podría.
Los fugitivos del Valle, con las hembras y las crías, encontraron el lugar que él les había indicado merced a un cazador superviviente que lo había acompañado en aquella expedición a aquel pequeño clan en la falda de aquella nueva montaña que tenía sus refugios en un verdadero laberinto de rocas enhiestas de extrañas formas y
con muchas cuevas.[88] Allí se aposentaron y enviaron de vuelta al más joven cazador para que se lo contara a Nublo y a los tres que se habían quedado atrás.
Nublo se puso entonces en marcha. Bajó hasta la linde del bosque. Conocía cualquier recodo y collado, cualquier risco y refugio, conocía cada árbol y cada arroyo, y pudieron adentrarse hasta llegar a dar vista a las cuevas sin que nadie se percatara de que habían vuelto. Comprobaron que, en efecto, eran muchos los Oscuros que se habían marchado. Que los que llevaban los símbolos del clan de los Caballos habían partido y solo quedaba aquel clan extraño de cazadores jóvenes que había asaltado su cueva principal al que se habían unido sus mujeres. Pero no vieron al jefe que los mandaba ni a aquella loba que corría a su lado. La tarde anterior al ataque, tras un día entero apostados, cuando Lobo Alto ya había salido con su partida de caza, descubrieron que además de las tres cuevas que ellos habían habitado había una cuarta que ellos no usaban donde vieron entrar a unas mujeres. Nublo fijó en ella su objetivo y vio que, quizá por su cercanía a la Cueva Grande, no había nadie de guardia. Se dirigieron a ella reptando desde arriba. Iban tres, otros dos aguardaban en la linde del boscaje para ayudarlos a remontar en cuanto salieran con sus presas. No contaron con la pequeña loba, que mordió a uno, pero habían cumplido su objetivo. Los Oscuros volverían a temerlos.
Pero Nublo no sabía a quién había capturado y Ababol lo primero que le dijo a Alondra es que callara aquello. Sí que estaba dispuesta a decir, y que la joven la secundara, que era la hechicera del clan. Había visitado con Lobo Alto su santuario, con los fuegos rituales, los cráneos y las cornamentas, y entre ambos decidieron no tocar ni habitar aquel lugar, que hicieron bloquear con gruesas piedras, y la cautiva liberada les había contado que también tenían una mujer sanadora que sabía de hierbas y conjuros. No eran bestias. Medio hombres tal vez, pero bestias, no. El ser una hechicera quizá le supusiera alguna consideración.
Lo primero que Ababol había observado es que sus captores, aunque muy diferentes, eran también muy parecidos a ellos. Y en especial Nublo, que parecía cruzado entre las dos razas. Los otros tenían rasgos muy brutales y hablaban entre ellos con palabras muy guturales, aunque también se hacían muchos gestos que utilizaban también para entenderse. Se reían y otras veces se enfadaban entre ellos. Nublo los dominaba a todos y les imponía silencio con un ademán o una mirada. A ella ninguno de los otros había intentado siquiera montarla y, tras haberlo hecho algunas veces con la pobre Alondra, también a ella la dejaron en paz, y ello le salvó la vida pues estuvo a punto de perderla con sus maltratos y embestidas, siendo como era apenas una niña que todavía no había sangrado siquiera.
Las fueron empujando montaña arriba, pero conocían bien los pasos y evitaban los neveros y los ventisqueros, y al fin llegaron a su destino. Cruzaron un valle donde soportaron una fuerte tormenta de nieve, remontaron de nuevo y se dirigieron ya decididamente hacia aquella montaña de silueta tan marcada y que desde cualquier punto emergía en el horizonte. No llegaron a subirla, sino que a su sopié la faldearon para penetrar en aquel laberinto de rocas y dar al fin con los abrigos del clan donde se habían refugiado los huidos del Valle.
Ababol distinguió de inmediato que entre ellos había dos mujeres pertenecientes a los Clanes de los Caballos. Con ellas, en cuanto le fuera posible, hablaría e intentaría ver la oportunidad de huir. También percibió que Nublo era recibido con alborozo, en particular por una mujer con el cabello totalmente rojo, que parecía tener mucho poder sobre todas las demás.
Las nevadas se generalizaron y Nublo relajó sus precauciones. No habían encontrado el lugar los que salieron en su persecución cuando el clan hubo de huir y ahora estaba seguro de que habrían perdido sus huellas antes de atravesar la Sierra
Negra.[89] Estaban allí seguros hasta que terminara el invierno. Aquella hembra que había traído lo seguía intrigando, la desató y le permitió que se mezclara con las otras cautivas, que parecieron no conocerla, pero rápidamente comenzaron a conversar con ella. Las dos tenían hijos cruzados como Nublo. Habían sido capturadas hacía tiempo y llevadas al Valle. Los hombres no las habían tratado del todo mal, además de montarlas cuando deseaban, pero algunas de las mujeres sí que las martirizaban y hacían de ellas sus esclavas a las que golpeaban y obligaban a hacer los trabajos peores y más penosos. También parecían odiar a sus hijos, pero en ello se refrenaban, pues Nublo tenía especial cariño por los pequeños y no permitía que a ninguno, fuera hijo de una de las suyas o de una cautiva, le faltara comida y aún menos que se le maltratara. Cuando las hembras Oscuras tenían un hijo, su situación mejoraba. Aquello la reconfortó. Pero parecía regir solo para Nublo, y si se respetaba, era solo por el miedo que los demás le tenían. Algunas de las hembras Patas Cortas no cesaban de decirles que, en cuanto pudieran, les quitarían a sus hijos y se los comerían.
Las mujeres cautivas supieron por Ababol que ella era una Guardiana de la Diosa y que había llegado con un clan venido del norte, que era el que había atacado junto con sus hombres el Valle. Nada más les dijo, y volvió a advertir a la Alondra que tampoco lo hiciera, sobre su relación con Lobo Alto.
Por las Oscuras se enteró Nublo de que su nueva captura era una curandera y aquello lo llevó a suponer que por ello vivía sola con otra mujer en aquella pequeña cueva. Se alegró, pues la suya había muerto en el ataque al abrigo y la del clan de Tamajón era tan anciana que apenas servía para nada. Sería bueno que entre ellas hablaran y podría curar a sus hombres de las heridas.
Había dejado de montarla pues su pasividad total le resultaba frustrante y, llegado al refugio y recibido por la Jara, ya se guardó mucho de hacerlo. Prefería compartir sus pieles con ella y gozar de sus amplias caderas y poderosas nalgas. La bruja de los otros tenía las piernas muy flacas. Además, a la Jara no le gustaría nada si lo veía cabalgando a una Oscura. Él no lo había hecho nunca antes y las mujeres del clan le habían apreciado por ello. Esta vez había sido por lo extraño de la hembra, pero, sobre todo, como venganza contra los que habían asaltado el Valle Oculto y matado a tantos de los Primeros Hombres.
Lobo Alto ascendió a la peculiar montaña, pero, sin saberlo, por el otro costado, más hacia el norte. Perdidas las huellas tras las tormentas erraron un tanto su rumbo y se desorientaron. Fueron al cabo descendiendo y acabaron por dar con una hermosa cascada en cuyas cercanías hallaron un refugio. Lo cierto era que al divisar al otro lado aquella enorme sucesión de montañas y a sus pies todo aquel inmenso paisaje cuajado de nieve, el jefe tuvo un momento de enorme desaliento. Parecía imposible que pudiera encontrarlos allí. Cuando llegaron a aquel río cuyas aguas se desplomaban en medio de chorlitos de hielo y corretones congelados lo llamaron
Despeñalagua[90] y se establecieron allí durante unos días para intentar cazar algo. Les costó mucho abatir dos hembras de corzo, un animal que abundaba mucho por allí, y recuperaron ánimo y fuerzas.
Decidió ir faldeando hacia el poniente pues acabó por pensar que muy posiblemente Nublo hubiera remontado por el paso anterior y más abajo. Lo fueron haciendo muy penosamente porque tormentas y nevadas no les daban tregua. Al final dieron vista al otro costado del Ocejón. Y fue entonces cuando les pareció divisar muy abajo una pequeña columna de humo. Pero era casi al atardecer y no pudieron asegurarse. Lo que le pareció a uno ya no lo vieron los demás y se quedaron con la duda. Buscaron cueva y taparon con lascas de pizarra el hogar para que no brillara la lumbre.
Pero Nublo los había visto ya en la ladera del Ocejón. Al trasluz, silueteados al remontar una cresta en el crepúsculo. Y decidió que esta vez no lo iban a atrapar, pues sus hombres eran pocos y él había visto a muchos Oscuros en el Valle. Sin decir palabra al clan que los había cobijado, ordenó empacar todo y partir con todos los suyos y los cautivos. En silencio se marcharon al alba y los del clan que los vieron irse solo observaron que lo hacían rumbo al sur. No les importó nada que se fueran. Eran demasiados, muchos más que ellos, y a aquel extraño jefe medio Oscuro le habían cogido mucho miedo. Que se fuera cuanto antes y los dejara tranquilos, como habían estado siempre. Además, llevaban con ellos hembras Oscuras y aquello solo podía traer males. No sabían ellos, porque Nublo nada les había dicho, que tenían a los Oscuros encima y que la muerte estaba a punto de abatirse sobre ellos.
La tarde siguiente a la partida de sus incómodos parientes, cuando creían haber recuperado su perdido sosiego, los feroces Oscuros con una loba aún más feroz los tenían cercados. Cayeron sobre su abrigo, las azagayas volaron, mataron al puñado de cazadores que intentó oponérseles, excepto a uno que quedó malherido y sangrando y a varias mujeres y a sus crías. Dejaron vivas a algunas y a un viejo. Nada más comenzar el asalto, Lobo Alto comprendió que Ababol y las otras cautivas no estaban allí, que Nublo se las había llevado. Pero que no estaba lejos. Aquellos Patas Cortas tal vez pudieran decirles algo.
Las aterrorizadas mujeres Patas Cortas y el viejo, aunque no entendían las palabras que les decían, sí comprendieron los gestos. Supieron que buscaban a sus hembras y entonces intentaron hacerse entender. Lobo Alto bajó la lanza, la bajaron todos y les permitieron que curaran a los que estaban heridos. La curandera, que era la anciana superviviente y la que también había tenido contacto con Ababol, por señas y con algún sonido fue componiendo el relato.
Los del otro clan habían llegado hacía tiempo con dos hembras Oscuras. Luego el jefe había venido hacía poco, y traído otras dos con él. Una mujer y otra que era apenas una niña. Que ella había hablado con la mujer nueva y que esta sabía de plantas y remedios. Les enseñó lo que con Ababol había compartido y los emplastos y ungüentos que aplicaba a los heridos.
El viejo ileso había seguido atento y acurrucado los intentos del jefe Oscuro para entenderse con la curandera. Era muy listo y él había escuchado al clan de Nublo hablar sobre su camino. No lo había entendido bien, pero iban hacia el Gran Río Hundido, donde vivían fuertes clanes de los Primeros Hombres con los que tenían contacto. Era el río más grande de la tierra, su desfiladero era imposible de atravesar y había que caminar a veces jornadas enteras para salvar los precipicios.
Hacia allí se llevaba a Ababol y hacia allá los seguiría Lobo Alto. Por haberles indicado su rumbo, y aunque sus hombres querían matarlos a todos, decidió perdonarles la vida a los pocos que habían sobrevivido. Pensó que eran pocos: un herido, unas cuantas mujeres y dos viejos. Se podrían comer ahora a sus propios muertos, pero después se morirían de hambre ellos solos.