La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 38 de 50

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La canción del bisonte

37. La loba

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La loba

 

Vio por primera vez a la loba gris dos días después de dejar atrás las Grutas de Gargas, donde fue reconocido, bien recibido y le proporcionaron una noche de cobijo en sus fuegos y al amanecer le dieron algo de comida para seguir su camino. La loba se mostró dos noches después, merodeando alrededor de su hoguera, que había hecho pegada a la boca de una mínima covacha. La loba cruzó en varias ocasiones el semicírculo que la hoguera alcanzaba a iluminar, a prudente distancia, pero a la suficiente como para que el hombre pudiera comprobar que se trataba del mismo animal, que parecía estar solo y que además de tener sucio el pelaje, posiblemente de su propia sangre, renqueaba de su pata trasera, cuya parte superior parecía tener herida.

El hombre se comió asada parte de la provisión de carne fresca, un trozo de costillar de un jabato, que le habían dado en Gargás y tiró los huesos sin apenas brizna de carne alguna adherida a ellos. Luego echó toda la leña al fuego, se metió a la covacha y la taponó con piedras. Al amanecer salió de su escondrijo. El fuego estaba apagado y no había rastro alguno de la loba, pero tampoco el más mínimo de las costillas del jabato.

—Se ha comido hasta los huesos —musitó el viajero—. Tiene mucha hambre, está sola, herida y no puede cazar. Morirá pronto.

Pero aquella noche la loba se volvió a presentar ante su fuego. Debía haberlo seguido a distancia todo el día sin que él la detectara, porque a la loba le bastaba para seguir su rastro con los ojos de su nariz y podía hacerlo desde larga distancia. Aquella noche se acercó aún más y el hombre solo, anhelando cualquier compañía, hizo una cosa extraña con la que se sorprendió a sí mismo. Arrojó uno de los huesos del resto del costillar del pequeño jabalí con algo de carne pegada que no terminó de apurar a propósito. La loba, al ver el gesto del brazo, saltó hacia atrás en un brinco fulgurante de costado, sintiéndose amenazada, pues cuando un humano movía así el brazo lo que llegaba era la piedra o el venablo. Se retiró a la penumbra pero al poco salió avisada por su olfato y con una rápida carrera cogió la sobra y se marchó con ella en los belfos a comérsela en la oscuridad. Cuando el hombre se volvió a dormir, oculto tras otro refugio de rocas, merodeó alrededor del fuego casi apagado para dar cuenta de cualquier otro resto que hubiera dejado.

La rutina se fue prolongando día a día, mientras el hombre seguía sin desviarse la orilla del río. El animal aparecía todas las noches. Se debía haber alejado tanto de los suyos que no sabría volver o no podía hacerlo y aquellas sobras eran su única fuente de alimento porque seguía cojeando y eso debía impedirle cazar. Pero al Autillo las provisiones le estaban menguando mucho y cuando llegó a un lugar que le pareció muy conveniente, pues vio abundantes rastros de caza, decidió detenerse un tiempo. Consiguió un refugio seguro y pudo hacerse con algunas pequeñas presas, dar también con algunos nidos de aves acuáticas y hasta alancear algunos peces que embarbascó en una poza. Le echó algo más de comida a la loba y esta se fue haciendo cada vez más confiada y osada en sus acercamientos. Ya no solo se mostraba por la noche sino que en todo momento aparecía por cualquier lado, llegando a sobresaltarlo en algún caso.

Pero el hombre se había acostumbrado a su compañía y cuando una noche se demoró en aparecer sintió que echaba de menos su presencia. Cuando al fin asomó ante la luz de la hoguera se puso contentó y le arrojó un trozo más grande de sus sobras. La loba seguía cojeando y con mal aspecto, aunque ya tenía el pelaje más limpio y posaba mejor la pata herida en el suelo. Aquel descanso le había venido tan bien como a él y cuando el Autillo abandonó aquel efímero campamento vio que, ya sin recato, lo seguía a cierta distancia y hasta parecía entretenerse acercándose y alejándose. Por la noche ya llegaba hasta el borde mismo de la hoguera y él tan solo dejaba caer el trozo de comida a sus pies para que se acercara de un salto.

El hombre comprobó que era una hembra joven, apenas una cachorra del año anterior, y que era muy probable que la herida de la pata trasera se la hubiera hecho algún congénere. Posiblemente otra hembra. Sabía que los lobos machos se disputaban la jefatura, pero que también lo hacían las hembras: cuando alguna rondaba al macho dominante, su compañera, la que se apareaba con él y paría los cachorros, se lanzaba contra la rival y la obligaba a huir a dentelladas. Tal vez había sucedido algo así. Desde luego, la joven loba había sido expulsada de su manada y lo había sido a dentelladas. Estaba pues tan sola en la llanura como lo estaba el hombre.

Una de aquellas mañanas se produjo el incidente decisivo en su vínculo. Al despertarse el hombre, tras haber pasado la noche en el tronco de un árbol hueco, vio por una rendija en su corteza que en el pequeño prado pastaba confiado un corzo macho. Sin hacer ruido alguno, con los pulsos agitados y con la ansiedad de saber que aquella presa le suministraría comida para muy buena parte del viaje, armó en el propulsor la más ligera de sus azagayas y la lanzó, aunque con bastante dificultad, por la abertura. Alcanzó al animal en su cuarto trasero y este dio un salto y ya se perdía de vista. Salió a escape tras él con otra azagaya cargada, pero tras meterse en el sotobosque, solo alcanzó a encontrar caída la que había lanzado, con la punta del pedernal machada de sangre y algunas gotas por el suelo. Siguió un trecho muy desalentado pues estando el corzo con una herida tan somera iba a resultarle casi imposible su cobro. Perseveró porque la lanza sí había entrado con fuerza y, si le había llegado algo a los ijares, podía tener una posibilidad, y además a cada trecho iba dando con gotas de sangre que lo estimulaban a no abandonar.

Fue entonces cuando sucedió todo y lo dejó atónito. La loba también había seguido la pista. Con el hocico pegado a la hierba taloneaba tras el corzo herido, y el hombre, al percatarse, echó a correr a todo lo que le dieron las piernas tras ella. Le sacaba cada vez mayor distancia, pero al asomar a un claro la vio detenida y le señalaba un cogollo de espinos y brozas, ya que daba vueltas alrededor de aquel escondrijo. Supo que había localizado al corzo herido. Se acercó procurando ganarle la espalda al animal emboscado y cubriendo el lado opuesto de la loba. Justo cuando alcanzaba su postura, el corzo buscó el escape con un potente salto. Pero el Autillo estaba muy cerca y atento. Al primer salto apuntó la azagaya y al segundo la lanzó adelantando la mano. El corzo fue alcanzado en el costillar y, tras tropezar en el aire, cayó e intentó arrastrarse. La loba llegó antes y se le tiró al cuello. El animal agonizaba ya en un último pataleo cuando el hombre la remató, la loba se apartó entonces, con un tajo del cuchillo en el garganchón para que se desangrara y le puso ritualmente la última brizna de hierba en la boca, como le habían enseñado a hacer desde niño. Se separó del cadáver para preparar una horquilla en un árbol y se dispuso a desollarla y descuartizarla. Pero la loba, ansiosa y muerta de hambre, había comenzado a lamer la sangre y el hombre la dejó hacer. Recuperó su azagaya y la alejó para que no comenzara a comerle los menudos. Lo evisceró y le echó las tripas y el bofe que la lanza había destrozado y la loba se sació con ello. Logró descuartizarlo rápidamente y, quedándose con los perniles de atrás y las paletas delanteras, le sacó los lomos y se fue cuanto antes, no fuera a ser que el olor de la sangre alertara a otras fieras. La loba se resistía a abandonar la presa y se quedó sobre ella mientras él se marchaba.

En el tronco hueco donde había pasado la noche, lo metió todo en el zurrón, y lo que no le cupo, en una bolsa de cuero, y reemprendió el camino. La loba no apareció ante su vista hasta la mañana siguiente. Al verla reaparecer, el Autillo no pudo evitar sonreír. Ella también se había traído algo, pues no soltaba un buen trozo de costilla de la boca, y pareció hasta saludarlo con un gesto del rabo, que hasta entonces había llevado encogido entre las piernas.

Desde aquel día, la loba ya lo seguía muy cerca en el camino e incluso se adelantaba explorando el terreno y volviendo con gestos que él cada vez iba entendiendo mejor para avisarle de lo que podían encontrar por delante. El Autillo comprendió que discernir aquellos gestos de la loba podía servirle de mucho pues eran avisos que podían hasta salvarle de la acechanza de las fieras. La manera de envarar el cuerpo, pero, sobre todo, cuando envelaba las orejas como advertencia o fruncía los belfos entre el miedo y la amenaza comenzaron a ser para él las señales mismas de un vigía adelantado. El oído y el olfato de la loba iban siempre por delante, y cuando se detenían, era el mejor avisador de la presencia de cualquier fiera que se emboscara en la oscuridad. El animal se acostumbró a poco a dormir en el círculo mismo de la luz de la hoguera, aunque temía a la llama, a la brasa y al tizón, pero sin duda gustaba de su calor. Con la loba el hombre se sintió más seguro y fueron recorriendo el largo río hasta que un día llegaron ya a las llanuras y a los altos pastizales. Fue entonces cuando dieron vista a los enormes mamuts y estuvieron a punto de sucumbir ante la manada de los cavernarios.

La manada de leonas, apareciendo entre las hierbas, los sorprendió en campo abierto y alejados en demasía del río, donde el hombre podía haber intentado la huida a nado en el peor de los casos. Pero las leonas les cortaron por allí la retirada. La loba huyó hurtándose entre las hierbas en una sinuosa carrera. Pero el hombre no podía hacerlo y se lanzó para alejarse de las garras de los felinos que sin demasiada prisa vinieron tras él, seguros de alcanzar su presa, hacia el rebaño de mamuts que pacían tranquilos en un terreno encharcado. Vio una enorme hembra y su cría y fue en su dirección. Los leones apretaron su carrera pero la mamut levantó la trompa y lanzó un barrito de alarma que hizo levantar a todo su rebaño las suyas. La cría se refugió junto a su madre y a su alrededor se concitaron otras hembras prestas a ayudarla. Supusieron que los leones pretendían cazar a la pequeña. A los mamuts no les gustaba nada la presencia de los grandes leones, eran los únicos, con la excepción del escaso dientes de sable, que podían hacer presa en las crías e incluso matar a un joven si lo cogían aislado. Las hembras formaron un frente ante las leonas, que se detuvieron en seco y se camuflaron aplastándose entre las hierbas.

El Autillo había conseguido colarse entre dos de los gigantescos animales y pasar al otro lado del rebaño poniendo a los mamuts entre él y los felinos. Los paquidermos, sorprendidos por su irrupción, habían dado también algún barrito pues temían más que a los cavernarios las lanzas de aquellos seres que corrían tan extrañamente solo sobre dos patas, y habían abierto un poco su línea, por la que el Autillo consiguió colarse.

La mamut con la cría, sin embargo, no estaba dispuesta a que los leones se quedaran allí emboscados. Así que con otras de sus hermanas lanzó una poderosa carga buscándolos en sus escondrijos. Al ver llegar a aquellas moles cargando, los leones intentaron retirarse sin dejar de plantar cara y luego salieron huyendo al trote. Nada podían hacer ante aquellas inmensas patas y aquellos gigantescos colmillos.

El hombre comprobó que la ancha planicie continuaba aguas abajo y prefirió mantenerse al resguardo, a distancia de los grandes paquidermos, que parecían seguir también su rumbo. Se acogió a su orilla por si necesita zambullirse en una emergencia y se decidió a pasar allí la noche pues el crepúsculo ya estaba dando paso a la penumbra. Consiguió alcanzar una roca bastante grande en un lado de la corriente a la que pudo llegar vadeando y, tras acarrear unos brazados de leña, encendió un pequeño fuego. En medio de la noche, en la que veló atemorizado, oyó con miedo un chapoteo en el agua. Aprestó su lanza pero quien apareció fue la cabeza de la loba, que llegaba chorreando, y nada más poner el pie en la roca se sacudió el agua lanzándola en todas las direcciones. Con su compañía, el hombre hasta se atrevió a dormir un rato.

Al día siguiente continuó siguiendo de cerca al rebaño de mamuts, que se había adentrado en la estepa y parecían reunidos en torno a algo. Movían sus cabezas y con sus trompas parecían estar palpando alguna cosa que había en medio de un pequeño claro pelado. Se demoraron allí un buen rato y, al final, aunque la hembra más grande, la matriarca del rebaño, volvió de nuevo al lugar y se quedó todavía allí un tiempo, reemprendieron la marcha. Cuando la matriarca volvió al río y todos la siguieron, el Autillo, curioso, quiso conocer la causa de su movimiento y en la distancia le pareció ver blanquear algo. Se acercó y encontró el motivo de la parada de los mamuts: la osamenta de uno de ellos, con su enorme cráneo mondo que aún mantenía los colmillos. El hombre se quedó también un rato junto a aquellos huesos. La actitud de los mamuts junto a uno de los suyos, ya muerto hacía mucho tiempo, le provocaba una cierta desazón, la de algo que no acababa de comprender. Luego pensó que, de haber estado cerca del campamento, hubiera utilizado aquellos huesos y aquellos enormes colmillos, pero desde luego él no podía acarrearlos. Los mamuts se perdían en la lejanía y optó por apretar el paso para no perder el contacto. La loba y él volvieron a dormir esa noche en otra roca sobre el río.

Al amanecer siguiente los mamuts habían desaparecido y ya hacía dos días que tampoco había señal alguna de los leones. Las noches eran cada vez más frías y ansiaba ver las juntas por donde se había desviado en su camino junto al Errante y dirigirse cuanto antes ya hacia la costa. Pondría desde allí dirección a poniente, abandonando la ribera, y así llegaría cuanto antes al Gran Azul. Junto a él se sentiría más a salvo.

A la unión de los dos grandes ríos, el que venía de las montañas de los Hombres del León y el que corría desde la aún más altas cumbres que cerraban el horizonte de las Grutas de Gargas, lograron el hombre y la loba llegar sin contratiempo. Decidió entonces lanzarse llanura adelante recto hacia el poniente, al encuentro del Gran Azul. Habría de conseguir atravesarla antes de que las ventiscas de nieve lo envolvieran en aquella estepa pelada y el vendaval se convirtiera en una fiera aún peor que los cavernarios que habían estado a punto de hacerle su presa.

Pero la tormenta los alcanzó. A los pocos días de dejar el río, una tarde, de pronto y en nada, se convirtió en noche, las nubes vinieron desde el mar y lo cubrieron todo, chocaron entre ellas ennegreciendo los cielos y luego haciéndolos estallar y retumbar. Bajo la tormenta el hombre se sintió minúsculo, un ser atemorizado e impotente. Caminó a toda prisa hacia una pequeña estribación que distinguía en lontananza, allí quizás encontraría algún refugio. Pero antes llegó furioso el chasquido terrible del relámpago, que con su resplandor los dejaba paralizados, tanto a él como al animal que caminaba, atemorizado también, a su lado. Tras el brillo cegador del rayo cayendo sobre la tierra con aquel crujido que parecía que iba a hendirla y abrir en ella las simas más profundas, se producía aquel retumbar profundo que parecía hacer temblar todo el espacio. La lluvia, muy fría y con muy gruesas gotas, golpeaba con saña la capucha de la prenda de abrigo y la cara, pues el vendaval les daba de frente haciéndole penoso avanzar. Pero había de seguir, todo menos detenerse si no quería perecer allí. Supo que, en cuanto avanzara la noche, la nieve sustituiría al agua y lo acabaría por cubrir todo. La loba, con el rabo entre las piernas, afilando el hocico en dirección al viento, las orejas gachas, caminaba a su costado intentando buscar la protección del hombre.

El agua caía como un torrente y ya había empapado todas sus ropas, sus botas pisaban cada vez más trabajosamente sobre el barrizal en que se iba convirtiendo toda la planicie, corrían regatos en todas direcciones, habían de atravesar en ocasiones balsas arcillosas y el trueno y el relámpago parecían no querer dejar de rechascar y prender aquel fuego sobre sus cabezas. Tropezó y cayó un par de veces, falto de fuerza, y volvió a levantarse cada vez más exhausto. Al fin, entre la cortina de agua, vislumbró aquella pequeña cresta que era su esperanza y hasta allí, donde ya habían comenzado a caer copos de nieve, se dirigió tambaleándose. Había algunas rocas, pero no parecían ofrecer cavidad alguna en la que meterse. Tras recorrer la pequeña pared y desesperar casi, dio con una grieta entre dos grandes piedras. Aquello sería mejor que nada. Pondría la pelliza encima y allí intentaría aguantar la noche. Se introdujo hasta el fondo, apenas si cabía su cuerpo y por las paredes caía torrencialmente el agua, pero comprobó que la piedra tenía un último recoveco donde ofrecía un mínimo refugio. Se quitó la pelliza empapada y la colocó de tal forma que ayudara a proteger el reducto. No podía ni pensar en encender fuego y temía que el frío iba a ser terrible aquella noche. Se acurrucó como pudo. Entonces sintió entrar a la loba y apretarse contra su cuerpo. Estaba también empapada, pero pareció irse secando y su cuerpo peludo comenzó a darle algún calor. Apretados el uno contra el otro, tiritando el hombre, hecha un ovillo la loba, esperaron con resignación la llegada del alba. Si es que la luz del día volvía sobre la tierra, pues durante toda la noche a pesar de algunas treguas la tormenta prosiguió feroz, aunque al cabo el trueno se alejó y el rayo fue rasgando el horizonte cada vez más lejos. La nieve siguió cayendo, pero ahora ya más blandamente.

Al insinuarse el amanecer, el Autillo vio que la llanura entera estaba ya blanca y sobre el tapón de la pelliza se había depositado una gruesa capa. Tanta que los había protegido. El hombre se incorporó aterido, buscando desesperado alguna broza seca en cualquier agujero con la que comenzar un fuego, pero la loba pareció alegrarse con la nieve y comenzó a hacer cabriolas sobre ella, jugando con los copos.

Tras muchos esfuerzos y desesperación, el Autillo logró acumular un poco de broza y algunos matojos y arbustos mojados. Un descubrimiento le trajo por un lado la furia y por otro la alegría. A nada de donde había pasado la noche había un refugio que no había detectado la noche anterior. Una pequeña covacha cuya entrada tapaban matojos y una planta muerta y descuajada casi al completo. La tormenta le impidió verla pero ahora fue providencial encontrarla. Allí llevó todo lo que había acopiado y se introdujo en ella arrancando también las plantas de la entrada. Aquello serviría para una primera lumbre, poderse quitar sus ropas e intentar secarlas. La prenda de abrigo había aguantado, pero la pelliza, las polainas y las botas necesitaban el fuego para secarse. Sacó el hongo yesquero y los pedernales que había protegido pegados a su propio cuerpo en una bolsa hermética y dentro de una piedra redonda y casi totalmente hueca. Le costó varios intentos encender pero consiguió prender la chispa y al fin brotar la llama. La visión del fuego, antes incluso que su propio calor, le llenó los ojos de esperanza. Extendió sus ropas empapadas para que se secaran cuanto antes y, procurando ir quemando poco a poco la leña de la que disponía, comió con verdadera ansia pues necesitaba recuperar fuerzas y le dio también una buena ración a la loba, que vino rápida al olor de la carne. Bebió agua que caía en un pequeño chorro por encima de la entrada del refugio y se sintió revivir. Luego se quedó mirando al animal y comprendió que quizá vivía por ella. Su calor lo había salvado. Entonces comenzó a pensar que aquella loba era alguien enviado por la Negra, o tal vez su espíritu mismo. Que era la hechicera quien había puesto a la loba en su camino, que era la propia mujer la que alentaba en ella y por eso se había acercado a él. Porque los lobos no cazan con los hombres, ni los hombres comparten su comida con los lobos, ni los lobos y los hombres duermen juntos, ni el calor de la bestia sirve para que el hombre sobreviva a la helada. No había sido así nunca, pero ahora lo había sido. Y aquello solo podía ser algo que el conjuro de la Negra hubiera trazado.

Consiguió ir secando su impedimenta y cuando pudo vestirse y calzarse salió a la búsqueda de más combustible para la hoguera y repeló hasta el último matojo de la cresta. Pasaron la noche en aquel reducto y el Autillo lo disfrutó como si fuera uno de los lugares más confortables y cálidos en los que había estado. Comieron de nuevo en abundancia y, con la loba enroscada ante la hoguera, el hombre cayó dormido profundamente. Al despertar, el sol ya iba alto, el cielo estaba azul y la tierra era por completo blanca hasta donde llegaban sus ojos. Pero allá al fondo, en dirección al poniente, aquel azul que ahora alegraba su vista se toparía con el otro del agua inmensa, del Gran Azul cuya orilla buscaba, y que ya no podía estar lejos. Estaba alegre, miraba al animal y todo encajaba: la Negra no lo había dejado solo. No volvería a verla nunca pero ella había querido seguir con él enviándole su espíritu y su protección en aquel cuerpo de loba. Ese mismo día reemprendieron el camino, la loba ahora por delante, abriendo un pequeño surco en la nieve, y él detrás. La primera noche lograron un buen refugio y abundante leña y antes de la segunda divisaron ya las grandes aguas y durmieron en una cueva profunda del acantilado, sobre la suave arena.