La canción del bisonte
13. El Valle de los Primeros Hombres
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El Valle de los Primeros Hombres
Cuando murió la Callada, a Nublo se le encharcó la mirada y sintió desgarrársele la entraña, como si le hubieran clavado una lanza de pino con la punta recién sacada del fuego para afilarla. Le habían dicho que no lo había parido y que era hijo de una Oscura, pero ella fue siempre su madre, ella fue la única en la que tuvo y depositó cariño, porque todo lo demás en su vida fue resistencia, ira y combate. La Callada fue primero protección y refugio, luego, aliento, y después, orgullo. Nublo enseñó desde muy niño a los demás sus dientes blancos en su cara cetrina y se los clavó con saña cuando tuvo que defenderse, para aprender luego a mostrarlos en una sonrisa amenazadora y burlona cuando ya era él quien atacaba y quien vencía.
La Callada le curaba las heridas, pero no hacía falta que le consolara ni cuando los otros lo magullaban, porque Nublo ni gemía ni lloraba nunca. Solo cuando murió la Callada se le encharcaron los ojos. Antes nunca, ni cuando más dolorosamente lo golpeaban o lo ofendían. Iba, sí, al lado de su madre buscando su protección, se quedaba allí quietó mirando fijamente a sus enemigos y de ella sí admitía algún gesto de afecto. Cuando la Callada le revolvía el pelo crespo y rizado, que volvía de inmediato a su sitio, con la mano, Nublo sonreía pero era entonces otra su sonrisa, no era aquella de lobo a sus adversarios, era la de un niño que con ella agradecía y alegraba a quien quería. A la Callada es al único ser vivo que Nublo quiso. Por el único en cuya muerte se le encharcaron los ojos.
Había dejado de necesitar ya su protección hacía algún tiempo, aunque siempre gustó de su cercanía y aliento. Lo había logrado aquella mañana junto al río, al que había descendido el clan casi por entero a recolectar en sus orillas, cuando a él todavía no le sombreaba el vello en la cara y sí presumían de comenzar a tenerlo sus iguales y hasta bastante menores en edad, que una vez más, arremolinados, se mofaban de sus oscuras diferencias. Entre ellos destacaba el más fuerte de la pandilla, uno que ya pugnaba por formar en la fila de los hombres y esperaba con ansia ser llevado a una gran cacería. Era quien más le acosaba, le golpeaba a la menor oportunidad y Nublo había tenido que defenderse en más de una ocasión con uñas y dientes. Esa mañana comenzó a salpicarle con el agua gritando:
—Lávate tu piel sucia de Oscuro. No se te aclarará por mucho que te restreguemos. No eres del clan, no eres de los Primeros Hombres. No deberías vivir entre nosotros.
Lo secundaron otros con burlas y muecas. Miraron el tumulto las hembras y sus crías, hasta algunos cazadores se quedaron observando y el cabecilla, complacido por ello, agitó los brazos, haciendo grandes aspavientos, y se fue aproximando a Nublo empujándolo a que se fuera. Y entonces sucedió.
Nublo, sin una voz, sin una señal de advertencia siquiera, con un gesto repentino y veloz cogió una piedra de buen tamaño, redondeada por el agua, saltó como una pantera y le destrozó la cara de un solo golpe, haciéndole caer de espaldas en la corriente, donde hubieron de ir los demás, mudos y estupefactos, a socorrerlo. Gritaban todos, con mucho agitar de manos, mientras lo sacaban del agua. Nublo, erguido y en silencio, los contemplaba aún con la piedra ensangrentada bien agarrada en la mano. Nadie se atrevió a acercársele. Solo la Callada bajó hacia donde estaba, le hizo gesto de que fuera hacia ella y juntos se mancharon ladera arriba hacia el abrigo y su fuego. La madre miró al hijo y este vio en sus ojos que no había pesar ni reproche alguno. Había orgullo.
El herido, que había quedado desvanecido por el golpe, volvía a abrir los ojos y a mover las manos y las piernas. No había muerto pero sangraba mucho. El impacto de la roca le había aplastado la prominente y curvada nariz y destrozado la boca y roto varios dientes. Aquel día le nació el nombre por el que lo mentarían de ahora en adelante, el Mellado. Su cara quedó desfigurada para siempre pues los huesos de la nariz no eran como los de un brazo, que soldaban por dentro, y los dientes ya no eran de los de leche que se caían y salían nuevos. La herida curó pero nunca sus cicatrices. Menos aún cuando comprobó que su primacía entre la banda de los más jóvenes se tambaleaba y que algunos incluso comenzaban a frecuentar la cercanía de Nublo. Rumió venganza, buscando el momento oportuno para arremeter contra su enemigo. Pero Nublo siempre estaba en alerta, era imposible cogerlo desprevenido y caerle encima.
Nublo iba creciendo y deseaba tener una lanza, aunque no fuera de las largas de los hombres, cuanto antes. Los cazadores se fabricaban las suyas, pero algunos eran más hábiles tallando que otros y sus puntas eran muy apreciadas. Uno de ellos era el hombre que compartía el fuego de la hermana mayor de la Callada y en él solía fijarse el muchacho sin perder detalle de sus movimientos. Le había visto extraer de la piedra raederas, raspadores y también tallar alguna hermosa punta para engastar en la punta del astil. Se sentaba a su lado, y aunque el cazador era bastante hosco y no parecía tenerle simpatía, comenzó a halagarle su interés. Y cuando el chico intentó imitarlo no pudo contener la risa porque había cogido piedras de las que nada podía sacarse.
Así supo Nublo que una de las carencias del valle era la piedra buena, el sílex, con el que se sacaban los filos más cortantes, y que también era difícil encontrar otras para esos menesteres. En un lugar bastante lejano, aguas arriba, aún se encontraban algunos bloques de pedernal pero el clan había encontrado un sustituto: era como hielo de piedra que estaba dentro o afloraba de algunas rocas, y eso es lo que el hombre le dijo que buscara y que si le traía algunos buenos trozos, le haría con ellos una punta. Y Nublo no tuvo otra obsesión que encontrarlo y, a fuerza de mucho recorrer laderas y borde del río, logró encontrar algunos de aquellos cristales de roca y otros parecidos aunque no fueran tan limpios y se los llevó al tallador.
Pero antes de ponerse a tallar punta alguna había que conseguir el astil de la lanza. Los hombres las tenían enormes, más del doble que ellos mismos de largas, pero para Nublo valdría con algo bastante más pequeño, así que en vez de buscar un pino joven optaron por una buena rama de fresno, de los que crecían en abundancia por las riberas. Le enseñó a desramarlo y desbastarlo pero sin quitarle la corteza. Luego comenzó la talla de la punta con mucho tiento y cierto miedo, pues antes de lograr concluir una fueron varias las que quedaron desechadas por haberse quebrado o haber quedado inutilizadas por un golpe mal dado. El veterano cazador se quedó perplejo cuando el muchacho se puso a trabajar un trozo que él había despreciado.
Descubrió que, aun sin haber practicado apenas, la habilidad de las manos de Nublo era bastante mayor que la suya. Movía los dedos con una agilidad y precisión que asombraban y por ello podía tanto coger mejor el núcleo como aplicar con mayor tino y precisión el golpe. Se miró sus propias manos y luego observó de cerca las del muchacho. No parecían diferentes, aunque las suyas fueran más gruesas y peludas. Pero algo debían tener de lo que las suyas carecían. Porque lo que al hombre le había costado tanto aprender para conseguir su destreza, el chico parecía hacerlo a nada de aprendizaje. Sin aparente esfuerzo lograba los filos deseados como si la piedra estuviera esperando su golpe para partirse por donde él quería.
A Nublo le fascinó el proceso de engastar la punta de piedra en la madera. Para ello el tallador utilizó resina de pino e hilachas trenzadas de tendones de ciervo. Y le enseñó un secreto: la resina había que mezclarla con cera de abejas y amasarla al calor porque así la resina no se agrietaba ni partía. Luego talló en el extremo más fino de la gruesa vara una hendidura y allí encastró la punta de cristal de roca. Entonces vertió la resina amasada con cera y rodeó la junta con ella para, antes de que se enfriara, y con todas sus fuerzas asegurarla con vueltas y revueltas de tendones hasta que quedó firmemente sujeta. Con un gesto solemne se la entregó al muchacho, que la empuñó con mucha seriedad. El Mellado ya se guardaría de ahora en delante de arremeterlo.
Así tuvo Nublo su lanza, así con ella en la mano se presentó ante su madre y, desde su fuego en el gran abrigo bajo la visera de rocas, la levantó para que su punta se perfilara en el aire justo enfrente de donde se erguía, poderosa y protectora, la gran Peñalanza, a la que ofrendó su arma. Pero también la levantó para que los demás vieran que la tenía en la mano y que no se separaría de ella. No sería ya él quien temiera a los otros chicos ni tampoco al Mellado.
Seguía saliendo con las mujeres a conseguir comida o a traer leña, pero ya no dejó nunca su lanza. Pronto comenzó a acompañar a los hombres y aprender de ellos cómo cazar animales más grandes aunque era obligado a quedarse atrás cuando llegaba el momento culminante de la cacería. Le adjudicaban las tareas más penosas, como era cavar pacientemente con palos, lajas y manos en el suelo hasta lograr hacer un gran hoyo en el suelo, hondo, ancho y largo, donde cayeran los animales sobre las estacas afiladas y endurecidas al fuego que habían clavado en el suelo. Los hombres vieron que Nublo se esforzaba al máximo y les agradó, aunque no le dijeron nada.
Nublo iba guardando en su memoria cómo disponían la trampa, la cubrían con un entramado de ramas y con tierra, hojas y palitos, hasta que no se distinguiera en nada del suelo de la trocha o del calvero que rodeaba a la fosa. Y después cómo se retiraban barriendo el suelo con un brazado de ramas de piorno y esparcían excrementos de animales, si era posible de los mismos a los que pretendían capturar, para borrar las huellas y el olor de los cazadores humanos.
Esperaba ansioso cuando los hombres, pasadas varias noches, acudían sigilosamente a comprobar si algo había caído en ellas y sentía su decepción cuando quien se había adelantado hacia un gesto de desaliento y de retirarse en silencio. Pero guardaba en su memoria aquel día primero en que, desde una de las trampas, un cazador dio el grito de aviso para que se apresuraran. Era una cierva y ya estaba muerta cuando ellos llegaron, pues dos estacas la habían atravesado. Nublo la consideró su primera presa pues él había contribuido a cavar el hoyo.
Los hombres del clan cazaban mucho con trampas y no se alejaban demasiado de las cuevas. Si les era posible, regresaban por la noche a ellas, pero en un día abarcaban mucho territorio y aquel era muy abundante en caza. Si durante un tiempo cazaban río arriba luego dejaban aquellos parajes en paz y lo hacían río abajo, así como trasladaban sus batidas de los bosques del naciente a los de poniente, en una rotación que ellos sabían acompasar dependiendo de la temporada.
Al finalizar su primera añada de aprendizaje, Nublo ya había alanceado alguna res herida y rematado a unos jabatos que habían caído con su madre y chillaban aterrados. La jabalina estaba ensartada, la dejaron morir y luego le dijeron a Nublo que bajara y rematara a los rayones. No le fue fácil alcanzarlos con una piedra en la cabeza ya que se le escurrían. A uno lo agarró vivo y lo sacó cogido de las patas traseras. Un cazador le propinó un seco golpe encima de la jeta.
—Golpea ahí con la piedra. Es el mejor sitio. Con la lanza, mejor detrás de la pata delantera, de atrás adelante, y para rematar por la oreja.
A veces forzaban, si la trampa estaba en un paso, o aún mejor en un pequeño desfiladero, que los animales cayeran en ella persiguiéndolos con alaridos y fuego. En ello también comenzó a participar Nublo. Hacía siempre con empeño todo lo que se le encomendaba sin rechazar ni siquiera con un gesto ningún trabajo ni ninguna tarea, obedecía en silencio, se aplicaba con esfuerzo y respetaba a los hombres y se colocaba detrás de ellos o donde se le indicaba. Y los hombres, aunque no decían nada a los jóvenes cuando hacían a su gusto las cosas, lo observaban y querían cada vez más que los acompañara.
Fue cuando se murió la Callada y a él se le encharcaron los ojos. Pero ya tenía una lanza y un fuego y traía a él su caza. Ya era Nublo uno más en el Valle de los Primeros Hombres, aunque todavía no tuviera sitio en la fila de los cazadores.