La canción del bisonte
32. La cacería con los cavernarios
32
La cacería con los cavernarios
El Errante había dejado de serlo. Había recuperado su nombre, era el Hombre León, pero aún no su lugar entre sus gentes. Porque aquel clan y aquella cueva en cuya entrada lo recibían con enorme júbilo no era la suya. Lo esperaba adelantado a todos, ataviado con todos sus atributos mayores de gran chamán, un hombre ya anciano que con la más amplia sonrisa le daba la bienvenida elevando sus ya huesudos brazos hacia el cielo y clamando para que lo oyeran todos:
—El Hombre León ha vuelto de caminar errante por la tierra. Yo lo envié hacia allí y yo lo recibo. Él debía conocer a todos los clanes y las tribus antes de que recobrara lo que le fue arrebatado. Debía esperar una señal. La recibió y ha vuelto. Yo también la vi en el cielo y supe que estarías de regreso. Te estaba esperando.
El viejo lo abrazó con fuerza y lo retuvo un largo tiempo hasta que lo separó de él. Le pidió entonces que mostrara su símbolo a todos los que aguardaban tras el brujo y no lo habían contemplado desde que el Errante se marchó para dar cumplimiento a la visión del chamán y a la suya propia.
El ahora Hombre León levantó la figura de marfil en alto para que hasta los niños pudieran contemplarla y exclamó:
—Él me ha protegido, por él he podido caminar sin sufrir daño entre leones y
entre hombres. Él ha sido mi fuerza. Tú, Gran Chamán, el Hombre Búho,[62] el más sabio de los hombres, el que hace brotar las bestias en la roca y a quien los espíritus le indican nuestro camino, me la entregaste y es a ti a quien se la devuelvo.
Hizo ademán de dársela, pero el anciano rehusó cogerla.
—Aún no es tiempo de que la devuelvas. No antes de que restablezcas con ella lo que fue quebrado. Hasta entonces has de conservarla y custodiarla como has hecho hasta ahora. Es cuando más la necesitas.
Se acercaron ya al Hombre León todos los demás, casi en tropel. Deseaban tocarlo y sentirlo, pero antes que ninguno llegó hasta él a grandes zancadas un hombre fornido, alto, de piel menos oscura que la mayoría, de ojos marrones y mirada limpia. Reconocía al que volvía, habían crecido juntos. Lo nombraban el Claro, era el jefe del clan y abrazó a su amigo.
—Ahora eres fuerte, lo somos también nosotros, recobrarás el lugar que te arrebataron. Los Hombres del León habrán de decir a quienes olvidaron sus recuerdos, a sus descendientes que borraron su memoria, quiénes son los hombres primeros que llevaron a la tierra y obligarlos a unir lo que no puede romperse y ellos rompieron. Cuando vayas, iré contigo, y contigo iremos los cazadores de la Gruta de los Leones.
El Hombre León se acercó, antes de esperar que lo hiciera ella, a la Guardiana de la Diosa. No tenía allí, y él lo sabía, la prevalencia que gozaba en la mayoría de los clanes. En este el Hombre Búho y el jefe Claro eran muy poderosos, pero por ello quiso mostrar su respeto y rendir tributo tanto a ella como a las madres custodias de los fuegos. Y lo primero que quiso hacer fue depositar su ofrenda ante la estatuilla, en una hornacina situada en la más recóndita galería.
En esta ocasión el Autillo iba a su lado. El Hombre León estaba en su territorio y aquí quería y podía mostrar su aprecio por el joven que lo acompañaba. Lo anunció y lo presentó a todos:
—Este hombre ha caminado conmigo. Desde que era apenas un niño ha seguido mi paso y ahora ha ido a mi lado como hombre por todas las tierras desde el otro lejano Gran Azul que existe más allá de las más altas montañas y hasta las inmensas llanuras hacia el sur y hacia donde el sol sale. Él ha hecho conmigo el camino y a mi lado estará aquí y donde yo vaya.
Entendieron todos sus deseos y acataron su voluntad. Por ello lo dejaron pasar con los elegidos adonde las madres y la Guardiana apenas permitían entrar a nadie. Ambos harían la ofrenda del viajero. Ambos quemaron unos granitos de aquellas espigas moradas que crecían allá donde el Autillo había nacido y que llevaban en un
saquito.[63] A la luz de las lámparas el Autillo se fijó no solo en la pequeña y rechoncha figura de la Diosa, de grandes caderas y pechos, sino en una pintura que había en una pared cercana. La pelvis, la vulva y las piernas de otra representación suya llamaban a la fertilidad de las hembras hacedoras de la vida de los hombres y de
cuyos vientres nacían los clanes.[64]
Al retornar a la sala de entrada el joven seguía pensando en las palabras de quien había sido su mentor. Había un Gran Azul también cercano, pero este hacia el naciente del sol. Le preguntó a uno de los cazadores, que se lo confirmó:
—Sí. Hacia el naciente todas las tierras acaban ante él. No está lejos. A veces llegamos a su orilla en las expediciones más largas de los Soles Calientes.
Pensó el Autillo que si un Gran Azul cerraba las tierras por un lado y también lo hacía por el otro, entonces era que todas las tierras estaban rodeadas por él. Pero los hombres de Chauvet decían, y lo escucharía muchas veces, pues era de lo que más orgullosos estaban, que ellos habían sido los primeros en llegar de algún lugar mucho más allá. Tenía que preguntarle al Hombre León de dónde y por dónde habían venido si el mar lo rodeaba todo y desde luego el Gran Azul era imposible de atravesar.
Los Hombres del León habían tenido tiempo suficiente, al ser avisados por quienes los encontraron, para preparar una gran fiesta de recibimiento. La celebraron dentro de la cueva pues las noches comenzaban a ser frías y el tiempo de las Lunas del Hielo se anunciaba. Antes le señalaron un lugar bien protegido y desventado, un sitio de privilegio donde ya habían hecho un círculo de piedras, encendido la hoguera, despejado el suelo y echado una cubierta de hojas para que ambos extendieran allí sus pieles y dejaran sus enseres. Estaba muy cerca de donde el Hombre Búho tenía su aposento, en un pequeño recoveco de la gran sala de entrada. Muchos habían sido los que uno a uno se habían acercado al Hombre León para saludarlo y abrazarlo. Compañeros de su juventud que le daban la noticia de que otros que había conocido habían vuelto al inframundo en su ausencia y habían sido en él depositados tras cubrir de ocre sus párpados. Eran estos, los que habían compartido sus peripecias cuando él había llegado hasta allí en su huida, como el Claro, los más efusivos. Los pocos adultos, pues ya solo quedaban un puñado, se le presentaban buscando que los reconociera en su decrepitud y ponderaban lo que antes había sido la fuerza de su brazo y de su lanza. Y los que eran entonces poco más que niños, y ahora los más enérgicos jóvenes, le insistían en quiénes habían sido y que todavía alcanzaban a recordarlo porque sus madres y abuelas los ayudaban señalando sus estirpes y parentescos. Entre las mujeres había muchas sonrisas y hasta alguna picardía haciendo memoria de que se habían apareado juntos y quién sabe si alguno de aquellos que habían criado no llevaba la simiente del Hombre León. No faltaba tampoco alguna de las jóvenes que los mirara tanto a él como a su acompañante con el deseo de que pudiera sembrar algo en ellas. El uno era alguien sabio y poderoso y el joven que le acompañaba venía de tierras lejanas y traía nuevas de aquellos lugares que nadie había conocido nunca ni jamás ellas conocerían.
Esa creencia de que la simiente del Hombre León tenía algo que ver con la llegada de la vida estaba allí, entre aquellas gentes, muy arraigada, y desde luego era sustentada tanto por el Hombre Búho como, eso lo supo el Autillo después, por todos los chamanes que pertenecían a sus cultos y tenían en esto hermandad. Ello hacía que la posición de la Guardiana no fuera tan marcadamente superior en este aspecto a la suya, sino que aquí parecía tener incluso un rango secundario.
De todo ello comenzó a enterarse en aquella primera noche de festín y bienvenida. Eran gentes alegres, que gustaban de vivir y saboreaban los manjares de la tierra, y muy hospitalarios y abiertos con el joven forastero. Pero era mucho el cansancio que traían y, tras la abundante comida a base de carne de uro, de peces del río y de frutas frescas recién cogidas de los bosques, el sueño hacía que los párpados de los viajeros se cerraran. El Hombre Búho dio la señal:
—El Hombre León se quedará con nosotros y tendremos muchas noches para que nos cuente hasta dónde fue y que vio en todos aquellos lugares.
Eso les permitió retirarse a dormir, y el Autillo casi de inmediato cerró los ojos. Antes vio que en la puerta de la cueva encendían una gran hoguera y que dos hombres con lanza la guardaban, y que el Hombre León, antes de echarse en sus pieles, aún cuchicheaba un rato más sentado al lado del Hombre Búho.
Se despertó con el sonido del clan. También lo había hecho, pues ya no estaba acostado en sus pieles, el Hombre León. Cuando se incorporó el Autillo vio que muchos habían salido y que dentro tan solo quedaban algunas ancianas y algunos pequeños. Una vieja le indicó que estaban en el río y hacia allí se dirigió bajando por el estrecho camino que seguía un viejo paso de íbices y de osos, ahora ensanchado y a veces tallado y asegurado, por la pared del desfiladero desde la gruta hasta casi el mismo borde del agua.
Bebió de ella y se lavó la cara. Encontró al Claro, le preguntó por el Hombre León y este le dijo que no tardaría en regresar, que había ido con el Hombre Búho a
una cueva muy cercana,[65] de unas cuantas familias del propio clan que se habían ido a vivir a ella pues ya eran demasiados en esa. En el río algunos se lavaban, otro grupo se preparaba para salir de recolección y un puñado de jóvenes con algún veterano cazador quería probar suerte en algún rececho por los vados. El Autillo cogió sus armas y se unió a ellos.
No cazaron nada, a excepción de dos que, subiendo aguas arriba, abatieron a una gabata de ciervo que bajó con las hembras a beber a un vado. Las mujeres trajeron más comida que ellos. Pero el joven recién llegado fue conociendo a quienes iban a ser sus compañeros durante el tiempo frío que ya estaba echándoseles encima y los mantendría casi todo el tiempo encerrados en la cueva.
Sobre ello, precisamente, estaban celebrando conciliábulo junto a las hogueras exteriores los cazadores más expertos, con el Claro a la cabeza. Ultimaban los planes para una postrera cacería antes de la llegada de las grandes tormentas de nieve.
Regresaron los dos chamanes y algunos que los habían acompañado pues tenían parientes en la cueva vecina. El Hombre León le confirmó que se quedarían allí durante las Lunas del Frío, pues no había tiempo ya para ir hasta su clan natal y aquella era una expedición que necesitaba preparar meticulosamente, ya que podrían enfrentarse a combates con aquellos hombres y a la muerte misma.
—Viviremos aquí con los Hombres del León. Cuando se comience a retirar el hielo partiremos a completar la profecía y a restablecer lo que fue roto y me fue arrebatado. Pero no iremos solos pues ellos vendrán con nosotros. Porque puede que haya de verterse sangre de los hombres como los otros la vertieron y por la que yo hube de huir de donde nací y del fuego en el que fui criado.
El Autillo se dijo que el clan del León que ahora los acogía era muy poderoso y estuvo seguro de que con magia y la ayuda de ellos lo conseguiría. Había vislumbrado el día de su llegada no solo la sala primera y central de la gruta, sino algunas otras aledañas de la inmensa cueva, que era la más grande que había conocido, pero no era por lo espaciosa que era por lo que anhelaba poderla ver entera o al menos todo lo que le permitieran conocer. Nada más entrar había observado algo que ya había encontrado en todos los clanes: las paredes de la gruta de los Hombres de León estaban cuajadas de grabados, de signos y de una cantidad tal de figuras de animales como él jamás había visto nunca. En las grutas que conocía podían verse figuras dispersas o algunas pocas agrupadas, pero en esta constituían una abigarrada multitud de bestias que llenaban hasta las bóvedas. Quedó maravillado al ver a los animales brotar de la roca tan exactos y reales como se los veía sobre la tierra: caballos y uros, rinocerontes lanudos, mamuts y felinos iban en manadas recorriendo las paredes como si se movieran por ellas. Había podido contemplarlos de soslayo y de paso, y esperaba ansioso el primer cónclave de cazadores para adentrarse con ellos por las salas rituales y descubrir lo que en ellas había.
Los jóvenes cazadores se pusieron contentos de servirle de primeros guías. Lo primero que le mostraron no fueron señales de los hombres, sino de quienes antes que ellos habían habitado la gruta. En las paredes aparecían las marcas hechas por los grandes osos cavernarios con sus garras, y en el suelo, los nidos donde los plantígrados entraban en su profundo sueño durante todo el invierno. El piso de la gruta era de barro, un barro que se escurría entre los dedos descalzos de los pies y que se podía amasar con las manos. Un barro rojizo donde se marcaban las huellas y el peso del oso acababa por hacer cama.
No se extrañó de que las primeras figuras que le enseñaran fueran las de dos de aquellos animales y no muy lejos una pared cubierta de signos y puntos rojos similar a la que el Errante había hecho tras su trance en el monte de las Cinco Cuevas. No faltaban tampoco las manos impresas. Aquí la mayoría, en rojo, no las habían hecho soplando el polvo pringoso sino untando con él la propia mano y apretándola contra el muro, pero había algunas con el método de soplar con una cañita o un hueso. Por toda la tierra las manos, los puntos y las figuras eran ritos y mensajes comunes. Cada mano y cada conjunto de ellas contaba una historia que había quedado impresa, como ellas en la pared, en la memoria del clan.
—Son las manos de los primeros de nuestro clan que llegaron a este río y se aposentaron en estos cazaderos. Ellos son los que combatieron a las fieras, arrebataron a los osos sus grutas y arrojaron de estas tierras a los Patas Cortas — proclamaron con orgullo.
—Nuestros antepasados mataron al león, al oso y dieron caza al rinoceronte lanudo —le dijeron mostrándole la figura de uno de estos últimos, la enorme bestia cuya piel no atravesaban las lanzas y cuyo cuerno, enorme y afilado, podía despanzurrar a un hombre con solo alcanzarlo—. Solo nosotros y los leones cavernarios somos capaces de cazarlos. Solo nosotros y el león hacemos caer a la bestia. Nadie más que los Hombres del León y los cavernarios son capaces de enfrentarse a su embestida y a su furia ciega.
En otras figuras iba reconociendo animales al bisonte, al ciervo y al caballo, pero de nuevo otros felinos emergían también de la roca. Ya había podido ver la figura de un león trazada en rojo casi al entrar pero estos eran diferentes.
—Son la hiena y el leopardo. El moteado caza solo y no atacará de cara al hombre, pero mata al cazador antes de que este lo sienta caer sobre su nuca. La hedionda manchada puede llevarse a uno de nuestros cachorros al menor descuido y cuando se juntan muchas habrá de cuidarse hasta un grupo de cazadores. Si son muchas, matarán al león mismo si está solo o herido y le chascarán los huesos al hombre que no ande precavido.
Le dijeron que en las estancias interiores era donde podría ver los símbolos y tótem del clan, pero para ello debía aguardar al próximo ritual de los cazadores, pues entrar a aquel recinto sin el chamán podría poner en peligro la suerte de las cacerías venideras y espantar para siempre a sus presas.
Sobre aquel alarde suyo de que ellos habían sido primeros hombres en llegar a aquella tierra y los antecesores de todos los hombres de todos los clanes hacia el poniente, le contaron mucho más aquella noche misma y en todas las venideras, pues aquella era la memoria del clan que todos tenían impresa en su recuerdo y que las abuelas, las madres y los cazadores repetían a sus hijas, a sus hijos, y obligaban a recitar como una salmodia a los jóvenes que se iniciaban en la fila.
—Vinimos de donde el sol sale, cruzamos las montañas más altas cuando aún la nieve y el hielo no las cubría por siempre y por entero, y llegamos a la cueva, la que mira al Gran Azul y está cerca de la Gran Marisma por donde se derrama el Gran
Río.[66] Arrojamos a los pantanos a los Patas Cortas y les arrebatamos a los medio humanos sus cazaderos. Eran fuertes como el uro y grandes como los osos, tenían la piel sin color ni brillo alguno y el pelo lacio del color del ocre. De ellos teníamos noticias en los recuerdos pero nunca nos los habíamos topado. Infundían mucho miedo, nos tiraron piedras y nos arremetieron con lanzas, mataron a algunos de nosotros y se los comieron, pero los Hombres del León los vencieron y los hicieron huir a los cenagales, de donde ya no salieron ni han vuelto a reaparecer nunca. Fueron gentes de la tribu del León las que caminaron hacia las otras grandes montañas y hacia el otro Gran Azul, donde termina la tierra. Los Hombres del León fueron los primeros, las madres de su clan son madres de todos los hijos que ahora pueblan las cuevas de todos los confines de la tierra, entre los dos Grandes Azules que las cercan.
Eso era lo que el Hombre Búho enseñaba y todos estaban obligados a aprenderlo, recordarlo y trasmitirlo.
Los días siguientes fueron de una creciente excitación. El Claro y sus más aventajados cazadores habían localizado las querencias de varias hembras de rinoceronte lanudo con algunas crías ya muy crecidas. Los grandes machos, solitarios y siempre enfurecidos, era más difíciles de seguir, pero las hembras eran de hábitos más previsibles y podían hacerse grandes zanjas y trampas con estacas para que alguna cayera en ellas. Pero ahora estaban en terreno abierto y no transitaban por senderos marcados por lo que habían decidido intentar cazarlas tras lograr aislar a alguna y poderle arremeter desde todos los lados con las lanzas. Pero sabían que era muy peligroso pues de muchas de aquellas cacerías había memoria de cazadores muertos. Confiaban en que la magia del Hombre Búho y la del Hombre León unidas los preservaran de sus cuernos y de su embestida, pues un pisotón de su pata reventaba el pecho de un hombre como si fuera una cáscara de la nuez más débil y seca. Confiaban en sus ágiles pies y en que los ojos de aquellas bestias eran débiles y confundían las siluetas. Pero para matar a la bestia no valían las ligeras azagayas, ni siquiera los más fuertes venablos. Deberían arremeter con las lanzas más gruesas y de más afiladas puntas.
Iban y tornaban los batidores desde la cueva a la planicie donde pastaban los rinocerontes. El Claro señaló el siguiente día como el de la partida, en la noche se reunió el cónclave y los dos grandes chamanes realizaron su conjuro. La fila de los cazadores se adentró a la luz de las antorchas por la galería, pasaron por los nidos de los osos y siguieron oscuridad adelante por extensos corredores hasta penetrar a la sala de los rituales. Un gran honor que le era concedido al Autillo y este supo aceptar con humildad.
Así el joven huérfano nacido en una pequeña y lejana sierra entre las grandes llanuras entró en el santuario de los hombres que se decían los primeros entre los de su estirpe, en el lugar donde guardaban su memoria, sus recuerdos y el orgullo ancestral de sus hazañas. En el recinto sagrado pudo contemplar a sus tótems y sus bestias como jamás antes las hubiera visto. Aquellos caballos cuyas cabezas parecían que tenían vida y sus crines iban a mecerse al viento, y de hecho se mecían al moverse de las teas, jamás los había visto. Aquel clan tenía sin duda los más poderosos brujos que atrapaban los espíritus de los animales y los fijaban en las paredes tanto para que fueran sus presas o los protectores de sus tribus.
Los caballos parecían piafar por los ollares de sus belfos, unos en alerta, otros en reposo, otros a punto de iniciar la galopada. Había uros que parecían al borde mismo de la embestida y dos rinocerontes cargaban el uno contra el otro. Mientras los dos chamanes salmodiaban al unísono la canción de la caza, la misma canción que ellos también cantaban, y que le hacía meditar que quizá los recuerdos de aquellos hombres fueran verdaderos aunque los demás los hubieran olvidado y hubieran sido ellos antes que nadie y sus hijos y los hijos de sus hijos los que se hubieran extendido por todas las tierras y las grutas, aunque eran otras bestias más poderosas las que invocaban aquella noche sus voces y sus cánticos. Invocaban al rinoceronte, a la gran bestia lanuda de los dos cuernos y piel impenetrable, y untaban sus lanzas en un líquido que el Hombre Búho y el Hombre León habían preparado para que pudieran atravesar con su magia su durísimo escudo y llegar con su punta a las entrañas.
El Hombre Búho alumbró una figura en el panel y en ella se fijaron todas las miradas: la hembra preñada de rinoceronte, perfilado su corpachón en negro. Pero el chamán iluminó su boca y de ella salía a borbotones el rojo de la sangre. Los cazadores prorrumpieron en una exclamación. La bestia herida agonizaba, a punto de desplomarse, y su carne sería suya. Cantaron entonces con brío renovado la canción de la caza. El rinoceronte moriría y ellos cogerían su carne para comérsela cuando las Lunas de Hielo congelaran la tierra y los hombres solo pudieran sobrevivir sin
apartarse de sus fuegos.[67]
Al día siguiente los exploradores guiaron sin contratiempos a los cazadores hasta donde se encontraba el pequeño grupo de rinocerontes. Era una zona llana con algunas grandes charcas y cenagosos barrizales donde las bestias gustaban de rebozarse durante el tiempo en que no estaban pastando. Los dos batidores más adelantados les dieron a todos la nueva reciente y la sorpresa:
—El clan de los cavernarios también ha venido. Las leonas y los machos. Llegaron anoche. —El vigía señaló unas colinas bastante alejadas—. Allí están apostados. No se han movido en toda la mañana. Tan solo un par de leonas se han aproximado flanqueando las charcas. Los cavernarios también saben que nosotros estamos aquí. El aire sopla de nosotros hacia ellos y seguro que han olido el humo de nuestra hoguera. Ellos quieren también la carne de los rinocerontes.
Las hembras adultas eran cuatro y el grupo se completaba con dos crías, un macho semiadulto y otra hembrita más pequeña. Los leones intentarían cazar a alguna de estas dos presas, más fáciles que las madres, que hasta para los cavernarios resultaban una presa casi imposible. Los hombres pensaban lo mismo.
—Los cavernarios atacarán al atardecer. Quizá debamos nosotros esperar también hasta entonces —dijo el Claro dirigiéndose al Hombre León, que los había acompañado.
Este asintió y todos se retiraron al pie de la pequeña colina, dejando tan solo al par de vigías. A su resguardo deliberaron, el plan de caza quedó trazado y el Claro dio las órdenes:
—Si los leones avanzan sobre las charcas, empujarán a los rinocerontes hasta nosotros. Los cavernarios cazarán desplegados como una media luna, avanzando entre las altas hierbas de la estepa con el viento a su favor. Cuando carguen sobre alguno de los pequeños, la madre lo defenderá y puede que alguna otra también, pero los demás huirán hacia donde estamos nosotros. Ahora hemos de permanecer aquí, pero, si no cambia el aire, deberemos desplegarnos por los dos lados de la colina pues aireamos demasiado. Debemos de tapar los flancos porque por allí intentarán escapar. Con los rinos no servirá el fuego, cuando cargan ya no paran ante nada. Apuntad a los costados, abajo, a la barriga. Ahí tienen la piel más blanda. Si logramos herir a alguna pieza, la seguiremos y la acorralaremos. Los leones cavernarios cazarán hoy con los hombres. Esperaremos a que sean ellos quienes inicien la caza.
Los rinocerontes apenas se movieron del agua y del barro durante todo el tiempo que el sol se mantuvo alto. Solo cuando empezó a declinar, salieron de las charcas rumbo a la estepa, justo en la dirección donde estaban los cavernarios. Y seguro que las leonas ya habían detectado su movimiento y ellas también habrían comenzado a colocarse.
Los hombres se pusieron con sigilo en movimiento y, agachados, divididos en dos grupos cada uno a cubrir un flaco, avanzaron despacio, casi con el mismo compás que las parsimoniosas bestias, sabedores de su mala visión, pero alejándose para que no les llevara su olor el aire.
El Autillo iba entre los zagueros en la fila que comandaba el Hombre León, al que vio echarse al suelo y seguir avanzando a rastras hasta quedarse inmóvil detrás del pequeño cobijo que les proporcionaba un montón de tierra removida o un arbusto. Todos lo imitaron.
El Hombre León había entrevisto a los cavernarios avanzando desplegados, las hembras ocupando las puntas de los cuernos de la media luna y los machos, atrasados, cerrando el centro. El Autillo alcanzó a ver alguna sinuosa silueta felina entre las hierbas y alguna cabeza apuntando las orejas y los enormes ojos fijos en las presas. Las leonas se tapaban pero no se ocultaban demasiado. Conocían también la mala vista de los rinocerontes y lo único de lo que se ocupaban era de no perder nunca el aire y el olor rancio de los rinos en sus olleros. Los hombres esperaban en silencio y en tensión mientras los leones avanzaban. Los felinos habían por fuerza de saber que los hombres permanecían entre las hierbas, pues su olor debía de llegarles con nitidez. Y los rinocerontes también debían haber captado la presencia de los humanos, pues empezaban a dar muestra de nerviosismo y a emitir bufidos. Pateaban y miraban en dirección a los hombres, sin percatarse de que el viento traidor los estaba empujando, al alejarse de ellos, a las fauces de los leones.
Las leonas se inmovilizaron al percibir su maniobra. Una de las rinos con el macho mediano iba recta hacia una de las leonas apostadas. Estaba tan solo a unos pasos cuando la leona saltó. En dos brincos enormes trepó a la grupa del joven rinoceronte. Su movimiento disparó el de todos los felinos, que brotando de sus refugios lo lograron separar de la adulta. Esta cargó desorientada intentando defenderla pero las leonas la alejaban cada vez más de ella. Al final la madre ya no la olía ni sentía a su cría y menos aún cuando cargó sobre dos leones que la provocaron a ello y la separaron aún más llevándola en dirección contraria.
Pero los hombres ya no estaban para observar a los leones que cazaban sino para intentarlo ellos. La línea del Hombre León se incorporó y se lanzó hacia delante. Los rinos corrieron hacia el costado contrario, donde se apostaba la emboscada del Claro. Los oyeron gritar mientras corrían entre las hierbas y cuando llegaron donde habían estado aplastados sus compañeros solo vieron sus siluetas corriendo a toda velocidad a lo lejos. De los rinos no parecía quedar ya ni rastro. Alcanzaron a ver que una hembra y su cría pequeña se perdían precisamente por detrás del montículo donde ellos habían estado escondidos. Redoblaron entonces su carrera detrás de los otros y, tras un gran esfuerzo, poco a poco, irles dando alcance. La llana estepa se cortaba en una profunda barranca. Allí, en su borde, se había detenido el Claro y los esperaba.
—Hemos herido a una. Lleva dos lanzas clavadas. Una está muy trasera, no da mucha sangre. Pero se ha quedado sola y se ha metido en la barranca.
Atardecía ya. Oían el rugido de los leones. Era un rugido triunfante, seguido de los gruñidos y peleas de la manada despedazando y comiéndose a su presa. Los cavernarios habían cazado. Los hombres no lo habían logrado. Todavía.
—Haremos aquí fuego. Pero antes un grupo habrá de cerrar también con una hoguera la salida de la barranca. Es posible que el rinoceronte no haya seguido en su huida y se haya quedado refugiado aquí. Lo veremos mañana. Los leones han cazado y estarán saciados, pero estad atentos y no os alejéis de la hoguera. Que sea grande y que no le falte alimento —ordenó el Claro.
Por la noche los hombres ni durmieron casi ni comieron apenas más que algunas tiras de tasajo. Antes del amanecer los pisteros ya estaban moviéndose. No tardaron en dar con la sangre, un pequeño charquillo ya seco donde el rino se había detenido bajo un gran árbol en el fondo de la cárcava. Se había restregado contra él y había chascado el mango del venablo, que encontraron en el suelo. A partir de aquella sangre seca no volvieron a encontrar ninguna más y partir de allí ya no acompañaba las pisadas de la bestia. Perdían la esperanza, pero entonces el Hombre León dijo:
—El ungüento debilitará a la bestia. Confiad en ello. Si no ha salido de la cárcava antes de esta noche, podremos matar al rinoceronte.
Pero allí en la angostura había que extremar el cuidado. Una embestida podía acabar con un hombre pateado al más mínimo descuido. Los rinos, a pesar de su inmenso cuerpo, sabían ocultarse muy bien y desaparecer entre los arbustos y los espinos.
Los pisteros del clan avanzaban y de nuevo encontraron muestras del paso del animal herido.
—Se echó aquí. —Señaló un pequeño regato en el fondo del barranco—. Ha vuelto a sangrar y ha intentado taponarse la herida con barro.
—Lleva la punta de la lanza dentro y el ungüento hará que le tiemblen las patas —alentó el Hombre León.
Siguieron adelante con extremo cuidado y el sol subía mientras ellos descendían por la cárcava. Vieron en lo alto de una roca que señalaba la salida del barranco a los hombres que había enviado el jefe a taponarla y desesperaron. Pero al fijarse mejor vieron que los hombres que atalayaban hacían grandes aspavientos y les señalaban un espesar de matas. Supieron que la rino herida estaba allí y le oyeron removerse entre los arbustos espinosos pero sin llegar a destaparse. Estaba a su alcance y cercada, pero ahora era la bestia quien podría matarlos a ellos en aquellas estrecheces. Entonces los hombres de la roca de la salida bajaron, prendieron el fuego y las llamas se levantaron crepitando con furia barranca arriba, donde la rinoceronte y ellos se encontraban. El Claro vio entonces la oportunidad. En un lugar la cárcava dejaba tan solo un angosto pasil entre dos rocas. El fuego pasaría rápido y ellos podrían ponerse a salvo por las laderas pedregosas sin árboles. Y desde allí podrían alancearla a su paso por la angostura.
La bestia venía. Cargando. Piafó y se detuvo un momento al sentir el humo y a los hombres ante ella, y el cuerno larguísimo se movió compulsivamente de arriba abajo y ofuscada por el olor acre que la seguía echó de nuevo a correr. Algún venablo la alcanzó pero tan solo una gruesa lanza, lanzada desde muy cerca, se clavó en su cuerpo. Siguió adelante. Los hombres hubieron de ponerse a salvo de su propio fuego. Tiznados y con el pelo y algunas de sus ropas medio chamuscadas, se encontraron arriba de la cárcava.
—El rinoceronte ha escapado —dijo uno de los más jóvenes—. El fuego ha quemado toda la barranca, pero la bestia habrá remontado a la estepa y huido.
—Estará aún más herida que ayer. Podremos seguirla y cazarla —objetó otro intentando animarse.
El Claro fue más contundente y el Hombre León sonrió al oírlo.
—El rinoceronte está ya asado. Lo estoy oliendo —dijo con una carcajada.
No querían creer algunos a su jefe pero a nada le creyeron sus narices. La bestia, debilitada, alcanzada por nuevas azagayas, alguna en el pulmón y la más fuerte en el costillar trasero, no había podido remontar la cárcava y se había refugiado en un espesar donde el fuego la había cercado. La lumbre había prendido prontamente en la lanuda capa de pelo que la protegía y, en efecto, olía a socarrina a mucha distancia.
La descuartizaron allí mismo y con los rescoldos del fuego asaron el corazón, los riñones y los hígados y se los comieron. No iban a ser solos los cavernarios los que probaran la carne del rinoceronte. Cargaron cada uno con toda la que pudieron y emprendieron el camino de vuelta. No era cuestión de que vinieran las mujeres a recoger la que ellos no pudieran llevarse porque lo más posible es que los cavernarios siguieran allí y su presa había sido más pequeña. Pero casi no dejaron nada ni para ellos ni para las hienas. Tal vez sí para los buitres.
De regreso hacia la cueva el Claro le dijo alegre al Hombre León:
—Los cavernarios han cazado hoy junto a los hombres. Los dos clanes han matado al rinoceronte juntos.