La canción del bisonte
4. El Errante
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El Errante
El hombre que venía por la orilla del río llegaba solo y no era nadie del clan de la Cueva Mayor, pero caminaba con la decisión de quien conoce el sendero y su lugar de destino. Abandonó la ribera justo cuando era preciso hacerlo para llegar de la manera más rápida y cómoda hasta la gran boca de la gruta donde se cobijaba el clan, aunque en ese momento el grueso de los hombres adultos había partido, con la llegada del buen tiempo, a los cazaderos aguas arriba, donde confiaban en hacer una buena matanza de renos en los vados por los que cruzaban en su migración de primavera.
El que llegaba venía de aguas abajo y no era, desde luego, ningún cazador de la tribu que regresara para guiar a las mujeres y los jóvenes hasta el escenario de la cacería y los ayudara a trocear y transportar las presas. Algunos de los viejos se asomaron y resubieron la ladera para divisarlo mejor y prevenirse por si representaba algún peligro. El Autillo se escurrió como acostumbraba, sin ser notado, y se quedó en cuclillas, apostado por encima de los ancianos.
—No es nadie de los nuestros —repitió uno de ellos, pues eso ya lo habían dicho todos.
—¿Viene alguien detrás de él? Mejor tener cuidado —dijo otro.
—Hace ya mucho trecho que lo vemos; antes, cuando venía por la orilla del río, y luego, cuando ha tirado derecho hacia la cueva por campo abierto. Si viniera con mala intención, no se mostraría de esta forma. Podemos matarlo si queremos.
—No nos fiemos. Que las mujeres y los más pequeños se guarden en la gruta. Nosotros cojamos propulsores y venablos. Cuando llegue ahí debajo lo tendremos a tiro.
Lo hicieron. El hombre que llegaba parecía avivar ahora el paso y en algún momento agitó una mano en el aire en dirección a los que lo observaban.
—Saluda —dijo el viejo que decía siempre lo que todos ya sabían.
Fue cuando el desconfiado lo reconoció y dio un grito que podía incluso parecer de alegría.
—¡Es el Que Viene y Se Va! ¡Es el Errante! El que conoce todas las tribus y camina de un clan a otro.
Todos los ancianos lo conocían, también muchas mujeres, y los demás habían oído de él aunque no lo hubieran visto nunca, como les sucedía al Autillo y a los más chicos. El Errante era alguien del que siempre se contaba algo en torno a las hogueras.
—Viene de abajo, vendrá de los clanes de los Hombres de los Caballos, de los que cazan en las llanuras que lindan con las montañas donde viven los Patas Cortas, los Hombres sin Hacer del Todo. —La sola mención de los Otros hizo que algunos dieran un respingo, pero el que hablaba siguió con su cábala—: Hacía mucho que no venía. Suponíamos que lo habría matado un león o se lo habrían comido los Patas Cortas.
—Tiene muchos poderes. Es muy fuerte y muy sabio.
—La otra vez que vino traía dos a su lado. Ahora viene solo. Un día lo matará una fiera o se lo comerán los Patas Cortas —insistió el que hacía de eco.
—No se lo han comido. Nos contará de los otros clanes —concluyó el que parecía defenderlo.
Saludaron ya en señal de bienvenida y fueron a avisar a la curandera para que lo recibiera, pues el chamán de los cazadores, el Hombre Espíritu de las Bestias, estaba con la partida de caza. Las mujeres se alborotaron y salieron en tropel. Lo querían más que los viejos. Traería muchas cosas extraordinarias y nuevas de los clanes de toda la tierra, hasta de los que estaban al lado del Gran Azul, sobre los que algunos hablaban, pero nadie había alcanzado a ver, aunque entre ellos había descendientes de quienes sí que habían caminado por su orilla y algunas tenían como muy preciado adorno algunas cuentas de nácar.
El Autillo no perdía detalle. La llegada de aquel hombre era algo extraordinario, algo que no había pasado nunca en su vida. Había oído decir que había otros hombres además de los de su clan, pero nunca había visto a ninguno. Ni de aquellos Patas Cortas con que los atemorizaban ni de los de su propia estirpe, aunque de otra tribu. Ahora estaba viendo a uno y todo en él lo asombraba.
Era alto, más que la mayoría de los del clan, de hombros anchos y de andar muy poderoso. Traía a la espalda un gran morral; una lanza larga y dos ligeras sobresalían de su silueta. Llevaba el pelo largo y una barba poblada y crecida. Brillaban en su zamarra de cuero adornos de colmillos y conchas. La traía abierta en parte y descubría la parte superior del pecho. No era joven pero tampoco viejo. Aún no tenía canas ni en la cabeza ni en la barba. El Autillo se fijó en el imponente collar de garras que le colgaba del cuello y en sus rasgos más finos, delgados, más afilados en pómulos y nariz que los de los suyos. Ya había llegado hasta la entrada misma de la cueva. Y hablaba con ceremonia y respeto. Todos habían salido a recibirlo.
—Saludo a los ancianos y a las madres del clan y les pido poder compartir su cueva y su fuego.
—Sabemos quién eres. Te recibimos como amigo. Puedes entrar, descansar y descargar tu peso —le replicaron.
Se adelantó la Custodia de la Diosa, la curandera:
—El Que Viene y Se Va siempre es bien recibido en este clan. Nos alegra ver de nuevo al Errante y saber que vive. Nos contará cosas de los otros hombres y sus clanes. En nombre de la Diosa, eres bienvenido.
Todos los críos del clan, pegados a sus madres o en pequeños grupos, se arracimaban haciendo ruidos y dando gritos en torno a él, menos el Autillo, que lo observaba algo apartado, en silencio. Pero los ojos del forastero lo descubrieron. Fue un instante, pero se clavaron en él haciéndole rebullirse inquieto. La mirada del Errante parecía recorrerlo todo mientras se adentraba en la gran sala seguido por los viejos, que ya comenzaban a hacerle preguntas. Pero él solo contestó de dónde venía antes de descolgar su morral y sus lanzas y dejarlo todo apoyado en una esquina donde no había redondel de piedras que indicara un fuego.
—Vengo de las llanuras del clan de los Hombres de los Caballos. Hace media luna estuve con ellos. Traigo sus saludos. Ahora deseo hablar con la Custodia de la Madre y hacer mi ofrenda a la Diosa.
Aquello congratuló a la curandera, aunque ya lo esperaba, pues sabía que era sabio y respetaba los ritos. Al Errante siempre se le había supuesto el saber de los chamanes y poderes superiores. Solo así podía haber sobrevivido caminando solo y errante por las tierras. Su propia existencia, tan extraña y alejada de la del resto de los hombres, fuera de todos los clanes, encendía la curiosidad por donde quiera que pasara, y en todas las cuevas y campamentos era bien recibido cuando retornaba. La mera evocación de su nombre provocaba un susurro de respeto.
El forastero y la Guardiana se dirigieron a un pequeño recoveco de la cueva donde la mujer tenía su fuego, resguardado de las miradas, los manojillos de plantas colgados de estaquillas de hueso y, en una hornacina que aprovechaba una grieta de la roca, la estatuilla de la Diosa.
Sorprendió al Autillo, que los espiaba resguardado en las sombras y salientes, que quien preguntaba al recién llegado y lo escuchaba con mucha atención y hasta con gesto de clara sumisión, era la mujer a la que ellos tenían como guía y sabia. La Guardiana de la Diosa ni siquiera se comportaba con tal deferencia con el propio chamán de los cazadores, que soldaba huesos, taponaba la sangre y atraía con sus conjuros a los animales hasta las lanzas de los cazadores.
El Autillo vio que el hombre extraía de una de sus bolsitas de viaje unas cabezas de espliego ya secas, las desmenuzaba en una pequeña piedra, redonda y hueca, donde antes había puesto unas brasas, y cuando el espliego comenzó a desprender su intenso olor, colocó el recipiente al lado de la figurilla de la Madre, empujó con las manos la fragancia hacia ella y se sentó a hablar con la Guardiana.
Hablaron de dónde estaban los cazadores, de dónde venía el forastero, y este le trasmitió saludos y mensajes de la sanadora y Custodia del clan de los Hombres de los Caballos con un pequeño objeto que el Autillo no pudo distinguir como obsequio. Luego ambos se intercambiaron pequeñas bolsitas, la mayoría de las cuales pasaban de las manos del hombre a las de la mujer acompañadas de detalladas explicaciones sobre su uso y sus peligros, pues dependiendo de la cantidad y de la preparación alguno de aquellos remedios podía convertirse en muerte.
El cachorro sin fuego no entendía apenas nada, pero si la Guardiana lo trataba con tal deferencia debía de ser por algo. Tendría que ser un chamán muy poderoso si hasta la guía de las mujeres le prestaba tanta atención. El cachorro sin fuego decidió que no le perdería un paso pues de su cercanía seguro que obtendría beneficio.
Aquella noche, regresado el grupo de recolectoras que había bajado al río con algunos jóvenes para aprovisionarse de agua, viandas frescas y revisar algunas trampas, se preparó una abundante comida en la que se juntaron los diversos fuegos para cocinarla entre todos. Habían traído tiernas plantas, algunos conejos, una cría de corzo y muchos huevos, pues era el tiempo de las puestas de los pájaros y quedaban muy al alcance los de los que anidaban en el suelo, como las perdices, o no muy alto en los árboles, como las palomas. Había para todos, incluso para el Autillo, aunque en esa época no era precisamente de los que andaban ayunos. Nadie como él para descubrir dónde las aves hacían su nido. Era capaz de pasarse inmóvil mucho tiempo hasta descubrir el escondrijo y todo lo alimentaba, desde el huevo más pequeño hasta uno bien grande de sisón o de avutarda. Y cuando se hacía con un buen botín, ya sabía él cómo preservarlo de las uñas de los otros buscándose un buen agujero. Al fin y al cabo, los demás compartían con él poco más que sus sobras.
Pero esa noche hasta le alcanzó un trozo de conejo y algo del costillar del corzo, que era tan tierno que royó hasta el hueso. Luego, desde su rincón favorito, se dispuso a no perder palabra de lo que el forastero contara. Todos estaban ansiosos por escucharlo y saber de los otros hombres con quien había estado. Se hizo silencio y hasta los niños mamones se callaron porque sus madres los arrimaron el pecho para mantenerlos tranquilos. El Errante comenzó su parlamento.
—Para llegar hasta los clanes de los Hombres de los Caballos es necesario cruzar
ríos, entre ellos el más caudaloso, al que vierten todos estos,[8] y atravesar muchos bosques y también estepas muy frías y azotadas por los vientos, pero no hay grandes montañas que impidan el paso y las que existen tienen buenos portillos por los que atravesarlas. Ya había caminado antes hacia allá y sabía cuál había de ser el rumbo de mi paso. Pero todo sendero es peligroso y más aún cuando no hay hombres que lo transiten, y más cuando el que pasa no camina en la fila de otros hombres con lanzas, ante las que las grandes fieras se retiran. Estas le temen al fuego, pero si uno está solo lo acechan, y si se descuida le dan caza y lo devoran. Eso le sucedió al muchacho que regresaba desde allí conmigo hacia su clan cuando, sediento, no tomó precaución al inclinarse hacia el agua y ofreció el cuello y la nuca a una pantera apostada en el bebedero. Salto sobre él, lo arrastró a la maleza de la ribera y nada pude hacer excepto huir para salvar mi vida. Por eso caminaba solo. Estos dedos de mi mano, todos menos el separado y el pequeño, he contado ver caer la noche desde la muerte del chico, antes de dar vista a vuestra cueva. Me ha alegrado encontraros, pues son tierras sin hombres y plagadas de bestias por las que he atravesado y necesitaba el cobijo de una tribu tan poderosa como esta de la Gran Cueva.
—Cuéntanos de los Hombres de los Caballos. ¿Saben de nosotros? Yo conocí a algunos cuando no hacía tanto frío sobre la tierra y a veces alcanzábamos los unos los cazaderos de los otros. Alguna mujer suya tomó y se llevó a un hombre nuestro y alguna nuestra trajo aquí a uno de los suyos. Pero los dos murieron ya hace mucho. Yo era niño. Él era como nosotros y cazaba bien los bisontes, aunque aún mejor los caballos. ¿De los nuestros queda entre ellos alguno?
—Sí quedan, allá los he encontrado y envían sus saludos a los fuegos de sus madres, sus hermanas y sus hermanos. Son dos ancianos respetados, recuerdan el clan donde nacieron y me dijeron los nombres de sus madres: Atola y Retama. ¿Alguien los reconoce?
Se levantaron una mujer y el anciano receloso que quería tirarle lanzas al verlo llegar.
—Era el mayor de mis hermanos —dijo ella.
—Y el más pequeño de los míos —dijo él.
—Para vosotros traigo de ellos un presente de su parte.
El forastero extrajo de una de sus bolsas dos objetos. El uno era una piedra partida en cuyo interior parecían haber criado otras transparentes, como si fueran hielos hechos rocas, que entregó a la mujer, que fue rauda a contemplarlo a la luz de la hoguera y a sorprender a todos con los reflejos que esta sacaba del recoveco.
Al viejo le tendió una especie de trenza enrollada.
—Es muy buena, está hecha con crin de caballo, puedes ir sacando una a una las muchas que tiene y utilizarlas como cuerdas. Son muy fuertes, resistentes y finas. Para lazos, para coser o para lo que quieras. Son mis preferidas.
El viejo recogió el obsequio con presteza rapaz y por su gesto se vislumbró que estaba pensando que el viajero se había quedado con algunas de las que les había enviado su hermano. Pero no dijo nada y tampoco deseaban los demás oírle sus rezongos y sí seguir escuchando al forastero, a quien incitaron a proseguir su relato.
—El clan de los Hombres de los Caballos viven en las llanuras arenosas, donde los bosques de pinos se mezclan con anchas estepas. Es tierra del rinoceronte, pero sobre todo de grandes yeguadas. Son su sustento y su caza principal, y son ellos las gentes que mejor conocen las formas de abatirlos, pues son veloces, esquivos y no caen con facilidad ni en las trampas ni en las emboscadas.
Iban los hombres a preguntarle cómo lo hacían y en qué se diferenciaban de sus formas de cercar y alcanzar a la caza cuando el Errante, con un gesto, apartó aquel asunto y con tan solo unas palabras hizo que un escalofrío los recorriera a todos.
—Los clanes de las llanuras cazan caballos, pero he de deciros que ellos también son cazados. Los Patas Cortas han matado a algunos que se acercaron demasiado a las montañas y se llevaron a todas las mujeres que los acompañaban. Viven al otro lado de las montañas, en una gran sierra que cierra hacia el sur aquellas llanuras. Hasta allí huyeron de nosotros y hacía mucho tiempo que no se veía a ninguno, aunque a veces se encontrara algún vestigio. Pero ahora han atacado.
Para las gentes del norte del río, los Patas Cortas solo eran ya un recuerdo, un miedo lejano, la sombra de un enemigo alejado. Había quedado allí, impreso, en la memoria, pero apenas si servía ya para asustar a los niños. Y ahora reaparecía como una realidad amenazadora.
Callaron las mujeres y se apretujaron a ellas sus crías, algún anciano hizo un gesto de desprecio y escupió en el fuego. Fue el Errante quien volvió a la palabra. Y ahora no los llamó por el nombre con que todos los llamaban.
—Los Jaros[9] viven en clanes como nosotros, hacen fuego y empuñan lanzas. Ponen trampas a las bestias y preparan emboscadas. No son nuestra raza, no son hombres como nosotros, pero tampoco son como las fieras. Tienen la piel descolorida, los ojos claros y el pelo rojizo, y por eso en otros lugares se les dio ese nombre cuando nos encontramos con ellos. Y sí, tienen las patas más cortas y curvas que nosotros y no son rápidos en la carrera, pero tienen enormes torsos y una fuerza de uro. Desde que huyeron de los Clanes no tengo memoria de nadie que en verdad los haya vuelto a ver. Pero ahora han regresado y porque son tan parecidos a nosotros, porque no son bestias que huyen del fuego y caen en trampas es por lo que hemos de estar alerta y preparados.
La Cueva Mayor quedó en silencio. El Autillo solo oía el chisporroteo y el silbido de la madera quemándose. Nadie habló hasta que volvió a hacerlo el Errante.
—Los Hombres de los Caballos me han dicho que al otro lado de las montañas solo hay Patas Cortas. Que ellos jamás las han traspasado y que no tienen noticia de clan alguno de los nuestros que viva más allá de aquellas cimas. No sabemos cuántos son ni cómo se han reproducido. Antes nos huían y los expulsamos y ahora son ellos quienes atacan a los Hombres de los Caballos, los matan sean ancianos o niños, y les arrebatan a sus mujeres, aunque sean muy pequeñas.
Volvió el silencio al Portalón de la Cueva Mayor. Fuera estaba la noche oscura, aún más sin la luna, que no estaba en el cielo. Allí acechaban los ojos y las garras de las fieras carniceras, pero aquel peligro lo conocían y aun erizándoseles el vello se sobreponían al miedo. Este otro que regresaba les brotaba de lo más profundo de la entraña y del recuerdo. Entonces comenzaron todos a cuchichear y enseguida elevaron y solaparon sus voces. Un viejo recordó que su abuela le había contado que, antes de que ellos se cobijaran en aquella cueva, eran los Patas Cortas quienes la habitaban, aquellos habían sido sus territorios, suyos fueron los animales que ahora ellos cazaban, los peces que ellos cogían, los frutos y plantas que recolectaban.
Alguien dijo que cuando algunos se arriesgaron más allá de las salas de la entrada de su cueva, hasta donde los Patas Cortas llegaban a celebrar sus ritos, dieron con un angosto pasadizo que profundizaba hacia las entrañas mismas de las profundidades, y que cuando ya las antorchas se les consumían, llegaron a una amplia sala donde hallaron señales de sus festines y osamentas de sus presas. Y entre ellas blanqueaban huesos y cráneos humanos. Decidieron no regresar allí jamás, pero temieron por si los Patas Cortas aún permanecieran ocultos en cualquiera de aquellas simas. Así que taponaron aquel estrecho túnel con grandes rocas para impedirles el paso.
Las voces se entrelazaban ahora subiendo con las llamas, como si todos quisieran unirse con ellas y sentirse más envueltos y cobijados en el sonido de los otros.
—Esto deberían saberlo los cazadores —se escuchó decir a la Guardiana y asintieron todos, así que le preguntó al Errante—: ¿Te quedarás con nosotros hasta que regresen o deseas que vayamos a buscarlos para que puedas relatárselo? No tardarán en venir las partidas hacia lugares más próximos a la Cueva pues es aquí por donde cazarán pronto el bisonte.
—Tengo la intención de pasar un tiempo con vosotros, si me permitís hacerlo. Cazaré y recolectaré para no ser una carga. Con vosotros o con la fila de los cazadores.
Al Autillo le agradó saberlo. A todos les gustó que aquel hombre poderoso, que iba y venía por la tierra, se quedara en un momento así con ellos. El cachorro sin fuego observó que a las mujeres las alegraba incluso más todavía. Y se durmió pensando cómo acercarse a aquel hombre, como si presintiera que en él estaba su amparo.