La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 37 de 50

Páginas del PDF

La canción del bisonte

36. La Negra

36

 

La Negra

 

La mujer sintió la soledad del hombre joven y tuvo deseo y necesidad de darle su cobijo. Era una hembra en plenitud de energía, vida, mente y todas y cada una de las líneas de su cuerpo. En sus nalgas redondeadas e incitantes, en sus largas piernas, firmes, cálidas y del más suave tacto, en sus caderas poderosas, en sus brazos sinuosos, en sus pechos elevados y turgentes, en sus labios carnosos y hasta en su pelo fino y voluptuoso. Pero la mujer no había engendrado nunca, la Diosa no había bendecido jamás su vientre, siempre liso, aunque a través de ella bendijera los de tantas otras mujeres y le hubiera entregado muchos de sus misterios.

La Negra era mayor en edad y en poder que el hombre joven que, en medio de todos, estaba solo y se quedaba noche tras noche ensimismado ante su fuego mientras las demás gentes hablaban, reían, hacían dormir a los cachorros y se apareaban entre sofocados gemidos y resuellos profundos, gruñidos ansiosos o hirvientes suspiros. Ella lo observaba desde que llegó con los Hombres del León y el Gran Chamán a cercar su cueva. Había comprobado que no era de los suyos y que su clan estaba muy lejos y sus recuerdos le pesaban y le entristecían la mirada cuando se quedaba absorto ante las brasas mordiendo la madera hasta convertir su entraña en un corazón rojo y ardiente.

La Negra se había fijado desde el principio, cuando bajó por vez primera al campamento de los sitiadores, en el espigado cazador que procuraba siempre la cercanía del brujo y que observaba todo desde el silencio, penetrando con su mirada las sombras de los lugares y los rincones de los hombres. Había preguntado al Gran Chamán sobre el joven que lo acompañaba y este le había narrado su encuentro, su largo viaje y su tránsito. En la Cueva de los Tres Hermanos el Autillo había sido bien recibido, en la caza fue un avezado compañero al que los hombres respetaban, su vínculo con el Hombre Espíritu le daba rango y hasta despertaba envidia, las madres lo miraban con cariño y alguna de sus hijas lo buscó alguna noche entre las pieles. Pero el Autillo volvía a encontrarse solo, aun más solo que en su propia cueva cuando había de defenderse de todos, porque estos, que lo apreciaban, no eran de los suyos. Y echaba en falta sus montañas y sus prados y las llanuras y las hierbas lacias y amarillas. Y, aunque no quería siquiera recordarlo, aquellos juegos felices en el monte de las Cinco Cuevas con Ababol, la niña que lo obligaba a cumplir todos sus caprichos y cuya entrega y despedida, ya como mujer, le hacía sentir el filo del pedernal rasgándole por dentro. El hombre estaba en verdad solo porque no quería siquiera hacerse acompañar por sus recuerdos pues estos lo llenaban de nostalgia y de tristeza. Y sus ojos a veces, mirando al fuego, se humedecían y parecía a punto de brotar el agua.

La Negra, sabia hembra, aún sin conocer de aquello apenas nada, presentía su desamparo por más fuerte que se mostrara a la luz del día. Por ello una noche se acercó a él, lo cogió de la mano y se lo llevó al rincón donde ella, oculto de la vista de los otros por un enramado cubierto de pieles, moraba y custodiaba la estatuilla de la Diosa. Al lugar donde muchos hombres habían ansiado ser llevados y solo unos pocos y por breve tiempo habían estado.

Por la mañana fue también ella quien se acercó hasta el fuego del hombre, que se había apagado, a recoger sus cosas y llevarlas junto a las suyas. Las mujeres y los hombres de la Cueva de los Tres Hermanos se percataron. Las ancianas sonrieron, las hijas hicieron por no verlo y los hombres lo envidiaron.

La Negra le enseñó al hombre a sentirse orgulloso de serlo. Pero no como él había pretendido hacerlo en su momento de triunfo y vanidad desatada cuando fue el Hombre Ballena y cuando tomaba a las hembras para demostrar su poder y su dominio sobre todo y sobre ellas al montarlas. Ella le mostró que su orgullo era complacerla, lograr colmarla y ser por ella vaciado.

El cubículo de la mujer era bastante reducido, pero cálido y agradable. El suelo y las paredes estaban cubiertos de las más mullidas y suaves pieles. El olor allí era diferente al de la cueva, impregnado este de esencias y de aromas. Un pequeño fuego ardía al fondo, a medias tapado por una losa de piedra, y el humo parecía poder salir por alguna rendija y colarse por la montaña arriba. En una hornacina, al fondo, estaba la estatuilla de la Diosa, y a sus pies lámparas, símbolos en rojo y ramos de hierbas y flores secas, además de algunos saquetes con semillas. Grandes y pequeños cuencos de calabaza o de piedras huecas y algunas cáscaras de huevos grandes contenían pigmentos y sustancias, muchas para él desconocidas.

Pero en poco de aquello se fijaba entonces pues no tenía ojos ni manos excepto para el cuerpo de la mujer que se le ofrecía en su desnudez plena y le iba adiestrando en cómo complacerla al tiempo que él resultaba complacido. Le incitó aquella primera vez a que, montándola por atrás, exhibiendo sus firmes nalgas y ofreciendo abierta su vulva, la penetrara con fuerza y violencia. Su juego y ardor hizo que el joven, en las primeras ocasiones, encelado como un venado en berrea se derramara muy pronto. Ella entonces, cuando él desmontaba, se volvía, reposaba de espaldas, con sus pechos y muslos relucientes, y le sonreía con cierta alegría compasiva, para abrazarlo y comenzaba no a excitarlo sino a hacerle sentir entre sus brazos cobijado, acunado y protegido.

Le preguntó algunas cosas y la risa brotó entre ambos. La Negra se incorporó y compartió con él un brebaje templado, de intenso sabor y olor, que despertó sus sentidos y afinó su olfato, su tacto y su piel hasta hacerla estremecer al más leve roce de los dedos de ella. Pero era su vista la que más gozaba con los brillos del suave resplandor de la hoguera y de las lámparas jugando sobre su piel tersa, y bruñida. Los movimientos sinuosos de la Negra semejaban a los de una pantera, se movía a veces onduladamente, a veces en quiebros repentinos que volteaban su mata de pelo cayendo en cascada sobre la piel desnuda de su espalda. El brillo de sus dientes blanquísimos en los labios rojos y el guiño malicioso de sus ojos hacían que él nada pudiera mirar ni sentir sino a ella y a sus felinos movimientos, que lo atraían irremediablemente hacia el punto que ella deseaba.

Deseaba ser besada y jugar con la lengua y le enseñó a hacerlo. Deseaba ella besarlo y lo hizo por todo el cuerpo para acabar por coger entre sus labios su verga y conseguir levantarla enhiesta de nuevo. Pero no la dejó penetrarla ahora sino que lo obligó a repetirle a ella el mismo beso continuo por todo su cuerpo, deteniéndolo en los botones de su pecho, en sus ingles, y finalmente fijarlo en su sexo, bien protegido por una pequeña alfombra de pelo, que ofreció a su boca y que supuso por primera vez que la hembra no pudiera ni quisiera reprimir un gemido. Tras ello sí que le incitó de nuevo a ahondarla, haciendo que la cubriera totalmente extendido sobre ella para luego abrazar su cuerpo con sus fuertes muslos llenos de ardor rodeando su cintura. Logró hacerle acompasar sus arremetidas y vaivenes pasando por momentos de lentitud a otros de trote, y al frenesí del galope con la lanzada fija clavada en la entraña.

La piel de la mujer también se fue empapando de sudor y ello excitó aún más al hombre, que forcejeó por dominarla en algún momento y ella, jugando ahora, combatió y se resistió hasta aparentar rendición con una risa. Pero luego, con otro de sus elásticos movimientos, fue ella la que se puso encima e introduciéndose su miembro comenzó a cabalgarlo, sujetados ambos por las manos, y con los pechos y el cabello de la mujer bailando alborotados.

Fue más tarde cuando, acurrucado el hombre sobre la espalda de la mujer que yacía de costado, debió de quedarse dormido, pues se despertó tapado por una piel confeccionada con varias de gamuza cosidas las unas a las otras. Al incorporarse comprobó que la mujer se había marchado. Oía los sonidos del clan despertándose en la ancha sala de la cueva y vislumbró en la boca la claridad del día. Había comenzado a vestirse cuando sintió que ella regresaba. Vio que traía un brazado de sus pertenencias y que las iba dejando cuidadosamente apiladas en una esquina al lado del lecho, en el costado que parecía haberle asignado. Volvió a salir y esta vez ya trajo su zurrón de caza, su propulsor y sus armas.

Las Lunas del Frío de aquel año no fueron para el Autillo tan largas ni tan crudas como las del anterior. El clan consiguió abundante reserva de caza y algunas mejoras pasajeras de la temperatura permitieron salidas a recolectar y aprovisionarse de leña. No faltaron tampoco ni el hielo ni el hambre en ocasiones. Antes de que las primeras tormentas fuertes comenzaran, el Gran Chamán requirió al Autillo para que lo acompañara, en unión de un nutrido puñado de cazadores, a la cueva vecina y hermana de linaje de la suya. Estos, enterados de los cambios en Los Tres Hermanos, habían enviado emisarios y solicitado la presencia del brujo, cuya peripecia y fama comenzaban a extenderse de clan en clan y se contaba como parte de la memoria colectiva de todos.

El hechicero había contemplado con mucho agrado la relación de su pupilo con la Negra. Pensó que aquello contribuiría a que su compañero no sintiera la nostalgia de sus tierras y sus gentes dejadas atrás y que acabaría por echar raíces en las suyas. No dejaba pasar ocasión para un guiño cómplice y parecía revivir en su relación con el Autillo el recuerdo de su continua cercanía y camaradería. Pero era consciente de su papel y de lo que para todas aquellas gentes significaba y, por ello, a poco volvía a recluirse y a estar atento no solo al devenir de aquel clan sino también de todos los vecinos. Pues varios ribereños del gran río enviaron a algunos de los suyos al Gran Brujo para escucharlo, conocer sus visiones y pedirle que visitara sus grutas. Creyó que al menos aquel año visitaría al clan hermano de Gargas, solicitó la compañía de su compañero de viajes y se dirigieron hacia la cueva que se abría junto a la caudalosa corriente del poderoso río.

—Este es el mismo que aquel que en las llanuras seguimos al principio hasta desviarnos por el que vertía en él sus aguas para llegar así al territorio de los Hombres del León —le recordó el chamán.

En las Grutas de Gargas [75] fueron recibidos con grandes festejos, con sonidos de flauta tanto en honor suyo como en el del Hombre Músico, al que habían venerado, y se volvió a reestablecer el vínculo entre los clanes que compartían madres y se reconocían como parientes y aliados. Los cazadores de los Tres Hermanos fueron invitados y el Autillo con ellos a dejar sus manos impresas en la galería donde el clan había ido dejando las suyas hasta completar varios paneles y donde ya había multitud de ellas. Estaban silueteadas la mayoría en rojo pero había también algunas en negro. Los de Gargas alardeaban de haber sido en realidad los primeros en llegar al río, antes incluso que los de los Tres Hermanos, desde la primigenia Cueva de los Leones.

No se demoraron mucho en su estancia, pues la primera Luna del Hielo se barruntaba ya en el aire, que comenzaba a cortar como un cuchillo, y tras celebrar los ritos, retornaron rápidamente hacia el interior de las montañas. El Autillo, con la prisa de volver a tener el cuerpo de la Negra enroscado al suyo y el ardor de su piel pegada a la suya.

Durante el invierno el chamán escogió a un cazador para que liderara la fila de los hombres. Era prudente y había sabido mantener su sitio y proteger a los suyos sin enfrentarse al Cetrino, de quien ninguna nueva más hubo excepto algún rumor de que habían ascendido a lo más alto de las montañas y de ellas parecía que ya no habían salido. Era callado y no cuestionaba la autoridad del chamán y por ello fue el elegido. Era paciente en la espera y buen seguidor de los rastros. Con ello bastaba.

Al joven Autillo durante varias lunas le sobró con el abrazo de la Negra y se sintió ensanchado como hombre y alegre de estar allí y de serlo. Realizaba con premura sus tareas, se esforzaba en la caza y en hacer salidas desafiando las tormentas, y la sonrisa de la mujer al recibirle parecía quitarle todo el hielo que traía en el sobretodo de juncos. Fue con los primeros síntomas de que el deshielo no tardaría en comenzar cuando el rebullir de la tierra resucitando pareció impregnar su propio espíritu y acelerarle los pulsos.

La mujer detectó aquel cambio, al que sucedían episodios de melancolía, y le prodigó sus mayores cuidados, sus mejores habilidades en las cópulas, sus caricias una vez llenas de ternura y otra de picardía y lascivia, y el hombre pareció pasar aquel episodio y volver a compartir deseos venideros y preparar junto a los cazadores las primeras expediciones.

Y fue en ellas, donde alejado del embrujo de la Negra, volaron hacia atrás sus recuerdos y volvió a caer en la nostalgia. El deseo de la vuelta y otra vez la memoria impresa y nunca del todo borrada de Ababol lo persiguieron en los campamentos al aire libre y poblaron sus noches. Pero otros días deseaba más que nada retornar a la cueva y reencontrarse con la Negra, y creía que el ansia de partir había quedado de nuevo dormida. Cada día parecía tener y vivir en un ansia diferente y ello volvió a trastornar su ánimo. Se hizo arisco con sus compañeros y cada vez más callado con la hembra. Y esta ahora supo que lo perdía y que el hombre se alejaba de ella.

El Autillo no tomó su decisión con facilidad. Un día el deseo de volver era absoluto e iba a decirlo. Era un extraño allí y excepto por la Negra todo le era ajeno. Al siguiente día, sin embargo, la sensación era absolutamente la contraria y se decía que allí estaba su lugar y su senda. Pero al fin los deseos de volver se hicieron cada vez más intensos y ya dominaban totalmente a los que lo retenían. Casi decidido y hasta temeroso de que una caricia de la Negra podría debilitar de nuevo su voluntad, quiso hablar con quien, incluso más que la mujer, lo sujetaba a aquellos lugares, a su maestro el Errante. No sabía si deseaba más, aun con la duda mordiéndolo, que el chamán lo animara o que, por el contrario, lo desaconsejara e impidiera. El Autillo casi necesitaba partir, pero al tiempo no deseaba marcharse.

Además, debía hacerlo, si se decidía, cuanto antes, pues si no el mal tiempo se le echaría encima y si de por sí el viaje era duro y casi imposible para un hombre solo, con las Lunas del Frío sería la muerte segura. Se acercó por fin a la galería donde moraba el mago y de manera atropellada y confusa, como si volviera a ser un muchacho atolondrado, le expuso sus intenciones. El chamán se quedó muy sorprendido. No había detectado aquella inquietud en él y había supuesto que se sentía a gusto y feliz con su gente, máxime cuando compartía el fuego con la Guardiana de la Diosa.

Su primera reacción fue intentar convencerlo de que no debía hacerlo. Pero aquello le descubrió al Autillo que su decisión estaba tomada. Que ya no podía demorar el regreso. Que allí no estaba ni su gente ni su destino. Ni Ababol. Las razones del Errante sobre el inmenso peligro al que iba a enfrentarse y cómo sus esperanzas al llegar a su destino podrían verse rotas, no solo no lo arredraron sino que lo estimularon. ¿Adónde iba? ¿Quién lo esperaba? ¿Qué destino tenía que cumplir ni qué puesto recobrar? Aquí, en el clan de los Tres Hermanos, lo tenía todo y era por todos envidiado. Todo ello y muchas cosas más le dijo su maestro y él las comprendía bien pero todo su ser se rebelaba. Debía volver. Aunque allá nadie lo esperara, no tuviera siquiera un clan que pudiera llamar de los suyos y Ababol tuviera a un hombre en su fuego y estuviera amamantando a un hijo.

Cada día a partir de aquella conversación mantuvo largas conversaciones con su viejo maestro y este comprendió aquel impulso. El joven, en su zozobra, lo expresó con rotundidad:

—Siento dentro que estoy obligado a volver. Si no lo hiciera, lamentaría siempre no haberlo hecho. Y debo hacerlo ahora.

Y entonces el hechicero entendió que, en efecto, debía hacerlo, que aquella no era ni su tierra ni su gente y lo mismo que él ansiaba reencontrarlos aunque nadie lo esperara. Y recordó que en la montaña Mamut él mismo había dicho a quien había sido el discípulo que seguía su andada y luego su leal compañero que no quiso separarse de él para que no lo siguiera en su último periplo que no tenía por qué hacerlo y que a donde iba era su tribu pero no la suya. Y, sin embargo, él había decidido seguirlo y lo había hecho arriesgando su vida y salvando en una ocasión la suya. Él había librado al muchacho en varias ocasiones de la muerte pero no podía olvidar cuando el joven no había dudado en ponerse en el máximo peligro para salvar la suya.

A partir de entonces ya no solo no se opuso sino que se convirtió en cómplice y comenzaron ambos a preparar su itinerario. Le trazó el mejor camino, le insistió una vez tras otra en que no debía dejar, una vez en Gargas, el curso del río por su margen izquierda en la bajada. Que reconocería las juntas donde ellos habían dejado su curso subiendo y que ya más abajo no tenía que llegar en esta ocasión a la marisma de la desembocadura, sino que cruzara la tierra llana en dirección al poniente hasta llegar al Gran Azul. Le entregó algunas medicinas y le obsequió con un presente: una pequeña figurilla grabada en un canto con la cabeza de un bisonte. Ofició para él los mejores conjuros y rituales para que los espíritus lo protegieran.

El Autillo no le había dicho todavía nada a la Negra, pero esta parecía ya saberlo. Llevaba tiempo intuyéndolo. Y no hizo ni un mal gesto cuando él le comunicó que se marchaba. No lloró ni hizo otra cosa que abrazarlo aquella noche con más fuerza y con una pasión desbordada que no conoció ningún límite y parecía querer dejar en él una marca indeleble. Lo condujo a placeres y sensaciones de frenesí tales que parecía no poder reponerse hasta que de nuevo volvía a despertarle todos los sentidos y a saciarlo en nuevos placeres. En un momento le dio un salvaje mordisco en el pecho, de donde llegó a brotar algo de sangre. También le hizo un obsequio, amén de una bolsita de cuero con hongos para la fiebre, con semillas para la tos, con musgos y filamentos para taponar las heridas y cortar la sangre. Le puso al cuello un colgante. No llevaba prendido colmillo ni garra alguna, sino un pequeño gajo de marfil, muy fino, una pequeña y mínima luna naciente. Aquella mañana, como había hecho la noche que lo trajo hasta sus pieles, recogió sus cosas y con cuidado las depositó en el lugar donde había tenido antes su solitario fuego y encendió lumbre para que en el tiempo que aún le quedara no pasara frío.

Fue solo una noche, al siguiente amanecer se despidió de todos con el afecto con que a él también lo habían tratado, se quedó luego a solas con el Errante, para él siempre lo sería, quien sobre la cara le trazó con sus dedos unas rayas protectoras con ocre, le apretó fuertemente las dos manos y lo abrazó con fuerza, pero no salió a la boca de la gruta. Tampoco pudo ver a la Negra. No estaba en su cubículo cuando acudió para el último adiós, ni la pudo encontrar por la sala de los fuegos ni a la entrada cuando marchaba.

Ya salía el sol cuando inició el camino y bajó hasta el riachuelo. Allí se giró para contemplar por postrera vez la boca de la Cueva de los Tres hermanos, y donde la había visto a ella por vez primera la vio también por última. Lo miraba desde lo alto, flotando su largo y negro pelo al viento. Y al sentir en ella también la mirada del hombre, levantó sus dos brazos desnudos hacia los cielos e invocó a lo alto. El Autillo supo que la Negra imploraba para él la protección de la Diosa.

Quizá fue aquella invocación, pensó siempre después, la que llevó hasta él a la loba. Y hasta quizá fuera ella misma, o un espíritu de ella brotado, cual pantera convertida en loba gris, quien lo protegió en el viaje.