La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 20 de 50

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La canción del bisonte

19. El trance del chamán

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El trance del chamán

 

El Autillo gustaba ver salir la luna, y Ababol, sentir nacer el sol. El joven se quedaba mudo, contemplando ensimismado el cambio de luz, viendo como los últimos rayos del sol acariciaban postreramente las tierras y los árboles y como estos parecían agradecerlo con unos colores suaves, pero de una intensidad y tonalidad diferente y estremecedora. El Autillo no solía mirar hacia el propio sol poniéndose ni a su rojizo resplandor, sino hacia donde dirigía sus últimos resplandores.

Después le gustaba escuchar cómo los sonidos del día iban apagándose al tiempo que sus claridades hasta que, tras el arrebato vocinglero de un mirlo, ya con la oscuridad apoderándose del bosque a sus pies, un silencio animal total, solo quedaban el del agua en el río y el del viento si lo había, se apoderaba por completo del espacio. No duraba mucho; las criaturas de la noche, desde el grillo hasta el búho, desde su homónimo el autillo hasta el bramido del ciervo en celo, comenzaban a sonar. En los plenilunios se quedaba a contemplar emerger a la luna y así aguantaba inmóvil en algún lugar elegido de la ladera hasta que su luz le bañaba la cara. Al Autillo lo intrigaba tanto su movimiento y su crecer, decrecer y desparecer que atosigaba de preguntas al Errante, y este con toda su sabiduría solo podía responder lo que él mismo veía. El Autillo había comprobado que sin duda su poder era menor que el del sol, pues a veces coincidían en el día ambos a la vez, y según el primero aumentaba su brillo, la otra empalidecía hasta desparecer. Pero, aún con ello, si podía y más en los plenilunios, le gustaba ver a la luna salir.

Ababol gozaba el nacimiento del sol. Tenía un lugar favorito para disfrutarlo desde casi la misma puerta de la gruta. Antes de verlo aparecer se demoraba tiñendo de naranja los montes de enfrente y, tras parecer jugar al escondite con ella, la sorprendía con un primer destello en los ojos que la hacía siempre reír, y cuando había sido más niña, saltar. Ahora, cuando su luz ya envolvía todo, se recogía el largo pelo en una coleta y entraba para comenzar sus faenas.

Hubo un día en que tan absorto se quedó el Autillo que el Errante hubo de llegarse hasta él para llevárselo hasta el fuego. Sucedió cuando vio por primera vez el Gran Azul. Casi todos en la montaña Mamut, a excepción de algunos niños de pecho, lo habían visto pues eran frecuentes las expediciones de las tribus hasta la costa. Pero no era el caso del muchacho de tierra adentro. Tuvo que aprovecharse de una visita del Errante a uno de los clanes asentados en el litoral que solicitaba sus saberes chamánicos para poderlo contemplar. El Autillo y un par de cazadores lo acompañaron. El impacto, tras haber caminado todo el día aguas abajo por la orilla del río y llegar ya cuando atardecía a un pequeño promontorio tras el cual, de golpe, apareció aquel escenario inaudito, lo dejó inmóvil y absorto. Aquel gigantesco azul se movía en un ondulante vaivén y se derramaba en espumas continuas al romper contra la tierra, unas que morían y se retiraban suaves, otras que se encrespaban al chocar contra las rocas.

Estaba aún lejos para ni siquiera bajarlo a tocar, y de hecho no llegaría a hacerlo, pues el campamento estaba a su vista, en un acantilado donde parecía que en un

tiempo había llegado a golpear, pero ahora bastante retirado de su orilla.[27] El color era, como le habían dicho, de un azul profundo que se juntaba con el otro azul. Pero ante sus ojos había algo más: el sol estaba cayendo en él. El Autillo supo entonces que era allí donde el sol se acostaba de verdad, donde se iba a lavar sus brillos y a descansar. Era una gran bola ardiente y roja que se iba sumergiendo y cuyos rayos teñían el agua de su color y le daban su ardor allí donde la alcanzaban. Fue hundiéndose despacio, lentamente, hasta que al final solo quedó un resplandor y, poco a poco, este se fue apagando también y el Gran Azul se volvió oscuro y luego negro, y el Autillo seguía mirándolo sin moverse hasta que el Errante lo fue a buscar. Le preguntó a su maestro dónde acababa y ni siquiera él le pudo contestar. Solo los espíritus del agua y del aire podrían saberlo. Y no se marcharon hacia los fuegos del clan aún, porque entonces fue el Errante quien se quedó un tiempo absorto. Pero él no miraba al mar, sino costa adelante hacia el naciente y hacia el norte, y en su mirada había una extraña zozobra, una inquieta intensidad. Miraba, eso lo sabía el muchacho, hacia el lugar desde donde un día había viajado hasta ahí. Y el Autillo pensó que en la mirada del chamán estaba el día de volver.

El Autillo había ido descubriendo que el hombre al que acompañaba era en realidad muchos hombres y escondía, en el fondo de todos, un secreto que con nadie compartía. Ni siquiera, y a pesar de su intimidad, con Ova, y aún menos con él.

El niño era ya un joven mimbreño, fibroso y ágil, al que muy pocos superaban en carrera y en resistencia al cansancio. No parecía fatigarse nunca y era capaz de mantener andando, al trote o utilizando toda la velocidad de sus piernas, un ritmo que dejaba atrás y agotados a todos. Esa rapidez lo había llevado muy pronto a alcanzar consideración entre los cazadores, en cuyas filas no tardó en formar y participar con ellos en las expediciones de caza veraniegas con una tarea en la que parecía sacar lo mejor de sí mismo: actuar como enlace, como adelantado y vigía.

El gigantesco jefe Zarpa de Oso lo estimaba en mucho, y aún más Fresno, que siempre lo reclamaba a su lado, y era a él a quien le encomendaban esas tareas procurando que no partiera solo, pero siempre con él a la cabeza. Su rango fue creciendo y tuvo su lugar también en los ritos de los cazadores aunque no fuera nacido en ninguna de las Cinco Cuevas de la montaña Mamut. Seguía siendo el discípulo del Errante y ambos vivían aparte de los demás. Y aún mantenía su aire esquivo y reservado. Su incorporación a las filas de los cazadores le fue separando paulatinamente de Ababol, que a su vez también comenzó a distanciarse. Ella permanecía fijada a Ova y aprendiendo todo lo que su madre podía enseñarle.

Continuaban compartiendo los cuatro la pequeña cueva de la Guardiana. Las gentes miraban siempre con cierto respeto y alguna aprensión la entrada de esa gruta, percibiendo que allí dentro se guardaban secretos y saberes que no alcanzarían a conocer. Tampoco el Autillo alcanzaba a muchos de ellos, pero lo que aprendía lo ponía por encima de sus compañeros.

Ova había tenido desde niña el don, heredado de su madre, de conocer el espíritu de las plantas y hasta de los sudores de la tierra y la misma roca. El Autillo la había observado, al principio con estupor y algo de miedo, preparar ungüentos que detenían el flujo de la sangre por las heridas, y luego aplicarles emplastos que, al retirarlos, conseguían que donde antes había carne viva desgarrada se formara una costra que se acabaría desprendiendo y la piel reparada aparecía debajo de ella. Incluso había ciertos brebajes y pócimas, cocidos en los odres con piedras del fuego, que servían para que los humores internos del cuerpo se evacuaran cuando estaban corrompidos. Otras cosas ya eran de dominio común, como que el barro era lo mejor contra las picaduras y que embadurnarse con él, además de atufarlas con humo, era la mejor protección para quitarles la miel a las abejas, o que hervir en agua los botones amarillos de la manzanilla no solo lavaba los ojos, sino que también aliviaba la tripa.

Pero ni siquiera el Errante estaba autorizado a observar los exclusivos ritos de las mujeres. Cuando estos se celebraban ellos debían abandonar la cueva. De la misma forma, las hembras tampoco podían participar en los ritos previos de los cazadores antes de que estos partieran a las grandes cacerías. Estas ceremonias tenían lugar en

una galería de la Cueva de las Manos,[28] y era allí donde el Errante, junto con otros chamanes, concitaban a los espíritus de los animales para que estos les fueran propicios.

El Autillo comprobó que, tras los ritos femeninos, aparecían en las paredes de una de las galerías unas pinturas realizadas con ocre rojo en las que se repetía como figura única la vulva femenina, el sexo de las mujeres. El joven las miraba a la luz de una lámpara cuando nadie lo veía y comprendía que allí se escondía algún secreto que quizá fuera mejor no conocer pues pertenecía a los secretos de la madre, de la fecundación y de la vida. Alguna relación debía de tener con algunos ritos y conjuros de los cazadores, cuando en los grabados o pinturas se representaban hembras de animales preñadas. Eran el símbolo y el deseo de que alumbraran nuevas crías, que aquellas ciervas parieran y se reprodujeran para que la caza no se agotara. Se mataban hembras en las cacerías, pero en ocasiones había oído al Errante que los cazadores respetaban a las madres preñadas. Sobre todo cuando en determinadas zonas comenzaban a escasear las reses. Las vulvas de las mujeres pintadas en la cueva y las tripas prominentes de las ciervas preñadas algo tenían que ver, pero ese algo escapaba a la comprensión del Autillo.

Había visto a los machos de muchos animales montar a las hembras, a los bisontes bramar y pelear con otros machos para que el vencedor, con la lengua fuera, buscara lamer el sexo de la vaca, y a esta dejar que la penetrara con su enorme verga. Había oído también la sobrecogedora berrea de los ciervos, y cómo era el momento más propicio para que los cazadores abatieran a los enfebrecidos sementales, enloquecidos en sus peleas y por el olor de las hembras. Y lo mismo le pasaba al corzo, y de ambos había llegado a encontrar animales trabados por sus cornamentas que habían encontrado la muerte al no poderse separar. El celo de los corzos tenía lugar a principios del verano y el de los venados al comienzo de las primeras lluvias que ya presagiaban los siguientes fríos. Ya con la nieve caída resonaban los poderosos topetazos de los íbices, y por las noches, ajenos a los hielos, los grandes verracos se daban terribles puñaladas con sus afilados colmillos. No eran ajenos a aquella fiebre tampoco los lobos, ni los linces, ni los zorros, ni ningún animal, del más grande al más pequeño, que caminara o reptara por la tierra, volara por los aires o se bañara en las charcas. Ni tampoco los hombres, a los que había visto también desde niño copular más o menos a escondidas con las hembras y asistir a peleas y hasta causarse graves heridas por ellas. También los niños hablaban de ello y se señalaban y tocaban sus todavía pequeños miembros entre risas y sofocos. A alguno más mayor ya le había visto cómo la verga se le ponía dura y que, tras frotársela, en vez del meado le salía una especie de leche. Otros querían jugar con las niñas a montarlas, pero si alguna mujer los veía solía volar algún manotazo duro. Cuando las niñas alcanzaban la pubertad y comenzaban a sangrar, ya era en los ritos de la Diosa y con la Guardiana donde ellas hablaban y se transmitían las advertencias. Entonces era cuando los jóvenes y los que eran mayores solían acecharlas, y alguno solía terminar por mudarse del fuego de su madre al de la madre de aquella con quien comenzaba a dormir.

Todos los animales y los hombres, cada uno a su forma, tiempo y manera se apareaban, excavaban madrigueras, construían nidos, parían crías, ponían huevos y sacaban polluelos. Los animales terrestres, los que mamaban leche, eran en eso los más parecidos a los hombres.

Las crías de todos los animales tardaban mucho menos que las humanas, y entre ellas las de las aves eran las más rápidas en valerse por sí mismas. Los cachorros humanos debían pasar todos los dedos de las manos, y aún más, para librarse del amparo de sus madres y del clan. Aunque, también lo había observado el Autillo, en las tribus de los animales, los machos en no pocas ocasiones dejaban o eran obligados a abandonar sus clanes, y, sin embargo, las hembras solían quedarse juntas y las había que parecían criar en colaboración a sus cachorros. Algo parecido, pensaba el Autillo, sucedía entre los humanos. Las mujeres eran el suelo, el armazón y clan en sí mismo, y los hombres quienes iban y tornaban.

Aquello podía llegar a entenderlo. Lo que lo rodeaba en la superficie eran miedos concretos y visibles: una fiera, una herida, un desplome, la negrura de la noche cuajada de pequeños fuegos o la llegada de la tormenta con el rugir de la más inmensa de las bestias y el restallar de aquellas culebras de fuego que en ocasiones prendían en los pastos o derribaban gigantescos árboles. Pero era mucho peor otro miedo a algo que habitaba en los abismos y que parecía acechar a todos los que vivían sobre la tierra: los hombres, todos los hombres morían, y era algo que al Autillo solo ahora se le había ocurrido pensar. El Errante, Ova y la misma Ababol sí penetraban aquellos misterios, algunos de los cuales podían ser muy aterradores, y el Atillo creía que era mejor no conocerlos ni tenerlos que saber. Porque en ocasiones había visto hacer al Errante cosas que le erizaban todo el vello y había tenido que sobreponerse a muchos miedos para servirle de ayudante en algunos conjuros y rituales.

El Autillo llevaba desde hacía algún tiempo detectando en su preceptor una cierta ansiedad contenida. Apenas si era perceptible para él y estaba seguro que en absoluto para los demás, excepto por Ova. El cambio fue creciendo a medida que se alargaban los días y se preludiaba el final de las Lunas del Hielo. Tras una de sus visitas a la costa, el Errante regresó una tarde con una extraña excitación y una mirada como si tuviera fiebre. Hizo llamar a otros chamanes y entre todos prepararon un brebaje que solo él bebió. El Autillo se lo había visto preparar en otras ocasiones a Ova, era una planta que guardaban con enorme secreto y celo y que solo en ocasiones muy

señaladas se atrevían a beber algunos.[29] El Errante quería comunicarse con los espíritus. Pero con los espíritus de abajo, de lo profundo de la tierra. Y por ello debía perderse en la oscuridad de la cueva más grande, por la galería más recóndita, y allí esperar a que estos brotaran de la roca y se le aparecieran.

Se introdujo, acompañado hasta la entrada por la salmodia de los otros brujos que cantaban y bailaban al son de una flauta y un tambor que golpeaban repitiendo una y otra vez el mismo paso y el mismo sonido que el Autillo no alcanzaba a comprender. Le entregaron una antorcha y el Errante pasó allí, en las entrañas de la tierra, dos noches y solo apareció con el tercero de los soles.

Salió en profundo silencio, sin dirigirse a nadie y sin querer decir palabra. Bajó hasta el agua del río, se desnudó y se limpió con ella, luego regresó, llamó al Autillo y le ordenó que él, y nadie más que él, debía prepararse para acompañarlo de vuelta a las oscuridades, pero esta vez debían ir provistos de lámparas con abundantes mechas y también de leña para encender hogueras que iluminaran el recinto que había elegido. Debería ayudarlo en sucesivos viajes a trasportar los utensilios para grabar y pintar sobre las rocas y su tubo de soplar, y urgir a Ova y a Ababol para que le prepararan abundante ocre, piedra negra, piedra roja, tizones de madera quemada y grasas de animal y vegetal.

El Autillo lo siguió por la oscura galería, que iba emergiendo a la luz de su tea encendida, y con el ánimo estremecido encendió el fuego en los puntos donde su maestro le indicó. Cuando las hogueras iluminaron las paredes de aquel recoveco el Errante se sentó a escucharlas. Cerró los ojos y se quedó largo tiempo inmóvil y mudo. De pronto se levantó y, apresurado, entró en una febril actividad, como si deseara plasmar cuanto antes lo que recordaba. Antes de que sus visiones huyeran. Indicó al muchacho que con una lámpara de tuétano y mecha de aguja de pino le fuera alumbrando determinados espacios de la pared y allí comenzó a sembrar con el dedo hileras de puntos rojos hasta completar unas figuras. Luego trazó rayas, unas rectas y cruzadas, otras como serpientes que se enroscaban y otras que giraban en círculos. Se consumieron varias lámparas y casi todas las mechas de pino. Y El Autillo hubo de salir a por más. Cuando regresó encontró de nuevo al Errante sentado con los ojos cerrados, que ahora aún tardó más en abrir. Reinició su tarea con mayor agitación que antes; buscaba con la mano los relieves y protuberancias de la piedra y allí aplicaba el punzón y el buril primero y luego el tizón y la piedra roja, la negra y el ocre después. Y de sus movimientos comenzaron a brotar las bestias de las rocas. La lámpara del Autillo alumbró un espacio y un caballo apareció allí donde antes solo hubo una piedra vacía. El Errante le pidió entonces el tubo de soplar, un hueso hueco de una garza, puso su mano al lado del animal, aspiró el polvo licuado que había preparado y lo sopló, y su palma y sus dedos quedaron impresos al lado de la bestia que acababa de crear.

El Errante se volvió a sentar. Pero siguió sin comer nada y tan solo pidió agua, que el Autillo le trajo presuroso al comprobar que el hombre estaba bañado en sudor. Tras beber se levantó de nuevo y, ante la muda contemplación del muchacho, comenzó a danzar y a emitir sonidos de alguna extraña lengua, si es que lo era, o tan solo era un silabeo monocorde y continuo que lo acompañaba mientras daba tumbos por todo el recinto. En una ocasión, el Autillo temió que acabara cayendo en una de las hogueras, pero logró salvarse del traspié y continuó con su danza. Tan de repente como había comenzado, paró. Le pidió al Autillo que le alcanzara una nueva lámpara encendida y otra de repuesto y le ordenó que esta vez no lo siguiera y esperara a que saliera, y se introdujo aún más en las entrañas de la tierra. El joven llegaba a vislumbrarlo mientras de nuevo se afanaba en la pared con un punzón y un tizón. Parpadeó la luz mortecina y se apagó. Volvió a lucir otra y también al cabo se consumió. Esperó entonces el Autillo, esperó mucho, hasta que las hogueras ya se consumieron también y no le quedó más leña. Entonces, con su última tea, aún a costa de provocar su ira, decidió entrar. Lo encontró caído en el suelo, ardiendo de fiebre y empapado en sudor. Respiraba jadeante, pero apenas si se movía, y entendió que debía sacarlo cuanto antes de allí, pero pudo más su deseo de ver lo que había hecho. Y lo que vio lo llenó de espanto. Sobre la roca había brotado un ser que era a la vez un hombre y un animal. Un animal que eran a la vez varios animales a su vez.

[30] No quiso ver más y utilizó toda su fuerza para conseguir levantar al Errante, que pareció despertar un poco, lo hizo apoyarse en él y logró llegar a la entrada de la galería que daba al gran recinto donde moraba el clan. Pidió a gritos ayuda y que fueran a buscar a Ova, pues los espíritus se habían apoderado del Errante y era preciso que lo rescataran o estos acabarían por llevarse su aliento a las profundas oscuridades de donde los hombres ya no volvían.

Llegó presurosa Ova y, ayudada por algunos hombres, trasladaron al Errante hasta su cueva y lo tumbaron en sus pieles. Ella les dijo a todos que se marcharan, que el Errante había hecho un viaje al lugar de las tinieblas y que ahora debía regresar. Ni Ababol ni el Autillo se libraron de ser expulsados. Y hasta que no fue la noche no les permitió la entrada. Cuando lo hicieron vieron al Errante, a quien Ova había despojado de las vestimentas, que, llenas de adornos, plumas y figuras pintadas sobre la zamarra, se había puesto para entrar en la galería. Estaba desnudo, envuelto en gruesas pieles, pero ya tenía abiertos los ojos y bebía a pequeños sorbos de un cuenco. Saludó con una sonrisa al Autillo y le indicó que se acercara. Este no pudo reprimir su pregunta:

—¿Qué has visto allí?

—Hoy nada. Hoy solo he tenido que revivir lo que antes se me había presentado, el lugar donde antes había estado. —Y no dijo nada más y al poco cayó en un sueño ya profundo y tranquilo.

Al día siguiente los chamanes y jefes de las cuevas entraron con antorchas y vieron lo que el Errante había dejado sobre las paredes.

—Los espíritus le han hablado. Le han mostrado los caminos y él los interpretará para nosotros. Porque es su mano la que está impresa junto a lo que ha visto.