La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 27 de 50

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La canción del bisonte

26. La muerte del sol

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La muerte del sol

 

No se supo lo que sintieron antes. Si fue el silencio, si fue un detenerse de todo, una inmovilidad que paralizó la vida, un repentino frío sin nube ni cuchillo de aire que lo hiciera llegar, o aquella sombra oscura que comenzó a avanzar. Entonces miraron hacia arriba. Todos los seres sobre la tierra se pararon con sus miradas puestas en el sol. Los hombres, casi sin hablar, se señalaron los unos a los otros lo que estaba sucediendo en el cielo y un escalofrío les recorrió la espina dorsal; las mujeres abrazaron a sus hijos y los niños se echaron a llorar. Algo se estaba comiendo al sol, una sima lo estaba devorando. Costaba mirar pues quemaba el ojo a pesar de que la negrura iba avanzando y la parte que aún brillaba se reducía más y más.

La oscuridad se abatía como el ala de una inmensa ave sobre la montaña, el valle y el río. La noche profunda llegaba en pleno día y, sin embargo, el horizonte lejano seguía extrañamente iluminado. Y se dieron entonces cuenta de que la propia sombra de su cuerpo, la que antes tenían al lado, había desaparecido también.

La boca de aquella caverna celestial acabó por tragarse el sol por completo. Donde antes estaba solo había un agujero siniestro, de negrura total. La tiniebla se lo había llevado por aquel pozo redondo y lo había hecho desaparecer. Unos levantaron los brazos, otros gimieron, se elevó un clamor de miedo, otros se mesaron los cabellos y algunos se dejaron caer al suelo. El gran fuego había muerto y la vida de la tierra se apagaba con él.

Fueron solo unos instantes pero la sensación de pérdida quedó grabada como una amenazante eternidad. A poco, por donde el sol había empezado a ser mordido, comenzó a brotar de las terribles fauces. Un hilo primero, luego un gajo, luego dos y luego ya la mitad. Y la vida comenzó a moverse por la tierra. Se movieron los caballos en los pastos, el bisonte en el brezal, el oso en el roquedo, y el águila volvió a volar. Y los hombres, cuando por fin volvió entero y su luz retornó a hacer el día, volvieron a hablar y a tocarse y fueron hacia sus chamanes y sus Guardianas de la Diosa a buscar amparo y a superar el miedo. Seguían sobrecogidos y solo pudieron decir que era precisa una ofrenda a la Diosa y que entrara el brujo a su habitáculo para intentar oír alguna voz de los espíritus que les diera consuelo.

Pero en la montaña Mamut hubo un hombre que entendió que era la señal tanto tiempo esperada, una orden de partida que la muerte y resurrección del sol le enviaban, el mensaje para cumplir al fin su destino. Entendió que sus tiempos de errar por la tierra habían llegado a su fin y que ya sin demora debía regresar al lugar de donde la muerte lo hizo un día huir y, durante tantos años, vagar.