La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 34 de 50

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La canción del bisonte

33. Los Tres Hermanos

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Los Tres Hermanos

 

La carne del rinoceronte fue la última alegría del clan de los Hombres del León. La primera Luna del Frío llegó temprana y crudamente. La nieve, la ventisca y el hielo vinieron con ella y acompañaron a todas las lunas que la siguieron hasta completar

las siete.[68]

La primera tormenta fue intensa y duró varios días. Los grupos recolectores aprovecharon sus resquicios para hacer acopio de todos los recursos que el bosque ofrecía. Los cazadores consiguieron apoderarse de alguna presa. Habían hecho abundante acopio de carne y de peces, pero barruntaban que acabaría por faltarles y se esforzaron en acumular cuanto pudieron. Pero nuevas heladas lo congelaron todo y la recogida de hayucos, castañas o bellotas se hizo imposible al igual que la de frutos carnosos y raíces. Tampoco fue posible siquiera hacerlo en las orillas del río, pues fue tanto el frío que hasta este no tardó en aparecer cubierto por el hielo.

Fue preciso también hacer todo el acopio posible de leña y en ello se afanaron todos. Se amontonaba y guardaba ahora que aún podían salir al descubierto para poder hacer las hogueras del día a día, porque sabían que llegaría el momento de las celliscas continuas donde ni siquiera podrían hacerlo y estarían obligados a permanecer guarecidos en su gruta.

El Autillo se ganó entonces el aprecio del clan, pues al tener solo un fuego que atender, el que compartía con el Hombre León, ayudaba a los que tenían muchas más bocas que alimentar y necesitaban más madera. Su aprendizaje le había enseñado muchos trucos y, cuando tenía éxito, su botín, por muy pequeño que fuera, era celebrado con alborozo y él agradecía más aquel parabién y aquellas sonrisas que cuando había descubierto la ballena.

Las madres de los fuegos lo señalaban con su afecto y sus hijas jóvenes lo reclamaban en la oscuridad y bajo sus pieles. Y aunque él no las buscaba y seguía en muchas ocasiones recordando en la lejanía a Ababol, tampoco las rehuía. Sus compañeros de caza le preguntaban por sus viajes con el Hombre León y se quedaban mudos cuando les relataba todas las peripecias desde que lo recogió en su clan tan lejano. Se lo contaba con humildad y señalando siempre sus enseñanzas y su gratitud hacia él, aunque a veces no podía evitar el alarde y callaba sobre su todavía no curada rabia hacia su propio clan por el trato que recibió de huérfano. Eso permanecía en sus entrañas, encapsulado en una cáscara muy fuerte y bien cerrada que un día germinaría.

El Hombre León y el Hombre Búho pasaban mucho tiempo juntos y un día reclamaron al Autillo y a una muchacha a la que el Búho utilizaba en los menesteres para los que ahora les requerían a ambos. Los dos chamanes habían tenido largos parlamentos sobre la cacería del rinoceronte junto con los leones cavernarios, habían decidido que debía estar en la memoria del clan y para ello debían de dejarlo plasmado en las paredes de la sala de los ritos de la caza. Aunque el Hombre Búho no hubiera estado presente, habría de ser quien dirigiera y representara toda la escena porque sus manos eran prodigiosas, hacían brotar como nadie, ni en su clan ni en ningún otro, a las bestias de la roca hasta parecer que, de tan vivas, podían moverse y escapar de ella.

El Hombre Búho ordenó a los ayudantes que prepararan la pared para trabajar mejor sobre ella. La muchacha enseñó al Autillo a rasparla y a pulirla hasta dejarla lo más lisa posible. Lo consiguieron con los raspadores y frotando luego con una piedra porosa y dura de color negro que el Hombre Búho guardaba como su mayor tesoro. Los dos chamanes, mientras, preparaban sus buriles y punzones, así como los diferentes pigmentos y carbones. El Hombre León extendió los que Bela, el Cuervo, le había regalado en el clan de Armintxe.

Los jóvenes fueron disponiendo fuegos donde los chamanes les indicaban para iluminar mejor la pared, amén de ir preparando las lámparas de grasa y las velas de tuétano para alumbrarlos. Iba a ser una tarea de muchos días. Y nadie sino ellos cuatro podría penetrar en el recinto hasta que no estuviera todo concluido.

Aquello le dio al Autillo oportunidad de descubrir algunas pinturas que antes le habían pasado desapercibidas. Al fondo de la sala, en un recodo tras un último pasadizo, encontró un nuevo panel y en él la gran bestia, la más grande que caminaba por la tierra y a la que todas las demás cedían el paso: el gigantesco mamut. Había visto sus huesos utilizados para dar soporte a habitáculos y cabañas, los colmillos que algunos clanes poseían y hasta había alcanzado a vislumbrar alguno pintado en las paredes de las grutas. En el largo viaje con el Errante les pareció un día verlos a lo lejos, pero nunca los había contemplado de cerca y aún menos participado en cacería alguna sobre ellos. Había oído contar la captura de algún animal herido o atascado en algún cenagal. Sabía que algunos clanes los habían cazado y parecía que uno de ellos era este de los Hombres del León. Lo preguntó y le contestaron.

—Antes los Hombres del León los cazaban más e iban tras sus manadas hacia las marismas del Gran Río que vierte en el Gran Azul sus aguas y hacia las anchas planicies, más allá de donde abatisteis al rinoceronte, pero ahora acechan más al bisonte y al uro, a los ciervos y a los caballos. Matar un mamut da comida durante mucho tiempo pero en su cacería siempre se pierden cazadores. El mamut no entrega su carne sin matar a alguno de ellos. Es posible cazarlos asustándolos con el fuego e intentándolos atrapar en algún desfiladero, pero no entran fácilmente en las trampas y aprenden pronto a evitarlas. Tienen memoria de otras veces. Pero incluso una vez acorralados, abatirlos supone enfrentar la muerte a cada lanzada —le explicó el Hombre Búho.

El mamut no estaba solo en la pared, también había algunos caballos, pero era quien la dominaba por entero. Tenía el rabo enhiesto, larguísimos colmillos, e infundía pavor solo mirarlo. No era el único animal representado en la cueva pero parecía tener un lugar en lo más recóndito, en señal de respeto.

A la entrada de aquel último recoveco y casi en el propio estrechamiento que la permitía aparecía otro animal: un ciervo, el más grande y poderoso de todos los ciervos. Era el megaceros y los Hombres del León ponderaban su robustez, su velocidad y su resistencia. Pero como todos los de su especie, los de patas finas y pezuñas estrechas, tenían desventaja con los lobos en la nieve. Los cánidos se hundían menos y el megaceros sucumbía a su persecución. Los Hombres del León lo respetaban y enaltecían su carrera y su impresionante cuerna.

Los dos chamanes deseaban realizar ahora una obra mayor, y solo podrían hacerlo juntando sus fuerzas, concitando ambos a todos los espíritus y echando mano de todo su saber y maestría. El Hombre León había estado presente en la cacería de los cavernarios y los rinocerontes y tenía el recuerdo fresco en sus pupilas. Pero el Hombre Búho había observado despacio a los felinos y tenía impresa en su mente su figura, su gesto, la rotundidad de sus cabezas acechantes. Y era el maestro cuando había de trazar con un solo movimiento continuado y firme, a pesar de su vejez, la perfecta silueta de la expresión viva de los cavernarios al acecho. Uno a uno, ante el pasmo del Autillo, iba brotando la manada entera y el Hombre León, tras la incisión primera del Hombre Búho, la repasaba con los carbones y creaba las sombras precisas.

Al observar al anciano chamán, al Autillo le vino a la memoria el recuerdo de aquel joven aprendiz en la cueva de Altamira al trazar también con un solo golpe de su mano la silueta de un bisonte. Su maestro, el Hombre León sabía también hacer figuras, pero era siempre el otro, mucho más preciso, el que les daba la vida, parecía hacerlas respirar incluso por sus bocas entreabiertas o llevar a sus ojos la ansiedad de la caza.

La manada de leones quedó concluida tras días enteros de agotador trabajo y multitud de lámparas consumidas. Sin tomarse siquiera un respiro, en otra superficie contigua comenzaron a hacer revivir a los rinocerontes. Los negros carbones se consumían uno tras otro y cuando solo quedaba por concluir uno, el Hombre Búho hizo algo que los llenó de extrañeza a todos, incluso al Hombre León: dibujó primero su cuerno más pequeño y, al grabar el largo, no se limitó a hacer uno, sino que superpuso otro y otro y otros más, hasta que la bestia tuvo tantos cuernos como dedos las manos de un hombre. Cuando concluyó su tarea aún los dejó más perplejos: colocó la lámpara cerca de la pared y de costado, comenzó a moverla y, con el juego de luces y sombras, pareció que el rinoceronte arremetía con su cuerno moviéndolo de abajo arriba. Exactamente igual a como le había visto hacer el Autillo a la hembra herida cuando la acosaban. Al contemplar ya todo el conjunto de las dos paredes, el Autillo comprendió la escena: los leones acechaban a las presas, aquellos mismos leones que habían cazado aquel día con ellos.

Tras retocar varias en los días sucesivos, los dos chamanes consideraron concluida su tarea. Deseaban que nadie la viera hasta que no celebraran los rituales propiciatorios. Los animales habían quedado allí atrapados pero había que realizar los conjuros necesarios para que su espíritu no se ofendiera y los animales se borraran no solo de allí sino de toda la tierra. Por ello se hizo tabú penetrar en aquel recinto. Apagaron las hogueras, retiraron los instrumentos utilizados y soplaron las lámparas, y tan solo con una vela volvieron a la sala. Habría de pasar una luna y sería cuando la siguiente naciera cuando la fila de los cazadores pudiera entrar a contemplarlos y a presentar sus ofrendas y su respeto, a los unos como su tótem y a los otros por haberles dado su carne.

El Hombre Búho se retiró a su fuego, uno que solo él utilizaba, lejos de la sala grande, apenas poco más que un recoveco donde estaba grabado su símbolo, el gran

búho.[69] Estaba situado casi enfrente de donde se abría el estrecho pasadizo por el que se accedía a la sala de los ritos de la caza. Nadie podría penetrar por él sin que el brujo lo viera y además para hacerlo habría de ir provisto de una antorcha encendida. Pero nadie osó acercarse siquiera. Solo cuando el Hombre Búho consideró que los espíritus de los animales se habían fijado ya en la roca y la sentían como su propio territorio en el que vivirían siempre, se procedió al ritual y a los conjuros junto al Hombre León y ambos dieron entrada al Claro y a todos los cazadores, quienes aquella noche se sintieron orgullosos de serlo, de sus chamanes y de su clan y sus recuerdos.

Pero las Lunas Heladas fueron muchas, largas y terribles. El clan del León pasó hambre y tuvo frío. Murieron los débiles y perecieron algunos niños. Los más fuertes hubieron de arriesgar su vida para conseguir comida y acopio de leña. El Autillo demostró su valor y su energía, y el clan lo sintió como a uno de los suyos y comprendió por qué el Hombre León lo había elegido como compañero en sus viajes errantes por la tierra. El Claro le ofreció quedarse para siempre y él lo agradeció con serias muestras de sentirse honrado. Replicó que habría de culminar primero el Hombre León su visión y que estaría con él hasta entonces.

—Cuando vaya, está ahí nuestra palabra, iremos también con él los cazadores de este clan. Esta vez no caminará solo —sentenció el jefe.

Pero siguió insistiendo al Autillo para que formara parte de su clan. Le convenció para que en otro panel con las manos más recientes en la pared de la cueva, donde se ponían aquellas de las que el clan del León quería guardar memoria y estaba la del Hombre León, estampara también la suya. Lo hizo y allí quedó impresa. Quiso dejar su huella en blanco silueteada por el óxido rojo y que fuera su maestro quien soplara.

—Ahora eres en todo un cazador del clan del León. Esta es tu gruta y aquí hallarás siempre fuego y cobijo. Si un día te alejas, sabrás que siempre serás bien recibido y que ningún hombre de este clan levantará mano ni lanza contra ti y sí acudirá a socorrerte ante cualquier hombre o cualquier bestia que te ataque — proclamó el Claro, y le entregó como muestra de su pertenencia un afilado diente de cavernario, igual al que llevaban los miembros de la tribu, aunque algunos portaban una uña de su garra. Muchos también llevaban pintada una pequeña cabeza del felino que el Hombre Búho les dibujaba en la espalda de su prenda de abrigo.

Las Lunas del Frío daban para mucho tiempo al lado de la lumbre y el Autillo pudo ir descifrando la que más le intrigaba tras recurrir al Hombre Búho, que pidió permiso al protagonista. El Hombre León accedió al fin a que todo se conociera pues ya las noches comenzaban a ser menos largas y entonces sería llegado el día en que habrían de ir a enfrentarse al final de su visión y a reestablecer la gran profecía.

El Hombre Búho comenzó al lado de la hoguera central su relato para que lo escucharan todos:

—Los Hombres del León fueron los primeros en venir a estas tierras. En ellas se aposentaron y arrojaron a los inmundos Patas Cortas. Nacieron muchos hijos de los vientres de las madres y el clan se hizo grande y poderoso. Tan grande que no hubo lugar ni caza para todos y algunos decidieron seguir viajando en busca de nuevos territorios. Un grupo muy numeroso, con una sabia madre, un hija y heredera de la Guardiana de la Diosa, caminó hasta las más altas montañas que hay en la tierra

entera[70] y encontraron un lugar muy hermoso, lleno de todo lo que un clan necesita

para crecer y multiplicarse. Se establecieron en dos grandes cuevas[71] y allí prosperaron. Eran hijos del clan del León, mantenían fraternidad con nosotros y conservábamos los mismos recuerdos y las mismas costumbres, ritos y tabúes.

»Aquella hija de la Guardiana se hizo la más sabia y poderosa de todas, la que mejor sanaba a los hombres y hacía que las mujeres parieran los hijos más fuertes. Ella misma parió tres varones que le vivieron y los tres estaban tocados por la voz de los espíritus. Desde muy jóvenes fueron grandes brujos los tres hermanos: el mayor,

el Hombre Músico;[72] el mediano, el Hombre Pájaro, y el tercero, mucho más tardío en nacer que los otros dos y al que conoces bien, fue el Errante y es ahora el Hombre León.

»Mientras vivió la madre, el Hombre Músico y el Hombre Pájaro compartieron con armonía su sabiduría y poder, llamando a la abundancia y al sol y ahuyentando el hambre y el hielo. Y parecieron seguir haciéndolo cuando la Guardiana pereció sin que, para desgracia de aquellos clanes, hubiera conseguido hacer vivir a hija alguna que la sucediera. Pero la concordia entre los hermanos duró poco. El Hombre Pájaro ambicionaba todo y sentía gran envidia del mayor, cuyas ofrendas le parecía que complacían a los espíritus mucho más que las suyas.

»Además, el Hombre Músico estaba tocado por los espíritus del aire y fuera con la flauta o tañendo una cuerda era capaz de hacer vibrar los más hermosos sonidos. Era bondadoso y humilde, alegre y risueño, presto a la risa, se adornaba con conchas y flores, tenía gestos delicados de mujer joven y gustaba de oír respirar a todos los seres vivos.

»El Hombre Pájaro se tocaba con alas de cuervo negras y parecía que solo se complacía con alimentarse de cualquier despojo. Pero era su magia muy poderosa para atraer a los animales hasta las lanzas de los cazadores y estos le consentían y además le temían porque también hacía conjuros para que las bestias los hirieran, como ya había sucedido cuando alguno se le había enfrentado.

»El pequeño de los hermanos había permanecido hasta su muerte al lado de la Guardiana, era el que más había aprovechado la sabiduría de la madre. Él escuchaba y sentía dentro mejor que los otros dos la voz de los espíritus. Mientras que el Hombre Músico lo protegía y admiraba, el Hombre Pájaro añadió a la envidia por el hermano mayor una aún más fuerte por el Pequeño. Temió que cuando este creciera, ambos se impondrían, le quitarían su poder y lo desterrarían. El odio anidó en su entraña y acechó al hermano menor para matarlo.

»Estuvo a punto de conseguirlo, pero el Hombre Músico se interpuso entre su venablo y el cuerpo del más joven y murió ensartado en la azagaya del Hombre Pájaro, que lo atravesó de parte a parte, le entró por debajo del esternón y le asomó por la espalda. Lleno de furia, aún lo remató clavándosela en el cuello pues si algo había odiado más que nada era la dulzura de su voz, que semejaba la de una mujer. El Pequeño, así lo llamaban, huyó aterrorizado y se escondió.

»Aquel día el sol fue devorado por la tiniebla, su luz engullida por la oscuridad. Las bestias y los hombres temblaron. Las madres abrazaron a sus hijos y todos pensamos que era nuestro fin. Pero, por fin, las fauces de la terrible caverna, que se lo había tragado, lo vomitaron y volvió a brillar.

»El Hombre Pájaro consiguió imponerse al clan, y la joven Guardiana elegida por las mujeres no tuvo fuerza que oponerle. El jefe se alió con uno de los más crueles entre los cazadores y ambos impusieron su poder a aquella tribu y también a la vecina. Aquellos que se les opusieron fueron muertos por la maza y la lanza del jefe o por los ungüentos y conjuros del hechicero. Por el temor consiguieron dominar aquella gruta y el mal se estableció en ella.

»El hermano pequeño hubo de huir en medio del terror y la oscuridad. Solo e indefenso, pero sin duda protegido por los espíritus, consiguió encontrar el camino hasta nuestra cueva, donde llegó ya casi moribundo. La Cueva del León supo quién era y lo acogió. Se discutió en cónclave si habíamos de ir hasta las dos cuevas que habían violado toda la memoria y las leyes de los Hombres del León, pero decidimos no hacerlo porque en aquellos días nuestras fuerzas habían mermado y éramos muy pocos, pues el mal se había metido en muchos cuerpos y los dejaba consumidos y, tras toser mucho, acababan pereciendo. Además, el hermano pequeño tuvo una visión que compartió conmigo. Esta fue la profecía: habría de viajar errante por toda la tierra, verlo y aprenderlo todo, y volver solo cuando recibiera la señal. Al verla de nuevo yo también supe que emprendería su camino de regreso y ahora ha vuelto. Cuando partió nos juramentamos a que a su regreso los Hombres del León lo ayudaríamos a cumplir con su destino y para su protección le entregamos el tótem de nuestra tribu. Lo llevará cuando vayamos contra el Hombre Pájaro y la maldad que cobija.

Así acabó el parlamento del Hombre Búho, así se descubrió a todos el secreto y el misterio del Errante y así supieron que cuando llegara el tiempo de la Hierba Nueva partirían hacia las montañas para restablecer la ley de los Hombres del León que había sido violada.