La canción del bisonte
3. Ova y Ababol
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Ova y Ababol
Ova había parido muchos hijos, pero solo el último fue la hija que ella había deseado. De los varones, algunos habían perecido, pero dos habían llegado a la fila de los cazadores. Respetaban y querían a su madre, y cuando regresaban al campamento no le faltaba su visita y algún obsequio, pero ya estaban en otros fuegos con sus hembras. A la niña, por la que temió tanto que muriera, como lo habían hecho varios de sus hermanos, la cuidó con todo el esmero y sabiduría que ya había acumulado en sus anteriores crianzas y logró que creciera, se destetara y se convirtiera en una criatura vigorosa, ágil y esbelta. La llamó Ababol.
Ella también había sido una joven amapola sin abrir. Luego con los partos y el pasar del tiempo engordó, se hizo más lenta y pesada, y ahora ya entrando en la vejez había vuelto a perder peso, pero se estaba volviendo flácida. Sin embargo, era ahora cuando parecía más señalada y mentada por las gentes, y no solo de su clan. Su palabra, sus consejos y remedios eran guía y amparo. Su nombre y su sabiduría eran conocidos por las mujeres y los hombres de todas las cuevas, campamentos y refugios, desde la misma orilla de las aguas hasta el nacimiento de los ríos en el corazón de las montañas y, más que en ningún lugar, en la montaña Mamut, así la llamaban unos por semejar la silueta del gigantesco animal, o el monte de las Cinco Cuevas, pues hacían falta todos los dedos de una mano para contar las cinco oquedades donde los hombres moraban y se guarecían en aquel lugar, erguido sobre
el río y el hermoso valle.[6] En ningún lugar había más fuegos que allí, en ningún sitio se reunía tanta gente. Eran tan numerosos que los moradores de una gruta no alcanzaban a conocer del todo a los que vivían en la ladera más alejada de la suya. Pero todos conocían la montaña Mamut y, aunque fueran de los más alejados clanes, cuando la divisaban sentían su protección y su influjo. La miraban, se la señalaban los unos a los otros y les alegraba el corazón y el paso si se dirigían hacia ella. Erguida como una señal, como el lugar primigenio del que todos se sentían parte y al que de alguna forma, aunque hubieran partido a otros valles o se hubieran establecido al lado de la Gran Agua, se seguían sintiendo unidos y a cuyo cobijo de tiempo en tiempo todos se congregaban para mantener los recuerdos comunes, anudar los vínculos y alianzas antiguas, y, a veces, los jóvenes encontraban un nuevo fuego y formaban en una fila distinta de cazadores. Y eran más por lo común quienes se quedaban que los que partían del monte de las Cinco Cuevas.
Ova oficiaba en él los ancestrales ritos de la Madre. Ella conocía los secretos del inicio de la vida, de la sangre que manaba de las entrañas de las mujeres sin ser heridas, y sabía cuándo la Diosa bendecía su vientre y cuándo este se abriría para que un nuevo ser naciera. También interpretaba los destinos, los oscuros designios de las tinieblas, y cómo había que pintar y tratar a quienes ya muertos habrían de caminar por ellas. Pero eran muchas más las cosas que la Guardiana entregaba a las gentes que venían a ella, como los remedios que obtenía de la tierra: raíces, cortezas, musgos, hongos, hojas y flores, que repartía generosamente. Con ellos se detenía la sangre en la herida, se serenaba el palpitar en la sien y se aliviaba la calentura en el cuerpo, se desanudaban los retortijones de las tripas o se lavaban los ojos. Ova, lo cuchicheaban todos al ir o volver de su habitáculo, separado del resto, tenía en sus bolsitas de cuero y manojillos colgados cosas que también podían matar o enloquecer si no sabían usarse. Pero Ova era su protectora. Alegre, cómplice, risueña con las mujeres y cariñosa con sus crías. A una le enseñaba y le daba aquella planta que sacaba espuma al frotarla con agua y servía para lavarse y desenredarse el pelo mejor que ninguna, y a su hijo, que se había desollado las rodillas, le aplicaba un ungüento que le calmaba los escozores y hacía que la costra cubriera la rozadura. A los hombres también los curaba, aunque entre ellos hubiera alguno que sabía algo de recomponer huesos y desmontar tendones. Con ellos su trato era más circunspecto, aunque amable. Había comprobado que, ya adultos, tendían a verla con cierta reverencia y lejanía al mismo tiempo. Sin llegar al temor, notaba una cierta aprehensión y envaramiento en su presencia. Además, los hombres solían acudir cuando algo ya muy grave los aquejaba, a veces sin remedio alguno, y cuando solo podía mitigar su dolor antes de que expiraran. Cuando los huesos del cráneo se hendían y los sesos se desparramaban, o cuando el cuerno o el colmillo atravesaban ciertas telas interiores o llegaban a los pulmones o el intestino, la muerte venía. Como venía por bultos internos o cuando ya las fuerzas se consumían y los pulsos se paraban. Entonces quedaba cerrarles los ojos con ocre para que volvieran a la tierra.
Ova era la Guardiana de la Madre y la Custodia de la Estatuilla Negra, que ella conservaba, por quien nacían los cachorros de hombres y bestias, por quien rebrotaban las hojas y renacía la tierra.
Antes de que naciera Ababol, Ova había sentido que sus ánimos decaían y sus fuerzas mermaban al compás, pero su llegada la renovó tanto por dentro como por fuera y todo su ser volvió a rellenarse de energía. Ababol la volvió a hacer risueña y alegre, como recordaba haber sido de joven, y su bondad se extendió a la tribu porque en todo lo que la rodeaba sentía a su propia hija y a todos como a hijos los trataba.
Ova sentía que con Ababol no volvería a estar sola, que ella no se iba a marchar jamás de su lado, como sí lo habían tenido que hacer los machos cuando dejaron de ser niños y se iniciaron, se adentraron por las entrañas de la gruta de los ritos de los Hombres, pusieron sus manos junto a todas las manos y salieron para caminar ya en la fila de los cazadores. Ababol no se iría nunca. Un día traería a alguien al fuego familiar, pero estaría siempre al lado de su madre, que sería quien un día habría de dejarla cuando la vida se le escapara. Antes le enseñaría que las mujeres y los clanes necesitan amparo y ayuda pero hay secretos que no tienen por qué conocer, y solo Ababol los aprendería. Todavía tenía los dientes de leche y ya parecía despierta y dispuesta. Bebía con los ojos muy abiertos todo lo que Ova le mostraba. Unos ojos que resultaban un tanto extraños entre los del clan, pues no eran tan oscuros y tenían reflejos verdes, y tenía también el pelo más lacio y menos negro que el de las otras niñas. Pero, y eso enorgullecía a su madre aunque no demostrara su contento ni la alabara por ello, las ganaba a todas en carrera e incluso vencía a muchos niños. Ova pensaba que se parecía más a cualquiera de sus hermanos cuando eran unos críos que a las pequeñas con las que jugaba.
Había algo, sin embargo, en lo que no se asemejaba a Ova. Era menos risueña, siendo aún una niña, que su ya vieja madre, y esta se sorprendía observándola cuando se quedaba absorta mirando en silencio hacia donde en apariencia nada había. Un ensimismamiento que fue total cuando un día la llevó hacia uno de los clanes costeros cerca de las grandes aguas, las que no pueden beberse porque queman la boca, pero contienen muchos animales que dan comida a las gentes.
Ababol se quedó mirando aquella inmensidad desde lo alto del acantilado, durante tan largo tiempo y con tal intensidad que Ova, después de mucho esperar pues entendía la impresión de su hija, tuvo que despertarla de su contemplación y hacer que siguiera caminando hasta la costa. Allí estaba la cueva del clan al que iban a visitar, pero el campamento lo tenían ahora más lejos, al borde del Gran Azul, y este se había retirado y era necesario caminar por una extraña superficie, en lenta
bajada, hasta la rompiente de las olas.[7]
Allí estaban las gentes aquellas cogiendo todo tipo de conchas y cangrejos en las aguas bajas y las rompientes o escarbando en la arena. Ababol chapoteó con ellos, que la agasajaron y enseñaron cómo comerse aquellas cosas tras abrir sus duros caparazones. Le mostraban dónde se ocultaban y cómo descubrirlas por sus burbujas o sus señales y competían en ver quién de ellos lograba asombrarla más y hacerla reír mejor. Pues no solo era una niña, y todo cachorro era bien recibido y querido y cobijado por hombres y mujeres, sino que además era la hija de la Guardiana y quizás hasta un día heredaría toda su sabiduría y poderes.
La niña descubrió tantas cosas y disfrutó de tal manera de todas ellas, hasta de algún doloroso picotazo de un cangrejo, que luego las recordaría durante mucho tiempo de vuelta en la montaña Mamut. Su imaginación unió para siempre la imagen del Gran Azul a una sensación de gozo y plenitud que la acompañaría de por vida. El sabor salado al chapotear en el agua y el picor posterior de aquella sal pegada en su piel, el juego de la espuma, su caída en la ola cuando el agua socavó la arena bajo sus pies y cómo la rescataron de inmediato entre risas levantándola en el aire rebozada en arena mojada. Y para que se le pasara el susto, le regalaron un collar de pequeñas conchas que conservó por siempre, quiso llevar en las ocasiones más señaladas y lució cada vez que volvió a visitarlos.
Aquellas gentes comían del Gran Azul y jugaban con él. Pero le tenían un gran respeto. Le contaron alrededor del fuego en la noche, mientras seguían oyendo su continuo y cercano rumor, que cuando se enfurecía había que huir de su orilla y que no podían tampoco adentrarse apenas en sus aguas pues poco más allá había abismos que se los tragaban y gigantescos animales que los engullirían de un bocado. Los hombres podían cruzar ríos, vadeándolos o nadando por donde no hubiera una corriente que los arrastrara, pero no había adónde llegar en el Gran Azul y alguno que no había sabido respetarlo había desaparecido, aunque tiempo después el mar lo había devuelto luego a la orilla. Quizás hablando de aquellas cosas al lado de la hoguera buscaban asustar a Ababol, pero la niña se durmió feliz y agotada. Acunada por el ruido del mar incansable y el llegar y retirarse de las olas.