La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 44 de 50

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La canción del bisonte

43. El clan errante

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El clan errante

 

Antes del amanecer todas las gentes de la montaña Mamut se habían congregado o iban desfilando por la pequeña gruta para rendir su adiós a la Guardiana. Los hombres llegaban con rostros afligidos. Las mujeres no ocultaban sus lágrimas ni contenían sus sollozos. Ova había sido en verdad una madre para ellas. Y a muy pocos de los que se acercaban compungidos no los habían recibido sus manos cuando brotaron a la luz. Todos se habían pintado en la cara franjas negras como señal de duelo. Su hija Ababol lo presidía. Las ancianas y las madres de las Cinco Cuevas tenían prioridad a su lado. Lo hombres se limitaban a presentar su pésame y salir.

Lobo Alto lo comprendió sin que Ababol le dijera nada y se apartó. Sabía que ella y las mujeres debían preparar el cuerpo, lavarlo y vestirlo, y que iban a enterrarlo en la propia cueva donde había vivido, en un hoyo muy profundo, junto al que colocaron el presente que el Errante le había enviado: una pequeña escultura en marfil, apenas de un dedo de largo, que representaba a la Diosa, para que fuera ella quien la custodiara para siempre. Antes de colocar losas de piedra sobre ella, Ababol espolvorearía ocre sobre toda su piel y su ropa. Esparciría también aquellas semillas de las plantas de olor intenso que tanto le habían gustado en vida y de las que siempre guardaba un ramo o un saquito en la cueva.

Ningún hombre podía haber en la cueva cuando estos ritos tuvieran lugar. Ni siquiera el chamán. En este caso, bien lo sabía Ababol, menos que nadie el nuevo chamán. Debía dilucidarse si Ababol ocuparía ahora su puesto. Y en eso tampoco los hombres podían opinar.

Lobo Alto aprovechó aquel obligado retiro para acercarse al río y buscar a la loba. Desde aquel aullido final cuando Ova expiró, no la había vuelto ni a ver ni a sentir. Bajó hasta el agua y no la encontró. Se adentró en el bosque y recorrió todo el entorno de la montaña Mamut, pero no acudió a sus llamadas.

La loba se había ido. Tras la muerte de Ova había decidido abandonarlo y regresar con los de su especie. Y aquella noche parecieron confirmarse sus temores: una manada de lobos aulló cerca del monte de las Cinco Cuevas y el hombre pensó que alguno de ellos era el de la loba que había caminado con él.

El frío, que parecía haberse retrasado en aquella ocasión, enseñó sus colmillos más crueles y sus lunas fueron de las más crudas y terribles que hubieron de soportar. Todo pareció concitarse para traer la desgracia a los hombres. Las tormentas y las ventiscas no dieron treguas, las expediciones que aprovecharon los breves claros regresaron con las manos vacías, las partidas que fueron hacia la costa apenas si consiguieron sobrevivir y las provisiones se fueron agotando en las grutas.

Ababol era la nueva Guardiana, pero era joven y aún no tenía ni el crédito ni el predicamento de los que había gozado su madre. El chamán hacía lo posible para socavar su prestigio y buscaba todas las excusas para hacer ver que no estaba preparada para tal misión. Y aunque las mujeres no le echaban apenas cuentas, sí lo hacían algunos cazadores y el cuento acababa corriendo por los fuegos.

Pero como los intentos del brujo contra la joven Guardiana no acababan de fructificar, supuso que sería más fácil hacer mella dirigiendo su ojeriza contra Lobo Alto. Las penalidades y hambrunas que las cuevas padecían eran la mejor leña para alimentar las lumbres de la envidia, y los días sin poder salir de la gruta, la mejor ascua para que la murmuración se extendiera. Que Lobo Alto y Ababol compartieran fuego y pieles no hizo sino crecer a ambas.

El único alivio fue el regreso de la loba. Tan repentinamente como había desaparecido regresó. Una tarde, al mirar hacia donde solía estar, algo que había seguido haciendo desde que se marchó, a Lobo Alto le pareció ver algo moverse. Esperó al crepúsculo y bajó hacia el río. Antes de llamarla, ella salió rápidamente para pegarse a sus piernas y cabriolear jugando en la nieve ante él. Le había bajado algo de comida y la loba la cogió de su propia mano. Ababol se alegró mucho cuando se lo contó y ambos hablaron de la promesa que él le hizo a Ova de cuidar al animal y de que aquello era señal de que su profecía y mandato se empezaban a cumplir. Cada tarde, Lobo Alto, aunque se lo quitara de la boca, bajaba con algo de comer. Pero al tercer día quien llevó comida fue la loba a él, depositándole una gran liebre nival a los pies.

Aquello, además de alborozarlo, lo hizo meditar. Acudió a hablar con Fresno. La loba, en aquel momento de adversidad, podía ayudar y era el momento de que se lo demostrara al clan.

Costó convencer al cazador, pero era un hombre abierto a las novedades y consciente de que la gravedad de la situación hacía necesario intentarlo todo. Lobo Alto y su fiera marcharían delante y la fila de cazadores los seguiría un buen trecho detrás. No todos quisieron ir, Crin entre ellos, y el chamán se negó a rito propiciatorio alguno, no iba a hacer conjuros por un animal.

Quienes los acompañaron, que fueron bastantes, pudieron ver que mientras sus pies se hundían profundamente en la nieve, la loba parecía flotar y resbalar sobre ella. Que comenzó de inmediato a cazar como si supiera lo que esperaban de ella y que no dejaba de volver la cabeza para mirar a Lobo Alto y parecía indicarle la senda a seguir. Al fin, dio con una huella donde durante largas jornadas los cazadores no habían encontrado ninguna y su olfato infalible los llevó hasta un gran ciervo al que consiguió acorralar contra un ventisquero y los hombres pudieron alancearlo con sus venablos. Se lo trajeron entero, hasta la cuerna y las patas. Nada se iba a desperdiciar y en la Cueva de las Manos y en las vecinas hubo al fin algo de carne fresca. Que lo hubieran conseguido por la loba fue algo que Fresno y, entre los viejos, Zarpa de Oso no se cansaron de pregonar. Para enfado de Crin y del chamán.

Estos dos pretendieron desacreditar su labor, pero como todos tuvieron su ración, en la próxima salida fueron muchos más los que quisieron seguir a la loba en la cacería.

Esta vez fue aún más decisiva. Y aún causó mayor impacto entre los hombres. El animal los llevó, tras mucho detenerse a escuchar y a olfatear, a una matanza que una manada de sus congéneres había conseguido culminar. En este caso, un jabalí. Lo tenían a medio devorar cuando, guiados por la loba, que entonces se quedó atrás, llegaron los hombres y tuvieron que emplearse con piedras y venablos para hacer a los lobos abandonar su presa. Aquello, aunque fuera mucho menos la carne conseguida, fue lo que a muchos decidió.

—La loba eligió entregarnos su carne y quitársela a los de su raza. La vieja Guardiana antes de morir me dijo que era un don que la Diosa nos regalaba y que como tal la debíamos tratar —proclamó Lobo Alto.

Y, en esta ocasión, ni Crin ni el chamán le replicaron.

Los cazadores comenzaron a ver en ella el mejor aliado y ya se ponían inmediatamente detrás de Lobo Alto cuando salían, tras su escurridiza y adelantada silueta gris, a campear. Pero entre una minoría aquel prodigio produjo un resentimiento que no dejaba de crecer. El chamán no dejaba de hurgar la menor oportunidad de atacar su cada vez mayor rango en el clan.

—Hasta camina delante del jefe Fresno en la fila cuando se sale a cazar — señalaba para concluir que el forastero, pues como tal lo trataba, pretendía ocupar el poder y que para ello tenía como aliada a Ababol, en cuyas pieles dormía—. Una joven curandera con todo que aprender y un extraño quieren mandar en la montaña Mamut. Nuestro jefe, ciego, no ve que lo quieren suplantar —murmuraba en los oídos de quienes lo querían escuchar, que no eran muchos.

Y Crin lo secundaba en su acción.

Aunque la mano de Lobo Alto estaba puesta en la pared, aunque se hubiera criado allí, crecía el malestar también porque era quien compartía su lecho con la joven y hermosa Guardiana, a la que muchos habían deseado, alguno llegado a yacer con ella, pero ninguno logrado que lo estableciera en su fuego. A bastantes había rechazado Ababol en esa pretensión y aquella ponzoña seguía en su interior.

De las murmuraciones y del daño que podían causar se enteró antes que nadie el viejo Zarpa de Oso, el anciano jefe casi recluido en la cueva. Informó a Fresno y ambos fueron a hablar con Lobo Alto.

—Hay algunos que no te quieren entre nosotros. El chamán los solivianta contra ti. Antes por tu loba, ahora por forastero, aunque no lo seas ya, y aún más por vivir en la cueva de la Guardiana con Ababol. Hay uno sobre todo, quien más pretendió conseguirla, que más pronto que tarde intentara algo contra ti.

—Lo supe casi desde el día en que volví. Es Crin.

—Es hombre impulsivo y la violencia puede en él con todo lo demás. No era así antes, pero el chamán lo ha maleado y más aún desde que Ababol lo despreció por ti —le resumió Zarpa de Oso.

Lobo Alto había visto que Crin en algún momento había concebido esperanzas respecto a Ababol y que suponía que, si Lobo Alto desaparecía, él podría volver a tener su oportunidad.

El vaticinio del lisiado jefe no tardó en cumplirse. Le sirvió de excusa una expedición sin fortuna, a la que Crin sí acudió, donde ni los hombres ni la loba pudieron hallar ni cazar pieza ninguna. Al ver a Lobo Alto darle de comer al animal le recriminó duramente:

—Lo que nos falta a los hombres tú se lo das a un asqueroso animal.

—Le doy de lo mío y este animal otras veces nos ha traído la comida hasta la boca —le replicó Lobo Alto.

—Nuestros venablos son quienes nos traen la comida y no esa bestia salvaje e inmunda que cualquier día se comerá a una de nuestras crías. Matarla, como siempre hemos hecho con los lobos, es lo que deberíamos hacer en vez de darle de comer.

Hizo ademán de empuñar la azagaya, pero no llegó a elevarla siquiera, porque Lobo Alto, que intuyó su intención, velozmente se levantó y se plantó en dos brincos delante de él. Lo desafió:

—Quieres matar a mi loba y a mí y compartir el fuego de Ababol. Me matarías en la oscuridad y a traición. Pero no será así. Será ahora y ante todos si te atreves a empuñar tu arma.

Crin, sorprendido y desbaratado por su propia rabia, no se lo pensó. Intentó levantar su azagaya y lanzársela, pero tan cerca estaba el otro, que antes de hacerlo Lobo Alto había caído sobre él y, con un tremendo golpe del puño en todo su rostro, lo hizo desplomarse en la nieve sangrando por la nariz. Intentó rehacerse, pero, aturdido, ya tenía a su rival encima, que lo sujetaba firmemente contra el suelo y le había inmovilizado los brazos con las rodillas y le había hecho soltar la lanza.

Lobo Alto se había convertido en un rival temible en sus viajes, fatigas y andanzas. Su oponente no podía competir con él ni en fuerza, ni en decisión, ni en rapidez. Por si fuera poco, la loba había acudido en defensa de su amo y, gruñendo torvamente y con los colmillos al aire, amenazaba la garganta de Crin.

Fresno intervino:

—Sujeta a tu animal, Lobo Alto, y retén tu mano. No se verterá aquí sangre por cuchillo o por lanza de ningún cazador del clan. Si alguno de los dos lo hiciera, es la ley de este clan, deberá abandonarlo para siempre y no regresar más. Ambos la respetareis.

El incidente se saldó así, pero el resquemor siguió vivo y el encierro invernal no hizo sino acrecentarlo. Zarpa de Oso volvió a avisarlo:

—Ten cuidado. Su derrota lo tiene fuera de sí. Si puede, te clavará un venablo en la espalda. Confía en que a él no lo desterrarán porque el chamán hará lo que sea por impedirlo y tiene poder para lograrlo.

Sin embargo, la admiración de muchos otros crecía alrededor de Lobo Alto a pesar de aquellos augurios y esa turbia hostilidad. Los más animosos y valientes de la montaña Mamut comenzaron a salir con él y su loba incluso en medio de la tempestad y sus esfuerzos acabaron por salvar al clan de morir de hambre. Partían a la menor oportunidad y a veces regresaban medio congelados, pero casi siempre con algo que compartían con todos. Ababol se encargaba de que los fuegos con niños lactantes fueran los primeros en recibir su parte.

Por fin, el espantoso invierno dio lugar a síntomas de mejora y pareció que el clan se desperezaba y se alejaban los malos presagios y rencores. Pero cuando parecía que todo aclaraba fue cuando la tormenta se desató en la montaña Mamut.

De nuevo la loba estuvo por medio. Un día volvió a desaparecer. Pero esa vez Lobo Alto creía saber la causa. Había observado algunos síntomas en ella y acabó por comprender que estaba preñada. Su escapada a la manada, impelida por el celo, había traído aquella consecuencia.

Se lo dijo a Ababol:

—La loba se ha marchado. Ha ido a parir sus cachorros a algún lugar donde no puedan quitárselos.

—Procura encontrarlo tú antes que nadie pues los matarían de inmediato.

El grupo de seguidores del chamán también se habían percatado del estado de la loba y de su ausencia. Supusieron lo mismo y se dedicaron a rastrearla. Por fortuna, Lobo Alto llegó antes. El animal reapareció donde solía dejarle comida y pudo seguir sus huellas. Descubrió la madriguera, no muy lejos, en la que se había ocultado para parir. Vigiló aquel día y no ocurrió nada. Pero a la tarde siguiente vio a Crin y a unos cuantos bajar al río y apresuradamente cogió sus armas y corrió para adelantarlos. La loba salió a su encuentro, pero él la hizo regresar al interior. Se apostó tras las rocas que afloraban por encima de la covacha y esperó. Crin y dos de sus secuaces, uno al

que llamaban el Tasugo y otro al que decían Fuino,[78] no tardaron en aparecer. Habían dado con las huellas recientes de la loba y encendido las teas para asfixiar a los lobeznos dentro y obligarla a ella a salir.

Esta vez no hubo siquiera aviso ni amenaza. Lobo Alto se alzó ante ellos y al instante volaron las azagayas. Lobo Alto tenía mejor posición sobre la ladera, estaba parapetado tras las rocas y tenía a sus tres enemigos debajo. Estos gastaron sus primeros proyectiles en balde. O dieron en la roca o se perdieron en el aire al esquivarlos Lobo Alto, que se agazapó a la espera de que se descubrieran al subir. El Fuino lo hizo al resbalar en la nieve helada que aún quedaba. La azagaya lo alcanzó en un muslo. Gritó de dolor y se cobijó tras una roca. Pero Crin y el Tasugo se lanzaron a la vez contra él. Crin iba delante aullando, y aullando siguió cuando el segundo venablo de Lobo Alto le atravesó el pecho y cayó echando sangre por la boca. El Tasugo se paró, no sabía si a Lobo Alto le quedaba otra azagaya, y en la duda optó por huir dando alaridos. Crin estaba muerto. El Fuino, herido, se quedó muy quieto cuando fue hacia él, pero Lobo Alto, tras despojarle de la azagaya, que ni siquiera hizo intención de blandir, se arrodilló a su lado y se ocupó de taponarle la herida. Estaba seguro de que, alarmadas las gentes del clan, no tardarían en aparecer.

Pero ahora su preocupación era la loba y sus cachorros. Había de hacerle entender que tenía que llevárselos de allí. Logró que saliera de su madriguera pero aún le costó más atrapar a los tres lobeznos, que aún tenían los ojos cerrados. Por fortuna, su hondura era poca y, tumbado, pudo llegar al fondo con la mano. Cuando cogió al primero, la loba gruñó y le enseñó los colmillos a punto de atacar, pero él dejó al cachorro de inmediato en el suelo y ella lo lamió. El hombre alcanzó al siguiente y repitió el gesto, y cuando iba a hacerlo para sacar al tercero, la propia loba, como si lo hubiera entendido, fue quien entró y cogió entre sus fauces al tercero. Con él en la boca y Lobo Alto con los otros dos se dirigieron apresuradamente a una vaguada no muy lejana donde había abrigos entre las rocas y allí buscó la loba una madriguera bastante profunda y se metió dentro con sus crías. Lobo Alto volvió y con una rama procuró borrar sus huellas, aunque sabía que cualquier cazador avezado a nada que se lo propusiera descubriría la pista y el escondrijo. No tuvo a tiempo de más. Apenas había vuelto junto al herido oyó llegar en tumulto al clan. Fresno venía al frente y su semblante tenso y angustiado era la mejor señal, más que los gritos, de la gravedad de la situación. Lobo Alto había clavado sus armas en la tierra en señal de sumisión. Y los esperó.

Se había vertido la sangre del clan. Un cazador había muerto y otro estaba herido. Fresno ordenó que se llevaran de inmediato al herido, que seguía sangrando, y que otro grupo se llevara también el cadáver de Crin. Apagó todos los gritos y preguntó lo que era evidente, pero debía corroborar:

—¿Ha sido tu mano, Lobo Alto?

—Yo he sido.

—¿Te someterás al juicio del clan?

—Me someto al juicio de las cuevas de la montaña Mamut y acataré su decisión.

Lobo Alto sabía que esta podía ser hasta la muerte a manos de la familia de Crin y parecía inevitable el destierro. Pero estaba sereno. Había cumplido su palabra con Ova y no había sido quien había atacado primero. Se había limitado a defender su vida. Y la de la loba.

—Estarás recluido en tu fuego hasta que el consejo de los cazadores te llame, te escuche a ti y a todos y pronuncie su sentencia —concluyó Fresno—. No podrás salir hasta entonces. Si lo haces, cualquiera que te vea podrá matarte allá donde te encuentre.

Lobo Alto, custodiado por la fila de cazadores, en silencio ascendió hasta la cueva donde vivió Ova y penetró en ella. Dentro lo esperaba Ababol. Ya sabía algo pero él le relató todo y por qué se había visto obligado a actuar así. Cuando concluyó, ella lo abrazó.

—No te matarán. Fresno y muchos cazadores no lo permitirán. Yo estaré contigo e iré allá donde tú vayas. Esta vez no irás solo.

Sus palabras acabaron por tranquilizarlo y le invadió una extraña sensación de quietud. Entonces pensó en la loba. Ababol adelantó la solución: ella, la Guardiana, se haría cargo del animal y sus crías. Hablaría con Fresno y le diría que ella la ponía bajo la protección de la Diosa por si alguien pretendía hacerle daño. Y como estaba seguro de que algunos cómplices de Crin lo volverían a intentar, la subiría a su cueva y de allí no la permitiría salir hasta que el asunto de Lobo Alto hubiera quedado zanjado.

Fresno accedió. Ni siquiera lo consultó. No había por qué hacer daño alguno al animal que los había ayudado en la caza y procurado comida. La cueva de la Guardiana estaba lo suficientemente alejada. Permitió a Lobo Alto salir por un rato de su encierro, custodiado por él mismo, para que hiciera subir al animal, lo que consiguió cogiendo un cachorro y llevándolo con él. Ababol cogió otro y la loba los siguió con el tercero en la boca. No utilizaron el sendero habitual de subida sino una estrecha y oculta trocha para que nadie viese subir a la extraña comitiva. En un recoveco de una galería fuera de la vista de todos, Ababol puso unas pieles y algo de hierba seca para que la loba estableciera su cubil.

El consejo de madres y cazadores, esta vez todos juntos, debía pronunciarse. Las Cinco Cuevas hervían de agitación. Hacía mucho que alguien del clan no mataba o era muerto por la mano de otro del propio clan. La familia de Crin había pedido sangre por sangre. Había dudas en la mayoría de los fuegos. El chamán los recorría intentando soliviantarlos. El Fuino y el Tasugo contaban su versión pero a través de Zarpa de Oso comenzó a llegar también la de Lobo Alto. Algo era evidente. Habían sido tres contra uno. Y estaba por dilucidar quién había sido el primero en atacar. El Tasugo no era demasiado querido en el clan, y el Fuino reconocía que Lobo Alto lo tuvo a su merced, pero, lejos de rematarlo, evitó que pereciera desangrado. Sobre la loba terminó por saberse que la Guardiana de la Diosa la había recogido con sus cachorros en su cueva; aunque la mayoría de las mujeres que habían ido a solicitar remedios no habían alcanzado a verla, una parecía que sí y no pudo callar. Aquello provocó otro tumulto de discusiones y Fresno decidió que aquella misma noche se celebraría sin más demora el consejo en la sala grande de la Cueva de las Manos.

Lobo Alto sabía que su amigo y jefe del clan, Fresno, se mantendría neutral. Zarpa de Oso hablaría a su favor, y su palabra era escuchada todavía. Bastantes jóvenes lo consideraban un referente y creían que no había hecho sino defenderse. Muchos de los que lo habían acompañado en su esfuerzo durante las Lunas del Frío lo admiraban y apreciaban la labor de la loba.

El chamán había preparado, sin embargo, todo para que apareciera de la manera más perjudicial para Lobo Alto. Ahora sumó que habían subido a la loba sin permiso del consejo de cazadores a una cueva del clan. Fresno de inmediato respondió que él lo había permitido porque la Guardiana había declarado al animal y a sus crías bajo su protección, y a fin de evitar otro enfrentamiento ante su cubil como el que había causado la muerte de Crin.

El chamán comenzó defendiendo que Crin y sus compañeros no tenían por qué saber que aquella loba era la de Lobo Alto, había parido en un bosque muy próximo y ellos fueron, como habían hecho siempre en el clan con lobas y lobeznos, a cazarlos. Entonces Lobo Alto los había atacado.

A ello respondió Lobo Alto que ellos sí sabían que era su loba porque la conocían de cuando los había ayudado a cazar, que la habían acechado al ver su preñez y que él había llegado justo antes de que fueran con teas y lanzas. Crin y Fuino fueron los primeros en lanzar sus venablos contra él. Que uno se había golpeado en la roca tras la que se agachó, y otro, pasado por encima de ella y caído en la nieve. Que allí habían sido encontrados, según pudieron confirmar tanto Fresno como los que llegaron del clan. Que él había herido después al Fuino y que este se había retirado tras unas piedras. Después Crin y el Tasugo se lanzaron, cada uno por un costado, de nuevo sobre él, y Crin iba a ensartarlo con su azagaya cuando él lanzó la que le quedaba y lo alcanzó en el pecho. El Tasugo, algo más retrasado, huyó cuando él estaba ya sin venablos y solo después clavó en el suelo el que extrajo de la pierna del Fuino, al que pudo matar con su propia azagaya. Ellos habían sido quienes lo atacaron primero.

Contra su palabra se levantó la del Tasugo. Este porfió confirmando lo dicho por el chamán, que fue cierto que eran tres, pero que fue Lobo Alto quien, apareciendo por sorpresa tras la roca, los atacó de repente. Que solo así pudo vencerlos.

La duda quedaba sembrada. Pero entonces Fresno, extrañado por el silencio del Fuino, le preguntó:

—¿Pudo matarte a ti también?

—Sí. Pudo hacerlo. Estaba caído y el Tasugo huyó.

Vio el jefe que el joven sentía rencor por el Tasugo, que siempre se había quedado atrás y había huido dejándolo solo.

—¿Quién lanzó sus venablos primero?

—Primero Crin y luego yo. Resbalé en nieve helada y me alcanzó.

Se levantó un murmullo en la sala de los fuegos. Pero el joven herido, roto su silencio, continuó:

—Crin había visto las huellas de la loba junto al río y sabía que era la de Lobo Alto. Nos lo dijo a los dos. Fuimos a matarla a ella y a sus cachorros. No esperábamos que él estuviera custodiando el cubil. Yo no hubiera ido de saberlo, pero cuando Crin enristró y lanzó su venablo, yo hice lo mismo que él. —Se volvió hacia el Tasugo—. Yo lancé y me hirieron. El Tasugo no usó ni un solo proyectil y huyó — remató con desprecio.

Sus palabras fueron seguidas de un rumor como de enjambre enfadado por parte del clan. Las miradas hacia el Tasugo se cargaron de desprecio.

Pero la madre de Crin había perdido a su hijo y ella reclamaba el castigo para el matador.

—Sangre por sangre. Esa es la ley del clan.

Zarpa de Oso habló a favor de Lobo Alto y les hizo recordar. Recordó al Errante y a quien vino a ellos y se crio como el Autillo y hasta fue Hombre Ballena una vez. Mucho debían los clanes al mago: las cuevas y los cazadores estaban en paz con los espíritus de las cosas y las bestias. Y señaló hacia las galerías donde los había pintado e invocado. Aquello hizo mella. El actual chamán no gozaba en absoluto del respeto que el Errante había tenido y al que Zarpa de Oso unía la imagen de su ayudante.

Estaba claro que era la segunda vez que Crin había levantado su venablo contra él, que habían ido tres contra uno. Que él tan solo se había defendido. Ni siquiera abundó en el resquemor que Crin tenía hacia Lobo Alto con sus celos por Ababol. Toda la montaña Mamut los conocía.

El monte de las Cinco Cuevas descartó la sangre por la sangre. Fue su primera decisión. Ababol respiró.

Pero, sin embargo, Lobo Alto había roto un tabú, había matado a otro del clan. Y eso suponía que no podría permanecer en él. Los de la familia del muerto no podrían soportar su presencia y él debería partir. Así había sido siempre y ese era el castigo menor que se podía imponer.

Habría de entregar también al fuego del muerto algunas cosas como compensación: carne, dos pieles ya curtidas, una de marta y otra de nutria, dos venablos, cinco puntas de sílex y un propulsor. Y también algo al Fuino. Este pidió la garra de cavernario que Lobo Alto llevaba al cuello y este aceptó. Lo hizo con gusto, pues el joven, con su arrebato de sinceridad, le había salvado la vida. La montaña Mamut dio de plazo a Lobo Alto hasta el final de la luna para partir.

La sentencia del consejo enfureció al chamán, que se sentía vencido con el destierro de Lobo Alto en lugar de su muerte. Buscó el resquicio por el que contraatacar y lo encontró en la loba. Estaba en una cueva de los hombres y eso no se podía tolerar. Enardeció a cuantos pudo y, en esta ocasión, logró hacer mella en las mujeres que tenían hijos pequeños. Las asustó de tal forma con la fiera que muchas dejaron de ir a la cueva de la Guardiana y otras acudieron a pedir a Fresno que la matara a ella y a sus cachorros o que al menos los arrojara de allí.

El propio prestigio del jefe comenzó a estar comprometido. Acudió a la cueva pequeña y les expuso la situación:

—El chamán agita para que maten a la loba y a las crías. No son pocos quienes la consideran la causante de todo el mal traído al clan y no faltan quienes piensan que una fiera comparta la gruta y la comida con los hombres es una abominación.

Ababol tomó la decisión de inmediato:

—Fresno, has llegado hasta donde has podido con tu amistad y protección. Mañana nos marcharemos, pues con Lobo Alto también me iré yo. Así quiero hacerlo. Ya muchas mujeres no me ven digna de mi madre y esto será también lo mejor para el clan.

Ya solos Lobo Alto y Ababol, se adentraron con una lámpara donde la loba amamantaba a los lobeznos. Habían abierto los ojos y se bamboleaban intentando andar, tropezando y rodando como bolas peludas, sus cuerpos y cabezotas de color negro que contrastaban con el gris de su madre. Dos eran hembras y uno macho, y Ababol sentía por ellos un impulso que la llevaba a quedarse junto a ellos sin dejar de sonreír.

Habían hecho ya la mayoría de los preparativos y su marcha era sabida por todos. Iban a partir al día siguiente. Dirigiéndose a Lobo Alto, a la loba y a los tres cachorros, proclamó como si fuera un motivo de orgullo:

—Nosotros formaremos un nuevo clan.

El hombre se quedó mudo un momento. Había pensado en la posibilidad de establecerse en alguno de los vecinos, que sin duda los acogerían. Aunque seguirían arrastrando el problema de la loba. Siempre había sabido de la decisión de Ababol, de su coraje y su firmeza, pero aquello ni se había atrevido a plantearlo. Ella, mucho más que él, dejaba todo atrás, su raíz, su posición, la cueva y la tumba de su madre, su fuego desde niña, y se convertía en errante, en huérfana de clan, como había sido él. Y lo hacía hasta con alegría, como si aquello la liberara de un peso.

—Nos iremos lejos, Ababol. Partiremos con nuestros lobos y hallaremos nuestro territorio y encenderemos nuestro propio fuego. La loba nos ayudará en el camino. Y cuando crezcan los cachorros, aún seremos más. Seremos el clan Errante. Pero no matarán a nuestros lobos ni nos someterán a nosotros. Ni aquí ni en cualquier otro lugar.

Ella lo abrazó con pasión. Una pasión que desataron ambos aquella noche última en la montaña Mamut. Ella lo invitó con el ardor en los ojos y una sonrisa hermosa y llena de pasión en la boca. No iban a doblegarlos, ni al hombre, ni a ella, ni a la loba. No iban a suplicar un cobijo y un fuego en un rincón.

Se amaron como lo habían hecho aquella primera vez al finalizar la Fiesta del Salmón. También era una despedida. Pero ahora era de los dos. Era mucho lo que dejaban atrás. Todos los recuerdos de ella y el lugar donde él pensaba ya quedarse y vivir. Ahora marchaban desterrados. Pero caminarían juntos y eso los llenaba de alegría.

Pero no caminaron solos. La noticia se extendió por todas las cuevas como el fuego en el pasto amarillo y seco del verano. Algunos de los jóvenes habían empezado ya antes a hablar entre ellos y tenían pensado ir con Lobo Alto, pero se habían dado tiempo porque la luna aún iba media. Ahora lo repentino de la marcha y que la Guardiana Ababol partiera con él conmocionó a todos. El chamán, el Tasugo y sus partidarios hubieron de callar ante los gestos de enfado y hasta de rabia por parte de muchos. Y varias de las madres dirigieron miradas de reproche a las que no habían apoyado a la hija de Ova. Ababol, que era quien guardaba la memoria no solo de la Diosa, sino también la sabiduría y los remedios de su madre, se marchaba. Con ello se rompía el vínculo y trazo que las unía con el antes y con el después, y aquello, que no había sucedido nunca, caía sobre todas. Sobre las madres, sobre sus hijas y hasta sobre las niñas más chicas. Las dejaba huérfanas, y como tal se sentían. Surgieron los primeros lloros en las más pequeñas y luego el grito entre las mayores. Acusaron a los hombres de haberlo provocado. Hubo tumulto pero la cachazuda voz de Zarpa de Oso se elevó para decir lo que en realidad a todos los corroía:

—La decisión fue de todos. De las madres y de los cazadores. El chamán y el Tasugo os arrastraron a muchos. Luego algunas madres no ayudaron. Se van por ellos, pero se van también por todos nosotros.

Sabían que decía verdad y los llenó de pesadumbre. Algunas ancianas pretendieron ahora intentar convencer a Ababol de que no se marchara por el bien de la montaña Mamut. La joven ni siquiera quiso salir a la puerta para hablar con ellas. Bien sabía que, pasado aquel momento, aquellas mismas viejas que ahora suplicaban volverían a la murmuración y a remover los miedos. Regresaron apesadumbradas y alguna ofendida por su negativa.

Entre los hombres, la mayoría, incluso algunos que habían apoyado al chamán y al Tasugo, hasta el propio Fuino, sentían tristeza por la partida de Lobo Alto. Los pocos que se alegraban de su exilio se guardaban mucho de exhibirlo. Los ojos de la tribu estaban ahora puestos sobre ellos. Fresno los tenía clavados sobre el chamán. Buscaría cuanto antes un nuevo brujo, ya lo pediría a algún clan, porque este, si hablaba con algún espíritu, era para traerles el mal.

Estaban tristes pero sentían que nada podían hacer ya. Pero algo sí podían y lo

inesperado sucedió. Esmerejón,[79] un joven de los que más ardorosamente había defendido la causa de Lobo Alto y que había sido el primero en salir con él y la loba en las durísimas expediciones invernales, se levantó y lo anunció. Él también se marcharía con Lobo Alto y Ababol. Que borraran también su mano de la pared.

Fue decirlo Esmerejón, y cinco jóvenes más lo anunciaron. Eran siete ya al amanecer con dos llegados de otras cuevas, y a ellos se unió una mano completa de mujeres, todas jóvenes también, algunas apenas salidas de la niñez. Con sus pocos enseres empaquetados, ellas, y con sus zurrones de viaje y sus lanzas dispuestas, ellos, estaban ante la pequeña cueva de Ababol.

Salieron ella y Lobo Alto al oír el tumulto. Se quedaron atónitos. La más niña de todas se abalanzó llorando sobre Ababol y le rogó que no la dejara allí. Era del fuego donde dormía el Tasugo y no quería seguir allí. Si se llevaba a los cachorros de la loba, no podía abandonarla a ella. Su madre no la dejaba, pero ella se acogía a la protección de la Guardiana de la Diosa, que estaba por encima.

Llegaban ahora algunas madres, llegaba Fresno, otros cazadores y, renqueando, Zarpa de Oso. Nunca había sucedido nada parecido, ni había recuerdo alguno en la memoria de algo así, ni por lo tanto sabían qué remedio podría evitarlo. El chamán ni apareció. Fresno entendió que no había resistencia posible. El clan quedaba mermado, pero si era aquella su voluntad, era mejor que partieran. Y que se fueran en concordia, en paz y con la promesa de que si un día lo necesitaban o querían, no dudaran en regresar. Las madres, tras muchos gritos, regaños y lloros acabaron también por ceder, y a la del fuego del Tasugo que se resistía se lo acabaron por imponer.

El viejo Zarpa de Oso se acercó a Fresno, el que tanto tiempo lo había seguido los pasos en la fila y a quien había enseñado con provecho el ejercicio de la jefatura, y le dijo:

—Si mis fuerzas fueran otras y mi pierna me valiera para sostenerme, yo me habría marchado con ellos. Y tú, Fresno, si no fueras el jefe y te debieras a este clan, si aún fueras el joven que fuiste, de seguro que también.

Y los dos, sin que la gente supiera por qué, se echaron a reír.

Se decidió que había tiempo para un breve ritual de despedida allí mismo, en la cueva de la Guardiana, que quedaría vacía. Cantarían por una vez última todos juntos y como madres, hijos, hijas y hermanos se despedirían. No estuvieron todos. El chamán, el Tasugo y alguno más fueron advertidos de que no debían acudir, que no los querían allí. Unos se marchaban del clan, pero los verdaderos desterrados, dentro de él, iban a ser ellos.

El clan Errante partió ya con el sol alto. El día era cálido y olía el valle a frescor y a hierba. Abría la marcha Lobo Alto, pero la loba no iba ahora unos pasos por delante abriendo la marcha. No. Caminaba detrás justo de Ababol, que iba junto al grupo de mujeres, y lo hacía porque en un mullido zurrón de cuero con el pelo por dentro, que ella llevaba a la espalda, iban sus tres cachorros, que asomaban sus cabezotas por el borde de la mochila.