La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 16 de 50

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La canción del bisonte

15. La montaña Mamut

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La montaña Mamut

 

Desde el amanecer el Errante tenía el semblante alegre y, raro en él, había marcado un ritmo mucho más vivo a la marcha. Estaba cercano a su destino y tenía prisa por

llegar. Además, el camino por las márgenes del río[23] era mucho más fácil. Una estrecha pero sobada trocha seguía el cauce, aunque no eran pocas las ocasiones en que era necesario remontar hacia las laderas o incluso salvar algún repecho o alguna nariz de piedra. Los ojos siempre alerta de los hombres no tardaron en señalar algunas huellas bien recientes. Muchas eran de corzos y jabalíes. Pero otras eran de hombres. Los jóvenes, aunque iban a su encuentro, no dejaron de sobresaltarse. El Errante los tranquilizó.

—Pronto los veremos. Allá donde vamos viven tantos que no podréis conocerlos a todos. Solo en el lugar al que hoy llegamos y en un solo monte se abren cinco cuevas y en todas ellas arden los fuegos de los hombres. En ningún sitio de la tierra viven tantas gentes como aquí. Pero no tengáis miedo. Seremos bien recibidos.

No tardaron en serlo, y antes de lo que pensaban. Caminaban ligeros, observando con sus ojos cazadores las manadas de bisontes paciendo y los grupos de ciervas con gabatos, cuando al llegar a un cruce donde ya el agua fluía más plácida y ensanchaba su cauce, un grito humano los sobresaltó. Era de advertencia y los hizo parar en seco. Venía de entre los árboles, aguas abajo, y a él se apresuró a contestar el Errante con otro de saludo, para luego avanzar solo, tras clavar su lanza en el húmedo suelo, en señal de pacífica actitud. Emergió entonces de la vegetación un hombre armado con un venablo ligero dispuesto ya en su lanzador. Iba vestido con una larga prenda de cuero bien curtido que le caía muy por debajo de la cintura, adornada con muchos dientes en hileras, y unas polainas del mismo material. Los observó con fijeza y, sin desenristrarlo del todo, inclinó la punta de su azagaya hacia el suelo. No estaba solo. Llamó a quienes lo seguían y un grupo de cazadores se desplegó con sus armas preparadas pero sin apuntarlas ni hacia el Errante ni hacia los que llegaban. Eran más y se sentían seguros de su fuerza. Preparados pero no amenazantes. Aún menos cuando su jefe, el de la larga chaqueta de cuero, avanzó un poco más, levantó la mano abierta e hizo un gesto de reconocimiento. Luego volvió la cara a los suyos para tranquilizarles:

—Es el Que Viene y Se Va. Ha vuelto y siempre es bienvenido en la montaña Mamut.

El Errante indicó a los suyos que clavaran sus venablos en el suelo. Ellos eran los que llegaban, los forasteros. Todo lo hicieron. Incluso el Autillo, a quien los jóvenes le habían fabricado medio en broma uno muy pequeño pero con su propulsor y todo, clavó el suyo con un gesto muy serio y muy digno que levantó sonrisas a todos. Más en quienes se acercaban y que ya habían quitado sus venablos ligeros de las hendiduras de las lanzaderas y los llevaban recogidos.

Conocían bien al Errante y lo saludaron con más deferencia aún, observó el Autillo, que en el clan que habían dejado atrás. El de la chaqueta de cuero le extendió un brazo que el otro recogió con el suyo en un claro gesto de amistad que acompañó de palabras:

—¿Quiénes vienen con el hombre sabio y quién es el gran cazador que los protege a todos? —preguntó con una sonrisa jocosa señalando al Autillo.

—Un día lo será, ya verás. Como tú, Fresno, que hace nada no eras más que un jovenzuelo alborotador. —Se rieron todos con las palabras del Errante y este en tono más serio prosiguió—: Los jóvenes pertenecen al clan del Ojo de la Roca, donde la piedra se traga al río.

—Conocemos el clan. Tienen aquí parientes y algunos de los nuestros los encontraban cazando en la cuerda divisoria de las montañas. Pero hace mucho que no los vemos.

—Las Lunas del Frío son cada vez más largas, la nieve cada vez más temprana y más honda y el hielo mata cada vez más gente. Por eso vienen a veros.

No quiso decir más. Sabía que ningún clan iba a aceptar gustosamente que otro clan se estableciera y habría de ser tras arduas discusiones y siempre en un lugar que no tuviera apenas caza. Eso lo sabía el Errante y lo sabía su interlocutor, que hizo un gesto con la mano como quien espanta algo. Luego Fresno los invitó a seguirlos.

En el camino unos y otros no tardaron en ponerse a hablar sobre cuanto querían saber y desconocían. El Errante y Fresno iban delante en una larga conversación que solo concluyó cuando dieron vista al monte dominando lo mejor de aquel valle que ya se abría en onduladas lomas y espacios por completo cubiertos de bosques, aunque muy pespunteados de buenos pastizales. Los bisontes y el fuego de los hombres abrían aquellos claros. El Autillo quedó el último, olvidado de todos, y pensó que los hombres hablaban mucho. Incluso más que las mujeres a las que observaba escondido en la Cueva Mayor. Pero estaba contento por aquellas palabras que el jovial Fresno le había dedicado. Y desde aquel momento lo admiró.

Precisamente ahora se había detenido en un pequeño claro, a la orilla derecha del río, y señalaba orgulloso, enfrente, a su montaña. Los jóvenes cazadores entendieron de inmediato por qué la nombraban así: semejaba, en efecto, la silueta del enorme animal, la cabeza, la giba y la curva escurrida del lomo.

La forma cónica del monte de las Cinco Cuevas, como también era conocido, sobresalía como si fuera la cabeza de la bestia, y en sus faldas se abrían las grutas. Ya desde donde estaban podían comprobar la inusitada actividad por los senderos y entre las bocas, de donde salían los humos de los fuegos.

—Parecen hormigas —exclamó el hombretón de los jóvenes del Ojo—. No podréis conoceros entre todos ni contaros.

—Sí alcanzamos a saber quiénes son los otros, aunque es cierto que ni yo mismo sé los nombres de todos, pero al menos sí el fuego o la familia del clan a quien cada uno pertenece. Y a los cazadores de todo el monte y todo el valle hasta el Gran Azul sí que los conozco a todos —protestó Fresno, que hubo de responder a varias preguntas que aún le sorprendieron más, porque era el niño quien las hacía con el mayor desparpajo.

—¿Por qué la llamáis la montaña Mamut?, ¿los hay por aquí?, ¿has cazado alguno tú?

—Porque es su forma, te darás cuenta cuando veas al mamut, el más poderoso sobre la tierra. No faltaban en las planicies hacia la Gran Agua, pero ya es difícil verlos por aquí, los hemos ahuyentado y apenas si aparecen de tarde en tarde y en lo más crudo del invierno por las zonas llanas. Y no, no he cazado ninguno. No es fácil, aunque en mi clan sí los cazaron y con su carne comieron lunas enteras.

Casi ya en el sopié del monte, Fresno envió al más ágil de sus cazadores hasta la cueva más poblada, la de las Manos la llamaban, porque en ella estaban estampadas las de generaciones de cazadores, para que comunicara el encuentro al jefe de todos los cazadores de la montaña Mamut, y también sin demora a la Guardiana de la

Diosa, la custodia de la Estatuilla Negra que habitaba en la de al lado.[24] Lo entrevieron subir a la carrera y cómo a su paso aumentaba la excitación de quienes se iba encontrando en el sendero. Muchas gentes se estaban asomando ya a las bocas de las cuevas para verlos llegar y otros que se encontraban en las orillas del río se les unían en la ascensión. Nadie quería perderse el acontecimiento. La llegada de forasteros no debía ser allí muy inusual, pero el Autillo se percató de que la excitación tenía que ver con la llegada del Errante, al que muchos señalaban y algunos mentaban por su nombre saludándolo con efusión. Y volvió a pensar en quién era aquel hombre que le había hecho su aprendiz.

El Autillo ascendió pegado a su protector para señalar que era alguien que caminaba a su lado, sobre todo a los muchos chiquillos que se fijaban, más que en ninguno de sus acompañantes, en él. «¡Que tuvieran en cuenta con quién venía!», se dijo el Autillo. En la entrada de la Cueva de las Manos los esperaba tal multitud que habrían hecho falta muchos dedos de manos y pies para contarlos, y al frente de ella se encontraban un imponente gigante, de anchísimos hombros, de dientes blanquísimos que destacaban en una piel muy oscura y de muslos como patas de uro, que ya tenía entradas en su cabello crespo y canas en su barba, y a su lado, una mujer de piel mucho más clara, cobriza, de rasgos muy finos, también en la edad madura, que recibía con una amplia sonrisa al Errante. Y junto a ella el Autillo vio a una chiquilla, de parecida edad que la suya, muy espigada, de piel aún más clara que su madre, que se mantenía muy erguida y expectante, observándolos a todos con unos ojos marrones y almendrados. Esa fue la primera vez que Ababol y el Autillo se vieron. Y los dos se miraron muy detenida y seriamente.

Los saludos fueron ceremoniosos. El Autillo alcanzó a oír nombrar al gigantón como Zarpa de Oso y como Ova a la Guardiana. Fueron invitados a pasar al recinto de entrada e instalarse provisionalmente, mientras el Errante, con un pequeño grupo de notables de la montaña Mamut, entre quienes estaba Fresno y un anciano que supuso que sería el chamán, desapareció con Ova en las entrañas de la cueva. Debían hablar y celebrar ritos. El Autillo adoptó su vieja actitud de pasar desapercibido en algún rincón poco visible. Pero esta vez no le sirvió de nada. En un instante tuvo junto a él a la niña que estaba con la Guardiana.

—Yo soy Ababol, la hija de Ova —le espetó—. El Errante vendrá al fuego de mi madre. ¿Tú quién eres?

Al Autillo le invadió una enorme timidez. Alcanzó a pronunciar su nombre y nada más:

—Soy el Autillo y vengo con él —dijo, y enmudeció.

Los dos niños se miraron fijamente. El Autillo era algo mayor en edad y también en estatura, de rostro serio, barbilla y boca firmes y rasgos afilados en pómulos y nariz. La niña era algo más pequeña, pero mantenía un aire dominante y serio que hasta la hacía parecer más alta. El Autillo se le quedó mirando los ojos, que no eran negros como los de casi todos, sino con extraños reflejos verdosos. Grandes e inquisitivos como su boca.

Ababol siguió hablando con tono autoritario.

—Entonces seguramente vendrás con nosotras también. Mi madre es la Guardiana de la Diosa —reiteró ufana— y cuando salgan de ahí irán adonde se custodia la estatuilla de la Diosa para hacer las ofrendas. Pero tú a eso tampoco podrás ir. Yo me quedaré contigo y te lo enseñaré todo. Yo ya había nacido cuando el Errante vivió entre nosotros, me lo ha contado mi madre, pero no me acuerdo de él. —Ababol no paraba de hablar y encima comenzó a hacer todo tipo de preguntas que no eran fáciles de responder—: ¿Tú por qué estás con él? ¿Eres de su mismo clan? ¿Dónde ha estado? ¿Por qué ha vuelto?

El Autillo se sentía mareado. Alcanzó a decir que era del clan de la Cueva Mayor y optó por mantenerse en silencio ante aquel torbellino que, vistas las pocas ganas de contestar del chico, se enfurruñó y le regañó:

—¡Qué soso! No me cuentas nada. —Hizo ademán de irse, pero se volvió a sentar —. Bueno, me quedaré aquí a esperar a que vuelvan. Tengo que cuidar de ti. Me lo ha dicho mi madre.

El Autillo esperaba que ahora se callara y así pareció hacerlo durante un corto intervalo pero a nada siguió preguntando, y preguntando acabó, por mucho que se resistiera el otro y tuviera que sacarle las palabras una a una, por saberlo todo de él.

Al cabo salieron la Guardiana y el Errante, que le hizo al chico un gesto de que los aguardara, y fueron a otra gruta a hacer las ofrendas. Pero esta vez volvieron pronto y la seña ahora fue de que los siguiera. La gruta a la que se dirigieron, de pequeña entrada y sala primera muy reducida, donde vivían Ova y Ababol, sería su hogar. La niña lo precedió con aire de triunfo y le indicó su sitio, que ella había elegido.

—Ahí es donde puedes dejar tus cosas.

El Errante había sido añorado y ahora era más que bienvenido. Los jóvenes del clan del Ojo también estaban contentos. Fueron aceptados, pero sus peticiones de que su clan pudiera trasladarse allí habrían de esperar a las deliberaciones de todos los clanes de la zona y ellos habrían de quedarse allí durante las Lunas del Hielo. Y eso no les entristecía en absoluto. A los de la montaña Mamut no les entusiasmaba, pero al fin y al cabo era jóvenes y fuertes y amén de ser bocas que alimentar también eran brazos y lanzas que podían aportar. Ya se vería después qué hacer.

Lo del Errante era bien diferente. Durante los días siguientes el Autillo empezó a saber algunas cosas de su maestro que se había estado preguntando y que no conseguía saber. Ni ahora lo consiguió tampoco del todo, pero de algo más sobre él sí que se pudo enterar. Los moradores del monte de las Cinco Cuevas estaban deseosos no solo de acogerlo sino de que se quedara el máximo tiempo con ellos. Lo consideraban uno de los suyos y lo tenían en gran estima. En los clanes de aquellos valles era donde más tiempo de su existencia vagabunda había pasado, y no eran pocos los que recordaban su llegada y todos su leyenda de cuando le habían visto aparecer, muy joven entonces, caminando por el borde del Gran Azul y hasta había quienes afirmaban que había salido del agua misma. En aquel entonces, que pocos habían presenciado, se entendió con ellos con las palabras, pero en su boca había acentos y giros extraños. Señaló al norte y al naciente cuando le preguntaron de dónde provenía y nunca quiso decir nada más sobre sus orígenes. No estaban, eso sí se fue sabiendo, en ninguno de los muchos clanes que habitaban toda la franja litoral. Nadie sabía en realidad donde había iniciado aquel largo y solitario viaje suyo que le había llevado hasta ellos, pero no tardó mucho en hacerse un lugar y ser considerado persona relevante y, no mucho después, con asiento al lado de los jefes de caza, de los chamanes y también apreciado en mucho más aún por la Guardiana de la Diosa.

Era ducho en la caza, pero aún más sabio en conocimientos de las plantas, de los árboles, de las raíces, de las que podían comerse o de las que podían causar la muerte y de las que hacían alegrarse los pulsos y las que hacían tener visiones. Y también de las pinturas que han de hacerse para atraer a los animales a las lanzas o de las que hay que poner sobre los rostros de los que mueren antes de hacerles volver a la tierra. Sabía muchas cosas cuando llegó pero muchas las aprendió con ellos, pues siempre escuchaba a quienes conocían las sendas y las querencias, pero aún más a quienes hablaban con los espíritus de las bestias, de las montañas, de los ríos, del Gran Azul y de los cielos, y sobre todo a quienes conocían y custodiaban los secretos de la Diosa, que como hombre no podía compartir, pero sí acercarse a los conocimientos de las Guardianas, sobre hierbas que pueden sanar bebiéndolas o masticándolas o de las que han de aplicarse a las heridas o con las que lavarse las llagas o los ojos.

Ova había sido quien más le había enseñado y en otras cosas fue instruida por él. La Guardiana había esperado largo tiempo su regreso y no hubo duda alguna de que compartiría con ella su fuego. Pocos hombres accedían a su cueva y tan solo en contadas ocasiones, pero el Errante ya había sido la excepción que luego se hizo costumbre cuando Ova lo eligió a él también para compartir sus pieles y acabó por establecerse allí. Ova había tenido varios hombres y había ido criando hijos, pero a ninguno lo había dejado aposentarse con ella hasta que escogió al Errante.

Un día él marchó y ella se quedó triste hasta que a poco nació Ababol. Había regresado en otra ocasión para volver de nuevo a partir y aquella vez, como esta tercera, Ova lo recibió con la misma sonrisa. Que ahora viniera con aquel jovencillo no solo no le importó sino que la satisfizo. Ya le preguntaría por qué lo había traído, pero algo habría visto para hacerlo su acompañante y crecería junto a su hija. La Guardiana se sentía cada vez más cansada y entre los dos podrían adiestrar mucho mejor a Ova y al Autillo. Esperaba que, al revés que en su regreso anterior, no solo se quedara con ella durante aquellas Lunas del Hielo, sino que no partiera en los Soles de la Hierba Nueva, y que juntos vieran las estaciones alternarse hasta que ella pudiera descansar al fin tras ver crecida por entero a su hija.