La canción del bisonte
29. El tótem de Armintxe
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El tótem de Armintxe
Al adentrarse en aquel territorio, siempre siguiendo en lo posible la línea de la costa, el Autillo observó que si en las diferentes cuevas el Errante era siempre recibido con respeto, llegados a algunos clanes aquello se transformaba en algo cercano a la veneración, como si alguien enviado por un espíritu en particular los visitara y bendijera con su presencia. Algo había cambiado también en la actitud del Errante, incluso en su manera de caminar. Demostraba un ímpetu y una determinación que hacían su paso más enérgico y todo él parecía haber rejuvenecido. Se ensimismaba con frecuencia en sus pensamientos, se volvió más silencioso y un brillo intenso asomaba a sus ojos. En absoluto era adusto, al contrario, sonreía con mayor frecuencia y se mostraba alegre y dispuesto, pero pareciera querer emplear toda su energía en avanzar y no se demoraba apenas en ninguno de los enclaves habitados por humanos en los que les ofrecían comida y cobijo. Pasaban allí una noche a lo sumo y al amanecer salían de nuevo a campo abierto.
El primer lugar al que se dirigieron era conocido por el joven. De hecho, los habitantes de aquella gruta tenían parentesco y continua relación con los clanes de la montaña Mamut. En los viajes hacia el mar a veces se desviaban un poco para visitar a aquella gente y hasta hacían campamentos juntos tanto para cazar como para bajar a recolectar todo lo que el Gran Azul les ofrecía. En muchos de los fuegos de las Grutas del Monte había gentes provenientes de la cercana Altamira, como la llamaban por su posición, aunque a los de las montañas llamar así a aquel promontorio les pareciera un tanto presuntuoso. Pero gozaban de unos magníficos cazaderos y de una todavía más abrigada y extensa cueva, cuyo interior era sin duda uno de los mejores para que el hombre pudiera vivir, resistir el invierno y ser el punto de partida para las más largas expediciones de caza o para acercarse desde allí al Gran Azul a mariscar.
Fue en Altamira donde para el Autillo comenzó a desvelarse algo del secreto de su maestro. Al principio, a él lo apartaron cuando recibieron con mucha ceremonia al Errante, quien, con tan solo algunos elegidos, se perdió por una de las galerías que partían de la gran sala central. El Autillo hubo de permanecer allí rodeado de la curiosidad de todos, aunque algunos lo reconocieron de algún encuentro y otros habían oído hablar de la gesta del Hombre Ballena.
La bóveda de la cueva, iluminada tanto por la luz de la entrada como por los fuegos de las hogueras, parecía proteger como un cuenco a todos los que bajo ella vivían. Miró hacia arriba en busca de algunas señales o pinturas de los chamanes, pero no vio ninguna. Tan solo en una pared, casi en la boca de la galería por la que había desaparecido el Errante, pudo distinguir los habituales puntos y figuras reticuladas en rojo. Atisbó también algunos grabados y dibujos. Aquellas eran gentes del bisonte, aunque también había una fuerte presencia del caballo, los dos animales
totémicos de casi todas las cuevas del entorno.[46]
El Autillo se quedó largo tiempo observando a un joven, poco más que un niño, que estaba dedicado a preparar pigmentos, buriles, lámparas y todo el instrumental necesario para grabar y pintar. Debía ser el aprendiz del chamán de la cueva y estaba incluso probando el material en algunas planchas de piedra para que su preceptor lo encontrara todo listo. Y el Autillo no pudo reprimir un respingo de admiración cuando el chiquillo, con un solo y firme trazo del carbón, hizo brotar en la piedra el lomo exacto, desde la grupa a la giba y de ahí a la cabeza y al cuerno, de un bisonte. Al sentirlo detrás de él, el chico se volvió y le sonrió. Sí, él era también ayudante del chamán, como en cierta forma lo era el Autillo. Era muy despierto y vivaracho y se convirtió en su guía e introductor. Le mostró el recinto y, hasta con cierto secreto, lo llevó medio a escondidas a que viera una hermosa imagen, coloreada en rojo en su interior, de otro bisonte en la que el animal parecía que se iba a levantar y echar a andar. El chico se llevó un dedo a los labios, le guiñó un ojo y le dedicó una pícara sonrisa, y el Autillo comprendió que aquella imagen la había hecho, a escondidas, el propio chaval.
El Errante y los chamanes salieron al fin de la galería. El Autillo y el aprendiz siguieron apartados de ellos, que no cesaban de cuchichear, y aprovecharon para hacerlo ellos también.
—El Errante es, según dice mi chamán, alguien con un secreto y poder desconocido, solo él pudo venir desde tan lejos, cruzar todos los territorios y ser respetado por bestias y hombres. Sabíamos de su llegada, envió aviso con alguien que fue a vuestra Fiesta del Salmón. Lo agasajan porque saben que ahora se marcha para siempre y que ya no lo verán más. Se entristecen porque ninguno posee su sabiduría ni puede concitar como él a los espíritus. Hasta las Guardianas lo consultan, tal es su poder —le secreteó el niño pintor.
Ese cambio en la manera de recibirlo se fue haciendo, según avanzaban por la cornisa costera, cada vez más ostensible. Lo introducían, sin permitir al Autillo acompañarlo, en las ocultas galerías de los rituales, tanto de los cazadores como de las mujeres, y apenas si tenía otro contacto con la gente que el de los chamanes, la Guardiana y algún otro privilegiado. En la siguiente de aquellas cuevas, en la que aún se demoraron una noche, se hizo aún más patente aquel cambio de actitud. Era un clan costero, pero como otros muchos disponía de varios campamentos, tanto en la desembocadura al borde del mar como río arriba, en un pequeño monte de no mucha
altura pero bien situado como protección y atalaya.[47] Aquella tribu tenía memoria de sí misma desde muchas generaciones anteriores, tantas que afirmaban habérsela arrebatado a los Patas Cortas, y habitaba dos galerías, una superior y otra inferior, de una gran oquedad que se adentraba en las entrañas de la tierra. A su llegada, el Errante fue agasajado como en anteriores clanes pero el Autillo detectó algo especial en aquel comportamiento. Le introdujeron primero en la galería superior, a la no se permitió al Autillo acompañarle, y allí se le invitó a impregnar su mano para plasmarla en la pared en la que ya había aquellas líneas de puntos, figuras y círculos.
La galería inferior, donde residía el clan, sorprendía por su amplitud y porque dentro del recinto se levantaran, rodeadas por sus círculos de piedras, varias tiendas de piel sustentadas por troncos y palos. Eran gentes del caballo y su imagen presidía la mayoría de sus paneles. Pero algo más guardaban en otra galería en la que tampoco dejaron penetrar al acompañante. Entre cuchicheos se llevaron al Errante y el Autillo observó que había sacado algo de su zurrón y lo llevaba cuidadosamente envuelto apretado contra el pecho.
En las siguientes fue sucediendo algo similar. Eran clanes ya diferentes, de una reciedumbre especial y algo más metidos tierra adentro, que guardaban celosamente la memoria de su estirpe y señalaban sus lugares con duros y sonoros vocablos. El primero de ellos Karrantza. Eran muy orgullosos, pero su clan era pequeño y en la
sala de entrada apenas si se contaba un total de cinco círculos de hogueras.[48] Se mostraron tremendamente hospitalarios ofreciéndoles de todo a ambos y se empeñaron en acompañarlos, como gran señal de deferencia y respeto, hasta la siguiente gruta. Y aquella actitud de protección y de que nada les sucediera a los viajeros comenzó a ser la pauta.
En el nuevo trayecto tuvieron de nuevo a la vista al Gran Azul, aunque la cueva
estaba situada al pie de un monte,[49] y es aquí donde se produjo un nuevo salto en el trato cada vez más deferente hacia el Errante. Alertados por algún batidor que se había adelantado a la carrera, la Guardiana, el chamán, los jefes de caza, las madres y el clan al completo detrás de él, le presentaron ofrendas. Las aceptó pero de inmediato, con ellas en los brazos, acudió a depositarlas junto a la Diosa con algo que él aportaba.
En cuanto cruzaron el umbral de la cueva, al Autillo tampoco se le permitió acompañarle e incluso se le alejó de él, como si pretendieran preservar algo de su vista. Volvió a quedarse solo con la tribu en la sala de los fuegos y pudo enterarse de algunas cosas. Esa era una de las grutas por las que primero había pasado cuando llegó solo y sus años eran mucho más cortos. Allí sí se creía saber algo de su origen, algo que le hacía ser considerado distinto a otros hombres. La causa solo la sabían los chamanes y las Guardianas, que guardaban el secreto pero las mujeres y los cazadores sabían que ya en aquel lejano entonces sus medicinas eran las más poderosas y que sus sanaciones y saberes se habían quedado en la memoria del clan. Algo más añadieron: que el Errante tenían un gran tótem protector que lo amparaba de cualquier ser vivo, fuera hombre o bestia. Y que aquel tótem lo había compartido con ellos y ahora los protegía a todos.
Pero ni siquiera allí se demoraron más de dos días, aunque la insistencia de un mensajero que llegó de un clan cercano y las de sus propios anfitriones los obligó a variar levemente su ruta. Aquellas gentes querían despedirse del Errante, querían dar un adiós último a quien tanto había significado para ellos y él comprendió que no podía herir ese sentimiento. No prosiguieron, pues, por la costa, sino que torcieron
hacia las tierras interiores, donde moraba el clan de Ekain.[50] El Autillo comprendió incluso por qué el Errante tampoco oponía apenas resistencia. Él también se despedía, y de hecho, era lo que habían estado haciendo desde que se dirigieron a los clanes del poniente, donde recibió la señal que se comió el sol. Quería demostrarles a todos su inmensa gratitud por haberlo amparado y cobijado cuando llegó a ellos desterrado y huyendo.
En Ekain, gentes también del bisonte y del caballo, les sorprendió ver que, entre las nuevas figuras de la cueva, hubieran colocado un salmón, pero no extrañó al Errante que, junto a otras muchas de íbices y ciervos, hubieran pintado un oso. Alardeaban ellos de ser grandes cazadores de aquel animal y tenían en sus hornacinas algunos de sus cráneos.
De Ekain retornaron a la costa, siempre avanzando hacia el naciente. Los del clan de Ekain los dejaron con sus parientes de Altxerri, y allí, una vez más les mostraron su deferencia, añadida al joven, al que el Errante señaló como el Hombre Ballena y relató su hazaña. En su pared de los rituales, el Autillo pudo contemplar animales que había visto en los montes y las campas, pero hasta ahora jamás impresos en la roca. Entre ellos, una pequeña liebre, presa que habitualmente cazaban las mujeres, y una serpiente. En el clan de Altxerri, las mujeres participaban en los rituales de los cazadores, aunque ellas se reservaban los de la Diosa, y era la mano de una hembra la
que había plasmado alguna de aquellas pinturas.[51]
Pero donde algunos de los secretos se desvelaron fue al llegar a la cueva de Armintxe, emparentados con los del clan de Atxurra, ambos en vecindad costera y
fuertes lazos familiares.[52] La tribu entera, sin que faltaran ni los niños más pequeños, sonando flautas y con las bramadoras zumbando, salió a recibirlos encabezados por el chamán y la Guardiana, que le llevaba al Errante una guirnalda de brotes verdes entreverada con flores. El brujo era un anciano de imponente rostro que fue tratado con mucha reverencia por el Errante, con quien cambió misteriosas palabras y susurros nada más encontrarse. Las mujeres le ofrecieron un cuenco con carne, pescado y frutas, y Bela, tal era el nombre del anciano, que lo era también del
más sabio de los pájaros, el cuervo,[53] le entregó una piedra hueca con toda una
gama de útiles, ungüentos y grasas, además de la piedra roja,[54] el carbón negro y el ocre.
—Para el Errante, como último presente de este viejo. No volveremos a vernos sobre la tierra pero en el espíritu, que ambos compartimos, mi hermano y yo nos reencontraremos —declamó ante todos al entregársela.
En Armintxe, al Autillo no le prestaron apenas atención, pues ya venía envuelto en el grupo que escoltaba al Errante. Tan solo algunos jóvenes se le acercaron para preguntarle, pero nada sobre él sino sobre el gran chamán al que acompañaba. Tuvieron la deferencia de sentarlo en un buen lugar en el festín de bienvenida y, con el relato de la ballena por delante, le permitieron acompañar a la comitiva por largas y estrechas galerías hasta el panel donde estaba el tótem del clan. O mejor dicho, los tótem antiguos y el que ahora tenían, y sobre el que el Errante había tenido una participación decisiva.
Los caballos, que eran multitud, y los bisontes dominaban una parte del panel. Uno de estos últimos era sobre el que parecían dirigirse la culminación de los rituales de caza pues tenía en la barriga múltiples impactos de puntas de azagayas. Pero ya no eran ni el caballo ni el bisonte ni la cabra montés a los que se dirigían la invocación. Estaba reservada al león cavernario. Dos había allí y uno de ellos, con la cola enhiesta, poderoso, terrible y desafiante, era el destinatario de la salmodia del chamán de Armintxe, cuyo influjo se extendía por todos aquellos territorios, pues el nombre de Bela era respetado en las grutas costeras y del interior, desde la de Atxurra. Cuando su canto al león concluyó, tomó el relevo el Errante. Y entonces sucedió algo muy revelador para el Autillo. Todos, menos los dos brujos, hubieron de retroceder y apartarse para preservar su intimidad con el tótem. Él intentó rezagarse sin dejar de observar lo que hacían. Y alcanzó a ver que el Errante sacaba algo que ya le había visto extraer otra vez del zurrón en el viaje y que llevaba entre sus ropas, en una pequeña bolsa: una pequeña figura que no alcanzó a distinguir y que elevó hacia la imagen del león, mientras que el chamán de Armintxe daba respetuosamente un paso atrás. No vio más, pues la oscuridad ya se lo ocultó todo. Pero supo que aquello era algo esencial en el secreto del Errante y parte del poder que todas aquellas tribus le atribuían. Y que tenía algo que ver con la más poderosa de las fieras, el de las garras más potentes y la dentellada más letal, el que descabezaba al hombre de un zarpazo, el que disputaba los territorios a los clanes: el león cavernario.
Sabía el joven que no podía decir que lo había visto, ni por tanto preguntar por su significado. Así que esperó a que, llegado el tiempo y el momento, aquello le fuera revelado. El tótem y el culto al león cavernario tenían algo que ver con la figura del Errante, eran su seña distintiva. Bela y él compartían hermandad en aquel espíritu. Y aunque Bela era de gran rango, el Errante parecía estar todavía en uno más alto, pues había sido él quien levantó la figurilla y el anciano quien dio un paso atrás.