La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 42 de 50

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La canción del bisonte

41. La muerte de Ova

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La muerte de Ova

 

Ababol no se adelantó a recibirlo sino que permaneció en segundo plano. Ova, la Guardiana no estaba en el grupo y se inquietó, tampoco lo estaba el jefe, aquel amable gigantón Zarpa de Oso, pero sí reconoció delante de todos, flanqueado por un chamán de una de las cuevas al que recordaba, al jovial Fresno. No le cupo duda alguna que era él quien ahora ocupaba la jefatura. En sus caras había reconocimiento y alegría, los saludó con un gesto abierto y las manos extendidas.

—Me dicen que venía un Lobo Alto, al que precede una loba parda, un terrible cazador que ha matado al cavernario. Pero yo veo al Autillo, al niño que llegó a nosotros y aquí se hizo hombre. El que clavó su pequeña lanza en el suelo cuando me topé con él y con el Errante. El amigo, el hijo de este clan al que quiero, aunque no naciera en nuestros fuegos, es quien regresa al monte de las Cinco Cuevas, a la montaña Mamut, y yo en nombre de todos le doy la bienvenida. Aquí tiene su clan y su cueva para las Lunas del Frío que ya están llegando. Nos lo contarás todo. Ahora entra, descárgate, come y descansa. —Fresno lo abrazó con entusiasmo y en voz más queda le dijo—: Nosotros también tenemos cosas que contarte y algunas son tristezas. —Levantó de nuevo la voz para que lo oyeran todos y con una carcajada pero también con tono de advertencia le ordenó—: Pero no subas aquí tu loba. Las madres la quieren lejos de sus hijos.

Lobo Alto temió las nuevas. Ababol seguía sin moverse y con la cara baja. Fresno se lo llevó un poco aparte de los demás y hubo de dárselas:

—La Guardiana de la Diosa conoce tu llegada pero se ha quedado en su gruta. Está muy enferma y apenas se levanta. Su hija Ababol te llevará con ella, pues quiere verte.

Hizo un gesto a la joven, que le respondió con una sonrisa triste. Sintió la necesidad casi angustiosa de ir hacia ella. Pero antes preguntó por Zarpa de Oso. Fresno le señaló una roca detrás de todos en la que el gigantón estaba sentado y ahora se levantó y quiso acercarse con mucha fatiga, cojeando y apoyado en grueso palo que le servía de cayado. Se movía con lentitud y torpeza y fue Lobo Alto quien se aproximó a él para mostrarle su respeto y pedirle que se sentara. El grandón habló con una sonrisa en la boca:

—Ya soy un anciano, o peor todavía, porque no estoy en edad de serlo. Un bisonte fue más fuerte que yo y me llevó por delante. Me quebró por dos lados y la pierna no se ha vuelto a juntar bien y apenas si me puedo valer para caminar. Como mucho, acompaño a las mujeres cuando van cerca. Pero el clan me ampara y hasta he engordado —dijo riendo.

Zarpa de Oso había sido muy querido como jefe y lo seguía siendo ahora que estaba casi inválido. Aún hacía muchas cosas por la tribu y siempre tenía risas para los chiquillos. Y sí, había engordado y ya no era el primero en la fila, pero seguía teniendo el cariño de su clan y el respeto de quienes ahora dirigían las partidas de caza y de los jóvenes que de él aprendían muchas cosas. Estar tullido no le había agriado el carácter, se conformaba con su suerte y no se amargaba ni amargaba a los otros.

Pero él ya no podía resistirse a ir donde Ababol, que se había quedado un poco aparte y callada. No parecía ser la que había conocido. En su expresión vio un atisbo de alegría y luego la oscureció la tristeza. Pero cuando él ya estuvo cerca de nuevo le volvió la alegría a los ojos. Lo miró de arriba abajo, volvió a ser Ababol de nuevo y le espetó con sorna:

—Te fuiste como el receloso y asustadizo Autillo y ahora, mira, como ha dicho el jefe Fresno, regresa un Lobo Alto y vienen por delante de ti pregonando tus hazañas y que caminas con una loba. Te pareceremos insignificantes, y yo una pequeña hormiga.

A él se le subió la sangre a la cara, no esperaba este parlamento. Había hablado en voz alta y algunos alrededor no evitaron la risa. Él comprendió que era en ella el mejor gesto de complicidad y confianza.

—No seré yo quien la pise ni Ababol se dejaría hacerlo. Pero ahora, antes de nada, quiero ver a Ova. Tengo mucho que contarle y traigo un presente del Errante y otro mío para la Diosa, que nos amparó en nuestro viaje.

Gustó la respuesta, y aún más a Ababol, que le hizo gesto de que la siguiera y los dos solos cogieron el camino a la cuevecilla. Tenía un acceso propio y había que bajar primero y volver a subir luego. En el trayecto aprovechó para decirle a Ababol lo que se había repetido tantas veces en la soledad de las noches escondido en algún agujero o en el penoso camino que no parecía concluir nunca.

—En todo el vagar por la tierra te he tenido presente, Ababol. Y he vuelto aquí, al clan y a ti, Ababol —lo dijo recalcando su nombre.

Ella iba delante, ni siquiera volvió la cabeza y no respondió tampoco. Permaneció en silencio y Lobo Alto lo respetó, aunque la inquietud lo consumía. Pero había ido a recibirlo y ya estaba junto a ella. Cuando ya llegaban a la cueva de la Guardiana se volvió a mirarlo y el vio que tenía los ojos encharcados.

—Mi madre se muere, Lobo Alto. La Guardiana se marcha a la Diosa, a la que tanto ha servido. Se muere. Pero será una gran alegría para ella verte y saber del Errante. —Pareció que iba a callar pero añadió—: Y para mí también lo ha sido.

Ova estaba tendida en un lecho de pieles muy bien aderezado y tenía a su alcance bebida y el fuego calentaba el recinto. Antes de ver su cara, oyó Lobo Alto su respiración entrecortada. Ella los esperaba y se intentó incorporar un poco. Su hija acudió presurosa a ayudarla.

—Me llena de gozo saber, antes de morir, que vives y estás sano. ¿Y el Errante? —preguntó con ansiedad.

—Está bien, Guardiana de la Diosa, y te manda saludos y presentes para la Madre. Es ahora el Gran Chamán de muchos clanes, los de todos los Hombres del León, el Hombre León lo llaman. Cumplió su destino.

—Has de contármelo todo, aunque yo alguna cosa sabía. Sabía que no volvería ya jamás, pero me alegra que tú sí lo hayas hecho. Me alegra mucho que estés aquí de nuevo con nosotras.

Era, y así lo entendió, una invitación implícita a que ocupara de nuevo su pequeño recoveco en la gruta. También se lo hizo entender con un gesto Ababol, dando por supuesto el hecho. Una fuerte tos se apoderó de Ova, que pareció ahogarse, y Ababol se apresuró a darle de beber de una pequeña calabaza, aunque escupió buena parte al sobrevenirle otro ataque cuando estaba bebiendo.

—Descansa, madre, luego te contará todo lo que desees. Yo también deseo escucharlo. Se va a quedar durante todas las Lunas del Hielo, así que tendremos mucho tiempo para escucharlo. —Intentó que su sonrisa pareciera alegre, pero la anciana era sabia y consciente de que sus días se le estaban acabando.

La Guardiana hizo un gesto desvalido y volvió a tenderse. Pero aún se sobrepuso para decir otras palabras:

—Quedará al menos el suficiente para contármelo. —Y repitió, recalcando el plural—: Nos alegra mucho que el Autillo haya vuelto. —Luego cerró los ojos.

En la cueva de la Custodia de la Diosa iban a tardar en llamarlo por el nombre nuevo. Hizo ademán de dirigirse entonces hacia Ababol pero esta rehuyó su mirada, se hurtó de su lado y se puso a atender a su madre. Entendió que debía dejarlas solas y marchó hacia la Cueva de las Manos a reunirse con los hombres. Al descender hacia el sopié del monte vio fugazmente a la loba. Le dio un silbido y ella se mostró un instante para correr de nuevo a ocultarse. Aquello iba a ser difícil. Había pensado que estando los tres solos en la cueva pequeña, la loba podría quedarse, pero ya había escuchado a Fresno. No la querían cerca. Temía que fuera motivo de conflicto esa misma noche y suponía que se lo platearían en el primer conciliábulo de cazadores.

Pero uno al que conocía y tenía en cierta estima, aunque a veces era en exceso impetuoso y rayano en lo violento, Crin se llamaba, por llevar en esa forma el pelo como homenaje a la bestia que más admiraba y consideraba su tótem, lo abordó a la entrada mientras le señalaba la ribera del río.

—He visto allí a la loba. Ha salido a tu silbido y luego se ha emboscado. No se marchará y merodeará por el campamento. Puede matar a un niño.

—No subirá a las cuevas. Haré que se quede más lejos. Verás que nos resultará muy útil para la caza… —respondió.

Crin rezongó y no se anduvo con rodeo alguno:

—Lo hemos hablado ya antes, a muchos no les agrada y a mí me disgusta mucho. No quiero a un lobo cerca. Y el chamán se opone a ello más que ninguno. Eso diré cuando nos juntemos en consejo. Dices que nos ayudará en la caza y yo creo que se comerá lo que cacemos. Eso si no caza a alguno de nosotros.

Habría de ver lo que opinaba Fresno y quiso concebir alguna esperanza cuando la loba pudiera demostrar lo que podía ayudar a la fila de cazadores. Pensó que era posible que hasta quisieran tener ellos también lobos que fueran su nariz y su oído.

En los clanes algunos niños tenían la cría de algún animalillo y hasta se amansaba y jugaba con ellos, pero al final o crecía o se escapaba, o acababa por morirse aunque le dieran comida y bebida. De un lobo no se había tenido noticia nunca.

Nadie mencionó por el momento el asunto y el chamán tampoco. Celebró los rituales y los cazadores escucharon con gran atención el relato de Lobo Alto. Permanecieron en silencio, bebiéndose sus palabras y congratulándose del buen final de su camino. Cuando concluyó ensalzando la figura de quien allá llamaban el Hombre León, todos lo secundaron pero sintió que no era unánime la sinceridad en la alegría. El chamán parecía celebrarlo, pero Lobo Largo había empezado a saber ver en los hombres lo que estos querían ocultar y percibió que en él latía una cierta hostilidad, como si la sombra poderosa, aunque distante, del gran brujo lo molestase. Pero por ahora disimulaba porque estaba bien a la vista la simpatía que despertaba en todos, que lo consideraban uno de los suyos y se alegraban mucho de contar con él en su fila. Y, en especial, Fresno, que no dejó de hacerle demostraciones de amistad y de alegría por su vuelta y del viejo Zarpa de Oso, que con el cayado hacía giros en el aire celebrando sus hazañas.

Durmió en la pequeña cueva. Ni él se acercó a Ababol ni esta pasó siquiera cerca de su lecho. En los días posteriores tuvo tiempo de contar su historia a Ova y a Ababol, y estas le hicieron continuas preguntas. Pareció, además, que la Guardiana se recuperaba. Hasta llegó a levantarse y caminar un poco. Algunas madres de las cuevas vinieron a verla y se fueron muy contentas a comentar la buena nueva en los fuegos.

Lobo Alto se atrevió al fin a exponerle a Ova el asunto del animal que lo acompañaba y al que todos los días bajaba a ver a la orilla del río, aguas arriba y un tanto alejado ya del sopié de la Cueva de las Manos para no causar problemas. Ante su sorpresa, Ova se mostró más interesada por la loba que por cualquier otra cosa que le hubiera narrado y quiso saber todo lo relativo a aquella peripecia, a cómo la había encontrado, cómo se había ido haciendo a él y siguiéndolo, cómo cazaban juntos y cómo su calor le había salvado la vida.

—Es un regalo, un don de la Madre, te la ha enviado la Diosa y es una señal para los hombres. Yo se lo diré a ellos y podrás quedártela.

Lobo Alto calló que él pensaba algo parecido, pero por medio estaba aquella mujer, también servidora de la Madre, de la que prefirió no revelar nada ni mentar su nombre estando Ababol presente.

Ova se empeñó en bajar a verla. Hizo un enorme esfuerzo y, apoyada en Ababol, logró descender hacia el río. La loba era siempre muy arisca en cuanto alguien que no fuera Lobo Alto se aproximaba. Pareció serlo también con Ova al principio, se alejó al verla llegar con su hija, pero al silbido de llamada asomó de nuevo y algo sucedió de inmediato entre la Guardiana y ella: el animal se le acercó sin miedo alguno, Ova la habló y la loba levantó la cabeza y puso en ella sus ojos de color miel. Ante el estupor de Lobo Alto, se aproximó aún más y dejó que la hechicera le acariciara la cabeza. Luego se tendió apaciblemente a sus pies. Antes de irse, Ova extendió sus manos hacia ella y la loba las lamió.

—Es como dice la Guardiana, es un regalo de la Diosa —exclamó Ababol y volviéndose a Lobo Alto le soltó con una sonrisa que no le había vuelto nacer en la cara durante los anteriores días—. Y así es porque ya quiere a mi madre más que a ti. Y me querrá más a mí también.

Aquel comportamiento del animal había despejado para ambas cualquier duda, sobre todo en la joven, que algún recelo sí había albergado. Las dos comenzaron entonces su tarea de ir hablando y convenciendo. Ova se mostró confiada. Era cosa de la Diosa. Ella ayudaría.

Lobo Alto no lo tenía tan seguro. Pero algo incluso más punzante lo remordía a cada instante. Había regresado ante todo por Ababol. Y no sabía ahora qué hacer ni qué decir, más allá de lo dicho el primer día, ni siquiera cómo abordarlo. Tenía la sensación de que ella lo rehuía y ello lo llenaba de zozobra y de los más oscuros temores. En su presencia, como si volviera de nuevo a la niñez, enmudecía y se quedaba paralizado.

Se llevó una tremenda sorpresa cuando estando un momento a solas con Ova esta se dirigió a él de la manera más directa y sin circunloquio alguno:

—¿Has vuelto por Ababol?

Asintió con la cabeza. Hubo de esperar un rato hasta que le volvió la voz a la garganta.

—Sí. Mi vuelta ha sido por ella.

—Pues, entonces, ¿a qué esperas, pequeño Autillo? ¿A que sea ella la que te diga que te ha estado esperando y que no ha querido compartir ni este fuego ni esta gruta con ningún hombre?

Lobo Alto salió a escape. Buscó a Ababol por varios sitios y la encontró volviendo de la cueva más lejana, adonde había ido a dejar algunos remedios que le habían demandado. Salió a su encuentro tan azorado que ella se echó a reír, como solía hacer para desconcertarlo. Ababol sabía lo que el hombre iba a decirle y tenía su respuesta.

Él empezó a hablar y a recordar aquella noche y ella le tapó la boca:

—Eso fue entonces. Una despedida. Tú no sabías siquiera que ibas a volver. Nada dijiste. Quedó atrás.

Ababol lo abrazó, buscó estrecharse contra él lo más posible y le ofreció su boca.

—He vuelto a ti, Ababol, solo quería regresar contigo. Temía que tuvieras ya un fuego, hijos y un hombre.

—No he sido madre ni has visto en mi fuego un hombre.

—He venido a quedarme. A que este sea mi clan y compartir tu fuego.

—Lo sé. Pero temía que me lo dijeras. Ahora no es tiempo. Ahora es mi madre la que necesita de mí y no quiero que nada la turbe. Tendrás que esperar.

—Pero si ha sido ella la que me ha impelido a decírtelo y quien me ha urgido a ello.

La risa de Ababol, gozosa, se contagió a Lobo Alto. Subieron juntos, agarrados de la mano. Ova los recibió con la mejor de las sonrisas y les dejó que le contaran lo que ella sabía desde siempre.

Aquella noche ya compartieron las pieles y dieron salida al ansia contenida. Lobo Alto nada dijo de la Negra ni ella del tiempo en que había estado sola.

Ova se sentía feliz de ver a su hija serlo. Hasta llegó a reñirla por volver a someter al hombre a todos sus caprichos y comprobar que el cada vez más poderoso cazador lo hacía con gusto y sin queja. Pero esa actitud, pensaba, acabaría por darle problemas.

—Lobo Alto para mi será siempre el Autillo. Y no le someto a nada, madre, él y yo sabemos desde siempre que es nuestro juego, solo entre nosotros, ante los demás nunca.

Ova comprendió entonces que su hija sería, cuando ella muriera, una buena Guardiana de la Diosa, pues había adquirido sabiduría. Y, además, era fuerte, valerosa, y parecía tener siempre dentro la alegría de la vida, incluso cuando esta se volvía sufrimiento.

Este llegó a la cuevecilla de repente y cuando menos lo esperaban. Ova empeoró de golpe. Como si la mejoría hubiera sido algo robado a la enfermedad y ahora esta se cobraba perversamente ese tiempo. Estaba cayendo la primera y copiosa nevada cuando comenzó su agonía.

Fueron dos días en los que por la pequeña cueva desfilaron todos los habitantes de las cinco que se abrían en el monte. No faltaron sus dos hijos varones, que tanto tiempo hacía que vivían en otros fuegos, pero siempre atentos y cariñosos con ella. Llegaron todas las madres y sus hijos, los cazadores, los ancianos y los jefes de la caza con Fresno al frente, y también el chamán. Ova aún abría de vez en cuando los ojos y musitaba unas palabras al oído de su hija:

—Dile a Lobo Alto que se guarde de este hombre. Hasta su olor anuncia que no lo quiere. Tú, hija mía, guárdate también de él. La envidia lo pudre.

Ababol ya no se separaba ni un instante de su lado y la última noche tampoco lo hizo Lobo Alto. La Guardiana preguntó entonces por la loba:

—Me hubiera gustado volver a verla. La Diosa no me ha querido dar tiempo para convencer a los clanes, con algunos sí he hablado, de que es su regalo y que deben dejarte que la tengas. Que quiere que establezcamos un vínculo y anudemos con ella y sus descendientes un lazo de vida. Pero temo por ella, Lobo Alto. Has de prometerme que la protegerás de todo daño. La Madre te la ha donado.

El hombre lo prometió. Desfallecía la Guardiana. Y entonces del río llegó un aullido, un gemido lastimero, de inmensa pena, de la loba. Hacía oír su voz para que Ova la oyera. Y ella la oyó como si aquel aullido fuera también una llamada de la Diosa para ella.

Su respiración fue ya un estertor angustioso. El aire le faltaba y el esfuerzo por conseguirlo le hacía sudar y arder su frente. Ababol la refrescaba con agua y suaves y olorosas hojas de hierbabuena. Hacía tiempo que, aunque tenía los ojos abiertos, había dejado de verlos, ni tenía ya otro signo de vida que aquella respiración cada vez más terrible, pero que no parecía extinguirse. Hubo un momento en que se convulsionó y sus cejas se movieron espasmódicamente. Pareció el fin, pero volvió a inspirar con la boca ansiosamente abierta. Sufría ella y sufría más Ababol, que lloraba, y Lobo Alto a un lado tenía los ojos encharcados.

El estertor se hizo menos angustioso, como si algo se hubiera rendido. Ova aspiró aún unas cuantas veces, pero cada vez más espaciadamente y con apenas ya ninguna fuerza hasta que, de golpe, exhaló un suspiro, ya ni siquiera fuerte, y ya no volvió a aspirar de nuevo. Ababol y él lo esperaron todavía, pero ya no hubo movimiento alguno. Lo que sí volvió a sonar en la noche, estremeciéndola, fue el aullido, ahora larguísimo, de la loba en el río. Los fuegos de las Cinco Cuevas, los hombres y las mujeres de la montaña Mamut supieron que su Guardiana, la Custodia de la Diosa que durante tan largo tiempo los había protegido y amparado, había muerto. Y se sobrecogieron al anunciarlo el aullido de la loba. Porque supieron que aullaba por ella.