La canción del bisonte
40. La lanza de rinoceronte
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La lanza de rinoceronte
Los talladores del Valle de los Primeros Hombres llegaban a elaborar con soltura hachas de dos caras si encontraban una buena roca de cuarcita. La bifaz era un utensilio que llevaban haciendo muchas generaciones. No solo era importante conseguir la roca de la que extraer el raspador, la raedera o la punta sino que era preciso conseguir un buen yunque sobre el que golpearla. Algunos podían hallarse en las riberas del río. Encontrar núcleos de pedernal resultaba difícil pero había un lugar al poniente y debajo de Peñalanza donde se encontraba algún riñón de sílex. A Nublo le gustaba mucho más que las puntas de lanza de cristal de roca e intentó que aprovecharan alguna expedición de caza hacia aquellos territorios para hacer acopio. Pero observaba que el clan era reacio a hacer cosas diferentes a las que siempre había hecho y le costaba convencer a los cazadores de que modificaran cualquier hábito por muy sencillo que pareciera el cambio. Él, sin embargo, sí intentaba mejorar sus armas, tanto para herir mejor a sus presas como pensando en el momento en que hubiera de enfrentarse a los Oscuros. Porque ese día inevitable llegaría.
Había recompuesto su azagaya capturada a los enemigos. Le había sido relativamente sencillo conseguir un astil como el que tenía antes de que el Mayor, herido, lo partiera. Eligió una buena vara de fresno y se dispuso a engastar la punta de sílex tras desprenderla del venablo roto. Pero sintió una fuerte envidia del trabajo preciso de los Oscuros cuando una vez más se asombró de la finura y corte de la punta de sílex. Tras conseguir una buena muestra de sílex logró una punta que, aunque no llegara a la perfección del modelo, se le aproximaba bastante. Se sintió muy orgulloso y les enseñó las dos armas a sus cazadores. Esta vez sí prestaron atención porque habían visto cómo Nublo había conseguido herir al Mayor con ellas. Y algunos habían visto también cómo las manejaban los Oscuros y los herían a ellos desde lejos.
—Nublo mató al final al Mayor con la lanza larga. Con la fina solo pudo herirlo. De no echar mano a ella, el Mayor le hubiera aplastado la cabeza.
—Se alcanza más lejos, pero el cazador, tras hacerlo, queda desarmado. Yo seguiré con la mía.
Nublo comenzó a llevar al menos una azagaya con propulsor a las cacerías con la esperanza de que fueran comprendiendo sus ventajas y se acostumbraran a usarlas. Pero tan solo alguno de los jóvenes lo intentó para acabar por dejarlo frustrado.
Lo que todos quisieron tener fue el cuerno de rinoceronte lanudo que cayó en una de sus trampas y murió clavado en sus estacas. Era un gran macho y lo tenía muy largo y afilado. Solían conservarlos y llevarlos al santuario, donde depositaban aquellos trofeos y donde habían dejado la cuerna de uro sobre el fuego que prendieron para la hija muerta de la Jara. Nublo reclamó el del rinoceronte y nadie se lo disputó.
El jefe sabía que, por mucho que los cazadores lo siguieran, miraban su cuerpo más delgado, sus armas más pequeñas y sus brazos más débiles. Debía tener un arma poderosa y encontró en aquel cuerno la manera de lograrla.
El cuerno del rinoceronte no era como el del uro ni como el del íbice. Era muy duro pero podía irse enderezando. Haría falta mucho trabajo y mucha perseverancia pero consiguió hacerlo. Hubo de remojarlo mucho tiempo y muchas veces e irlo desbastando durante lunas enteras pues en su base era tan grueso como su pantorrilla, pero si algo era Nublo era testarudo. Ante el estupor de todos, tuvo en sus manos la más impresionante y mortífera punta de lanza que pudiera imaginarse. Medía de largo lo que un brazo extendido. No le hizo falta apenas afilar lo que había sido la afilada punta del cuerno, pero sí hubo de emplearse a fondo para hacerlo también por la base para lograr encastrarlo firmemente en la madera. Al fin quedó un arma formidable que hizo sonreír orgullosa a la Jara y brotar la envidia y el deseo de tener una igual en
todos los cazadores.[77] Máxime al demostrar en el primer lance su terrible eficacia. Cuando la asestó contra un bisonte, se hundió en su flanco de manera tan profunda y letal como no habían visto nunca.
La lanza de rinoceronte supuso la confirmación definitiva de la jefatura de Nublo. Los cazadores del Valle de los Primeros Hombres contemplaban su arma y sabían que era la lanza de un jefe. Nublo pensó que con ella en la mano cruzaría de nuevo las montañas hacia los cazaderos de los Oscuros. Y volvería a cazar a sus hembras, para que siguieran pariendo hijos en su clan.