La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 24 de 50

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La canción del bisonte

23. Bramaderas

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Bramaderas

 

Chamanes de todos los clanes fueron llegando al encuentro en la cueva sobre el Sella. La llamada estaba precedida de relatos repetidos, cargados de miedos y malos presagios, que se extendían por todos los fuegos, tanto los de las grutas costeras, desde naciente hasta poniente, pero sobre todo en los del interior, los que perseveraban en los profundos valles de los ríos hundidos, en las abruptas y escarpadas montañas, en los más umbríos y húmedos bosques por donde osos y hombres se cruzan entre nieblas, en las verdes praderías donde pace el caballo y cruza el bisonte, siempre el bisonte, y en las altas, donde lo hace el rebeco y los lobos vigilan los valles desde la divisoria de las aguas recorriendo su senda, la senda del lobo.

Allí, en aquellas fragosidades torturadas por la roca y el agua, entre las angosturas y las nieblas, decían que volvía a acechar la amenaza: los Patas Cortas, los otros, los extraños. El miedo antiguo, la memoria agazapada del peligro se extendía alrededor de las hogueras. Habían regresado, se les había vuelto a ver, envueltos en bruma, fantasmales, y retornado a sus ancestrales cuevas en los más inaccesibles lugares. Habían vuelto desde la tiniebla adonde habían sido ahuyentados, muertos o vencidos, por los verdaderos hombres. En los fuegos, las madres abrazaban a sus hijos, susurrándoles que no dejarían que aquellos hombres se los comieran y advertían a los chiquillos que si se alejaban solos o las desobedecían, ellos serían a los primeros que los Patas Cortas asarían en sus hogueras. Y hasta los cazadores, cuando se aventuraban por desconocidos bosques e incluso en las sendas que transitaban de continuo, miraban y escuchaban con recelo sus sombras.

Los chamanes celebraban sus conciliábulos en una espaciosa cavidad al final de una galería, donde los Hombres Espíritu habían grabado y pintado una y otra vez al animal del clan, al caballo, convertido desde hacía generaciones en su tótem. Destacaba una gran yegua preñada invocando la ansiada fertilidad de las bestias, y no faltaba el bisonte, el otro gran tótem que unía a los clanes de aquellos territorios.

Los chamanes fueron autorizados por la Guardiana de la Diosa a visitar su santuario y presentarle una ofrenda. En su recinto también había grabados y signos. Pero estos invocaban, con sus vulvas rojas, a la Diosa Madre y a la vida. La Guardiana los iluminó con una lámpara de tuétano y reclamó su atención sobre uno de ellos que parecía querer ser un hombre o quizás una mujer o ambas cosas:

—La memoria de las Guardianas que me han precedido dice que todos los demás signos los hemos trazado nosotras, y en ocasiones, aún lo hacemos. Es nuestra invocación a la Madre. Pero no hay recuerdo de que ese ser lo grabáramos nosotras.

A los chamanes les recorrió un escalofrío al pensar quiénes pudieron haberlo dejado impreso allí. Decidieron entonces, como rito común antes de iniciar los conciliábulos, añadir a los símbolos de la tribu, y en cierta manera compartido con otras pues a muchas había dado de comer y alegrado sus vidas, a la ballena varada. Los cazadores se mostraron reacios a dibujarla en las paredes de sus caballos y así se eligió un lugar intermedio en la galería central, entre el recinto de los cazadores y donde se recogían las mujeres. El Errante fue encargado de hacerla brotar de la roca.

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El grabado de la ballena reavivó la admiración hacia su descubridor, sobre todo por parte de los forasteros, y el Hombre Ballena pareció ahora recibirla de una manera más humilde. En ello algo tuvo que ver el Errante. El joven había escuchado sus advertencias y ante él parecía haber cambiado su comportamiento, pero cuando su mentor no estaba o suponía que no alcanzaría a enterarse, tornaba a su soberbia y a actuar como si todo pudiera cogerlo y a nada estuviera obligado. Aunque lo hacía con cierto disimulo y buscando tretas, engañaba cada vez a menos y el clan comenzó a hacerle vacíos y silencios cada vez más extensos.

Aunque eso no era ya de lo que se susurraba ni en la fila de la caza ni en las partidas de recolección ni en los fuegos donde se cocinaba y junto a los que se dormía. La presencia de los chamanes reavivaba una vez tras otra la conversación hacia los ancestrales miedos que parecían regresar del fondo de las memorias del clan. Un espeso manto de malos augurios parecía haber caído sobre ellos y las gentes miraban a los chamanes y a su jefe esperando una decisión y algo que ahuyentara de nuevo a los Patas Cortas. Al final la decisión fue tomada. Los chamanes irían hacia los lugares en que se decía que habían vuelto a reaparecer y buscarían la cueva en que se suponía que habían vuelto a refugiarse.

Partieron hacia el interior acompañados por los cazadores más fuertes de varios clanes, prestos al combate y a exterminarlos si daban con ellos. El Errante y su joven acompañante fueron de la partida. El chamán además de su gran prestigio había tenido mucha relevancia en las reuniones pues parecía saber más que nadie de los Hombres Jaros, como él los llamaba, y no solo por sus andanzas entre los Hombres de los Caballos de las llanuras sureñas, donde la amenaza se había hecho presente con aquellos ataques y capturas de hembras, sino también porque demostró tener conocimientos anteriores sobre ellos, tal vez aprendidos en los lugares de donde provenía y que seguían siendo un misterio para todos. Pero sobre todo impactó su relato del ataque de sus hordas a los Hombres de los Caballos de las planicies, que compartían su mismo tótem y, aunque lejanos, aquello les unía, y les llenó de furia y ansias de venganza. Fueron, junto a los del Sella, hombres de cuatro clanes los que se

pusieron en camino, los dos del desfiladero de las Cabras[39] y los más cercanos al

lugar donde se suponía que volvían a merodear los Patas Cortas, los del Buxu,[40] que harían de guías y batidores por el terreno que ellos conocían mejor que nadie, aunque sus expediciones de caza habían dejado de hacerlas hacia los oscuros bosques del poniente tras algunos avistamientos de figuras en la penumbra de los árboles y que huyeron al acercarse, y el hallazgo de huellas de pies humanos y no propios marcados en las sendas. Era una sensación repetida de muchos cazadores, la de sentirse vigilados.

Los malos augurios parecieron concretarse nada más comenzar el camino pues los cielos se encapotaron de una manera que no pareció normal. La oscuridad llegó de repente, los truenos y relámpagos comenzaron a media tarde y se prologaron durante buena parte de la noche acompañados de una lluvia violenta y pertinaz. Por la mañana, calados y con frío, pues cuando encontraron refugio sus ropas estaban ya empapadas y los fuegos apenas si consiguieron secarlas y aliviarlos un poco, prosiguieron la marcha bajo una lluvia algo más mansa, entre resbalones y cada vez más mojados. Los hombres callaban y perseveraban, aunque de vez en cuando se oía alguna imprecación en voz alta.

La lluvia no les dio respiro en ninguna de las jornadas hasta que ya estuvieron próximos a la cueva donde se suponía que los Patas Cortas se habían establecido de nuevo. Las nubes, al fin, les dieron tregua y aunque el cielo siguió cubierto dejó de llover y celebraron consejo.

Los Hombres del Buxu informaron:

—Es memoria de nuestro clan que donde vamos estuvieron antes los Antiguos, los Patas Cortas. Que los hombres de nuestro clan los hicieron huir y abandonaron su cueva. Fue hace tanto que apenas había recuerdo. Tanto era así que un pequeño grupo de nosotros se estableció en ella y la habitó mucho tiempo. De vez en cuando, a pesar del camino difícil, venían a visitarnos, o nosotros llegábamos hasta ellos en alguna expedición de caza. Pero hace ya mucho que no sabemos nada. Ni ellos han venido ni nosotros hemos llegado a verlos cuando nos hemos acercado a su territorio.

Se decidió extremar la precaución, desplegar exploradores, flanquear la columna y estar atentos a la menor señal, al menor ruido y sobre todo a avistar u oler cualquier humo. Pero todo era silencio y cuando entraron ya en los bosques más próximos a la gruta este se hizo ominoso. Aquellos lugares parecían vacíos de toda vida animal terrestre y alada. Los musgos cubrían las piedras y los pies de los árboles, asfixiados sus troncos por enredaderas que trepaban hasta las copas. Por todos lados un verdor tan intenso y húmedo envolvía todo el espacio de manera casi opresiva. El pie no hacía ruido alguno al caminar sobre aquella especie de pelliza vegetal y la ausencia de todo sonido alrededor, ni siquiera el piar de un pájaro, les inquietaba aún más. El Autillo y dos del Buxu se adelantaron para dar ya vista a la boca de la gruta y volver a informar.

Se aproximaron los tres con el mayor de los sigilos, separados pero a la vista los unos de los otros, y al fin, a una señal de uno de los del Buxu, volvieron a juntarse y, ocultos tras unas rocas, divisaron ya la entrada de la cueva. Ningún humo, ningún sonido, ninguna huella humana delataba vida en ella. Acecharon largo tiempo y al fin oyeron algo. Un golpe repetido contra la madera. Pero casi antes de dar un respingo ya sabían lo que era: un picamaderos taladrando una corteza con su pico. A los tres se les escapó un suspiro de alivio. El picapinos, al menos, vivía en aquellos bosques.

Los exploradores se atrevieron a llegar hasta donde se iniciaba el repecho de acceso a la oquedad. No había senda sobada ni huella de paso alguno. Oyeron algo más que los tranquilizó: el agua de un arroyo corría, clara y limpia, por un pequeño cauce entre helechos y hierba. Retornaron.

Sin retirar las manos de los venablos, desplegados y alerta, los hombres subieron

acercándose por ambos costados hasta la gruta.[41] No había allí rastro de vida ni siquiera de alguna fiera que la hubiera convertido en su cubil. Sonaba el agua del arroyo y, cuando traspasaron el umbral, el único sonido que escucharon fue el de alguna gota cayendo desde el techo. Olía a moho, a musgo, a humedad. A nada más olía.

En la sala de entrada quedaban restos de fuegos hacía ya tiempo abandonados. No había ni utensilios, ni pieles, ni cuencos, ni lanzas o azagayas. Tan solo algunos restos de sílex, lascas, raspadores, núcleos a medio tallar, asomando en el suelo húmedo entre el barro. También algunos huesos de animales, partidos y abiertos, restos de comida.

—Los vuestros que vinieron hace ya mucho que aquí no viven. Se marcharon.

Uno del Buxu no quiso dejar de añadir lo que todos pensaban:

—O los mataron. No regresaron a nuestro clan ni en ninguno de la zona dieron señal de vida.

Buscaron entonces alguna huella de su paso. Se adentraron por las galerías iluminando paredes y llegaron al fondo de uno de los pasadizos, en cuya pared vieron los signos rojizos de unas pinturas. Supieron qué eran: las vulvas de los ritos femeninos estaban allí y también parecía aflorar de la roca la silueta de una mujer pariendo. Los suyos habían habitado la entrada y habían celebrado allí sus ritos. Pero habían desaparecido.

Exploraron otras galerías. En una tuvieron que abrirse paso por un desprendido del techo y de parte de la pared. Al fin uno consiguió traspasarlo y se metió reptando con una tea. A poco oyeron sus gritos y el que había entrado salió por el boquete gateando apresuradamente, desencajado y gritando:

—¡Allí dentro están! ¡Allí están! Todos muertos, todos muertos.

Retrocedieron todos, lo calmaron en lo posible y consiguieron que les explicara lo que había visto.

—Huesos, muchos huesos, con piedras encima.

El Errante convenció a los demás para que entraran. Debían comprobarlo. Ampliaron el boquete y avanzaron. El Autillo fue de los primeros en acceder al recinto al lado de su maestro. Levantaron las antorchas y los vieron.

Era un informe montón de piedras y huesos revueltos y también la huella de que un turbión de agua había atravesado la cueva entera. Entre las rocas desprendidas o arrastradas se podían ver restos de varios cuerpos, cráneos de adultos y de niños, fémures, tibias, omoplatos.

—¡Los mataron! ¡Los Patas Cortas los mataron y se los comieron! —exclamó uno del Buxu.

Los huesos, en efecto, presentaban signos de que habían sido carneados y algunos los habían machacado para extraer el tuétano.

El Errante se agachó para estudiarlos mejor. Cogió un gran cráneo y lo sacó a la luz del día, a la entrada de la cueva. Algo en aquella calavera lo intrigaba.

Tras él salieron todos, sobrecogidos, sufriendo la matanza de sus congéneres, parientes de algunos. El Errante seguía en silencio y pasaba los dedos por encima de las cuencas vacías. Al final se decidió a hablar:

—No son los vuestros. Esto no es de un hombre como nosotros. En las hornacinas de nuestros clanes hay calaveras de nuestras gentes y no son como estas. Fijaos y comparadlos. No son iguales en su forma pero tampoco en su mandíbula y su frente. Estos huesos son de los Hombres Jaros, de los Patas Cortas, porque yo he visto en algún sitio sus cráneos y eran como estos. Son, además, de hace mucho, están todos mondos, sin resto alguno de piel ni de pelo. No huele a podrido ahí dentro. Esa galería parecía estar tapada antes y solo otro corrimiento o la riada la ha destapado ahora. Los Patas Cortas estuvieron aquí, pero mucho antes que los vuestros, y desde luego llevan mucho mucho tiempo muertos. Hay hombres, mujeres y niños. Y, sí, se los comieron.

—Pero, entonces, ¿dónde están los nuestros?

Nadie sabía contestar. Quizás al descubrir aquello habían huido. Pero ¿adónde habían ido y por qué no se habían puesto en contacto con su clan? Y, además, ¿quién había matado y se había comido a los Patas Cortas si era como decía el Errante? ¿Y si habían sido otros Patas Cortas que vagaban por allí? Los hombres sí se comían a los Patas Cortas, sobre todo sus sesos, pero si no tenían gran necesidad o era por ritual, no se comían a otros hombres, pero los Patas Cortas sí se comían entre ellos si un clan derrotaba a otro.

El Errante envolvió la calavera en musgo y se la llevó con él. Todos querían marcharse cuanto antes. Dejar aquellos bosques y acampar lo más lejos posible aquella noche. Un miedo que ninguno confesaba, y hacían lo posible por evitar que los demás notaran, los estremecía y les hacía juntarse y estar muy cerca los unos de los otros. Allí había habitado algo terrible y podía seguir acechando en la oscuridad. Lo sentían en los huesos y en la nuca cuando comenzaron a desandar el camino. Al atardecer salieron al fin de los umbrosos bosques y encontraron un amplio claro que les permitía ver el cielo y respiraron aliviados. Hicieron gran acopio de leña y prendieron una gran fogata central, y otras más rodeándola, y se sintieron reconfortados sentados alrededor de la lumbre, sintiendo la cercanía de los otros. Los chamanes celebraron consejo aparte en otra hoguera.

Su debate fue muy intenso, pero no llegaron a conclusión alguna. La presencia de grupos de Patas Cortas merodeando por todo el territorio y responsables del festín de sus congéneres y de la desaparición de los suyos no podía descartarse por aquellas osamentas que el Errante aseguraba que eran de su raza. Además de aquella cueva, había otros lugares donde filas de cazadores aseguraban haberlos entrevisto. En particular, un enclave había sido señalado en varias ocasiones y la expedición tenía que proseguir su misión hasta allí.

Al día siguiente la partida, más animada con un sol brillante en un cielo limpio, reinició su marcha hacia un punto muy alejado ya de todos sus clanes. No temían a nada de lo que camina en la luz y por la tierra, pero se sentían aterrados ante aquello que pudiera brotar de la tiniebla, y eso habían de ser aquellos Patas Cortas retornados de las profundidades, escapados de las simas por alguna grieta de las entrañas de la tierra. Eso temían y hubo necesidad de que los chamanes les hablaran, y algo les reconfortó la presencia, más que de ninguno, del Errante, que les alentó:

—Los Hombres Jaros no son espíritus. Sangran y mueren. Son sus huesos yertos lo que habéis visto. Si los hallamos, solo cuidaros de lanzar con fuerza y tino vuestros venablos. Nosotros, no temáis, nos ocuparemos de invocar a los espíritus del aire, el agua y la tierra, que son los que viven en la luz y nos protegerán en el viaje.

Hubieron de remontar desfiladeros, atravesar ríos y seguirlos durante mucho trecho hasta encontrar un paso. Pero el esfuerzo les serenó el ánimo. Hubieron de detenerse algunos días para cazar, pues se les fue acabando la comida y lo que recogían al paso no era suficiente. Cazaron y pescaron y esa actividad les alegró los pulsos y la cara. Se toparon con osos y con lobos y fueron ellos quienes les tuvieron miedo y huyeron de los hombres. El guía erró en el camino y hubieron de volver sobre sus pasos pero sirvió como burla y motivo de risa hasta reencontrar la senda buena. Al fin dieron con el humo y la cueva del clan que buscaban. Un enclave de paso que no siempre habitaban, pero al que solían trasladarse en lo mejor del tiempo

y donde celebraban sus ritos.[42]

Al ver aproximarse a un grupo, solo de hombres y con las armas dispuestas, sus moradores se alarmaron y corrieron a refugiarse en el interior de la gruta desde cuya boca amenazaron y gritaron a los que llegaban. Pero las palabras de los chamanes los tranquilizaron, y cuando supieron lo que hasta allí los llevaba, se apresuraron a recibirlos, ofrecerles comida y cobijo y darles cuantas nuevas pudieron.

Su jefe y su chamán les relataron que se habían topado con sombras furtivas en los bosques, un cazador relató cómo un día que se quedó rezagado sintió que algo, que andaba sobre dos patas, venía tras él y lo acechaba, y desde un altozano lo desafió, pero aquel ser se retiró y se escabulló entre la foresta.

—Nosotros —contó el jefe— creímos ver a un grupo cruzando un arroyo. Era una mañana brumosa en que la niebla no dejaba apenas ver a unos pasos, pero cuando llegamos al sitio encontramos huellas y eran como las nuestras pero no eran de nosotros. Las seguimos y las perdimos en otra corriente de agua. También hemos encontrado restos de hogueras que nosotros no hemos encendido. Pero esto fue ya hace tiempo y ahora hace ya varias Lunas del Hielo que no hemos visto rastro alguno.

Los cazadores del pequeño clan confirmaron que, excepto aquel que parecía haber seguido a uno de ellos aislado, el resto parecía huir y evitarlos. Si eran Patas Cortas, de nuevo habían desaparecido.

Los chamanes entendieron que debían completar su periplo con una gran ceremonia que ahuyentara a aquellos seres de todas aquellas tierras. Para ello llegarían a una punta de grandes peñas que se adentraba en el Gran Azul y donde las poderosas olas rompían en un combate continuo que no cedía ni de noche ni de día.

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Les pillaba al paso un clan que, aunque alejado, estaba íntimamente emparentado con los del Sella, pues eran también del tótem del Caballo, y donde el Errante también había pasado con ellos un invierno en su recorrido hacia el poniente. Habitaban uno de los más feraces valles del territorio, pues no había lugar alguno donde hubiera ni tantas ni tan nutridas yeguadas, ni río que tuviera tal abundancia de

peces ni de todo tipo de animales a sus orillas.[44] Y lo cierto es que allí fueron jubilosamente recibidos y agasajados.

Los hombres de Candamo, así mentaban a su cueva, no parecían tener miedo alguno de los Patas Cortas y, aunque habían oído algunas nuevas, apenas sí las habían tenido en cuenta. Eran un clan muy poderoso, de los más potentes de toda la tierra interior, sus filas de cazadores eran muy nutridas, sus chamanes, sabios, y las Guardianas de la Diosa conservaban la memoria de los secretos de la vida. Abundaban allí los bisontes y sobre todo los caballos, pero también los ciervos y los íbices. Cazaban, y se sentían orgullosos de hacerlo, al gran oso, de cuya carne gustaban más que de ninguna. Los árboles y las plantas les daban además muchos y buenos frutos en castañas, hayucos, bellotas y avellanas. Por el río ascendían los salmones y ellos no los desaprovechaban.

Era un clan alegre y confiado, que se sintió muy honrado de recibir a tantos hombres sabios, y en especial al Errante, e hicieron muchas muestras de asombro cuando se les contó que con ellos venía aquel joven que había hallado el gran pez varado. De ello sí habían tenido noticias y le hicieron muchas preguntas y le dieron grandes parabienes. A todos les enseñaron con gran orgullo su cueva, cuya amplitud, altura, bóvedas y extensas galerías asombraban, y su situación privilegiada les permitía dominar buena parte de todo su gran cazadero. De hecho con solo asomarse podían verse allá abajo a las yeguadas pastando en las praderías junto al río. A todos los visitantes les permitieron contemplar sus grabados y paneles pintados, incluido el camarín en lo más alto, donde aparecía su símbolo, el caballo, dominándolo todo. Había un lugar desde el que la visión, iluminado el muro por la luz de las lámparas, resultaba tan portentosa que el Autillo, fascinado, vio al caballo tomar vida y moverse. Pero solo los chamanes fueron autorizados a penetrar con la Guardiana de la Diosa en el camarín de las vulvas para presentar sus ofrendas.

Los de Candamo estaban ávidos de que les contaran de otras tribus, sobre todo de las de sus hermanos. Querían saber de las andanzas del Errante, al que aquí parecían apreciar como amigo cercano. Y también del Hombre Ballena y cómo era posible que un pez fuera tan grande que diera de comer a clanes enteros, pero con su comportamiento no daban pie a que alguien se ensoberbeciera por ello, y el Autillo fue lo suficientemente avisado para captarlo. De todo ello querían hablar y saber y como eran generosos con lo que tenían, que era bastante, les dieron un gran festín de bienvenida con la carne de un oso que habían cazado hacía muy poco y cuya piel estaban secando y curtiendo. En varias hornacinas conservaban algunos cráneos de este animal de tan poderosa mandíbula y habían decidido que también lo harían con este, un gran macho, porque había sido una bestia valerosa y fuerte que había matado a uno de sus cazadores.

Al Autillo le gustó especialmente aquella carne y aún más aquellas gentes, que sabían cocinarla de una manera que resultaba exquisita. A él le ofrecieron un pedazo asado de su jamón como muestra de admiración por haber encontrado la ballena, hallazgo que hubo de relatar una vez más y que esta vez procuró no hacer con tanto orgullo como en otras ocasiones y trasladando al Errante la mayor parte del mérito. Al chamán le gustó aquel cambio en su comportamiento, pero por algo en su tono se malició que ocultaba cierto fingimiento.

Demoraron unos días la partida hacia Punta Peñas, a la que se unieron el chamán y algunos cazadores de Candamo, encabezados por el jefe, para mostrarles el camino de bajada hacia la costa. En ocasiones, algunas de sus expediciones de caza llegaban hasta ella. Esta era una buena ocasión para hacerlo y participar en el conjuro que protegería también al clan de aquella amenaza de los Patas Cortas, aunque ellos no los hubieran visto nunca. Pero tenían su recuerdo y la Guardiana de la Diosa les impelió a que participaran en el rito.

Llegaron a aquella gigantesca nariz de roca entrando sobre la inmensidad del agua. El roncar del mar, aquel sonido repetido y al mismo tiempo siempre cambiante, y el olor que desde abajo subía, intenso y vegetal, que parecía tener cuerpo, se unían en una sensación total que los hombres percibían por los ojos, la nariz y el oído, pero también por la propia boca y la misma piel, que les hacía permanecer ensimismados en la contemplación y en un humilde silencio. El Autillo, asomado en el borde mismo de la roca, sintió su propia pequeñez y pensó que aquello escondería quién sabe qué monstruos y qué seres parecidos a la gigantesca ballena.

Señalándose el horizonte unos a otros o retirándose de algunas olas que los salpicaban con espuma traída por el viento, los hombres fueron recuperando el habla y los chamanes comenzaron sus preparativos. Debían traer madera para una gran hoguera, pues allí no había. Mientras, ellos formaron un círculo de piedras y seleccionaron unas rocas sobre las que situarse para convocar a los espíritus. Utilizando cantos como si fueran puntos, al igual que hacían con el dedo en las cuevas, trazaron unas hileras cruzadas con otras, semejando al entramado que se colocaba sobre las trampas excavadas en la tierra.

Esperaron a que el sol empezara su caída hacia el Gran Azul. Entonces cada cual se puso una prenda distintiva de su clan, condición y rango, y todos al unísono, rodeando la pira, la prendieron al tiempo. Formada con madera resinosa, comenzó a arder con fuerza, hasta que a poco se levantó hacia el cielo del crepúsculo una llama gigante mientras el horizonte enrojecía con el sol que ya tocaba el agua. Entonces cada chamán ascendió a la roca elegida y todos al tiempo hicieron girar sus bramaderas llamando a los espíritus cada uno en una dirección y todos unidos en un mismo cántico. Las bramaderas, con sus grabados rituales, zumbaron en el aire de Punta Peñas, y no dejaron de hacerlo hasta que el sol se sumergió del todo y las aguas del Gran Azul se volvieron oscuras. Hasta que allá, ante los hombres solo quedaba una oscuridad infinita y solo se escuchaba ya el golpear y el mugir del mar y el crepitar de la hoguera.

Fue cuando los chamanes, primero de uno en uno y luego todos juntos, elevaron sus voces dirigiéndose al Gran Azul, a tierra dentro y hacia el cielo, que ya se cuajaba de fuegos, y hacia las entrañas del mundo a través de una hendidura en la roca sobre la que habían colocado la retícula de cantos semejando una malla para que impidiera salida alguna de los abismos. Clamaron a los espíritus del aire, del agua y de la tierra que preservaran a los hombres, y luego, en clamor final al que los cazadores se unieron, se dirigieron a la Diosa Madre para que los protegiera como criaturas suyas que eran.

Así continuaron hasta que la hoguera dejó de ser llama y pasó a convertirse en una enorme brasa. Fue cuando arrojaron sobre ella las ofrendas de carne, frutos y plantas, y cada chamán un objeto que había elegido en señal de súplica y de apaciguamiento. El Errante pronunció su invocación final contra los Patas Cortas, para que regresaran a la oscuridad y no reaparecieran nunca jamás por aquellas tierras. Entonces sacó unos huesos que, junto a la calavera, había cogido de la cueva donde encontraron sus esqueletos, los colocó en una piedra plana y los machacó con otra piedra redondeada hasta hacerlos añicos, que recogió con sumo cuidado y barrió con un pincel para que ni una brizna quedara y los fue haciendo caer por la hendidura de la roca sobre la que habían trazado el armazón de puntos blancos.

Con ello se completó la ceremonia nocturna, durmieron al lado del fuego y al amanecer repitieron las invocaciones al sol, que comenzaba a iluminar las aguas y a acariciar las tierras y el aire. Solo entonces los hombres comieron y bebieron.

Ese mismo día partieron cada uno hacia su clan de origen. El Errante y el Autillo, con aquellos que seguirían por la costa. Tenían intención de llegar hasta la montaña Mamut pero las Lunas del Frío los alcanzaron antes. Al día siguiente comenzó a caer una intensa lluvia cada vez más fría, y esa noche, la primera y copiosa nevada. Solo se libró de su manto blanco una delgada franja al lado del mar, solo hasta donde llegaba la marea. El frío se hizo tan letal que el Errante y el Autillo hubieron de desistir de continuar solos y se decidieron a invernar con las gentes del Sella, a cuya cueva se acogieron después de una terrible jornada zarandeados por la cellisca.