La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 19 de 50

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La canción del bisonte

18. La hija de la Jara

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La hija de la Jara

 

Los jóvenes del Valle de los Primeros Hombres comenzaron a seguir a Nublo. Procuraban su cercanía, comían juntos, se situaban próximos a él en las cacerías y se echaban a dormir a su lado cuando pernoctaban lejos del abrigo. Los machos adultos observaban aquellos movimientos con cierto recelo pero no hacían nada. Era así siempre. El grupo de los jóvenes se sometía a su mandato, pero luego entre ellos tenían también sus jerarquías. Pero los dos dominantes, los más fuertes, los que siempre rivalizaban por la primacía del grupo, aunque se apoyaban el uno al otro, pues se habían criado en el mismo fuego y eran hijos de la misma madre con apenas dos añadas de diferencia, no le quitaban el ojo de encima. Presentían que un día u otro aquel hijo de la Oscura sería un problema. Incluso el Mellado se le había sometido y, aunque anidara el resentimiento en él, se guardaba de demostrarlo para no quedarse aislado de los de su misma camada.

Nublo se mostraba astutamente sumiso con los machos adultos, sobre todo con los dos hermanos líderes, pero también con quienes los seguían en rango, a los que estaba siempre dispuesto a obedecer y hasta hacer por ellos las tareas más ingratas. Con ello se fue ganando a quienes ocupaban los puestos anteriores al suyo y lo comenzaron a contemplar casi como a un igual. Los subordinados también guardaban mucho resentimiento pues los dos jefes, desde adolescentes, habían impuesto su poder conjunto frente a todo el que había osado desafiarlos y alguno había quedado lisiado ante la fuerza combinada de ambos.

Pero entre el Mayor y el Menor también había diferencias. Ambos tenían gran fuerza, pero destacaba con holgura el Mayor, cuyos hombros, espalda, pecho, brazos y piernas, peludas y masivas, recordaban al cuerpo del uro y al andar del rinoceronte. El Menor, era algo menos ancho y un poco más ligero. El Mayor era seco en el trato, pero no gustaba de utilizar la fuerza con el resto del clan a no ser que se pusiera en peligro su supremacía con un desafío abierto. El Menor era más agresivo y hasta parecía buscar los encontronazos con otros machos para hacerles sentir su poder y castigarlos con crueldad. Quizá para descargar sobre ellos la ira y la frustración que le generaba su hermano. Su envidia hacia él había latido en su interior. Pero era listo y había aceptado su papel de segundón, gozando de los privilegios y estatus que le suponía, pero sin dejar de acechar su oportunidad y mientras abusando de su posición dominante con todos los demás. Cogía a las hembras que quería, excepto si ellas se apareaban con su hermano, y entonces había de aguardar, y no dudaba en golpear a sus inferiores para quitarles los mejores bocados. El Mayor era respetado. El Menor era temido. Pero los dos eran uno. Así había sido desde hacía mucho tiempo. A Nublo no se le escapaba la larvada ambición del Menor.

Los dos también se habían fijado en las habilidades y creciente rango del hijo de la Oscura y, aunque estaban atentos a la más mínima señal de rebeldía, esta no se mostraba nunca. El joven Nublo era el más servicial y sumiso y por su escasa corpulencia, no parecía un rival peligroso ni temible. Era quizá ya más alto, pero ahí terminaba su poderío, pues sus espaldas eran mucho más estrechas que las de los demás y sus brazos y piernas tan delgados que poca fuerza podían tener. Y aquel color marrón y aquellos extraños ojos que pregonaban su mestizaje hacían prever que jamás podría aspirar a la jefatura del clan. Cualquiera lo vencería en una pelea cuerpo a cuerpo y nadie apoyaría a uno que en el fondo no era del todo de los suyos, de los Primeros Hombres. Sin embargo, rumiaba el Mayor, había vencido ya al que parecía que iba a ser el cabecilla de los jóvenes y ahora era a quien estos admiraban y seguían.

Por eso no lo perdía de vista y buscó la forma de hacerlo saltar y poderle entonces aplicar un duro correctivo: lo obligó a hacer las cosas más bajas y reservadas a los más débiles e inútiles y las tareas más desdeñadas que eran exclusivas de los que acababan de ser admitidos en la fila de los cazadores. Pero Nublo las realizó sin rechistar. El Mayor prosiguió con su acoso y lo separó a empellones del festín en la pieza que acababan de cobrar obligándolo a coger su carne el último, no dejándole probar bocado hasta que los demás se saciaron, y aún entonces le ordenó traerle agua de un riachuelo cercano. Solo entonces pudo comer de las sobras. Esa pauta la repitió el jefe durante varias jornadas hasta que entendió que Nublo no tenía voluntad ni carácter para rebelarse. El Mayor lo entendió cobarde y lo dejó al fin tranquilo. Pero algo seguía inquietándolo cuando veía pasar al hijo de la Oscura.

La maniobra del Mayor no pasó desapercibida para el Menor, que optó por tomar el relevo en el maltrato a Nublo. Este aguantó también, pero comenzó a observar la reacción del Mayor y vio que la imitación de su hermano no le agradaba, como si menoscabara su autoridad. Así que Nublo procuró que el Mayor fuera testigo de los abusos a los que el Menor lo sometía. Intuía que el Mayor acabaría por detenerlos.

Acabó por suceder. El Menor le ordenó que ocupara el peor lugar en una cacería, aquel donde se ponía al más torpe, sin posibilidad de participar en el derribo y cobro de la presa. Nublo iba a ocupar su puesto, una vez más sin protestar, cuando el Mayor dio su contraorden:

—Nublo no es un niño. Es buen cazador y buena lanza, y lo necesitamos en la emboscada. No hemos de despreciar las lanzas útiles. Se adelantará contigo a cerrar el barranco por el que hay que hacer huir a los uros.

El Menor soltó un resoplido y miró con rabia, no ya a Nublo sino a su propio hermano, pero lo acató. En aquella batida, Nublo fue quien abatió una vaca y los demás atraparon a su cría. Pero en vez de alardear, se acercó con sumisión al Menor y le ofreció la res abatida para que eligiera el mejor bocado. Este, sorprendido y halagado, soltó una risotada y le dio un fuerte golpe con la mano abierta en la espalda como señal de gratitud. Y a partir de ahí su actitud con él cambió por completo. En vez de humillarlo y acosarlo lo hizo avanzar a su lado y se convirtió en cierta manera en su valedor. De esta manera, Nublo dio un nuevo salto en la fila. Logró que poco a poco algunos machos adultos lo consideraran un igual, y el Menor, sin la necesaria perspicacia para penetrar en las intenciones ocultas de los demás, creyó que eso fortalecía sus aspiraciones, largo tiempo contenidas, de desplazar a su hermano en la jefatura máxima del clan.

El hijo de la Oscura tenía además otro motivo de alegría, y esta podía expresarla sin tapujos. La Jara ya compartía con él de manera habitual y visible las pieles y el fuego cuando dormían dentro del abrigo frente a Peñalanza. Había quedado atrás el tiempo en que se apareaban a escondidas y ahora Nublo ya era alguien en el clan, todavía de no demasiado rango, y siempre algún dominante podía quitársela. Pero la Jara volvía con él. Y al cabo de un tiempo su barriga comenzó a hincharse más y más. Nublo se prodigó en cuidados, esmerándose en que a la hembra no le faltara nada y afanándose en tareas que, en su creciente gravidez, a la Jara le costaban gran esfuerzo y fatiga.

Una noche la mujer se apartó de todos y fue donde la vieja mujer de las hierbas para que la ayudara a parir. Nublo estuvo atento y sin dormir pero no oyó gritos ni chillidos hasta que comenzó a presentirse la luz del amanecer y solo fue como un alarido final. La Jara había aguantado el dolor mucho más que otras hembras que ya no eran primerizas como ella, y solo lo había desparramado en la convulsión final cuando su cría salió de su entraña. Se dejó caer entonces, empapada en sudor y exhausta, y la partera la ayudó a secar a la recién nacida. Porque la Jara había parido una niña. Y el clan del Valle de los Primeros Hombres se regocijó mucho con ello. Nublo más que nadie, y entendió que él debía ser, por encima de todos, quien proveyera para ellas dos. Desde la muerte de la Callada se le pudo ver por vez primera enseñar sus dientes, no en una mueca hostil de su boca siempre apretada y dura, sino para reír al contemplar a aquel indefenso ser que no dejaba de llorar. Tras verlas a las dos, a la madre y a la hija, salió al exterior del refugio, subió a la pequeña meseta de piedra, la atalaya desde la que se divisaba el valle, y allí se quedó mirando para contemplar al sol nacer tras la montaña y levantarse en el cielo azul.