La canción del bisonte
48. La fuga
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La fuga
Ababol, por las prisas con que Nublo dio la orden de partida y su cuidado para borrar sus huellas, supo que Lobo Alto venía a sus alcances. También supo por las mujeres del clan de los Caballos que eso suponía para ellas un peligro. Las cautivas ya comprendían la lengua de los Patas Cortas, que se llamaban a sí mismos los Primeros Hombres y que a ellos los llamaban los Oscuros, y sabían que, de verse cercados de nuevo, lo primero que harían sería matarlas con sus hijos. Y si no lo hacían los hombres, lo harían sus mujeres, que eran quienes en realidad deseaban tener cualquier excusa para ello. Aquellas hembras Oscuras eran las que habían acarreado todas las desgracias y ahora añoraban al jefe anterior, al Mayor, a quien Nublo había matado. Al principio había estado bien tener a aquellas esclavas, después había llegado la catástrofe y ahora suponían que sus hombres los perseguían sin tregua.
Pero Nublo se aferraba a su idea. Aquellas hembras parían muchos hijos y era la única forma de que su clan aumentara, y más ahora, que había quedado tan disminuido. Tenía que dejar atrás a aquellos perseguidores. En cuanto los perdiera y pudiera estar tranquilo, todo volvería a su cauce. Todo volvería a ser como antes y los Oscuros quedarían atrás para siempre. Nublo ya no pensaba en venganza. Solo pensaba en escapar. Y sabía del Gran Río Hundido y de los inmensos bosques y muchos ríos con otros tantos cañones de la tierra adonde se dirigía. Le habían hablado de ella y sabía dónde estaba. Tenía que llegar como fuera.
Una vez más, la suerte le fue favorable. Una nueva tormenta borró sus huellas y pudo perderse tras haber dejado atrás las montañas y entrado en unas estepas
onduladas y atravesado algunos ríos.[91] Siguió uno de estos, con sus aguas muy tomadas por la arcilla, y en un gran farallón rocoso, colgado sobre la corriente, vio abierta una cueva, sobre ella venían grandes nublos casi rozándolo, en la que se
refugiaron esa noche.[92] Pero no había allí rastro de que otros hombres la hubieran habitado recientemente. Prosiguieron río arriba hasta dar con otro que vertía a él aguas muy claras y dulces y que se adentraba, como hicieron ellos, por angosto y elevadísimo cañón que sobrevolaban los buitres que anidaban en sus cantiles, por donde pudieron ir progresando a cubierto de todas las miradas. La nieve no era allí tan abundante ni el frío tan intenso, aunque arriba, en la paramera, apretara la cellisca. Por la parte alta del cañón hubieron de arriesgarse en ella, azotados por unos heladores vientos, y entre extensos sabinares prosiguieron rumbo al sur.
Lobo Alto, desesperado otra vez, les había vuelto a perder la pista. En la planicie era mucho más difícil detectar los fuegos. Pero perseveró y sus hombres y la loba siguieron incansables junto a él. Debían encontrar aquel Gran Río Hundido y aquellos cañones.
No sabían que Nublo había girado tras apenas dos jornadas después de haberse adentrado en las parameras y se había tendido a su derecha. Iba en busca de un cañón, pero no del río más grande, sino de uno más pequeño, hacia la entrada de un río cuyas
aguas eran saladas.[93] De nuevo había encontrado ayuda. Un nuevo clan de los Primeros Hombres con el que habían topado se la había ofrecido y ahora estaba seguro de que les sería a sus perseguidores muy difícil encontrarlos. Esta vez sí que avisaría a quienes lo acogían de que los Oscuros venían tras sus pasos, y procedió a relatarles la matanza que habían hecho en su Valle y la que harían si lograban encontrarlos.
El clan del río Salado[94] vivía a la entrada de un cañón y dando vista a unas feraces aunque pequeñas llanuras y algunos valles. Otros ríos corrían, más sosegados algo más abajo, la caza abundaba en los bosques, los peces también y el frío no era tan intenso. Cerca estaban los profundos cañones del Gran Río Hundido y los de otros como el del río Gallo, así llamado porque en sus riberas abundaban los gallos del bosque. En las juntas de ambos se reunían los clanes para pescar las truchas cuando subían a desovar. Los pequeños y dispersos clanes y los del Salado, apenas si se juntaban con ellos, pues estaban en una esquina del territorio, en la parte menos escabrosa, aunque tan solo con subir aguas arribas su cauce se estrechaba entre grandes roquedos, y al abrirse en un gran prado, se elevaban en su centro dos
inmensos farallones de piedra[95] de intenso color rojo en cuya altura, inaccesible, anidaba, año tras año, el águila.
Allí se estableció Nublo con los suyos. Atentos muchos ojos a cualquier llegada imprevista. Presto a huir todos y perderse entre los grandes cañones.
Pero quien estaba perdido en ellos era Lobo Alto. Había seguido hasta dar con el gran río que resultó ser el que bajaba hacia él. Era el de los urogallos. A poco, todo el grupo deambulada perdido por aquel laberinto de ríos, cañones, cascadas y rápidos. No toparon con nadie aunque una vez vieron humo en las alturas de unos gigantescos cortados. Fueron hacia ellos, pero se trataba de apenas unas cuantas familias de Patas Cortas que vivían en un pequeño abrigo. No había rastro de Nublo y no se atrevieron a atacarlos para no alertar a quien de verdad buscaban.
Que las lunas corrieran era lo que había comenzado a preocuparle cada vez más a Ababol. En la cueva sobre el río Salado la tensión entre las hembras Oscuras y las de los Primeros Hombres se había recrudecido. Nublo disponía de parecido número de hombres que el jefe del clan, pero se le sometía. Le había entregado alguna hembra Oscura, la que quiso y eligió de las antiguas. A Ababol, a la que ya no montaba, tampoco la querían sus hombres, pues no les daba placer alguno por su absoluta pasividad y porque era muy delgada y les parecía la más fea de todas, aunque las Oscuras siempre estaban en torno a ella y la escuchaban con gran respeto. Nublo sabía por qué y tampoco le pasaba desapercibido que hacía lo que podía para proteger a la más pequeña, que parecía ser la predilecta de los hombres para aparearse con ella, porque se resistía siempre y lloraba. Ababol le decía que se sometiera y así perderían ese afán por dominarla y montarla. Pero la Alondra no podía contener los sollozos y las lágrimas. Y a los Patas Cortas eso les divertía.
Poco a poco, Ababol iba comprendiendo mejor a aquellas gentes, su lengua y sus costumbres. Los seguía observando con interés. Se había llevado alguna sorpresa que ya había empezado a percibir con la curandera en su breve estancia en el clan anterior. Aquí fue mayor. Resultó que la curandera del Salado poseía una sabiduría sobre ciertas plantas que ni siquiera ella había alcanzado. Hacía con ciertos hongos un remedio que era mucho más eficaz que el suyo propio para que no se infectaran las heridas, y conocía, como ella, que de la corteza de abedul se obtenía también un poderoso remedio. También aprendió mucho de su conocimiento de raíces, plantas, hojas y frutos comestibles que los suyos no comían. Pero estos parecían aprovecharlos todos. Se alimentan en buena parte de ellos y no dependían tanto de la carne. Aunque allí el pescado, los cangrejos y los caracoles eran otra de sus fuentes mejores y abundantes de comida.
Sin embargo, lo que más le impactó llegó el día en que uno de sus niños enfermó y no hubo remedio, ni suyo ni de la curandera, que lo aliviara. Su cuerpo se puso cada vez más caliente y ardía su frente llena de sudor. Se consumió con aquel fuego interno y murió. Los habitantes de la cueva estallaron en sollozos y las hembras en continuados gemidos y llantos. Lloraban las mujeres, pero comprobó que a los hombres también se les encharcaban los ojos. La curandera envolvió al muchachito en una fina piel y dos hombres comenzaron a reabrir un hoyo que había en la galería que por la derecha partía de la sala de entrada. Vio con estupor que, al excavar, aparecían restos de otra osamenta. Depositaron con enorme cuidado al niño a su lado y después la curandera cogió un ramo de flores secas que Ababol conocía bien, pues eran de espliego, aquel que tanto gustaba quemar a su madre Ova, y las esparció sobre el cuerpecillo. Después lo volvieron a tapar con tierra y lo apisonaron con los pies.
Se sintió cerca de su sentimiento, pero lo que le sucedía con las mujeres, sobre todo con las del clan de Nublo, iba angustiándola cada vez más y sabía que su vida y la del hijo que llevaba dentro peligraban cada vez más. Las mujeres habían observado su prevalencia sobre otras cautivas y que juntas llegaban a plantarles cara en algunas ocasiones, y eso hacía que el odio se concentrara en ella. Pero lo peor era que su preñez avanzaba y ya era tan visible que todas se habían dado cuenta. Ahora ya los hombres habían dejado de montarla, su preñez había acabado por desalentarlos. Pero el miedo se lo tenía ahora sobre todo a las mujeres de Nublo, en particular a su favorita, a la Jara, que la vigilaba obsesivamente y no dudaba en infligirle todo el daño que podía. Ella solía buscar amparo en la curandera, pero esta apenas se lo ofrecía pues sabía que la otra tenía mucho poder con el jefe recién llegado. Incitaba a las demás mujeres y les decía que si aquella hembra Oscura tenía un hijo, iba a ser intocable, pues Nublo no permitiría que le hicieran daño. Además tenía celos, pues veía que Nublo aprobaba sus conciliábulos con la curandera.
Este contemplaba la preñez de la Oscura y se congratulaba. Al final tendría razón, sería un hijo más para el clan. Se había ido tranquilizando pues de sus perseguidores hacía mucho que no tenían señal alguna.
Y en efecto, estos estaban cada vez más desalentados aunque Lobo Alto no quería ni siquiera pensar en retirarse. Cuando pasaran las Lunas del Hielo haría venir a buena parte de su clan y reiniciarían con muchos más hombres la búsqueda. Ya había dividido en dos su propia partida para explorar un mayor territorio. Los unos se quedaron en la zona de los grandes cañones, y otros, con él, fueron asomándose a los más pequeños y no tan flanqueados por los inmensos bosques, que eran por allí más de encina que de pinos. La última Luna del Hielo se despidió, entonces, con la peor de las tormentas.
En la cueva del Salado la tensión estaba punto de estallar. Ababol ya entendía casi todo de la lengua de los Primeros Hombres y lo que escuchó a la más vieja de las hembras de Nublo la hizo estremecerse de pavor.
—La Oscura cree que cuando nazca su hijo tendrá un sitio en el clan y lo podrá criar como hacen las otras. Pero no lo dejaremos nacer. La mataremos antes, le abriremos la tripa y sacaremos a la cría. Se la enseñaremos a Nublo y le diremos que murió al nacer, como mueren tantos hijos nuestros y matan a sus madres al parirlos. Y nos comeremos a los dos después.
Ababol no iba a consentirlo. No había resistido ni se había quejado siquiera de que los hombres la montaran cuando quisieran, ni había realizado todos los trabajos y se había sometido a todas las humillaciones para ahora dejarse matar, y con ella a su hijo también. No. No la matarían sin luchar. Y como muchas fuerzas no tenía, solo encontró una solución: huir.
Nunca lo había intentado, ninguna de las cautivas lo había hecho. Nadie las vigilaba apenas, pero estaban muy lejos de su tribu y jamás podrían llegar. Además, en cuanto salieran a la intemperie morirían de hambre, de frío o se las comería una fiera. La tormenta, cuando parecía que ya las Lunas del Hielo habían pasado, llegó entonces y la nieve comenzó de nuevo a caer. Ahora menos que nunca nadie podía pensar en huir. Pero fue ese el momento que Ababol aprovechó.
El temporal comenzó con no demasiada violencia y le pareció que era llegado el momento. La nieve taparía sus huellas. No podrían seguirla. Ni siquiera lo harían. La darían por muerta. Caminaría en la dirección por donde había venido. O lo intentaría, al menos. Estaba segura de que Lobo Alto seguía buscándola. Iría a su encuentro.
Por la noche salió de la cueva, descendió al río, se escondió entre los carrizos para que no la vieran cruzar por el pequeño vado. Enfrente estaba ya la primera cuesta y se metió por entre los árboles nada más llegar a ella, luego giró hacia la vaguada a su izquierda y comenzó a remontar. Intentaría subir hasta la paramera y, desde allí, aunque muchas jornadas después, podría divisar ya el Ocejón en la lejanía y se dirigiría hacia él. Comería plantas y raíces. Llevaba el pedernal y la piedra negra para encender el fuego. Ni siquiera quería pensar que era la presa más fácil para cualquier fiera. Solo pensaba en salvar a su hijo.
La primera noche estuvo a punto de perecer. La tormenta se tornó feroz y violenta. Y no se veía capaz de encontrar un refugio, por pequeño que fuera, donde encender fuego. Lo había intentado hallar toda la tarde sin ver ninguno útil y ya caía la noche y seguía sin encontrarlo. Sentía que iba a morir. Desesperaba cuando entre dos luces le pareció ver una pequeña oquedad en una ladera bajo una piedra grande. Era una madriguera de zorros pero pudo colarse un poco en su parte más ancha, ampliándola con las manos hasta que se le quedaron casi congeladas, y allí se acurrucó. Encendió un mínimo fuego con unos pocos matojos, aliagas que le pincharon las manos y unos arbustos leñosos que arrancó entre la nieve. No duraron mucho pero calentaron algo el cubículo y consiguió llegar viva al amanecer. Salió de la madriguera y vio que desgraciadamente seguía nevando, pero ella continuó remontando.
Fue entonces cuando la loba, la loba gris de Lobo Alto cortó su rastro y reconoció su olor. Su excitación fue tal y sus gemidos tan lastimeros que el jefe del clan Errante sintió que el corazón le saltaba en el pecho. Comprendió que algo muy importante quería mostrarle y la siguió con los pulsos desbocados.
La pequeña partida había estado oteando sobre un pequeño cañón y había cazado en él sin ver ningún rastro de Patas Cortas. En realidad, habían estado en la parte más alta del mismo, en cuyo extremo inferior se hallaba la cueva, pero ni siquiera habían llegado hasta los farallones rocosos y habían vuelto a remontar y seguido cruzando por las laderas, cuando también a ellos les sorprendió la intensa nevada. Ellos sí que encontraron cobijo en lo más profundo de un barranco y encendieron un buen fuego. Al salir con la mañana ya avanzada, pues comieron algo antes de volver con la rutina de la búsqueda, la loba se les adelantó bastante y cruzó a la costera de enfrente. Fue entonces cuando la oyeron aullar y regresar excitada y gimiendo para hacer que la siguieran.
Los hombres no percibían huella alguna, pues la nieve cayendo las borraba, pero la loba tenía el olor de Ababol en su nariz. Se puso tan nerviosa que inició una carrera casi alocada ladera abajo. A nada llegó a la madriguera y se metió dentro.
Allí llegó también a la carrera Lobo Alto con los demás. Vieron los restos del escuálido fuego y la huella del cuerpo en la tierra removida. Lobo Alto supo que era Ababol y que estaba viva tan solo un poco antes. Había huido, pero debían de encontrarla cuanto antes, porque iba sola y debía estar a punto de perecer de frío.
Una gran excitación se apoderó de todos. La loba se rebajó la cuesta, pero regresó a escape y volvió a subir rebasando la madriguera. La pista buena iba hacia el páramo y corrieron tras ella con todo lo que sus piernas les daban de sí.
Ababol seguía avanzando tercamente pero las fuerzas le estaban volviendo a fallar, su preñez cada vez le pesaba más y se iba agotando por momentos. Desfallecía ya y le parecía que no podría dar el siguiente paso. Entonces sintió tras ella, en medio de la ventisca, el resuello de un animal que venía. Había huido de la cueva para que no mataran y se comieran a su hijo y ahora iba a acabar en las fauces de una fiera. No se rindió. No iba a abandonarse a sus colmillos sin luchar. Blandió el robusto y largo palo que llevaba para apoyarse. Pero de golpe lo tiró. ¡Era la loba! Era su loba la que llegaba a rescatarla. Estaba salvada. Gritó y la voz que le respondió muy cerca era la que más ansiaba oír.