La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 22 de 50

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La canción del bisonte

21. La ballena varada

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La ballena varada

 

El viaje a las tinieblas y las visiones del chamán, ahora plasmadas en la pared de la Cueva de las Manos, recorrieron todos los fuegos de la montaña Mamut. Solo los elegidos, los iniciados cuyas palmas estaban también impresas en la roca, pudieron contemplarlas. Los más jóvenes miraron al Autillo con envidia y muchos que ya no lo eran le preguntaron qué había visto allí dentro. Pero él calló y solo a Ababol quiso contárselo.

El Errante, tras aquel episodio, volvió al poco a su actividad cotidiana. Participó en los conjuros previos a las expediciones de caza, hizo girar la bramadora para concitar a los espíritus del aire, hizo sonar la flauta y el tambor para los del agua y la tierra y danzó con los cazadores imitando al bisonte, al caballo, al uro y al ciervo. Pero llegada la hora de la partida, no marchó con ellos. Ova fue la única que empezó a barruntarse la razón. El Errante quería volver a serlo y ella temía por el rumbo que esta vez cogería, pues sabía que un día partiría hacia el norte y esa vez ya jamás regresaría.

Pero para su alivio, el hombre no emprendió aquel camino. Un día se despertó con semblante muy alegre y llamó al Autillo, al que le había pedido que tampoco formara parte de aquella primera expedición de caza. Quería ir hacia el poniente, costa adelante, a visitar a clanes hermanos de los de las Cinco Cuevas, partícipes en la gran fiesta del salmón y que habitaban en el mismo litoral o en los valles que bajaban hasta el Gran Azul. Todos ellos mantenían fuertes lazos de parentesco, pero eso no significaba que no hubiera conflictos entre ellos. Había disputas, peleas y hasta combates sangrientos. Los chamanes, más que los jefes de caza, y sobre todo las Guardianas, solían conseguir apaciguar las iras y si tenían que dar escarmiento o imponer castigos o pagos, lo hacían con dureza para que los ofendidos se sintieran compensados y así evitar que los conflictos acabaran siendo de clan contra clan. El consejo de los jefes y los chamanes se imponía entre los cazadores si eran cuestiones individuales, pero si afectaban a familias o clanes, eran las Guardianas de la Diosa las que tenían la última decisión. Muchas de estas disputas solían tratarse en la Reunión del Salmón. Aquel año tocaba en uno de los clanes más lejanos y esa había sido la excusa del Errante para partir hacia allá. Así llevaría el saludo de la montaña Mamut a quienes la distancia les quitaba las ganas de participar, porque luego debían volver a su propio río y hacer acopio de salmones antes de que la subida y el desove concluyeran.

Ova se despidió con una sonrisa del Errante y le conminó con aparente enojo a que estuviera pronto de vuelta, pero Ababol hizo como que la marcha del Autillo no le importaba nada.

Esta vez el joven sí pudo tocar las aguas del Gran Azul. Volvió a verlo desde los acantilados y luego descendieron a la costa y caminaron hacia el mar, que aún estaba lejano, tras una extensa franja donde quedaban restos de pozas y algunas de ellas, más numerosas cuanto más se acercaban a la gran inmensidad moviente, todavía contenían agua. La rompiente de las olas estaba precedida por abundantes despojos arrojados por las mareas y donde se mezclaban restos vegetales y animales, entre ellos muchas conchas. El Errante quería llegar hasta el mismo borde de las olas. Allí había mucha comida. El Gran Azul los alimentaría en su viaje.

Le recordó al Autillo que aquella agua no podía beberse pues acababa quemando la boca y la entraña. Al observar que parecía dispuesto a llenar su morral de conchas y nácares, le dijo que era más importante conseguir alimento vivo que caparazones de animalillos muertos, y que era bastante fácil encontrarlo si se sabía buscar. La comida estaba pegada a las rocas, debajo de las piedras o en los charcos que habían quedado aislados. La primera jornada, mientras caminaban, la dedicaron a recolectar lapas y mejillones, que desprendían con un raspador, a capturar un pulpo y hasta algún pez que se había quedado atrapado en el charco con la bajamar, ensartándolo con la azagaya, a atrapar cangrejos y otros animales con caparazones de diferentes trazas y tamaños que corrían cuando levantaban algunas piedras. En ciertos bancos de arena el Errante, observando los gorgoritos que se formaban a flor de agua cuando la ola se retiraba, excavaba rápidamente con su cuchillo y desenterraba conchas, pero estas llenas de carne, unas redondeadas, otras alargadas, que abría y se comía como la mejor golosina. Aprendió a hacerlo el Autillo y a engullirlas también. Tenían un extraño gusto, como aquella agua que no podía beberse, y le gustaron mucho. Dejó de entonces ya de recoger conchas vacías y se preocupó más de encontrarlas llenas.

—Aquí tantas conchas y nácares no te servirán de mucho, excepto si quieres adornarte con ellos un gorro o una zamarra o hacerte un collar, pero allá, en las tierras interiores donde has nacido, sí te darán muchas cosas por ellos. Serán buenas para hacer trueques por los clanes.

Así que el Autillo siguió cogiendo de vez en cuando alguna, pero ya solo las que le parecían más hermosas. Vislumbró también en las palabras del Errante que tenía la intención de proseguir sus viajes y que su estancia en la montaña Mamut, aunque regresaran, no iba a ser muy duradera.

Durante varios días no tropezaron con hombres y tampoco con demasiados animales terrestres. Su compañía eran, sobre todo, las aves, aunque en ocasiones vieron algunos zorros, una manada de lobos alejándose y les pareció distinguir un oso. También vieron una piara de jabalíes que bajaron hasta la línea de oleaje a la caída de la tarde, hozando en la arena, mientras los hombres, sentados y quietos en una roca, veían al sol sumergirse. El muchacho contempló, fascinado como la primera vez, cómo el Gran Azul apagaba sus fuegos. Ellos hicieron el suyo con restos traídos por el oleaje en un refugio en la pared de los acantilados, aquí bastante más cercanos a las aguas.

A su calor el Errante le explicó al Autillo el sentido de aquella maravilla.

—El sol es el fuego, es amarillo cuando está en el cielo en lo más alto, como la llama de la hoguera en su plenitud, luego adquiere el color de la brasa, rojo vivo, y cuando toca el agua y lo mata, se vuelve negro, como un tizón. El Gran Fuego entra en el Gran Azul cada día y el agua lo apaga, pero él encuentra su camino y regresa poderoso de las entrañas de la tierra donde recupera su ardor. En las entrañas de la tierra ha de arder una gigantesca hoguera. Pero ahora parece que está falta de alimento pues el sol calienta cada vez menos y durante menos tiempo.

La noche no estaba apenas iluminada por la luna, que semejaba ahora la cuerna de un uro, pero sí brillaban los pequeños e incontables fuegos que se iban encendiendo en lo alto.

—¿Cómo se sostienen allá arriba los fuegos?

—No todos. Algunos caen, ¿no has visto desprenderse alguno?

—Sí. Los he visto atravesar el espacio y caer sobre la tierra pero siempre muy muy lejos. No he visto nunca el sitio donde haya caído alguno y no sé de nadie que haya encontrado ninguno.

A la mañana siguiente siguieron su ruta al rape del desfiladero pues el Errante creía estar ya cerca del primero de los clanes a los que iban a visitar. Fueron los gritos de sus mujeres, asustadas al verlos llegar cuando bajaban a recolectar al borde del agua, los que les señalaron que habían llegado.

A poco del griterío un grupo de cazadores descendió hasta donde se habían detenido. El Errante extendió hacia ellos sus brazos con las palmas abiertas y ellos lo

reconocieron y le dieron la bienvenida. Ya había estado allí también otras veces.[33]

La cueva del clan estaba tierra adentro aunque no lejos de los acantilados. De hecho, mantenían dos emplazamientos: uno junto al Gran Azul y otro donde se refugiaban durante el periodo frío. Ahora todavía estaban divididos entre ambos. El Errante era también muy respetado entre ellos y quisieron que subiera hasta la caverna, pues su chamán se encontraba en ella. Aceptó con gusto y emprendieron rápidamente la marcha pues había un buen trecho por delante. El lugar le pareció al Autillo uno de los más hermosos y mejores donde había visto aposentados a los hombres.

La boca de la cueva daba sobre el valle de un río [34] rodeado por unos inmensos bosques, praderías y un entorno que denotaba ser un magnífico cazadero. A los vigías de aquel clan les bastaba con asomarse a ella para escrutar a los rebaños y preparar sus cacerías.

El chamán le mostró al Errante, tras la ofrenda de este a la Diosa en presencia de la Guardiana, el camarín de la galería donde celebraba sus ritos. Para acceder pasaron el amplio vestíbulo de la gruta donde se hacía la vida de la tribu, se introdujeron por una pequeña cavidad y, tras caminar agachados y a veces a gatas, llegaron a una amplia sala donde estaban las pinturas y los grabados que el chamán les mostró. El Autillo comprobó que eran parecidas a aquellas composiciones de puntos, rayas y círculos rojos que él mismo había visto trazar al Errante durante su trance en la Cueva de las Manos. A la luz de la antorcha alcanzó a vislumbrar también un ciervo brotando de la roca y una imagen extraña que le pareció que era de una mujer, algo que había visto en las tallas en madera y estatuillas de piedra, pero nunca pintada en la roca.

Pasaron algunos días recibiendo y contando novedades de los diferentes clanes y conociendo que, al igual que al monte de las Cinco Cuevas, allí habían llegado también clanes del interior, espantados por la duración y crudeza de las Lunas del Frío, que huían hacia el litoral, pues en las alturas perecían helados o de hambre o de ambas cosas.

Pero el Errante parecía tener prisa. Así que, aunque les instaron a prolongar su estancia, ellos se despidieron tras recordarles que los anfitriones del Encuentro del Salmón serían ese año las Cinco Cuevas de la montaña Mamut y que serían tan bien recibidos como ellos lo habían sido aquí. Los viajeros regresaron a la línea de la costa en dirección al poniente. El Errante apuraba más las jornadas y algo del porqué le contó al Autillo:

—El clan al que nos dirigimos es uno de los más poderosos de todas estas tierras y la magia de sus chamanes, la más potente de las que en esta costa se ha conocido nunca. Estuve aquí antes y deseo compartir con mis hermanos lo que he aprendido y recoger de ellos todo cuanto puedan enseñarme.

 

El Autillo también deseaba seguir aprendiendo. En este recorrido costero se daba cuenta de que era un consumado rastreador, don que parecía haber adquirido de Rastros, el jefe de su clan natal, pero sus dotes solo servían tierra adentro. Allí parecía poder anticiparse a las querencias y a los movimientos de las manadas. Despertaba con ello tanta admiración que los clanes del monte de las Cinco Cuevas ya lo habían apadrinado y le habían hecho ya poner su mano junto a las de los demás. Fue Fresno quien le sopló el polvo sobre ella. La prueba para poder hacerlo la había superado con facilidad y sin una queja.

Consistía en partir solo y alejarse al menos medio día de marcha para, tras sobrevivir al ataque de las bestias carnívoras, retornar antes de que aquella luna finalizara con carne y el trofeo de una de ellas. Él volvió con dos: los lomos y la jeta de un gran jabalí, pues quería sus amoladeras para hacerse un colgante y las navajas para regalarle un collar a Ababol, y con la cabeza de un buen corzo y casi toda su carne, mejor que la del jabalí. Una de las cuernas la convirtió en el mango de su cuchillo y la otra se la dio al tallador. Al verraco lo alanceó en una baña, que conocía como su querencia predilecta para rebozarse en barro, desde lo alto de un árbol para no ser olfateado. Lo dejó malherido en la noche y fue prudente en no bajar y esperar al amanecer para seguirle la pista por la mañana y encontrarlo ya tieso tras un largo rastreo. Tuvo que espantar de su cadáver a un par de hienas a las que echó a pedradas, pero a las que cedió buena parte de la carne cuando a sus llamadas apareció la manada entera. Le dio tiempo a llevarse los lomos y, con mucho esfuerzo, a cortarle la cabeza por detrás de las orejas, que era por donde mejor se podía separar. También le cortó el rabo y algunas cerdas de la crin.

El corzo lo mató al paso, de vuelta a la cueva, pues estaba en celo y no se percató, enloquecido tras la hembra, de su presencia. Se limitó a esperar oculto e inmóvil a que en una de sus locas carreras se pusiera a su alcance. Esa carne sí que pudo aprovecharla casi toda para el clan y se demoró hasta que logró destriparlo y trocearlo. El olor a sangre puso tras su pista a un grupo de leonas y tuvo que dormir en lo más alto de un gran árbol para no ser devorado.

El Errante se enorgullecía de todo aquello, pero el Autillo sabía que en algo se sentía defraudado: su discípulo no parecía ser llamado por los espíritus ni que él se esforzara en escucharlos. Sí que había aprendido las enseñanzas sobre ocres y tizones pero tampoco hizo ademán siquiera de ponerse a trazar nada en la roca. Le parecía que aquello no estaba a su alcance y que era algo que pertenecía a su maestro en exclusiva. Al Errante le hubiera gustado que siguiera en esto su camino, pero comprendió que el mozo tenía el suyo propio, aunque aún no supiera cuál. Que tampoco parecía ser el del liderazgo. Destacaba pero no pretendía imponerse a nadie, tendía a la soledad y, en muchas ocasiones, en vez de buscar la compañía de los de su edad y condición, prefería la de Ababol, a la que seguía mostrando una cierta sumisión y ante la que volvía a actuar con comportamientos infantiles. Él mismo se reía de ello pero le resultaba agradable hacerlo.

Sin embargo, enseñó a todos que golpeaba rápido y que sabía cómo zafarse de quien tenía fuerzas superiores y acababa por derribarlo. No consentía jamás que nadie lo humillara y, como sabían de su puntería con la azagaya, entendieron que lo mejor era dejarle su espacio.

Sus largos ratos compartiendo trabajos con los talladores y en especial con el más anciano, que era un gran maestro, le hicieron ser el mejor de todos de quienes había aprendido. Portaba un propulsor de hueso de ciervo, mucho más difícil de fabricar que los de madera, que era la envidia de todos, como lo eran sus venablos, sus azagayas y sus lanzas largas. No importaba el tiempo que necesitara para hacerlas. No le pesaban sus fracasos hasta conseguir la pieza deseada. Cuando lograba ultimarla a su gusto se sentía feliz con ello y daba por buenos todos sus anteriores yerros. Aprendió incluso a emplumar algunas de las azagayas más ligeras y su último descubrimiento había sido enderezar un asta de ciervo para convertirla en una larga y afilada punta de lanza. Fresno le enseñó a ponerla en remojo y a utilizar el bastón con el agujero para irla poniendo totalmente recta. Luego se la dejaba secar y quedaba perfecta para engastar. El bastón servía también para enderezar los astiles de los venablos finos, pero hacerlo con los candiles del venado le llenó de satisfacción. Tan orgulloso estaba de ella que le pidió al Errante que le grabara unos signos en ella y este se lo otorgó, así como también en su propulsor, aprovechando la intersección con un candil, y completada con la figura de una hembra de bisonte tallada en la protuberancia del asa, cuyo morro puntiagudo era donde se encastraba la base de la azagaya.

El Errante, al sentir la emoción de su pupilo, comprendió que sería un gran cazador y que si dejaba definitivamente atrás sus resentimientos y recelos llegaría a dirigir su fila. Pero que para proseguir sus saberes y sendas de chamán habría de encontrar otro. Pero eso sería tiempo más tarde, porque quería al muchacho, se sentía su protector y no concebía alejarlo de él.

Caminaban ahora costa adelante, por terreno aún compacto y mojado para hacerlo mejor, y el hombre se asombraba de la vista y la agudeza de su acompañante. Nada escapaba a sus ojos, tanto para prevenir un posible peligro como para percibir la ocasión de cobrarse una presa. No fue pues nada extraño que fuera el Autillo quien divisara al monstruo varado en la arena.

Era un animal del mar, tan inmenso como jamás habían visto ser alguno. Más grande que muchos grandes mamuts juntos, resoplaba como si dentro le hirviera un lago de agua. Se aproximaron con mucho miedo y precaución. Pronto vieron que no podía apenas moverse y que parecía estar agonizando. Sacudía a veces su enorme cola y golpeaba el agua, pero la hondura de esta era tan escasa que quedaba ya sobre la arena, donde reposaba gran parte del corpachón. Se pararon, mudos, insignificantes al lado de enorme pez, porque un pez parecía ser, aunque gigantesco, y no supieron qué hacer excepto contemplarlo.

Los resoplidos del animal proseguían, pero el Autillo detectó que su frecuencia iba cambiando y cada vez más hacía un estertor que él había observado en grandes animales heridos en el pulmón.

—Se está muriendo —afirmó.

Decidieron buscar refugio cerca. Se acercaba el crepúsculo y aquello era carne. Tanta carne como para que clanes enteros pasaran las Lunas del Hielo. De ello hablaron cuando se sentaron al lado del fuego.

—¿Se podrá comer? —preguntó el Autillo.

—Es como un monte, pero no parece que su piel no pueda rasgarse, aunque será muy gruesa. He visto varados animales parecidos, pero mucho más pequeños, y nos los hemos comido. Pero como este jamás. Es un pez porque no anda fuera del agua como las focas, que esas viven en el mar pero salen a las rocas y, aunque mal, caminan con sus aletas por la tierra. Este animal fuera del agua muere.

—Pero no ha muerto y respira.

Oían en efecto el resoplido de tiempo en tiempo del animal que agonizaba. Decidieron esperar al día siguiente y entonces decidir qué harían. Cuando despertaron comprobaron que desde luego su carne se comía. El monstruo estaba inmóvil y a su alrededor habían comenzado a llegar carnívoros dispuestos a cebarse en tan inmensa presa. Había ya una manada de lobos que daban vueltas en torno a él y un oso pardo que buscaba por dónde penetrar con sus garras y sus colmillos. Multitud de aves, gaviotas, cuervos y águilas se habían posado sobre su lomo o revolaban buscando clavar sus picos. Pero el cadáver aún estaba fresco y habría de tardar un tiempo, más allá de algunos puntos sensibles como los ojos, antes de que pudieran entrar en su carne picos y colmillos.

El clan al que el Errante se dirigía estaba cerca y decidieron que habían de dar cuanto antes aviso de lo encontrado. El Autillo, resistente y rápido en carrera, debía ser el que llevara la nueva. El Errante aguardaría en el refugio, a salvo de fieras que además estaban ocupadas, a que regresara con todos los que pudiera pues allí había alimento abundante, y si de otros clanes venían, también podrían aprovecharse. Pero deberían ser muchos porque se concitarían numerosas fieras a las que abría que ahuyentar con muchas lanzas.

El Errante le repitió varias veces las indicaciones y puntos de referencia que recordaba para encontrar al clan. La principal era dar con la desembocadura de un río y después seguirlo aguas arriba por la margen izquierda. Luego habría de encontrar su cueva o su campamento por el humo de sus hogueras o dar con ellos por sus rastros en las sendas. Sin perder más tiempo, el Autillo se puso en marcha provisto tan solo de sus armas, agua dulce y algo de comida. Toda su impedimenta quedó al cuidado del Errante y él inició su carrera sin forzarse pues sabía que habría de soportar un mismo ritmo durante todo el día. Esa era la estimación que habían hecho y su objetivo era llegar hasta ellos antes de que la noche cayera.

Se mantuvo en su trote lo más cerca de la orilla posible y afortunadamente apenas sí tuvo que dejarla, excepto para sobrepasar algún accidente del terreno, pero el agua dejaba suficiente trecho hasta los acantilados y los cortados. El esfuerzo le hizo a veces meterse en el Gran Azul para refrescarse y acabó por quitarse la zamarra. Descansó cuando comenzó a sentir fallar sus fuerzas, bebió agua dulce, comió un poco para recuperarlas y siguió, tenaz, con la sola idea en su cabeza de encontrarlos cuanto antes.

Pero el sol llegó a lo más alto sin haber encontrado siquiera una sola huella de su presencia en los contornos. A media tarde creyó que estaba cerca pues observó ciertos montones de conchas que sin duda eran producto de su estancia y hasta comprobó que había restos de viejas hogueras. Pero siguió sin ver a nadie cuando al fin alcanzó

la desembocadura del río que le había descrito el Errante.[35] Sus fuerzas ahora sí que en verdad flaqueaban. Siguió por el lado indicado el curso del agua, aún salada, según comprobó al intentar beberla, y fue ya cerca del crepúsculo cuando le pareció distinguir una fina columna de humo ascendiendo y, por fin, el inconfundible brillo de una hoguera. Al acercarse vio a un pequeño grupo de hombres en un bajío en torno a ella y se lanzó gritando y agitando los brazos hacia ellos. Se levantaron en guardia y preparados para hacerle frente, y no bajaron sus armas ni cuando vieron que venía solo y jadeante. Se paró a una distancia prudente, clavó su venablo en el suelo resollando, con las piernas temblándole por el esfuerzo, y clamó:

—Me manda el Errante, vengo del monte de las Cinco Cuevas. Veníamos hacia vosotros por la costa y hemos hallado un pez gigantesco varado en la playa. El Errante dice que vayáis, que habrá comida para todo el clan y para más. Es gigantesco. Como un rebaño entero de mamuts.

Los Hombres del Sella lo contemplaron estupefactos. El jefe y algunos más conocían al Errante, y aquel muchacho no parecía ofrecer ningún peligro y no parecía que nadie viniera con él. Le dijeron que dejara en el suelo, donde la había clavado, su lanza y se acercara. Lo hizo sumisamente y repitió más despacio su mensaje. Entonces ya le prestaron toda la atención y comenzaron a hacerle preguntas. Hasta que su jefe los mandó callar para hacerlas él:

—¿Dónde habéis encontrado el gran pez y dónde está el Errante?

—He corrido todo el día hasta encontraros. El Errante aguarda allí, porque las fieras han comenzado a reunirse y si no vamos pronto, se lo comerán ellas.

El jefe era un hombre prudente.

—Si hay tanta carne como dices, pronto habrá allí muchas manadas de quienes tienen garras y colmillos. Nosotros somos pocos. Hemos de avisar al clan entero para que vengan muchos cazadores, pero que algunos se queden aquí contigo. Si comprobamos que es como cuentas, vendrán luego las mujeres, los viejos y los niños y haremos allí campamento. Hemos cogido a veces peces grandes que se han quedado varados en las playas. Pero no tanto como el que dices que has encontrado. Ya veremos.

Antes de decidirse a partir hacia la gruta, aún le preguntó más cosas del Errante y de las Cinco Cuevas. Él les habló de Ova, de Zarpa de Oso y de Fresno, y se convencieron de que era quien decía ser y de que, lejos de suponer peligro, podía traer buenas nuevas y sustento para todos. Entonces el jefe se marchó con dos más a toda prisa para estar de regreso antes del amanecer y partir al encuentro del Errante, y los otros lo invitaron a sentarse a su fuego, le ofrecieron bebida y comida y le permitieron recoger sus armas. El Autillo no comió ni bebió mucho. Agotado, se durmió muy pronto sin dejar de pensar que el Errante se había quedado solo. Pero él sabría guardarse. Había caminado muchas veces solo entre bestias, fieras y hombres.

Antes de la primera luz ya estaban todos caminando hacia él. Era una gran partida a paso rápido, pero sin correr, y ya habían hecho mucho trecho por la playa cuando los rayos del sol les hicieron desprenderse de sus camisas de piel. Pararon a comer brevemente y un pequeño grupo con los más ligeros de pies, el Autillo entre ellos, se adelantó. Pero, aun así, no llegaron antes de que el sol se hundiera en el mar ni de que se encendieran los pequeños fuegos del cielo. Ya bien de noche oyeron cada vez más cerca los gruñidos, aullidos y peleas de los carnívoros que se disputaban la presa muerta y alcanzaron a distinguir su inmensa mole. Encendieron todos antorchas y, con ellas en alto, se separaron un poco del agua para hallar antes de nada el escondrijo del Errante. No tardaron en hacerlo pues él ya les había visto venir y salió de su covacha agitando también una tea y dando voces de alegre bienvenida.

Decidieron esperar a que viniera el resto de cazadores, que fueron llegando en grupos hasta que, por fin, con un último pelotón de rezagados, estuvieron ya todos. Pero era noche cerrada y las fieras venían en ella mucho mejor que los hombres. No podían ahuyentarlas y ellas tendrían ventaja en la oscuridad para matarlos.

El Errante les habló y les dio nuevas:

—Las fieras casi no han podido ni abrirla. Tiene la piel tan gruesa que no pueden hincar garras ni dientes hasta que se pudra y reblandezca. Entre las bestias ha habido grandes combates; es ahora un clan de leones quienes se han apoderado del cadáver, aunque osos, lobos y hienas se acercan cuanto pueden, y un diente de sable, que hace mucho tiempo que no veía ninguno, ha trepado a su lomo y ese sí ha llegado a su sangre.

Acamparon. La noche transcurrió en un continuo desasosiego de rugidos, aullidos, risas de hiena y un trasiego de acercamientos y patas acolchadas que se aproximaban al campamento a cubierto, en una cueva más grande que les señaló el Errante, a cuya puerta desplegaron sus fuegos y a la que llevaron un fuerte acopio de leña para que las hogueras se mantuvieran encendidas. Se turnaron en las guardias y al alba comenzaron a discurrir cómo asaltar el cadáver y quitárselo a las fieras.

Los leones habían logrado abrir ya un boquete en la parte más baja de la panza y allí se estaban dando un atracón. Algunos ya tenían las barrigas hinchadas. No había rastro del diente de sable, que también debía de haberse saciado. Enormes bandadas de aves revoloteaban sobre la ballena y muchas gaviotas habían formado una larga fila posadas a lo largo de todo su lomo. El animal olía muy fuerte, incluso a la distancia, y con pocos días más de sol comenzaría a descomponerse. Pero habían llegado a tiempo.

Los hombres prepararon su ofensiva en dos grupos. Todos llevaban fuego en las manos, gruesas y redondas piedras y las lanzas. Fueron primero contra los ahítos leones. Estos plantaron cara, enormes y terribles, rugiendo y enseñando sus colmillos, que de un mordisco atravesaban a un hombre, y sus garras, capaces de arrancar la cabeza de un zarpazo. Pero ellos también sabían que los hombres herían y mataban a distancia. Con las primeras y dolorosas pedradas se levantaron todos, y dos machos hicieron ademán de ataque, pero voló una azagaya y al que más se había adelantado lo alcanzó en el brazuelo, no muy hondamente pues se le desprendió pronto. Con el venablo llegaron además un par de teas ardientes y los felinos decidieron que ellos ya habían comido bastante. Sin perder la cara y rugiendo, sin prisas, como con desgana, fueron retrocediendo, rodearon por la cola a la ballena varada y, por el otro lado, en formación, se dirigieron hacia tierra. Cuando tuvieran hambre de nuevo, volverían.

Pero los hombres no estaban dispuestos a consentirlo. Tras ahuyentar a los leones, hicieron lo propio con hienas y lobos a quienes atacaron con decisión lanzando venablos y azagayas. Los lobos, astutos y precavidos, salieron a escape sin esperar la acometida, pero alguna hiena que se demoró se llevó una lanza ligera clavada en el costillar y se retiró gimiendo malherida. Las aves gritaban como poseídas en las alturas y las gaviotas volvieron a posarse. Contra ellas los hombres no podrían hacer nada y solo tenían que esperar a que la piel se agrietara y se abriera.

El jefe de los Hombres del Sella ordenó preparar una boma alrededor de la ballena. Levantaron durante todo el día una empalizada rellenada con ramas, arbustos espinosos y piedras. Y dentro del recinto prendieron un círculo de hogueras. Allí dentro se establecerían, cuando llegaran, las mujeres, los niños y los viejos. Con el clan al completo, las bestias se retirarían. Hasta los leones cavernarios lo harían.

Aquella luna, que apenas era la cuerna de un uro cuando el Autillo descubrió la ballena, se llenó del todo y aún proseguía el festín y el acopio. El jefe del Sella quiso compartirlo, pues su clan no podía consumir toda aquella carne, ni almacenarla ni conservarla, y mandó aviso a otros clanes cercanos y emparentados. Vinieron de la costa, del Chufín, por el que antes habían pasado, pero también de las primeras

montañas del interior, del Buxu, y los hombres del desfiladero de las Cabras.[36]

Los clanes se hermanaron en los fuegos en torno a la abundancia. El campamento desbordó el círculo y se construyeron otros. Por las noches, al lado de las olas e iluminados por la luz de las hogueras, bailaban y sonaban la flauta, la ocarina y el tambor. Los chamanes prepararon un brebaje en odres, donde añadieron agua cocida, diversas frutas espachurradas, hierbas que solo ellos conocían, y, tras mantenerlo varios días, lo ofrecieron en cuencos, y hombres y mujeres danzaron, gritaron y rieron. La bebida agitaba los sentidos y aceleraba los pulsos. El frenesí se apoderó de muchos y las hembras buscaban a los hombres y los machos a las mujeres. Se apareaban sin importar ni el clan ni el fuego, se perdían por la oscuridad y volvían con el pelo y las ropas sucias de arena. Algunos después se despojaban de sus vestidos y chapoteaban en el Gran Azul. Uno fue demasiado lejos y estuvo a punto de perecer ahogado, aunque aquellas gentes sabían cómo mantenerse flotando en las aguas y hasta avanzaban en ellas imitando a los lobos y a los renos cuando cruzaban los ríos. No faltaron, por la disputa por alguna hembra o por los celos de algún macho, enfrentamientos y peleas que los jefes hubieron de reprimir con su autoridad y ayudados por los chamanes y las guardianas. Los del Llonín estuvieron a punto de enfrentarse a lanzazos con sus vecinos de la Covaciella porque una hembra de estos últimos abandonó su fuego y puso sus pieles en el de un joven del primero. La pelea, primero a golpes, se enconó cuando algunos echaron mano de los venablos, y brotó la sangre, aunque no hubo muertos pues pudieron intervenir antes quienes tenían el poder de separarlos. La disputa concluyó con la entrega de regalos del clan del hombre al de la mujer, como contrapartida por perder a una hembra joven, que fueron cuantiosos y con todo no evitaron que el encono persistiera y que los de la Covaciella regresaran a su cueva los primeros y con caras hoscas.

El amanecer despertó a más de uno con telarañas por la cabeza, ojos hinchados, tripa revuelta y una sed que tardaba en apagar el agua pues parecía que el fuego seguía ardiendo en sus entrañas. Por fortuna, el Gran Azul les bajaba la temperatura de la piel y les aliviaba el palpitar de las sienes.

Y en todo aquel tumulto había alguien que disfrutaba más que nadie y, por vez primera en su existencia, era el centro de las cosas y no quien desde un rincón las miraba. Para él eran los elogios, las gratitudes, las sonrisas de las jóvenes y de las que no lo eran, las alabanzas de los jefes y las palmadas de los cazadores. El Autillo se vio convertido en el protagonista, en el Hombre Ballena, que es como comenzaron a llamarle aquellas gentes, y aquel fue el nombre con que ellos y las generaciones que los sucedieron lo conocieron. El Errante fue en buena medida la causa de su fama y su prevalencia. Y luego, se lamentaría, también de su desviación y su soberbia.

Al llegar las gentes del clan del Sella y comprobar la magnitud del regalo que el Gran Azul y los viajeros les hacían, fueron a dar los parabienes al Errante con grandes muestras de reconocimiento y gratitud, pero él los rechazó y dirigió el elogio a su joven acompañante.

—Fue su aguda vista quien descubrió la ballena varada, fueron sus rápidos pies los que corrieron sin descanso y fue su habilidad en el rastreo la que logró encontraros y traeros de vuelta aquí. A él le debéis la presa. Él es, y no yo, quien fue elegido por el espíritu de las aguas para entregárosla y que su carne la aprovecharan los hombres y no las manadas con colmillos y las aves con picos carniceros.

El discurso del Errante convirtió al Autillo en el gran héroe, aquel de quien todos los hombres querían ser amigos y todas las mujeres atraerlo a sus pieles o a un lecho de la arena. Para él fueron los mejores bocados. El Hombre Ballena era agasajado y nada se le negaba. Disfrutó por vez primera de una hembra y luego de muchas otras. Y el Autillo empezó a no ser quien había sido y el Errante a observarlo con preocupación creciente.

La primera reacción del muchacho fue de una cierta timidez y de aceptar con humildad los elogios y presentes. Pero quizás aquel viejo resentimiento, el rencor escondido desde su niñez huérfana, el retraimiento obligado de tantos años, el ser el niño sin fuego, el joven sin clan y el cazador sin compañeros, acabó por aflorar en él y hervir en su interior como el agua abarrotada de piedras candentes, hasta que se desbordó.

Comenzó a gustar del protagonismo, a disfrutar del privilegio y, al cabo, a abusar de todos. Se saciaba en las hembras y luego las miraba con sonrisa altiva y hasta de desprecio. Suponía que las podría tener cuando quisiera y por delante de cualquiera. Con los otros jóvenes se mostró cada vez más soberbio, y con el brebaje su carácter se volvía agrio y violento. Pasaba de la risotada al silencio hostil. Y sucedió lo inevitable. Una noche hubo quien no soportó su prepotencia y cargó con furia contra él. Ambos rodaron por la arena, y el Autillo, bastante embriagado por la bebida fermentada, se llevó la peor parte. No fue mucho, sangre en la nariz y alguna magulladura. El otro también recibió golpes. No era más que una de las enganchadas que aquella bebida provocaba tras la euforia y que la mayoría tenía ya olvidadas al amanecer siguiente. Pero en él dejó rencor e ira. Aunque el Autillo fue lo suficientemente listo para ocultarla a casi todos, menos a quien mejor lo conocía. El Errante sabía que tenía que esperar el momento oportuno para que él mismo pudiera comprender el mal que se estaba haciendo.

El campamento tuvo que ser trasladado de sitio cuando los intestinos de la ballena se derramaron y el hedor se hizo insoportable. Fue cuando las fieras tuvieron una nueva ocasión y los hombres les permitieron que se cebaran en lo que ellos no querían. Se apartaron un poco, pero aún siguieron aprovechando algunas partes del inmenso corpachón. Luego ya se levantó definitivamente, y cada cual con su carga a la espalda, una vez que se había logrado ahumar o simplemente secar con sal de mar, partieron hacia sus respectivos fuegos.

El Errante y el Hombre Ballena siguieron hasta su cueva a las gentes del Sella, pues ese era su destino para visitar a sus reconocidos chamanes. En el campamento playero ya habían hablado algo y también con los del Buxu. Aún ofuscado por su éxito y atrapado por sus ansias, el Autillo alcanzó a saber que una cueva en el interior

más recóndito de las montañas más altas,[37] y algunas extrañas memorias que sobre ella se guardaban, era lo que atraía la atención de los Hombres Espíritus y por lo que habían hecho llamar al Errante. Algo que entendió que tenía que ver con los Patas Cortas, con los Jaros, que es como su guía los llamaba. Aquello lo sobresaltó. ¿Permanecían aún allí, en aquellos bosques impenetrables? Parecía ser que sí; por lo que cuchicheaban, aún vagaban por las fragosidades de aquellas montañas como lo hacían por las de más al sur los que bajaban a robarles las hembras a los Hombres de los Caballos. O si no eran ellos, aún podía ser peor y haber regresado de las tinieblas sus espíritus. Los chamanes los consideraban la peor de las amenazas, a la que debían conjurar de inmediato.