La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 50 de 50

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La canción del bisonte

49. El ataque final

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El ataque final

 

Los hombres y la loba buscaron de inmediato para Ababol el mejor de los refugios posibles. Vieron su preñez y, sobre todo a Lobo Alto, que aún los acució a cuidarla más. Porque estaba desfallecida y extenuada. Hallaron una buena gruta, prepararon dentro una enorme fogata y hasta lograron con los cantos ardientes de la hoguera hacerle en un cuenco un caldo caliente. Luego le asaron finas tiras de carne y la arroparon en las más gruesas pieles. Lo primero era que Ababol se recuperara. Lobo Alto envió a dos batidores a buscar al otro grupo y a otros dos hacia el Valle Oculto para avisar a Esmerejón que con el grueso del clan se pusiera en marcha rápidamente.

Ababol estaba a salvo pero en cuanto estuviera recuperada y en condiciones de caminar, habrían de establecerse en un lugar adecuado y desde allí planificar el ataque definitivo sobre los Patas Cortas de Nublo y el rescate del resto de las cautivas, en especial de la Alondra. Esta vez no escaparía a su venganza. Pero para conseguirlo y cuanto antes debían contar con todas sus fuerzas.

Con Ababol a su lado contaban ahora con la mejor información posible. Ella conocía la situación de la cueva, la mejor manera de llegar sin ser vistos y la más fácil de atacarla. Ahora la ventaja, la que siempre y desde hacía muchas lunas, Nublo les había llevado, estaba casi toda de su parte.

Toda no. Porque Nublo se habría maliciado tras su huida que era muy posible que Lobo Alto saliera a buscarla. Era por tanto preciso que no los detectara, que la creyera muerta y devorada por las fieras. Ababol se recuperó muy pronto y, a pesar de que le costaba caminar con su prominente barriga, era ella, ahora feliz y tan risueña como antes y quizá más que nunca, la que los animaba a desplazarse ya mismo. La alegría la embargaba y su tenaz decisión hacía sonreír a todos. Lobo Alto parecía también rejuvenecido, como liberado de un peso atroz, y volvía a ser el jefe firme, seguro y lleno de vigor. Pero también notaron sus hombres que en su rostro y su ademán había un rasgo nuevo, un hálito de crueldad y resentimiento que no habían notado antes. Lobo Alto quería la venganza y la preparaba fría y concienzudamente

La partida se retranqueó hacia los sabinares de lo alto del páramo. Allí construyeron una cabaña de piedras y lograron acomodarla con pieles y hojas hasta hacerla muy confortable. Sabían que allí, por ser el lugar más inhóspito y gélido, es donde Nublo iría. Eso lo obligaba a salir de los cañones y caminar por campo más abierto.

Se barruntaba ya el final de las Lunas del Hielo y hasta había atisbos de mejoría en el tiempo. Tendrían que esperar con paciencia, pues el viaje de ida y vuelta era largo, y Esmerejón debía preparar bien la partida. Los batidores le señalarían sin problema el camino, pero además le llevaban recado de que extremara el sigilo en su aproximación en las últimas jornadas.

Nublo había rastreado a la hembra fugitiva. Se había extrañado de su huida, que la llevaba a una muerte casi segura en medio de la ventisca. Había detectado una tensión creciente entre las hembras de su clan con ella. Consiguió saber la causa tras golpear furioso a la Jara. Esta le acabó por decir que las otras mujeres se habían conjurado para matar a la Oscura y al niño antes de que este naciera. Quizás Ababol se había enterado de alguna manera y por ello había huido. Nublo salió tras ella nada más terminar la tormenta. Siguió el río aguas arriba y luego hacia abajo. Al fin dio con una huella por donde lo había atravesado y supuso bien que había intentado remontar por aquellas laderas. Pensó que con la cellisca, preñada, débil y sin comida habría perecido, pero se quedaría más tranquilo si daba con sus huesos o algún resto que hubieran dejado de ella los carroñeros. Buscó círculos de buitres en el cielo pero no divisó ninguno. Desplegó a algunos de sus hombres por aquellas colinas y uno de ellos encontró el pequeño fuego en la madriguera. Por allí había pasado. Ya no encontraron ningún otro rastro ni de ella ni de nadie. La tormenta lo había borrado todo y regresaron a la cueva casi convencidos de que Ababol había muerto. La Alondra y las cautivas lloraron por ella y la curandera del clan del río Salado también se entristeció un poco. Los hombres se quedaron indiferentes y las mujeres de Nublo se alegraron, aunque hicieron por que no se notara, pues sabían que Nublo había llegado a golpear a la Jara, y si se enteraba de algo más, a ellas las castigaría mucho más cruelmente que a ella.

Nublo no se confió y redobló su alerta. Llegaba el buen tiempo y podía presentarse el enemigo. Aunque esta vez no parecían haberlo seguido, pues no tenía nueva alguna de ellos desde hacía mucho tiempo. Habrían perdido su pista muy lejos, en aquellas montañas, o en la estepa alomada que se extendía desde sus pies hasta los llanos en alto antes de llegar a la paramera y a aquellos cañones. Pero cuando meditaba sobre ello no podía evitar añorar el Valle de los Primeros Hombres que le habían arrebatado y se llenaba de rabia.

Esmerejón llego al fin con una poderosa tropa. La fila de los Errantes lo seguía. Aunque cada vez estaba más próximo su parto, Ababol tuvo aún fuerzas para conducir a Lobo Alto a un lugar desde el cual, tapados, pudieron tener la cueva al alcance de la vista.

No podrían atacarla sin ser vistos desde el valle ni desde las laderas por donde ella había huido. Pero si atacaban desde arriba, por donde se levantaban los farallones rojizos de las águilas, sería difícil descubrirlos. Otro grupo podría envolverla por el otro costado, cruzando el río mucho más abajo por detrás de una fuerte loma y ganando sin ser vistos las laderas que llevaban hasta la entrada.

Ababol hizo entonces una petición a Lobo Alto: sabía que el hombre había decidido acabar con todos los Patas Cortas. Ella había vivido con ellos. Unos la habían maltratado, pero igual que sus hombres maltrataban a los otros y a sus mujeres cuando las cogían. Las hembras del clan de Nublo, la Jara y las otras habían querido matarla con su hijo sin nacer y comérselos a los dos, pero las del clan del Salado, y en particular la curandera, no le habían hecho mal alguno. Que no matara a todos los hombres eso no podía pedírselo ni ella a Lobo Largo. Los cazadores Patas Cortas que empuñaran una lanza perecerían todos. Pero ante todo le suplicó que respetara la vida de la curandera. Seguro que se escondería en su covacha, que estaba fuera de la grande, como lo había estado en la montaña Mamut la de Ova. Era ya casi una anciana, no levantaría la mano contra ellos. Lobo Alto la escuchó pero no contestó nada.

Esa noche dio a todos las instrucciones para que cada cual estuviera en su sitio y todos supieran qué hacer.

—Esmerejón bajará con unos desde el farallón, yo lo haré desde el otro lado. Atacaremos de costado, nunca de frente pues Nublo ha preparado una enorme cantidad de piedras para arrojarnos. Está muy prevenido ante un ataque como el que sufrió en el Valle. Entrando desde los costados no podrá herirnos con ellas. Cuando entremos, matadlos a todos pero procurar salvar a las cautivas, protegedlas y ponerlas en cuanto podáis a salvo, sobre todo a la Alondra. Ababol dice que Nublo ha dado la orden de que si son atacados, las maten. —Se calló, hizo una pausa reflexionando—. Matad a todos los hombres y a todos los muchachos. Pero no matéis a los niños, y menos a los que son hijos de las cautivas. Y no matéis tampoco a las mujeres. De ellas nos ocuparemos luego. Veremos a cuáles nos llevamos a nuestros fuegos. Mataremos a las que no nos llevemos. Así todos los Patas Cortas perecerán pues no habrá vientres que los engendren. Atacaremos antes del alba. Cuando empiece a clarear.

Llamó aparte a Esmerejón, que iba a entrar por ese lado y se toparía el primero con la covacha de la hechicera.

—Cuida de que no maten a la curandera, está en una pequeña cueva cerca de la entrada de la grande. Ababol, la Guardiana de la Diosa, nos lo ha pedido.

Nublo no parecía tener esta vez escapatoria y su clan no la tuvo. Pero él algo detectó en algún momento antes de amanecer que lo puso en guardia. Salió a la boca de la cueva y se quedó mirando fijamente aguas abajo, en dirección a la loma. Fue dentro, cogió su lanza y se quedó alerta. Envió a uno de los suyos a lo alto de la colina, sobre la cueva, para que desde allí oteara todo el territorio a sus pies.

Lobo Alto vio desde la distancia destacarse su silueta contra el horizonte, que ya empezaba a clarearse, y ordenó a los Errantes que echaran cuerpo a tierra y se ocultaran en una cárcava. No se moverían y esperarían sin ser vistos a que Esmerejón comenzara el ataque desde el otro flanco. A él no podía verlo el vigía de la colina pues venía oculto por el cañón hasta que no los tuviera prácticamente encima.

Y no lo vio. Fue el primero en caer atravesado por dos azagayas. Dio un alarido, pero, casi antes de su grito de muerte, se oyó el ataque de los Errantes. Nublo reaccionó al instante. Corrió costera adelante en dirección contraria buscando altura. Delante de él corría aquella mujer de pelo rojizo. Huían. Lobo Alto se levantó con los suyos en la cárcava e intentó cortarles el paso. Ella ya casi había llegado arriba, él gateando la seguía. Otros Patas Cortas más habían salido de la cueva, unos hicieron frente a Esmerejón, que asomaba por un costado, y cayeron todos alanceados. Algunos, viéndose perdidos, emprendieron la huida por el mismo rumbo que su jefe. Solo fueron un puñado, pues la tropa de Esmerejón ya había bloqueado la entrada. Y de los que escaparon ya se encargaba Lobo Alto. Las azagayas caían alrededor de Nublo, que seguía reptando para no ofrecer blanco hacia arriba. Una de ellas lo alcanzó en una pierna porque se le vio retorcerse y arrancársela. Ya casi llegaba al viso. Uno de sus hombres lo alcanzaba con él. Ambos se levantaron para iniciar la carrera y trasponer. Llegaron más azagayas volando. Una, la de Lobo Alto, se clavó en la espalda de uno de los dos cuando ya trasponía y cayó hacia atrás rodando por la misma huella por la que había subido.

Subiendo en vertical, trepando y gateando hacia donde estaba el puesto del vigía, habían conseguido huir también algunas mujeres y un hombre, tres o cuatro a lo sumo. Los demás, tanto del clan de Nublo como los del clan de la Cueva del Salado, morían dentro. Los últimos fueron a hacerlo en la galería de la derecha, donde pudieron resistir en un estrecho pasadizo con sus largas lanzas. Tras él, la cueva se ensanchaba y ganaba mucho en altura. Intentaron escalar hacia unas repisas y por donde tal vez se abriera alguna chimenea, pero los Errantes encendieron teas y los descubrieron agazapados. Cargaron sus propulsores y entre risas los alancearon en sus escondrijos. La mayoría de las mujeres, los niños y los muchachos se habían refugiado en otra galería que salía hacia la izquierda y que aún tenía un pasadizo más estrecho de entrada. Los Errantes no fueron tras ellos. Llamaron a las cautivas para que salieran con sus hijos y les dijeran a las otras que no iban a matarlas. La Alondra fue la primera en salir, para gran alegría de quienes aguardaban. Nublo, con tal de huir, no había podido hacer lo que pretendía si era atacado y todas se habían salvado. Las había salvado en realidad la curandera, que había escapado delante de Esmerejón de su cueva cuando los vio subir y las había conducido por aquella galería por la que casi no podía entrarse.

Junto a ella se encontraban ahora algunos chicos, uno ya crecido, un par de hembras de las de Nublo y el resto de las del Salado. No todas, pues algunas habían muerto con los hombres en la estancia de la cueva, allí donde habían enterrado al niño, y otras en la puerta. Otra también de Nublo había sido alcanzada cuando intentaba trepar por donde estaba el vigía y otra de las que escaparon por allí iba dando mucha sangre.

Lobo Alto se acercó al que había alcanzado con la azagaya y que estaba boca abajo tendido en la cuesta. Pero sabía que no era Nublo. Este, otra vez, había conseguido huir, abandonando a todos los suyos. Iba sangrando y cojeando pero había escapado de nuevo. No lo haría tan fácilmente. Lobo Alto llamó a la loba y sus hombres lo siguieron en la caza. Delante de su hocico y el grupo perseguidor eran varios los que corrían. Alcanzaron a algunos. No era Nublo el único que iba herido. La loba saltó sobre él por detrás y lo remataron en el suelo. Un grupo lanzó sus azagayas sobre una silueta que se escurría corriendo entre los pinos. Resultó ser otra de las mujeres de Nublo, que había remontado por el puesto del vigía. Perdieron la pista de los demás fugitivos al cruzar un riachuelo. La loba buscó al otro lado pero no encontró nada. Volvió y Lobo Alto la hizo seguir aguas arriba hasta que dio con la pista de nuevo. Había caminado por el agua para hacérsela perder. Pero ya no había sangre en esa huella. O Nublo había logrado detener la hemorragia o eran otros Patas Cortas a los que perseguían. Dieron caza a uno más y después perdieron definitivamente la pista. Nublo había desaparecido.

Regresaron a la gruta. La noticia de que Ababol estaba viva alborozó a la Alondra, que lloraba inconteniblemente, pero ahora de alegría. Y a través de las cautivas, que ya se entendían con las otras también, aquel jefe aterrador que los dirigía les fue haciendo entender a las prisioneras que por Ababol no las mataría. Ni a las del Salado ni a sus hijos pequeños. Los que aún no hubieran tirado los dientes de leche se salvarían. A dos de ellos que ya los habían tirado los hombres de Esmerejón se los llevaron aparte y los sacaron de la cueva, y lejos de la vista de sus madres los degollaron. Con los demás se cumplió lo dicho y no les hicieron ningún daño. Pero sí a las mujeres de Nublo, excepto a las dos más jóvenes. A las otras dos se las entregaron a las cautivas de los Hombres de los Caballos, que cogieron lanzas de los hombres y las mataron con sus propias manos. Las dos más jóvenes se salvaron a duras penas porque las de los Caballos también querían matarlas. Pero al clan Errante le hacían falta hembras.

Lobo Alto prosiguió al siguiente día la caza de Nublo. Esta vez con muchos cazadores desplegados. Descubrieron que habían puesto a la loba tras una pista mala. Nublo se había volcado, tras correr un buen trecho, de nuevo hacia el río Salado. La loba volvió allí a dar con su huella y con la de la Jara. Consiguieron seguir ambas hasta una cueva. Allí habían pasado la noche y se había curado la herida. Comprobaron que tan solo había dos huellas, la suya y la de la hembra. Los persiguieron dos jornadas enteras. Al final llegaron a los cortados sobre el Gran Río Hundido. Encontraron la hendidura por donde habían logrado descolgarse hasta el agua. Allí perdieron el rastro. El caudal bajaba turbulento y caudaloso, haciendo rabiones y peligrosos remolinos. Quizás habían logrado atravesarlo o tal vez hubieran perecido ahogados. No lo supieron. Ya no fueron capaces de hallar rastro alguno de su paso.

A pesar de que sus compañeros le reiteraban que era seguro que Nublo había muerto en aquellas aguas, Lobo Alto regresó ceñudo a la cueva. Hasta allí habían traído a Ababol, se había mantenido alejada y bien protegida durante el combate, que más bien había sido una matanza. Y el malhumor de Lobo Alto se convirtió en angustia cuando le dijeron que Ababol se había puesto de parto y parecía haber dificultades en la salida del niño. Era primeriza. Ababol llamó a gritos a la curandera de los Patas Cortas y a la Alondra. La vieja mujer acudió a la sala donde habían muerto los últimos hombres de su clan y habían enterrado al niño. Los aullidos de dolor de Ababol parecían herir a las propias paredes. Hubo uno particularmente agudo e intenso, pero tras él y después de un silencio, lo que se oyó fue el lloro de un niño. La curandera de los Patas Cortas lo levantaba en vilo y le daba pequeños cachetes para que respirara. Luego se lo entregó a su madre. Ababol, la Guardiana de la Diosa, la curandera de los Patas Cortas de la Cueva del Río Salado y la Alondra se quedaron juntas atendiendo a la criatura mientras dejaban ya acercarse a los hombres. Lobo Alto se adelantó hacia Ababol. Esta ya sonreía y le mostró muy contenta a la recién nacida. Era una niña. Contempló, ya sin rastro de su ceño fruncido, a la madre y a la niña, que lloraba, y a la que Ababol intentaba dar por primera vez de mamar. Lobo Alto se fijó también en otra cosa. Vio que no tenía la piel clara.

El jefe de los Errantes no sabía hacer brotar bestias ni fieras de las rocas como sí sabía hacerlo quien había sido su maestro, del que el clan entero había tomado nombre. Lobo Alto no sabía utilizar los colores como hacía el chamán, aunque este le había enseñado al menos a trazar rayas. Con un buril grabó la forma de una mujer pariendo. Iba a comenzar cuando vio que alguien lo había hecho antes que él. Se sobresaltó. Eran unas rayas verticales cruzadas por otras horizontales, como el armazón de una trampa. Los trazos habían sido coloreados con ocre rojo. ¿Quién había pintado allí? Nadie de ellos había pisado nunca aquella cueva. ¿Habían sido los Patas Cortas? Una imagen le vino de pronto a la cabeza. Aquel dibujo ya lo había visto antes. En una cueva de la Montaña Mamut en la que había estado con Ova. Aquellas mismas rayas, aquellos mismos cuadros. Y Ova le había dicho que estaban

allí antes de que los clanes de las Cinco Cuevas llegaran.[96]

Respetó con reverencia aquel grabado e inició al lado su trabajo.

Luego salió a la boca de la cueva sobre el pequeño río. Puede que Nublo hubiera huido, pero él había destruido por completo a su clan. Regresarían al Valle Oculto. Pero si algunos querían quedarse en esa cueva, lo permitiría y les dejaría a algunas de las cautivas Patas Cortas. Y aún pensó que tal vez, algún día, él y Ababol regresarían a aquellos parajes, a aquellos inmensos cañones, a aquellos caudalosos ríos llenos de peces y a aquellos inmensos bosques llenos de caza.

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Antonio Perez Henares

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