La canción del bisonte
28. La despedida de Ababol
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La despedida de Ababol
Aquella mañana en que una gran boca negra se comió el sol y después lo vomitó quedó marcada en la memoria de todos los clanes: todos pudieron verlo y todos tuvieron miedo. Hubo muchos conjuros, muchas ceremonias, muchos presagios, pero pasaron los días y nada más sucedió. Seguían recordando con pavor lo sucedido pero la vida estaba ahí y no daba respiro para sobrevivir. El Errante no había contado a nadie aún su decisión, pero a Ova no se le escapó el cambio que había experimentado. Y cuando vio que parecía ir concluyendo tareas para no dejar nada inacabado, lo entendió. Ya se había marchado otras veces, pero esta le parecía diferente a las demás.
El Errante se había puesto ya fecha de partida: cuando el deshielo hubiera concluido del todo e inmediatamente después de la Fiesta del Salmón. Quería compartirla como despedida con quienes, más que ningunos otros, lo habían hecho sentirse en su lugar. En breve se lo diría a Ova, aunque suponía que la Guardiana ya se lo barruntaría, y también al Autillo, a quien intentaría convencer de que no lo siguiera en aquel viaje final del que ya no volvería jamás. Sentía que el joven aún no estaba preparado, pero confiaba en que los últimos tiempos le habrían hecho madurar. En la montaña Mamut tenía amigos y le profesaban gran estima. No tendría problema alguno para ser importante y servir a aquel clan. Allí tenía un fuego y era evidente, para todos menos para él, que Ababol lo encendería.
Aprovechó bien el tiempo que aún le quedaba junto a él. Volvieron a caminar siempre el uno al lado del otro, volvieron a ser discípulo y maestro y volvieron la humildad y la serenidad al rostro del joven. También retornó en el Autillo la alegría de vivir, y ya con una risa se resistía a que Ababol siguiera dándole ordenes, pero a la postre acababa medio en broma por ceder y ambos recuperaban la complicidad perdida.
La nieve fue subiendo en su cuota hasta solo resistir en las alturas y era ya llegado el momento de que los salmones emprendieran su loca carrera curso arriba de los ríos. Era aquel el momento, casi el único, en que podían capturarlos en mucha cantidad y era vital para su subsistencia aprovechar la oportunidad. Habían de elegir bien los lugares, algunos ya conocidos desde muchas generaciones atrás, aunque siempre había algo que modificar porque la corriente variaba, y preparar en ellos las trampas y los vallados para conseguir entrampillarlos y estrechar los pasos para ensartarlos con los venablos o simplemente conseguir sacarlos a tierra. Y tenían que estar atentos con los osos, que como siempre llegarían para participar en el festín.
Comenzaron los preparativos para recibir a los visitantes durante el gran acontecimiento, del que este año era anfitriona la montaña Mamut, y todos se afanaban en ellos. Fue entonces cuando el Errante lo llamó y el Autillo supo, nada más verlo, que algo grave iba a suceder. Tampoco a él se le había pasado por alto su desasosiego.
—Desde que eras un niño has caminado a mi lado. Ya eres un hombre, ya está tu mano junto a las de todos en la montaña Mamut, ya tienes un clan y un lugar. Pero yo he caminado largo tiempo errante sobre la tierra y es llegado el momento de regresar a mi lugar, de donde vine y de donde ya no volveré jamás. En este clan tienes ya tu sitio en su fila y en sus fuegos. Yo ahora debo partir solo y este viaje tú no has de seguirlo conmigo, porque este es mi destino y nada tiene que ver contigo. Yo sé adónde me dirijo y sé por qué debo hacerlo. Pero tú no lo sabes ni tienes por qué saberlo. Después de la Fiesta del Salmón partiré.
El joven se mantuvo en silencio. Supo que no podía preguntar nada, ni porqué, ni el lugar, ni cuál era el destino al que irremediablemente debía acudir su maestro. Pero no acababa de entender si con sus palabras le prohibía seguirlo y lo arrojaba definitivamente de su lado.
—¿Acaso sigue tu enfado conmigo? ¿Acaso te decepcioné tanto en nuestro viaje anterior que ya no deseas tenerme a tu lado? —preguntó.
El Errante no esperaba esa reacción. Se sobresaltó y quiso atajar de inmediato su dolor:
—Nada más lejos, nada más contrario a eso, ni para nada siento enfado contigo. Estoy lleno de orgullo por ver en lo que se ha convertido aquel niño esquivo que conocí. No es eso, no lo pienses así. Quiero que entiendas que esta es mi última senda, por la que ya no pienso volver, y que no es la tuya ni tienes por qué venir.
El Autillo había pensado en más de una ocasión que habría un día en que su maestro le diría algo así, pero no había alcanzado a suponer que él se quedaría atrás, que no marcharían juntos como siempre habían hecho. Por eso volvió a insistir:
—Entonces, si es así, ¿por qué deseas partir solo?
—No es mi deseo lo que importa. Ya no eres ni aprendiz ni yo maestro tuyo en nada, ya no nos une ese vínculo. Y no regresaré nunca, te digo.
—¿Y si es mi deseo hacer también mío ese camino? ¿Y si es mi voluntad seguir el tuyo?
Ahora quien calló antes de hablar fue el Errante. Al fin lo volvió a hacer.
—Aquí está tu gente. Adonde regreso es la mía. Y allí puedo hallar mi muerte por su mano y la de todo aquel que me acompañe. Nada más puedo decirte. Pero has de pensar en tu propio destino y ese está aquí, donde moran los que aprecian tu valor, tu corazón y tu venablo. Aquí están quienes te quieren. —Y señaló a Ova y a Ababol, que subían desde el valle hasta la cueva, la hija reposando el paso para no cansar a la madre.
Las miró el joven y sintió en su entraña que era verdad lo que decía y algo se despertó en sus adentros al comprender la sensación de pérdida que iba a apoderarse de él si lo seguía. La figura y la cara de Ababol se le hicieron presentes. Más allá de aquel valle, era la joven que ahora subía a media cuesta quién lo enraizaba allí. Pero sintió a la vez que no debía perder al Errante, que no estaba aún preparado para quedarse solo y que, después de lo sucedido aquel invierno, aún necesitaba a su maestro. Aún no estaba en condiciones de caminar solo.
Pero era algo más lo que le impelía ahora a hacerlo. No estaba ahora dispuesto a dejarlo solo. El Errante empezaba a ser mayor, era ahora el otro quien podría necesitarlo a él. No podía dejar de corresponder sus cuidados ni de pagar la deuda inmensa que con él tenía, y no estaba dispuesto, precisamente cuando iba a enfrentarse a su secreto, a abandonarlo.
Y antes de que la madre y la hija llegaran hasta donde se encontraban, lo afirmó con total rotundidad y decisión:
—Este hombre irá contigo.
El Errante comprendió que tampoco podía prohibírselo. Y, además, no quería.
Las mujeres vieron que ambos se habían cogido del brazo y se lo estrechaban. Luego entraron los cuatro en la gruta a seguir preparando la Fiesta del Salmón.
El Autillo comprendió que debía contárselo cuanto antes a Ababol. Pero algo siempre lo hacía echarse atrás. Los dos hombres discutieron más su decisión pero tan solo sirvió para reafirmar la voluntad del joven, a quien, a pesar de la angustia cierta por partir, lo embargaba una creciente excitación.
Siguió diciéndose cada noche que a la mañana siguiente se lo diría a Ababol, pero los días pasaban sin hallar la ocasión, y la subida del salmón comenzó sin que se hubiera decidido porque no había en realidad cosa que más temiera que aquel momento.
El Autillo fue uno de los vigías destacados en las chorreras donde ancestralmente ya se colocaban para dar la señal de la subida de los peces. Unos años se adelantaba, otros se retrasaba, unos era tan ingente el número de salmones remontando que casi no cabían por algunas estrecheces de la corriente y otros disminuía tanto su cantidad que la pesca resultaba escasa y hasta raquítica. Confiaban en que este año fuera abundante y para ello la Guardiana de la Diosa celebró con las mujeres sus ritos propiciatorios de la fertilidad y de la vida.
Los jóvenes encargados de la vigilancia se desplegaron con júbilo por las orillas. Solo el Autillo se ensimismaba dando vueltas a su secreto y se desesperaba en cómo comunicarle a Ababol la noticia de su marcha. Además de que se iba, sabía que necesitaba decirle algo más que pugnaba por salir de su interior. Desde luego que si había tristeza en su partida era por dejarla a ella.
Los vigilantes del agua tan solo tenían que no quitar ojo a las chorreras o a algunos pozos en los que los peces se detenían antes de atacar las pequeñas cascadas. El clan preparaba sus trampas más arriba, donde las aguas eran más someras o podían utilizarse las plantas que los adormecieran en algunas profundas pozas, al igual que había hecho el Errante en el río bajo la Cueva Mayor donde había nacido el Autillo. Pero los jóvenes apenas si alcanzaron a ver salmones sueltos y comenzaron a aburrirse y a vagar por las orillas buscando comida y asando caracoles. Cuando ya casi llevaban media luna allí, una noche precisamente a su luz vieron la avanzada reluciendo ya por las chorreras y luego oyeron su chapoteo en el pozo. Al amanecer, nerviosos y excitados, comprobaron que muchos habían alcanzado ya la primera cascada. El Autillo, por su rapidez de piernas, fue una vez más el encargado de dar la jubilosa nueva y la llevó con presteza y alegría. Todos cogieron sus lanzas, sus cestas, sus trampas, y se dirigieron a los lugares previstos donde se agazaparon. La subida del salmón había, por fin, comenzado.
Con las primeras capturas se haría la fiesta y se agasajaría a los visitantes de otros clanes. Después de ella seguirían pescando y pondrían a secar y a ahumar todos los que no se comieran. Nada apenas se desperdiciaba del pez. Menos aún, las huevas de las que venían cargadas las hembras. Nada había más exquisito que aquel bocado que se deshacía en la boca.
La subida era muy potente. Los salmones semejaban rebaños en los pozos ante las pequeñas cascadas. Había muchos pero no resultaba nada fácil cogerlos. Ni siquiera cuando caían en las trampas y en las pequeñas empalizadas a las que lograban conducirlos. Tampoco era demasiado efectivo el gordolobo en aquellas aguas corridas y cambiantes. Pero todo era un jolgorio y los chapoteos, los fracasos, los resbalones y las caídas al agua eran motivo de risas continuas y de burlas. Cuando alguien lograba levantar un gran pez ensartado en una azagaya todo eran parabienes y griterío. Las piezas se iban destripando y luego colgando en largas varas. Pero las primeras fueron un manjar que se puso a asar de inmediato en lajas de piedra.
Al subir del río, el Autillo pensó que era el momento propicio para hablar con Ababol, pero se encontró que siempre estaba rodeada. Habían ido llegando de los clanes cercanos y también emisarios de los más lejanos. Hubo muchos saludos y parabienes y todo aquel gentío hacía imposible un instante de sosiego y a solas. Todos traían obsequios y presentes y todos venían con el ánimo alegre pues habían logrado pasar otras Lunas del Hielo y ahora esperaban que la tierra y las aguas les fueran propicias. Los espíritus del frío, el hielo, el hambre y la muerte parecían conjurados un año más. La Guardiana de la Diosa sacó de su hornacina la pequeña estatuilla, y en una repisa de piedras la colocó en medio de un pequeño prado, rodeada de reluciente hierba fresca. A su alrededor depositaron todo tipos de brotes, de carnes, de ofrendas y, por supuesto, el mayor de los salmones pescados. La Guardiana se lo ofreció a la Madre pidiéndole fertilidad para todos los seres, para los del aire, los del agua, los de la tierra, para los árboles, para las plantas, para las bestias y para los seres humanos. Para todas las hembras cuyos vientres habrían de hacer que la vida repusiera sus pérdidas y que todas las manadas, los rebaños y los clanes aumentaran.
La ceremonia de la Guardiana, a la que acompañaban las matriarcas de los fuegos, era la señal para que la fiesta llegara a su zenit. Tras ella los chamanes hicieron girar sus bramaderas y comenzaron a sonar las flautas y las ocarinas. En una gran campa, sobre hierba verde recién cortada, se sirvió el salmón recién asado y cuando las panzas estuvieron llenas se reavivaron las hogueras para que ahora las llamas subieran hacia el cielo, comenzaron a sonar los tambores y hombres y mujeres comenzaron a danzar en torno a los fuegos. Cuando cayó la noche y con la bendición de la Diosa, aquella más que ninguna, las mujeres y los hombres se buscaron con deseo y se aparearon con frenesí.
La Fiesta del Salmón estaba llegando a su término y el Autillo aún no había sido capaz de decirle a Ababol que se iba. Se había retraído un tanto del desenfreno final pues de su experiencia en el campamento de la ballena le había quedado un regusto amargo, era entonces cuando había montado y penetrado a muchas mujeres y se había saciado en ellas, pero luego llegó su frustración y su ira, y ahora todo ello era un revoltijo en su cabeza al que no quería regresar. Sabía que en la Fiesta del Salmón eran las hembras quienes elegían y que aquel día no se respetaban los compañeros habituales en los fuegos. Pero él no deseaba que hembra alguna lo invitara a aparearse y se escondió. Tan solo deseaba que lo hiciera Ababol. Esa certeza y el deseo lo habían asaltado aquella misma tarde y se habían desbordado por todo su cuerpo y ocupado todos sus pensamientos. Tan solo podía decirle que se marchaba, que no sabía hacia dónde y que se perdería su paso seguramente para siempre.
Decidió entonces alejarse de la campa y de la luz de las hogueras, retornar en cierto modo a aquella manera suya tan arraigada en su infancia de ocultarse de la gente, de taparse en alguna oscuridad y quedarse aparte sin ser visto ni tenido en cuenta. Eso sí sabía hacerlo bien, y eso hizo. Tan solo hubo de apartarse un poco. Todos los demás estaban ocupados. Creyó que nadie lo echaría en falta. Pero sí había quien lo echaba de menos. Ababol lo buscó, lo descubrió y fue a su encuentro. Era una hembra hermosa y joven, con sonrisa abierta, y una forma de acercarse diferente a la de tantas otras veces. Sintió que siempre la había deseado, siempre había querido tenerla y siempre había sido su dueña, desde niña y ahora ya mujer. Pero ahora él se marchaba y eso era antes que nada lo que ya sin remisión debía decirle.
Ella se sentó a su lado, a la sombra de uno de los primeros árboles junto a la pradería, donde no alcanzaba el resplandor, y sin decir palabra se recostó sobre él. Era un ofrecimiento. Era la elección de Ababol. Pero él se levantó de un salto.
Ella lo miró con estupor, con un incrédulo gesto de disgusto y sorpresa. Ella también había sentido acelerarse sus pulsos al tomar su decisión. Era él con quien quería yacer, culminar el rito de la vida. Y él la rechazaba. Iba a salir huyendo llena de pesar, vergüenza y rabia. Pero el Autillo al fin reaccionó, la sujetó de un brazo y le suplicó que no se fuera, que había algo que debía saber y todo lo que pensaba decir en un parlamento pensado mil veces lo soltó a borbotón:
—Me iré con el Errante. Cuando la fiesta concluya nos iremos. No sé adónde pero sí que él no volverá nunca. Y seguramente tampoco yo. Es lejos, es muy lejos, donde nadie excepto él ha estado. El Autillo quiere a Ababol, es a quien ha querido desde niño y durante toda su vida, es a la única persona; al Errante también, pero es otra cosa, por la que se siente latir y por la que daría su vida. Es ella la única mujer que hoy quería que me encontrara. Pero yo me marcho, yo me voy, Ababol —acabó casi en un sollozo.
Ella, extrañamente, lo primero que sintió fue un gran alivio, pudo respirar. No la rechazaba, no. Al contrario, la quería para él, a ella y nada más que a ella. Pero luego le llegó toda la angustia de él y la asaltó. Aunque era mucho menos que el dolor que antes había sentido. El Autillo la miró entonces con una tremenda tristeza que ella comprendió aún mejor que él, y se volvió a sentar a su lado.
—No sé si el Errante se lo habrá dicho a Ova —balbuceó él.
—Se lo habrá dicho, pero mi madre a mí no. Eras tú quien debías decírmelo. — Hubo un cierto reproche en la última afirmación.
—Quise hacerlo desde antes de bajar a los pozos y nunca pude… —dijo atropelladamente.
—Y si no te hubiera buscado, ¿te habrías marchado sin decir nada?
Él se tapó la cara con las manos. No fue un sollozo, quizás una desesperada aspiración lo que ella alcanzó a oír. Lo sentía sufrir y no quería verlo así. A su niño, al muchacho cómplice con quien creció, y ahora al que como hombre quería y como hombre lo había buscado solo para ella, no quería verlo sufrir, aquella noche no al menos.
Lo abrazó, lo obligó a descubrir su cara, notó humedad en sus dedos al retirarle la mano y apretó su cuerpo contra el de él. Lo había hecho otras veces jugando, pero ahora era con calor de hembra con el que lo consolaba. El Autillo devolvió el abrazo, y tendidos juntos en la hierba, se quedaron largo rato muy quietos los dos.
Ababol había traído una piel, la recogió de donde la había dejado y la extendió. Ella ya había celebrado sus ritos de iniciada y él yacido con otras hembras. Pero él no sabía ahora qué hacer y ella sí sabía muy bien cómo hacerlo. Descubrió todo su cuerpo, una verde y joven rama con los frutos de sus pechos redondos, y él la cubrió, pero antes de abrir su vulva abrió su boca y le hizo besarla y beber en ella. Y solo cuando las dos bocas estuvieron ansiosas y jadeantes ella se entregó a la cópula, dejó que el hombre la penetrara y arqueó las caderas para que llegara más adentro. Él no fue más allá de algunas embestidas, su tensión estalló y, mucho antes que con aquellas hembras de cuando él era el Hombre Ballena, se derramó.
Se desenlazaron, él con una cierta sensación de vacío y desamparo. Pero ella no lo dejó así. Volvió a abrazarlo y a enroscarse a él. Puso su boca junto a su oreja e inició un ronroneo de pequeña fiera que de pronto le hizo a él sonreír. Le acarició el pecho, él pareció despertar y con toda la suavidad deslizó entonces su mano por su cuello, tan esbelto como el de una garza, y por su cara, y ahora fue él quien buscó sus labios. Cuando el Autillo se entregó al juego de los besos, ella se echó a reír y por un instante volvió a ser la chiquilla traviesa, la pequeña Ababol, la que le hacía obedecerla en todos sus caprichos. La risa de ella lo contagió. De golpe estuvo alegre, con todos sus pulsos agitados y compartiendo las chispas de los ojos más verdosos de ella con las suyas, más afiladas y oscuras.
Hablaron, jugaron y copularon la noche entera. Ella quería dominarlo también en aquel juego y él se dejaba hacer, hasta que en algún momento utilizaba su mayor fuerza, pero sin tosquedad, y ella entonces parecía rendirse tan solo para, en un descuido, intentar volver a mandar. Con una risa traviesa le permitió montarla por detrás y ahí no pudo luego ya zafarse, ni quiso, del asalto del macho que la ahondó hasta que el jadeo de ella se convirtió en grito y el de él, derramándose, en un hondo y gutural gemido. Él aún se quedó dentro, ya sin embestir, mientras ella se dejaba caer y luego, también exhausto, rodó a su lado. Descansaron tapándose con la piel. Asomaba ya la primera claridad y la tristeza volvió.
Subieron juntos hasta la cueva. Entonces él no se hubiera ido. Con que ella hubiera hecho una seña, él se habría quedado. Pero Ababol sabía que, por mucho que lo deseara, no debía retenerlo. Al día siguiente, el Errante partió y el Autillo siguió su huella. Al despedirse de Ababol no quiso pronunciar siquiera la palabra «regreso», pero al mirarla supo, y ella también, que si podía hacerlo y sus huesos no acababan por blanquear una cueva o una costa lejana, un día volvería a ella. Pero nada dijo porque no podía dar una esperanza que no estaba en su mano cumplir.