La canción del bisonte
12. La canción del bisonte
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La canción del bisonte
Los cazadores del clan de la Cueva Mayor no remolonearon ni siquiera un día en su gruta y comenzaron a preparar de inmediato la cacería del bisonte. De ella dependía, en buena parte, poder sobrevivir a las Lunas del Hielo y llegar vivos, los más posibles, a los Soles de la Hierba Nueva.
La primera decisión de Rastros fue la de enviar a varios batidores en descubiertas hacia los lugares frecuentados en esa época por las manadas, sobre todo hacia las juntas de los tres ríos, pero sin olvidar la zona alta de la sierra pues en ocasiones gustaban de permanecer en lo espeso de los bosques y no quería el jefe que volviera a sucederle lo de los renos. También quería saber cuáles eran sus desplazamientos cotidianos y sus querencias favoritas, y así poderse anticipar a ellos. Los escuchas, en parejas, pues Rastros no quería correr riesgos con los grandes predadores que también andarían al acecho, iban y venían solo de día y no caminaban por la noche, y luego informaban en el cónclave que tenía lugar en el reducto de los cazadores y al que el Errante era ya siempre invitado. A los pocos días Rastros comenzó a tener una idea bastante precisa de que los bisontes estaban dispersos en varios grupos. También había ejemplares solitarios, machos que habían sido vencidos por los grandes sementales y buscaban territorios lejos de sus vencedores. Esos no interesaban al clan. El objetivo era emboscar a la manada más numerosa que creían tener localizada.
—La manada grande duerme en la sierra, subiendo por la orilla del río que baja desde el pico. Desciende casi al amanecer y pasta durante casi todo el día en las hierbas frescas de las orillas. Al caer la tarde vuelven de nuevo a sus dormideros en el monte.
—¿Bajan hasta el valle siempre por la misma senda? —preguntó Rastros.
—Salen, casi siempre, del bosque por el mismo lugar, pero para descender toman una vez una trocha y otras eligen o abren diferentes senderos.
Aquella información interesó en gran manera al jefe de los cazadores. Tanto que fue él mismo quien, antes de que el sol volviera a salir, estaba ya en marcha hacia los robledales, y los primeros rayos del astro ya los encontraron a él, a su leal Roble y al batidor tendidos en la hierba, acechando el paso de los bisontes. Había aceptado la petición del Errante y también los acompañaba.
Acariciaba el sol las copas de los poderosos árboles cuando el bosque cercano comenzó a sonar. Los enormes animales habían comenzado a moverse. Los hombres, tumbados tras una pequeña elevación del terreno, se inmovilizaron como piedras. Despacio, parsimoniosamente, los bisontes comenzaron a asomar a un claro. Un par de grandes ejemplares venían al frente, con la seguridad de quien no teme nada, y a pocos pasos los seguía el grueso del rebaño: hembras, jóvenes y algunas crías ya crecidas. Marchaban desplegados en forma de cuña, pero en la linde del bosque más espeso aún quedaban algunos rezagados. Eran dos hembras. Los cazadores supieron a quién aguardaban. A su lado aparecieron sendos terneros de apenas días que al principio permanecían pegados a las patas de sus madres, pero nada más pisar la hierba, el más inquieto de ellos se lanzó a correr y cabriolear y el otro lo siguió en su juego. Las madres avanzaron entonces, y a poco los recentales, ya más serenos, se colocaron de nuevo cerca de ellas. La manada inició su marcha hacia los pastos del valle.
Los hombres se mantuvieron inmóviles observando los movimientos de las bestias hasta que estas se perdieron de vista, por el regato abajo. En todos quedó un sentimiento silencioso de admiración hacia aquel animal tan poderoso. Roble lo escenificó con un movimiento de cabeza, una sonrisa y un gesto contenido en su cara y en sus manos, pero que expresaba lo mucho que su visión le afectaba. El Errante compartió aquella emoción que también a él le embargaba al contemplarlos caminar como si nada en la tierra pudiera pararlos.
Cuando hubieron desaparecido del todo, de la vista y del oído, Rastros aún tardó un buen rato en moverse y permitir a los demás que lo hicieran. Luego, a uno de sus gestos, lo hicieron ligeros y a trote largo, para dar un rodeo, adelantarse a su marcha y volver a encontrarlos más adelante, cuando ya llegaban a la planicie de la sierra, justo antes del viso de caída hacia el río, y comprobar cuáles eran sus descolgaderos.
—Ayer no bajaron por este lugar, lo hicieron más altos —dijo el explorador señalando una barranca no muy pronunciada que descendía más hacia el norte— y también se dirigieron a pastar bastante más arriba.
Aquella noche en el habitáculo de los cazadores hubo mucho que debatir. Lo primero en desecharse fue emboscarlos junto al río.
—Podríamos alancear uno o dos como mucho. En la pradera abierta tienen todas las ventajas —sentenció Rastros.
—Podríamos emboscarlos como hicimos con los uros en la salida —sugirió el cazador que había descubierto su querencia nocturna.
—Pudiera hacerse. Pero allí tienen bien cerca el refugio del bosque y lo buscarían de inmediato. No. Hemos de hacerlo cuando lleguen a la meseta antes de la bajada y empujarlos por las cárcavas. Aunque —se sinceró Rastros— no sé aún la mejor manera de hacerlo, estoy seguro de que ha de ser allí si queremos hacer una buena caza.
—La vez pasada los esperamos ya a la salida de la barranca, a punto de llegar al valle, y la caza fue buena —dijo Roble.
—Y los bisontes grandes y las hembras viejas lo recordarán como lo recordamos nosotros —respondió el jefe.
—Podemos empujarlos con fuego.
—El pasto no está seco. Deberíamos llevar antorchas encendidas.
El cónclave concluyó con muchas discusiones, muchos relatos de cómo se había hecho en años anteriores, como unas veces había tenido éxito y otras se había fracasado, pero sin que se tomara decisión alguna.
Al amanecer siguiente Rastros salió solo y volvió ya con el sol tapándose. Se encerró con el chamán y todos supieron que el jefe había ideado ya un plan de cacería. Confiaban en él. Si el plan era algo que comprendieran, claro. Los convocó. Con un palo comenzó a trazar líneas y círculos en el suelo de la cueva. Cada uno significaba una cosa: el lugar por donde salían los bisontes, la meseta a la que solían dirigirse para bajar, las diferentes barrancas, y marcó unos puntos en la planicie justo antes de llegar al viso del monte. Sabían lo que eran. Unas simas por las que a veces caían animales que luego ellos conseguían capturar muertos o moribundos entrando por las bocas de aquellas torcas traicioneras y mortales. Los leones, las hienas y los lobos también las conocían y en muchas ocasiones habían tenido que disputar con ellos la presa o la carroña. Durante muchas generaciones los cazadores de la Cueva Mayor habían explotado aquellas trampas naturales.
Rastros expuso su plan. La primera línea de cazadores habría de quedarse en la retaguardia de los bisontes cuando estos salieran del profundo bosque. Se situarían allí la noche anterior, provistos de antorchas. Cuando el rebaño hubiera avanzado bastante debían desplegarse a sus espaldas, siguiéndolo al principio sin ruido hasta llegar tras ellos al terreno ya más claro, dominado por brezales y enebros. Los jóvenes serían los encargados de esta tarea. Y se hacía el honor a Tropezón de ser quien los dirigiera. Pero el Errante iría con ellos y el joven habría de escuchar sus consejos.
Dos líneas más de cazadores, también con teas, debían situarse en los flancos. La una, más allá de donde se abría la barranca hacia al norte, y la otra, por debajo de la que estaba más hacia al sur, la más cercana a la cueva, que habría de ser la última en cerrarse pues allí se abrían las torcas. Roble, con los más avezados, asumiría el mando de esas líneas e intentaría que los bisontes no la tomaran empujándolos hacia el sur. Un último y bien nutrido grupo de cazadores liderados por Rastros cerraría la salida de esa barranca, donde la noche anterior pondrían estacas afiladas, parapetos y rocas. En ello colaborarían los ancianos que aún tuvieran fuerzas. Hacia ella deberían intentar espantar a la manada, y con suerte, hasta un despeñadero que quedaba justo en su costado derecho. Ese era el objetivo. Si los bisontes rompían el cerco y conseguían huir hacia el norte y descolgarse por allí al valle, la cacería se habría frustrado. Y habría que intentarla de nuevo, en otro lugar y cuanto antes, pues, si no, los alcanzarían las nieves, el hielo y el hambre.
El chamán oficiaría los ritos, llamaría al bisonte y lo pondría al alcance de los venablos. Al brujo le llevó un día ultimar los preparativos de la ceremonia. En el interior de su recóndito cubículo había ido amasando una figura de barro y dispuesto lámparas de grasa que alumbrarían las paredes y acompañarían a la fogata central para iluminar todo el recinto. Cada cazador habría de venir con el amuleto de su tótem, su hueso de iniciación del animal que había cazado para merecerlo, y con sus armas al completo. El chamán había preparado la bebida y el ungüento de ocre. Esa noche no se dormiría.
Entraron todos al recinto de los cazadores, también los ancianos, aunque algunos no fueran a participar en la batida, y cayó la piel que cubría la entrada del pasadizo. En la cueva, donde mujeres y niños estaban, se hizo el silencio. Al rato oyeron la salmodia de los cazadores que cantaban. El cántico era lo único de la ceremonia que podían escuchar. Todos los clanes lo conocían pues era la tradición antigua de la caza de los hombres. La de esa noche era la canción del bisonte.
No digas: Soy cazador.
Di: Yo sigo los pasos
del bisonte.
Será la Madre quien nos dé a beber su sangre. Será la Diosa quien nos entregue su carne.
Será la Madre Diosa quien haga nacer otros de los vientres de sus hembras.
Seremos nosotros quienes les pongamos en la boca su último bocado.
No digas: Soy cazador.
Di: Yo sigo los pasos
del bisonte.
El carcañal en la tierra, el compañero al lado.
No golpees de frente, apunta al costado.
Con toda tu fuerza, busca la entraña, el pulmón o la panza. Serena los pulsos ante su fuerza, arremete y mata.
No digas: Soy cazador.
Di: Yo sigo los pasos
del bisonte.
El clan la escuchaba en completo silencio. Los niños ansiaban poder entonarla ellos un día. El Autillo la musitaba y llevaba el compás con el pie contra el suelo. Él cazaría algún día al bisonte. Y le darían a comer su lengua.
Dentro, los cazadores habían bebido en sus cuencos de madera y la excitación iba creciendo a cada instante. El brujo descubrió la tosca figura, pero de considerable tamaño, que había moldeado con arcilla y el bisonte apareció a la luz de la hoguera, proyectando su sombra en la pared. Los hombres seguían cantando. El chamán se colocó sobre su cabeza un tocado con la testuz y los cuernos de la bestia y danzó ante el fuego. Luego cogió un venablo, él también participaría en la matanza al día siguiente, y lo clavó en la paletilla de la figura. Después lo hizo Rastros, luego Roble y todos y cada uno de los cazadores. Hasta los ancianos y el Errante. Las lanzas que ahora se clavaban en la figura de arcilla se clavarían mañana en la carne del bisonte. El clan tendría comida durante las Lunas del Hielo.
Por último el brujo hizo desfilar a todos y les trazó en la frente con el dedo la marca del clan de la Cueva Mayor: dos franjas de ocre rojo que bajaban desde el nacimiento del pelo al de cada una de las cejas.
Luego todos, en silencio, fueron saliendo hacia la sala de entrada y de allí hasta el exterior, observados atentamente por quienes se quedaban en la cueva a la espera de que un emisario les diera la señal de acudir a la matanza para desollar, destazar y descuartizar las presas. Aún era noche cerrada, aunque los fuegos del cielo comenzaban ya a palidecer en su brillo y una cierta claridad se presentía por el naciente. Tropezón encabezaba la primera fila, la de los jóvenes, que tenía que recorrer el trecho más largo, y la cerraba el Errante. Roble, la segunda, y Rastros partió con la última, cuando ya comenzaba a clarear. Las mujeres les iban entregando las antorchas resinosas y a cada grupo, un brasero con ascuas en un cuenco de corteza de abedul recubierto de hojas verdes, para que no tuvieran que prender el fuego con el pedernal y la piedra negra.
Durante los últimos días el Autillo apenas si había podido disfrutar de la cercanía de quien era ya su protector. El Errante pasaba todo su tiempo con los cazadores y el muchacho había vuelto a estar solo. Los otros chicos del clan ya no lo molestaban y no le faltaba comida, pero de alguna forma se sentía ajeno a los demás. Ahora se aislaba por voluntad propia y sin ocultarse. Participaba en las tareas comunes, pero al regresar a la cueva se quedaba en el aposento del forastero y lo esperaba allí hasta que regresara de sus conciliábulos o de sus salidas. Permanecía en silencio y una congoja comenzaba a roerlo. Un día el Errante se iría y entonces él estaría aún más desamparado y expuesto. Porque notaba en las miradas de los de su edad y de los algo más mayores que iban a castigarlo y escarnecerlo por aquella cercanía con alguien que a la postre era un extraño a las gentes de la Cueva Mayor. Nada le dijo al hombre, pero este tenía ojos para verlo, y en los momentos en que coincidían se prodigaba en algunas muestras de apoyo y de afecto. Gestos que el Autillo nunca había recibido. Se alegraba en el momento, pero luego aún era peor, porque el negro presagio de que un día partiría aún se le hacía más penoso.
Uno de los muchachos que más lo había acosado se lo confirmó con una frase y una sonrisa aviesa:
—El Errante se marchará y el Autillo volverá a quedarse sin fuego y a tener que mendigar en los nuestros.
No replicó porque bien sabía que él tenía algo que los otros deseaban y no alcanzaban: el aprecio de alguien sabio e importante. Casi tanto como sus propios jefes.
Cuando la cacería se hizo inminente, el Autillo comprendió que debía ser él quien se ofreciera primero si no quería verse postergado. Se decidió a hablar con el hombre la tarde anterior a que los cazadores se metieran a invocar al espíritu de los bisontes:
—Quisiera poder ayudar. Los otros tienen madres e irán con ellas a despellejar y traer la carne. Yo no tengo con quien ir y quisiera que me llevaras contigo.
El Errante lo meditó sonriendo.
—Eres aún muy pequeño, no puedes venir con los cazadores. No sabes lanzar un venablo.
—Sí que sé.
—A una presa pequeña, tal vez, pero no a un bisonte. No te dejarían.
El Autillo insistió:
—Soy rápido de piernas. En carrera gano a todos los de mi talla y hasta a los que me sacan un palmo.
—No —zanjó el hombre, pero se quedó pensativo.
Y antes de la ceremonia habló a solas con Rastros.
—¿Quién avisará a la cueva de que acudan al lugar de la matanza?
—Cualquiera de los cazadores jóvenes.
—¿Y por qué no llevar con nosotros al Autillo, que es ágil como una ardilla, sabe quedarse quieto y nada más concluir la cacería podría regresar y dar el aviso?
Rastros se quedó perplejo por la petición, pero no era hombre de despreciar a los demás, y menos que nadie a aquel forastero al que admiraba por tantas cosas.
—Pero no puede venir con nosotros, y aún menos contigo, que irás con los primeros a acosar a la manada desde atrás.
—Hay por encima de la barranca una gran roca desde la que se divisa todo. Él puede ir hasta allí desde la cueva, pues conoce bien el lugar. Allí se ha apostado muchas veces. Y sabe estar oculto y en silencio como ninguno de tus cazadores. Yo lo instruiré bien para que sepa cuándo ha de dar el aviso, cuando oiga el alarido del final de la cacería. Todo el tiempo que ganemos se lo quitaremos a lobos, hienas y leones, que sin duda vendrán a intentar aprovecharse de lo que nosotros hayamos matado.
—Y que podrían comerse también al Autillo.
—Sabe cuidarse y no hay tanto camino hasta la cueva.
Alguna vez, era cierto, los muchachos habían hecho esa labor. Pero este le parecía demasiado pequeño a Rastros. Al final cedió. Si se lo comía un lobo, no habría hembra que lo llorara ni que le reclamara a él nada.
Así que cuando acabaron de salir los cazadores de la cueva el Autillo ya sabía cuál había de ser su cometido y se sentía tan ufano que quería proclamarlo ante todos pero se guardó de hacerlo. Rastros, el chamán, Roble y el Errante le habían advertido, cada uno y por turno, de cómo debía comportarse. Saldría ya con el día abierto y se dirigiría a la roca señalada. Bajo ningún pretexto habría de moverse hasta no oír abajo el grito del jefe. Entonces correría a toda prisa y avisaría a la Guardiana, que era la única que estaba en el secreto y quien daría a las mujeres y los demás niños la voz de partir, provistos de todos los útiles de desollar, eviscerar, sajar, cortar y descuartizar para volver antes de que se hiciera de noche a la cueva. Con la oscuridad ya sería imposible defender la carne de las fieras.
Salió la última fila de los cazadores, la que encabezaba el jefe, que le hizo un gesto al chiquillo, entre cómplice y de advertencia, y el Autillo se preparó ansioso para partir él también, aunque hubo de esperar con impaciencia a que el sol tiñera de naranja el monte por detrás del cual asomaba. Cuando asomó al fin, amarillo y fuerte, el Autillo se escabulló y se fue por la trocha sobada que descendía un poco y luego costeaba por la ladera, y a la carrera y sin detenerse llegó a la gran roca. Trepó hasta lo más alto y allí buscó una hendidura donde meter su cuerpecillo y se quedó tan inmóvil como la propia piedra. Desde su divisadero contemplaba no solo la barranca y el valle, sino también el viso por donde tendrían que aparecer los bisontes huyendo de los hombres, de sus gritos y su fuego. El Autillo estaba tan emocionado que temblaba y notaba que le se ponía la carne como si fuera la de un pájaro desplumado. La mañana estaba calma, casi sin sonidos y él sabía por qué. El paso de los cazadores hacia sus apostaderos los había callado y tan solo algunos pájaros lo rompían. Los animales grandes habían sentido al hombre y permanecían ocultos. Desde su atalaya apenas si alcanzó a ver algunos conejos aunque los mirlos y los arrendajos parecían mucho más vocingleros que cualquier otro día. Ellos le indicaban al Autillo con cierta aproximación por dónde se ocultaba la línea de cazadores emboscados.
Cuando al fin escuchó un grito, resultó inconfundible porque no hay nada que suene como la voz del hombre y su largo alarido de matanza. Lo oyó lejano pero claro y luego lo siguió un clamor. Los bisontes también lo estarían oyendo y ya olerían a los cazadores tras ellos, sentirían su olor acre y aún más el del fuego, el humo y la resina quemándose a su grupa, pero no el de los que estaban delante emboscados.
Los hombres en efecto habían prendido fuego a las teas y los bisontes comenzaron a agitarse. Los gritos hicieron primero que el rebaño se conjuntara y luego el fuego, aunque no prendía bien en el pasto, los atemorizó. Cuando las hembras viejas y los machos grandes se lanzaron hacia delante todos los siguieron en una frenética carrera. Retumbó el suelo bajo sus pezuñas y hasta el Autillo, aunque aún estuviera lejos, alcanzó a sentir el trueno de la estampida. Clavó sus ojos en la linde del bosque y tras una angustiosa y palpitante espera, vio a los primeros que asomaban a terreno abierto.
Parecían dirigirse directos a la trampa, pero el gran macho que venía al frente dio un giro repentino y se escoró, corriendo en oblicuo hacia la barranca de arriba, y el rebaño lo siguió. Se alejaban del viso del monte, lo rehuían. El Autillo intuyó que aquello era malo. Si los bisontes no asomaban, si ni uno siquiera caía en las torcas, no habría caza ni carne. Pero algo estaba sucediendo de nuevo arriba. Volvió a oír alaridos, estos provenientes de la cresta de la siguiente barranca, y al cabo comenzó a sentir de nuevo el estruendo de los bisontes que retornaban.
Roble y sus cazadores, al ver que la manada se escapaba por su lado y como había previsto Rastros, se mostraron saliendo a su encuentro. Echaron mano a las antorchas y prendieron arbustos y pastos pues solo con sus lanzas no iban a ser capaces de desviar la carga de aquellas moles que iban en tropel hacia donde estaban.
Lo lograron a medias. Por la parte más baja, la vanguardia logró traspasar su línea, los machos más grandes se colaron por ahí y alcanzaron la cuesta, donde ya no fue posible pararlos. Pero las hembras, jóvenes y pequeños que venían más rezagados se encontraron con el fuego y giraron bruscamente despavoridos, intentando retroceder. Así se encontraron de nuevo con la línea de hombres que los había espantado y que también traían humo y fuego en las manos. El rebaño, ya sin guía, se arremolinó hasta que una hembra cogió la bajada hacia el río. Todos los demás se lanzaron tras ella aunque algunos porfiaron en retornar al bosque. Pero el semicírculo de quienes iban con el Errante y Tropezón ya había tapado aquel escape y solo unos cuantos lograron de nuevo entrar al monte.
Las bestias se veían ahora cercadas y el pánico se apoderó definitivamente del rebaño, que ya distinguía cercano el Autillo justo por la zona en la que se abrían las torcas. Un pequeño pelotón, justo por encima de la peña del Autillo, logró zafarse escapando en oblicuo hacia el naciente, pero una buena punta del rebaño bajó en tromba por la rampa de la cárcava y se dirigió hacia los apostaderos de los cazadores de Rastros. Vio entonces el Autillo que desde la meseta por detrás y hacia el poniente confluían, hacia donde él estaba, las otras dos líneas de cazadores que se lanzaban tras las bestias barranca abajo para no darles tregua.
Pero no alcanzaba a contemplar lo que se sucedía abajo pues se lo tapaban los relieves del terreno y la vegetación. Al fondo, fuera de su vista, es donde se produciría el choque.
Oyó los chasquidos de la vegetación al ser aplastada, mugidos y gritos de hombres y bestias, y entre los alaridos humanos uno que le pareció que no era de furia sino de dolor y muerte. A poco, los ruidos que venían de la barranca se fueron apagando. Los últimos bisontes desaparecieron de su vista entre los sotos del río. Oyó entonces la voz de Rastros elevándose, gritando su nombre, la señal convenida, y como un ratón saltó de la roca y salió a escape corriendo con todo lo que le daban piernas y pulmones hasta llegar a la gruta. Consiguió llegar sin detenerse aunque en un par de ocasiones sintió que le fallaban las piernas y le faltaba el aire. Pero ya tenía la cueva a la vista y se sobrepuso al desfallecimiento. Alcanzó la entrada, fue hasta la Guardiana y le dio las nuevas:
—Rastros llama. Unos deben ir al final de la barranca primera que baja hacia el río, otros a las torcas, en la meseta.
Las gentes del clan de la Cueva Mayor habían oído también el rumor lejano de la cacería y hasta los niños más chicos, colgados de los zurrones en que los llevaban las mujeres, se apresuraron a acudir al lugar de la matanza. En la cueva no quedó ni el viejo más lisiado.
El Autillo, una vez recuperado el resuello, se unió al grupo que subía hacia la meseta, donde estaban las trampas naturales de las torcas, en busca del Errante, que había estado en la línea de retaguardia. No tardaron en dar con algunos cazadores que estaban inspeccionándolas para rematar a las reses malheridas que habían caído por ellas. De una vio salir a Tropezón, acompañado de otro joven, que les señaló el agujero de entrada.
—Hay que meterse por ahí. Ya lo hemos rematado, es una hembra. Hay más en otras. Hay que desollar y descuartar rápido.
El chiquillo observó que Tropezón le había cortado la lengua a la vaca y la estaba envolviendo en hierbas para guardársela en su zurrón.
—¿Dónde está el Errante? —preguntó.
Tropezón no se dignó en contestar al crío. Simplemente hizo un gesto indicando el sendero por el que él y su compañero comenzaron a avanzar. El Autillo los siguió.
Fueron ladera adelante hasta dar con otra entrada, y por ella, tras hacerle un gesto de que aguardara fuera, se introdujeron hacia las profundidades de la tierra. No le quedó más remedio que esperar un buen rato. Oyó ruidos dentro y algún grito, pero no pudo descifrarlos hasta que a la postre quien apareció fue el Errante. Tenía la prenda de abrigo manchada de sangre y un cierto gesto de disgusto en el rostro. Sonrió al ver al chico.
—Dentro hay dos, una hembra y una cría muy pequeña. La madre estaba casi muerta de la caída, pero el recental ha caído encima de ella, en blando, y estaba vivo. He tenido que matarlo.
Como no le quedaba ya venablo alguno, había tenido que abrirle la garganta con un cuchillo de pedernal. Se había manchado de sangre y no le había gustado.
—Era una cría muy pequeña.
Tropezón y su acompañante salieron tras él, y también traían la lengua del choto junto con la de la madre.
—Espera aquí al grupo de mujeres para cuando avíen la primera —ordenó Tropezón al otro joven cazador—. Enséñales la entrada y que vayan aviándolos. Guárdalos de los lobos que pueden venir.
Y el cazador joven le obedeció. Tropezón estaba ascendiendo muy rápido en la línea de caza.
El Autillo siguió con el Errante y los otros al encuentro del resto de los cazadores. Los encontraron bastante lejos, en la boca de la última torca, arremolinados y discutiendo. La entrada era un estrecho pasadizo por donde había que entrar arrastrándose. Y otros habían llegado antes. Los lobos. Y ninguno tenía demasiadas ganas de ser el primero en meterse.
—Hemos visto a los lobos desde arriba. Les hemos tirado piedras y gritado, pero no han salido y se están comiendo el bisonte.
—El bisonte es nuestro y hay que arrebatárselo. Lo han matado nuestras lanzas. Vamos dentro —dijo Tropezón haciendo ya ademán de echarse al suelo y reptar por la entrada.
—No hace falta —le detuvo el Errante—, aún tenemos antorchas. Espera aquí con el venablo presto. Aún cazarás un lobo y sin exponerte a una dentellada en la cara o en el cuello. Algunos subid conmigo y encended todas las teas. Otros esperadlos aquí con Tropezón y con las azagayas listas. Ya verás cómo salen.
Los cazadores habían logrado recuperar parte de su armamento lanzado y tenían suficiente para hacer frente a los cánidos. Luego recogerían todos los venablos que pudieran por el campo.
Ya arriba, el Errante señaló, asomándose a la tolva de la piedra, a los lobos que gruñían abajo y se peleaban por comer del bisonte muerto. Los cazadores gritaron enfadados. El forastero buscó alimento para la llama, pasto seco, arbustos, aliagas, retamas, todo lo que ardiera e hiciera humo. Los otros lo secundaron. A poco grandes haces de broza ardiendo caían hacia el fondo de la torca y a nada una gran humareda y hasta llamas se habían apoderado de la cavidad. Un grito de triunfo en la ladera, en la entrada del pasadizo es lo que oyeron después. Los lobos habían salido huyendo del fuego pero no todos habían escapado.
Uno se había dejado el pellejo en la lanza ligera de Tropezón, que la agitaba exultante y victorioso. Se haría un gorro con la piel de su cabeza y un collar con sus colmillos. Aquel lobo era la fiera más grande que había cazado hasta el momento.
—Al salir a escape he tenido suerte y le he alcanzado en la paleta. Ha huido con el venablo clavado, pero ha corrido poco. Ha caído muerto, dando brincos y retortijones, a tan solo unos pasos. Mira, Errante, qué colmillos tiene. Tendré su piel y sus garras.
—Pero ahora hay que entrar a coger la carne del bisonte. Y darse prisa. Es el último. Ya no hay más animales caídos. Dos hembras, la cría y este macho joven — cortó el forastero, y el joven se allanó ante aquel hombre a quien respetaba.
Las tareas de despellejar, eviscerar e ir descuartizando a las reses se hicieron largas y pesadas, aunque llenas de alborozo y risas. Por fortuna, eran muchas manos y sabían manejar bien los cuchillos. Lo primero en ser trasladado hacia la cueva fueron
las pieles y los solomillos. El Autillo llevó la del recental.[12]
Esperaban encontrar ya en el Portalón a más gente también regresando y compartir con ellos la alegría por el éxito de la cacería. Pero nada más llegar ya supieron que algo la ensombrecía. En la barranca había sucedido una desgracia. Un cazador había caído. El Autillo recordó aquel alarido de muerte que había escuchado.
Lo estaban subiendo ahora, en una piel extendida que traían entre seis hombres cogiendo cada uno de una de las cuatro puntas y dos de los laterales. El bisonte lo había matado al ir a socorrer a uno de los viejos, al Desconfiado, que había bajado antes de tiempo, que no se había protegido bien tras las rocas y que había sido arrollado y se había quebrado una pierna. Por su descuido un cazador joven y fuerte había muerto. El clan lo lloraba, las mujeres que lo tenían en su fuego se echaban ceniza por los cabellos, los hombres recordaban a su compañero. El chamán, que sabía componer huesos, le entablilló la pierna al Desconfiado, que no dejaba de quejarse. Y el Autillo, al ver la cara grave y sombría de Rastros, supo lo que el jefe pensaba. El clan había perdido un brazo útil y una lanza fuerte y se había cargado con un viejo inválido y una boca inútil.
Pero se le daría de comer, aunque como seguía soltando denuestos mientras lo curaban, Rastros acabó por decirle que no gritara ni se quejara tanto. Y el viejo se calló al instante, no fueran a dejarlo sin comida.
Los hombres del clan de la Cueva Mayor no se comían a los suyos, excepto si eran los sesos de alguien muy destacado y que mereciera por encima de todos que se guardara su recuerdo, en cuyo caso se conservaba su cráneo limpio en una hornacina del reducto de los cazadores e incluso se utilizaba de vasija para los grandes ritos. Este era solo un buen cazador. Se le limpió de su sangre y de sus propios intestinos. Luego los cazadores descendieron con su cadáver por uno de los oscuros pasadizos que salían del Portalón de la Cueva hacia una inmensa y altísima galería que se abría en las entrañas de la tierra y donde la luz de las antorchas no llegaba a alumbrar el techo, pero sí sus enormes columnas relucientes. Habían de tener cuidado en su camino pues a sus lados se abrían simas terribles y algunos había caído y desaparecido para siempre en la oscuridad de aquellos abismos. Pero conocían bien la senda y la transitaban mucho, pues al final de aquella gruta había un verdadero tesoro que el clan guardaba en secreto. En el último recoveco, cuando los techos de la cueva eran ya mucho más bajos y quedaban al alcance de la mano, allí habían incrustado multitud de riñones de sílex de la mejor calidad y con los que se trabajaba mucho más
fácilmente y con mejores resultados que con los que recogían de las orillas del río.[13]
Solo los hombres bajaron a su compañero y tan solo una mujer pudo acompañarlos, la Guardiana de la Diosa, que le puso ocre en la frente, la cara y los párpados. Hicieron un hoyo junto a una de las paredes, cerca de donde gota a gota se acumulaba un pequeño pilón de agua, lo cubrieron con grandes lajas de piedra, clavaron, a cada lado, un cuerno del bisonte que lo había matado y que finalmente los otros cazadores habían logrado abatir.
Retornó por fin el cortejo a la amplia sala de la entrada. Ardían los fuegos, volvió la alegría al olor de la carne asada. Estaban preparando las lenguas. En muchas ocasiones lo hacían en el propio lugar de la matanza, asándolas sobre lajas de pizarra solo para los cazadores, pero ese día hubo para todos. Habían logrado matar casi tres manos de animales y habría mucho tasajo que los ayudaría a pasar el invierno. A curtir las pieles y a recolectar todos los frutos que pudieran antes de que llegaran las nieves había de dedicar a partir de ahora el clan su tiempo.
Que era también el que parecía haber llegado para la partida del Errante. El Autillo empezó a sospechar que el momento estaba cerca cuando lo observó en cada vez más frecuentes conciliábulos con Rastros y con el brujo. Hablaban separados de los demás largos ratos y el muchacho los veía gesticular y al jefe negar con la cabeza. Luego el Errante regresaba a su lugar y el niño lo miraba expectante, pero el forastero callaba. Y la angustia del Autillo crecía.
Una tarde vio que los tres hombres se metían en el reducto de los cazadores, del que el Errante salió al cabo de largo rato y se llegó a sus fardos. Extrajo un envoltorio y volvió con los otros dos al reducto sagrado. Cuando finalmente salieron todos lo hicieron sonrientes. Y los tres fueron donde el Autillo, que, en cuclillas, inmóvil y con los ojos bien abiertos, lo observaba todo.
Rastros le dijo:
—El Errante quiere llevarte consigo, y al Hombre Espíritu y a mí nos parece bien que vayas con él. No tienes madre ni fuego. Pero este es tu clan y no te arrojaremos de él si tú no deseas irte.
El Autillo abrió la boca y se quedó mirándolos atónito. Había soñado y acariciado aquella posibilidad, incluso había llegado a pensar en pedírselo al viajero. Pero la había desechado. Era muy pequeño. Ahora sabía que se estaba haciendo mayor, que era ya un joven, que dejaba de ser un niño. Y el jefe de los cazadores le estaba preguntando por su voluntad y deseos.
—Esto hubiéramos tenido que consultarlo con cualquiera de tus parientes — señaló el brujo—, pero no tienes. Así que nosotros hemos actuado como si lo fuéramos y hemos creído que es bueno para ti.
El Autillo volvió a abrir la boca y esa vez pudo hablar:
—Quiero ir. —Y de inmediato comenzó a empacar sus cosas, que cabían todas en un pequeño y raído zurrón.
Otra sorpresa lo esperaba. Rastros le ofreció un regalo. Era una parka completa, algo grande para él. Estaba un poco vieja pero bien cosida y apretada, con su capucha con el pelo por dentro y que se cerraba bien al cuello. El brujo le regaló unos perniles para protegerse las pantorrillas.
—Este seguirá siendo tu clan aunque ahora te vayas. Puedes volver a él cuando quieras. Serás bien recibido.
Y el Autillo pensó que sí, que un día volvería pero ahora ansiaba irse, y miró con una enorme esperanza y gratitud al hombre que lo llevaba consigo.
Aquella tarde prepararon todo, siendo aún de noche se levantaron y al clarear el alba salieron por el Portalón de la Cueva Mayor. El Errante volvía a las trochas y las veredas rumbo a cualquier otro clan, pero para el Autillo comenzaba una vida nueva, algo que jamás había conocido ni se imaginó. En algún momento el chiquillo se preguntó quién era aquel hombre, de dónde venía y adónde iba y cuál era su destino, pero lleno de excitación dejó el pensamiento de lado. Le rebullía todo por dentro y hasta tropezaba al comenzar a andar. No acertaba ni con el paso ni con su sitio. El Errante se volvió a mirarlo y le dijo:
—Camina siguiendo mi paso.
Al Autillo se le serenaron los pulsos y comenzó a caminar tras él poniendo su pequeño pie de niño donde justo antes había marcado su pisada el hombre.