Max & Suhail
130. Suhail
Las clases magistrales de besos ayudaron a mi confianza, Max resultó buen maestro. La primera vez que me besó (no hablo de aquel primer roce de labios en su cochera, sino del ataque de hormonas en mi habitación poco tiempo antes del accidente) me sentí abrumada.
Sin embargo, después de que aseguró quererme y prometió intentar ser mejor por ambos, yo también me esforcé. De buena gana me esforcé. Dejé de empujarlo o cortarlo cuando intentaba acercarse y hasta yo misma empecé a animarle a que me besara. Con ningún otro chico hubiera sido igual, en ninguno confiaba tanto como en Max.
—¿No te molesta que vayamos lento? —me atreví a preguntar un día. Él, mientras, acariciaba mis labios con su pulgar. Le gustaba hacer eso con mi boca y mi cabello.
—Confieso que contigo estoy aprendiendo a disfrutar de ir lento —dijo, mirándome con ternura. Nos hallábamos sobre su cama, recostados uno frente al otro—. De ser otra chica, te habría alejado hace mucho por todavía no conseguir nada de ti.
—Mientes.
—No —aseguró.
—¿En serio? ¿Y por qué conmigo sí y con otras no?
Necesitaba que me lo dijera.
—Contigo vale la pena ir lento, sin prisa, disfrutando hasta el último detalle.
—¿Qué es exactamente lo que te gusta?
Dejó de tocar mis labios para esta vez pasar su pulgar por encima de mis pestañas.
—Tus ojos pestañeando...
—¿Qué tienen?
Sonreí sintiéndome feliz de que se tomara un poco de tiempo para nuevamente escoger las palabras.
—Se ven hermosos, así con sus pestañas largas y gruesas y color verdoso
—empezó.
— Verdoso suena feo —arrugué la nariz rechazando tal elogio—. Suena como si hablaras de algo pantanoso y en mis ojos no hay charcos o
cenagales.
—Aun así, creo que la comparación con un pantano no queda mal si tomamos en cuenta que cualquiera se queda atrapado en ellos.
Ahogué un chillido sintiéndome sonrojar.
—Hoy estás romántico.
—¿Será enfermedad? —Max me miró serio—. Toca mi frente.
Lo hice y aproveché para acercarme más a él, lo suficiente para besarle.
—¿Llamas enfermedad a ponerte romántico?
Sus ojos brillaron con humor.
—Sí. Tengo Suhail Didier.
Abrí la boca fingiendo sorpresa.
—¿Y esa enfermedad qué hace?
Max frunció el entrecejo.
—Te vuelve un poco idiota.
—¡Max! —Lo empujé.
—Es en serio. —Él, del mismo modo, se acercó más. Cada vez que uno de los dos hablaba acortábamos distancia—. Altera tus sentidos, nubla tu razonamiento y dicen... Dicen, a mí no me creas, altera tus hormonas.
Levanté las cejas.
—¿Altera?
—Sí. Suhail Didier es una enfermedad mortal y su única cura es...
«No puedo creer que le esté siguiendo el juego».
—¿Qué?
—Dejarse enloquecer por ella. Dejarte invadir completamente por Suhail Didier.
—¿Y cómo sanas? —Mi corazón latía cada vez más rápido—. ¿Te abruma tanto que algún momento te aburres y sale de tu sistema?
«No digas que sí, por favor».
—No —negó Max, haciendo saltar mi pecho—. Es enfermedad crónica, vitalicia... Suhail Didier no tiene cura. Solo te dejas llevar y abrazas para siempre la locura.
Mi sonrisa se extendió.
—Es enfermedad de la mente, entonces.
—Mente y corazón. Porque afecta sobre todo al corazón.
Max me animó a tocar su pecho para sentir cómo aumentaba su ritmo cardíaco, hizo que nuestras narices se rozaran y me besó con el mismo brete
de siempre. Primero con lentitud y dulzura, después con necesidad.
Ya no tenía dudas. Ya no quería esperar. Le empujé a modo de que se tumbara por completo sobre la cama, me coloqué a horcajadas sobre él y, mirándole de forma pícara, me acomodé lentamente sobre sus muslos, muy cerca de su bragueta.
—De haber sabido que te ibas a poner así —miró con gusto mi entrepierna, tan tentativamente cerca de la suya— hubiera comparado tus ojos con un pantano hace mucho.
—No es por eso —dije y empecé a moverme de forma circular para provocarlo.
Max abrió la boca y graznó antes de hablar, y a la vez su cuerpo se tensó por completo.
—¿Nunca te advirtieron que no debes hacer cosquillas a un dragón que duerme?
Debido a su pierna no se movía demasiado, por lo que fui yo la que eligió esa posición por ser, probablemente, la más cómoda para ambos.
Continué moviéndome.
—¡Oh, señor bendito —gimió a medida que nuestras pelvis se encontraron—, el buen Lázaro ha resucitado!
—¡No me hagas reír! —lo regañé—. Se supone que debe ser estimulante.
—Lo es, créeme —dijo con voz ronca, levantó un poco la cabeza y miró con atención mi bragueta. No tenía experiencia en el sexo, pero confiaba en que Max encontraría la forma de dar el siguiente paso y avanzar.
—¿Qué? —pregunté. No le estaba mostrando nada, aún tenía mis vaqueros puestos.
—Estás abierta sobre mí... moviéndote. —Me hizo ver como si no fuera obvio y asentí—. Es tortura.
Ladeé la cabeza hacia un lado.
—Tal vez.
Y también reí nerviosa, pues era tímida, no me animaba a decir a Max lo que quería; aunque sí estaba enviándole una señal clara. Demasiado clara.
—¿En serio? —preguntó, expectante.
Hace mucho no veía brillar tanto sus ojos. Asentí feliz y tomé de los costados mi camiseta, dispuesta a sacármela para que a él no le quedara duda sobre qué tan dispuesta me hallaba.
—¡No! —exclamó, tan fuerte que me atemorizó—. Quiero decir... —tragó saliva y señaló su armario—. Dentro hay una camiseta con la cara de Jim Morrison. ¿Puedes ponértela? —Lo miré con enfado—. Por favor —añadió
—. Es una de mis fantasías.
—¿Tener sexo con una chica que lleva puesta una camiseta de Jim Morrison?
—Tener sexo contigo llevando puesta una camiseta de Jim Morrison —
corrigió— mientras escuchamos Light My Fire. Pero eso último podemos hacerlo otro día.
Decidida a complacerlo, salí de la cama y caminé hasta el armario para buscar dentro. Entretanto, Max no dejaba de repetir «Eres genial, Suhail...
de verdad, muy genial». Cuando encontré la camiseta le pedí cerrar los ojos, me saqué la mía, de color amarillo con una mandala en el centro, y me metí rápido la de color blanco con la cara de Jim Morrison en claroscuro.
Cuando Max abrió los ojos estaba de vuelta encima de él.
—Te ves preciosa —dijo, alabando la combinación Morrison-Didier.
—¿Ahora sí me puedo sacar la camiseta? —pregunté, procurando sonar sensual.
—Solo dame unos segundos para grabar la imagen de ustedes dos juntos en mi mente —dijo y reí,y tal como lo pidió, esperé.
Después suspiró con dificultad y, sin apartar la vista de mis tetas, vio cómo la camiseta de Jim Morrison cayó al piso, para esta vez mostrarle mi sujetador.
—Otra vez color piel —sonrió.
—Sí.
—Y se ve mejor que Jim Morrison.
—Eso espero.
Su mano alcanzó el encaje y lo palpó como si le diera miedo tocar más.
Su tacto me hizo estremecer a pesar de que solo se trataba de la yema de sus dedos.
—Ahora el sujetador —anuncié, cogiendo aire y los ojos de Max se volvieron de golpe a los míos.
Las palabras no salían de su boca.
—¿El su-suje... sujetador?
—Sí —dije, segura de mí misma—. Quiero que demos ese paso.
Un ruidito extraño salió de la garganta de Max sin que abriera la boca.
Tuve que echarme a reír.
—¿Qué? —le pregunté, sintiendo una placentera tensión en mi espalda. El ambiente se sentía vibrante, me sentía en un vórtice, como si de verdad escucháramos una canción de The Doors—. Pensé que querías esto.
Él tragó saliva.
—Quiero que estés segura de lo que estás haciendo —dijo, serio y atento a mis manos, yendo estas hacia mi sujetador.
—Lo estoy.
Me saqué el sujetador sin apartar la vista de Max que, para mi sorpresa, no podía cerrar la boca.
«Pensé que tenía experiencia en el tema».
Y ahí estaba yo, sentada encima del amor de mi vida, sin nada cubriendo mi pecho.
Al instante Max tuvo dos reacciones, la primera empuñar su mano izquierda y llevarla hasta su boca para morderla. Su bragueta era una bomba de tiempo, y eso me excitó. ¿Por qué no admitirlo? Nunca había sentido a Max tan cerca.
Mi voz salió trepidante.
—¿Y... qué piensas? —le pregunté.
Max, sin despegar la vista de mis tetas, apartó el puño de su boca y,tomando aire, lo único que dijo fue:
—Jamás te mueras, Suhail.
Sonreí victoriosa y, acomodando mejor mi trasero, lo cabalgué.
—Eres cruel —dijo, soltando aire.
—Es mi primera vez. Estoy nerviosa. No sé ni qué hacer.
—Vas bien... vas bien —aseguró, bajando la vista a lo que podía apreciar de mis vaqueros.
«Hora de sacármelos».
—Oh, Dios —jadeó él al verme soltar el botón y bajar el cierre.
Me levanté lo suficiente para sacármelos,a la vez que, sin querer, le daba un espectáculo de piernas abiertas. No había otra forma de sacármelos, digo.
Max ni siquiera parpadeó.
Al quedarme solo en bragas me sentí más tímida, sin embargo, ver cómo me miraba el chico que amo me volvió a dar confianza. Él disfrutaba de lo
que alcanzaban a ver sus ojos y eso me hizo sentir bien.
—Eres hermosa, Suhail —dijo, alcanzando mis pies para acomodarlos a un costado de sus caderas.
—Pensé que habías visto mujeres antes.
—Ninguna tan importante para mí... tan bella —aseguró.
—Ahora las bragas —dije, volviendo a ganar confianza y me despegué un poco de mi incómodo pero muy estimulante asiento.
Max jadeó sin dejar de ver lo que lograba cubrir de mí el encaje.
—¡Con calma —suplicó—, no puedo asimilarlo todo tan rápido!
Reí y le vi echar la cabeza hacia atrás para coger fuerza y, apoyándose en sus brazos, se acercó a mi boca para besarla. Mientras, él mismo bajó el cierre de su pantalón, haciendo que, a la vez, uno de sus dedos rozara la delgada tela de mis bragas. Nunca me había sentido tan dispuesta a lo que sea. Mi razonamiento se vio nublado debido al deseo en aumento.
Max se sacó los vaqueros y la camiseta para solo quedarse en bóxer, y tan presta y dispuesta como sentía, lo que más ansiaba era verle completo. Él se dio cuenta y me complació, consiguiendo así recuperar el control.
—¿Y a ti te gusta lo que ves? —preguntó, mostrando una sonrisa de orgullo. Asentí sin pronunciar palabra. No podía despegar mis ojos de su...
de su... llamémoslo cocodrilo. Tiene sentido si tomamos en cuenta que Max llevaba puestos un bóxer de la marca Lacoste.
—Está bonito —lo felicité.
Su sonrisa se extendió tanto que llegó a sus ojos y después acarició la superficie de su...
«¡Dios!».
—Y educado —aseguró—. Mira, se paró a recibirte. Te esperaba.
Siguiéndole el juego, di un golpecito con la palma de mi mano a su amigo para también «saludarlo». Max aprovechó y colocó su mano sobre la mía, consiguiendo así que le envolviera casi por completo. Tragué saliva y le dejé guiarnos.
No podíamos dar marcha atrás, habíamos llegado lo suficiente lejos como para detenernos, por lo que me quité las bragas mientras él, sin dejar de mirarme, sujetó los extremos de la cama como si estuviéramos en medio de un temblor de escala devastadora. Me sentí una mujer nueva al darme cuenta de que podía provocar tanto a Max.
Cuando no hubo más ropa que quitar, unimos nuestros labios y nos besamos como si en la boca de uno estuviese el aire que mantenía vivo al otro. Luego no supe qué más hacer. Max me tranquilizó y me pidió volver al lugar inicial. Sus muslos.
—¿Qué hago ahora? —pregunté, nerviosa.
Él fue lo suficiente caballeroso para no burlarse de mi inexperiencia.
—Debo prepararte —dijo, y me pidió relajarme y prosiguió a acariciar con religiosidad lo que podía alcanzar de mis piernas.
«¿Prepararme? Tocarme.Oh, mi...».
Traté de contener el aliento.
—Admito que así te quería ver, Suhail Didier —dijo él, triunfante, al ver cómo yo sola intentaba obtener más de sus dedos; pues, sin pena alguna, demostraba estarlo disfrutando mucho.
Tras minutos de tortura, Max comenzó a introducirse dentro de mí causando mucho placer a ambos. Al principio no fue fácil. No pensé soportar lo suficiente, e iba a explotar en mil pedazos cuando...
—¡Caramelito! —escuché a lo lejos y abrí mucho los ojos.
Miré a Max, también se había detenido y parecía estupefacto.
—¿Quién puede...? —Era una voz que ya conocíamos.
—¡MIRANDA! —gritamos al mismo tiempo y caí de la cama al suelo al mismo tiempo que él alcanzó tan rápido como pudo su camiseta y vaqueros.
Yo hice lo mismo y, saltando de un lado a otro sobre el piso, me metí en mis propios vaqueros en tiempo récord, seguidos de la camiseta de Jim Morrison y las zapatillas. No hubo tiempo para mi cabello, Miranda entró a la habitación cargando bolsas de compras.
—¿Por qué entras sin tocar? —se quejó Max—. Suhail y yo estábamos...
rezando.
—A mí también me da gusto verte —le saludó Miranda con sarcasmo.
Max todavía intentaba retomar su ritmo cardíaco normal.
A continuación, ella miró de él a mí de forma sospechosa.
—Se estaba quejando de lo mal que cocino, ¿verdad? —quiso saber.
Asentí.
—Y yo te estaba defendiendo, Miranda.
—Eso pensé.
Preocupada, cuando ella viró otra vez hacia Max, froté lo más rápido que pude mis tetas para que los pezones dejaran de resaltar. A Max no le hizo
gracia que sin querer volviera a provocarle.
—Te compré almohadas nuevas y un pijama —le dijo Miranda observando en redondo la habitación—. También le traje algo al gato.
¿Dónde está?
«Gilmour». Lo empecé a buscar.
Mientras, con terror, me percaté de que mis bragas y el sujetador continuaban sobre la cama de Max a la vista de Miranda. De modo que, en lo que ella buscó dentro de las bolsas lo que compró para Gilmour, le hice señas a Max para que escondiera las pruebas. Por fortuna lo entendió rápido.
Gilmour salió de su escondite bajo la cama y Miranda le entregó un juguete con forma de ratón.
—Suhail, ¿me ayudas a guardar las compras? —me pidió y asentí disfrutando ver la cara de consternación de Max. Lo estaba dejando a medias.
Miranda salió de la habitación y la seguí una vez metí mi dedo pulgar en mi boca para enviar un mensaje en código a Max. «No tardo». Aunque creo que él entendió «Apáñatelas solo», porque no quitó su cara de enfado.
Ayudé a Miranda a sacar el resto de las bolsas de compras de la camioneta y después acomodamos cada cosa en su lugar.
—Te veo feliz —dijo.
Y es que sonreía, porque pese a haber sido interrumpidos, me sentía feliz y diferente...
Me sentía amada.
—Lo estoy.
Papá llamó a Miranda para informar de que lo invitaron a una reunión por el cumpleaños de un amigo. Ella tomó la noticia con buen humor, me dejó acomodando las compras a mí sola y corrió a su habitación a prepararse. Al terminar me senté en el sofá de la sala a ver televisión y esperé paciente a que bajara.
—Dile a Max que por hoy ganó, les doy permiso para pedir pizza —dijo, ya lista para alcanzar a papá.
—Seguiré defendiendo el modo que cocinas —le aseguré, aceptando seria el dinero para la pizza.
—Te amo, cariño —se despidió—. Por cierto —me miró con mayor atención—, linda camiseta de Jim Morrison.