Max & Suhail
147. Max
Max volvía a mi vida.
147. Max
Acepté la invitación de Paola. A pesar de que aún tenía mis dudas, tocaría en el instituto de Deya en una semana.
Le di la noticia al gordo, le encantó la idea y entre los dos preparamos material.
Ensayamos seis canciones: Yesterday de The Beatles, Heroes de David Bowie, I Was Made for Lovin’ You de Kiss y tres propias; una escrita por Sam y… dos escritas por mí. Por lo demás, la presentación sería sencilla: mi voz y dos guitarras.
No me sentía listo para algo de esa magnitud. Es decir, ¿qué es un instituto de mil estudiantes comparado a los conciertos que alguna vez soñé dar? Sin duda me encontraba fuera de juego, oxidado y acobardado, porque un instituto es cosa de niños... literalmente. ¡Y llevaba años tocando solo para niños! Por otro lado, no hay público pequeño y alguien una vez me dijo —y creo que también fue Paola— que, si hay un público difícil, son los niños.
Aun así, me sentía nervioso. Imaginaba a los adolescentes riendo, lanzándome tomatazos y llamándome discapacitado a modo de burla. Por ello, para no flaquear, una noche antes de partir a Deya, en mi cama, con Gilmour recostado sobre mi regazo, repasé una de mis canciones, una entre tantas que escribí pensando en Suhail. Ella me inspira. Siempre me inspira.
VERDAD
Tus ojos son un espejo, en ellos noto la diferencia entre el hombre que era y el que ahora soy.
Tu boca es un confesionario, con mis labios en ella solo puede decir la verdad.
Verdad.
¿Qué verdad?
Que so... so... soy, el que aún te ama soy, el que finges no recordar por miedo a que su recuerdo haga sombra en tu habitación.
So... so... soy, el que está en medio de los dos, el que te hace sentir nostalgia.
No digas que no me amas.
No digas que no me amas.
Tus manos son un mapa, saben dónde tocar, encuentran mi debilidad.
Tu voz diciendo mi nombre es mi canción favorita.
Tu voz preguntándome la verdad es todo lo que quiero escuchar.
Verdad.
¿Qué verdad?
Que so... so... soy, el que aún te ama soy, el que finges no recordar por miedo a que su recuerdo haga sombra en tu habitación.
So... so... soy, el que está en medio de los dos, el que te hace sentir nostalgia.
No digas que no me amas.
No digas que no me amas.
En la distancia he cambiado, he reído, he llorado y he descubierto que tengo la habilidad de sobrevivir con el corazón roto.
Te fallé, te dejé marchar, yo mismo te abrí la puerta.
Temí hacerte más daño estando cerca de mí que en la distancia.
Tus ojos son un espejo. Tu boca es un confesionario.
Tus manos son un mapa. Tu voz toca mi alma. Mírame, bésame, tócame y di mi nombre para que confiese todo.
Que so... so... soy, el que aún te ama soy, el que finges no recordar por miedo a que su recuerdo haga sombra en tu habitación.
So... so... soy, el que está en medio de los dos, el que te hace sentir nostalgia.
No digas que no me amas.
No digas que no me amas.
Creo que ni Sam en la época que aún estaba separado de Ling escribía canciones tan... ¿melosas? Él me lo dijo: «Ni yo era tan cursi, Max». Pero no me importaba. Todavía no me importa. Pensar, escribir y cantar sobre es Suhail es... dar voz a mi alma.
—¿A ti te gusta cómo escribo, Gilmour? —le pregunté a mi gato y ronroneó. «Perfecto, el primer fan de Max Solatano en mucho tiempo».
La cicatriz en el rostro de Gilmour ya casi no se veía y él ya no huía o se escondía de la gente. El gato había superado su trauma. Los dos salimos adelante juntos.
Al día siguiente, Sam pasó por mí de madrugada; salimos de la ciudad temprano en coche. Podíamos ir en avión hasta Deya, pero quisimos tener tiempo para relajarnos y asimilar lo que estaba pasando. El viaje, el paisaje y ambiente nuevo apaciguó un poco los nervios.
Hicimos paradas obligadas en gasolineras y a comer. El coche de Sam es un Chevrolet Camaro del año 1969 renovado. Fue revitalizante pasar tiempo sobre él en la carretera. Platicamos sobre la academia de música, sobre Suhail, Ling, Eric...
Tanto tiempo sin saber de Eric.
—No puedo creer que lo ayudes —le reclamé a Sam por octava o décima vez. Tampoco intentaba llevar la cuenta.
—Es nuestro amigo.
—Es tu amigo —protesté y luego quise cambiar de tema.
Ya conocíamos la historia de Eric: músico relativamente famoso. Su banda fue exitosa durante tres años por alardear un solo hit. No obstante, todo marchaba bien hasta que los dos hermanos que lideraban el proyecto comenzaron, de forma pública, un duelo de egos; se enojaron y cada uno decidió hacer carrera en solitario, dejando a Eric solo. Porque ese es el problema con Eric: no canta, no compone, solo es bajista. Para sobresalir necesita de una banda.
El fracaso lo echó abajo y fue presa fácil de muchos vicios; y de ese modo, al no tener más ingresos, perdió «amigos», con el tiempo empeñó posesiones para continuar siendo un yonqui y terminó en bancarrota.
Sam lo contactó después de enterarnos de lo que pasó y lo convenció de ir a rehabilitación, pagándolo todo NUESTRA academia.
Caes mal a veces, gordo.
—Puedo reembolsarte tu mitad.
Y es que la rehabilitación la pagamos entre los dos. Un día Sam me recibió con una factura en la mano y dijo: «Estamos ayudando a Eric». Hice girar los ojos y continué mi camino sin preguntar más.
—El problema no es el dinero, Sam —le hice ver tiempo después.
—Comprendo que no quieras saber de Eric.
—Ya te platiqué lo que me gritó la última vez que nos vimos.
—Recuerdo más lo que tú le gritaste a él.
—Y tenía razón, ¿no? —Me crucé de brazos. Sam iba conduciendo mientras yo prefería admirar el paisaje—. Necesita de una banda —agregué a regañadientes.
—Se portaron mal los dos, y de todas formas Eric no tiene una banda. Ya no.
Alcé y dejé caer mis hombros con indiferencia.
—Te mentiría si digo que lo lamento.
Seguí viendo la ventana hasta cansarme de sentir sobre mi nuca la mirada de Sam; era de auxilio, intentaba despertar compasión.
—No —empecé.
—Pero vamos a reactivar Raptor.
—No —volví a sentenciar, empuñando mis manos. ¿En qué cabeza cabía tal cosa?—. No estamos reactivando Raptor, Sam. Tocar en un instituto no es echar a andar otra vez Raptor. Tocamos hoy y pasó. Nuestra prioridad es la academia de música, no Raptor.
—Pero...
—No, Sam.
—Pensé que habías dejado de lado tu negatividad.
Tenía miedo.
—No soy negativo. Soy realista.
Llegamos a Deya a las seis de la tarde,un día antes de la presentación; buscamos un hotel, cenamos y descansamos para estar en las mejores condiciones la mañana siguiente. Paola nos invitó a una actividad para festejar el fin de curso antes de las vacaciones de Navidad y había otras actividades extracurriculares además de nuestro concierto; sin embargo, con eso y todo, se encargó de convencer al director para ser nosotros el acto principal.
Con instrumentos en mano, ingresamos al instituto a las siete de la mañana.
—Apenas puedo creer que estén aquí. —Paola nos recibió con una sonrisa.
Luego nos hizo pasar, explicó de qué iba la actividad y nos dio un recorrido por las instalaciones.
El instituto de Deya es una fachada de ladrillo para mil estudiantes, aunque con un patio grande. Enorme, en realidad. Paola nos mostró el
escenario que montaron y enseguida nos pidió seguirla hasta el salón de profesores; ahí esperaríamos hasta salir a tocar. En el escenario ya estaba instalado un equipo de audio que cumplía con nuestros requerimientos, por lo que solo nos quedaba esperar.
—¿Fueron niños estudiosos o problema? —nos preguntó Paola para hacer plática, y sirvió agua y una merienda en el salón de profesores.
—Yo era estudioso —contesté, viendo de reojo a Sam hacer una mueca de
«Ajá, claro»—, Sam sí dio mucho problema.
El salón se encontraba vacío. Paola, para nuestra comodidad, nos pidió esperar dentro o fuera; según nuestra preferencia. La actividad iniciaría a las nueve.
—Dentro —dije yo, al ver a Sam señalar la puerta. Él quería esperar fuera. Y no. No. No. No.
—Fuera —insistió.
—Los dejo solos para que decidan —resolvió Paola y salió cerrando la puerta del salón tras ella.
Aproveché ese momento para liberar aire. También necesitaba esbozar una mueca de «¿Realmente acepté hacer esto?».
—No puedo creer que tendremos una presentación después de tantos años
—dijo Sam, caminando por el salón. Yo prefería estar sentado.
—Tocar en un instituto, sin duda mi sueño dorado —bromeé.
—Paola se ve entusiasmada.
—Lo sé. Sabes que digo idioteces cuando estoy nervioso.
Necesitaba terminar con todo ya.
—Dices idioteces aunque no estés nervioso, Max. Créeme.
El festival comenzó en punto de las nueve. Desde donde nos encontrábamos escuchamos a los alumnos hacer escándalo. Los imaginamos cual ganado en medio del enorme patio, berreando y empujándose los unos a los otros.
—No debí dejar de fumar —le dije a Sam, pensando qué hacer con mis manos; de manera que, para calmar mi ansiedad, cogí la guitarra y practiqué. Me irritaba escuchar a tanta gente afuera.
—Yo como cuando me siento ansioso —dijo Sam sacando chocolate de su bolsillo.
—Pues pasas demasiado tiempo ansioso, gordo.
Escuchamos al director dirigirse a los alumnos para inaugurar la festividad. Empezó con la presentación de dos bandas conformadas por ellos y le siguió una obra de teatro. Sam se acercó a la ventana para ver en lo que yo continuaba ensayando.
—No sé por qué no quieres salir —dijo—. El ambiente afuera parece divertido.
Miré mi prótesis. Paola me había pedido dejarla al descubierto, por lo que me sentía fuera de mi zona de confort. Quizá si se tratara de adultos tomándome en cuenta con seriedad o niños; pero eran adolescentes, y yo, en particular, sabía lo crueles pueden ser los adolescentes. ¡Yo fui un adolescente hijo de...!
—Ve tú.
—No. No quiero parecer estúpido por no conocer a nadie.
—Te ves estúpido solo o acompañado, gordo —reí y él me enseñó su dedo medio.
—No sé por qué no puedes decirme cosas bonitas —gruñó después.
—Somos amigos, no una pareja gay —destaqué. Él asintió—. Aunque...
—No te atrevas a hacer uno de tus números aquí —amenazó—. Un día de estos Ling te va a golpear, lo juro.
Al final, y porque la verdad es que ya estaba aburrido, Sam me convenció de salir.
Primero nos vimos rodeados por muchas niñas. Y les llamo «niñas»
porque tendrían entre trece, catorce y quince años. La mayoría se reunía cerca del salón de profesores.
—Qué guapo —le dijo una a otra al oído, viéndome; y lo dijo lo suficiente alto como para que la escuchara.
Sam me codeó.
—¿Tendrá insta? —preguntó otra a dos de sus amigas, igualmente mirándome.
—¿ Insta? —le pregunté a Sam, bajando el tono de mi voz. Tenía sobre mí muchos pares de ojos curiosos.
—Instagram—dijo Sam y negué con la cabeza, no sabía del tema, yo evitaba las redes sociales—. Red social de moda —aclaró—. Suhail tiene una cuenta. Publica fotos de Inglaterra, del perro de Finley y algunas frases de novelas.
—Me gustó lo de «publica fotos del perro de Finley» —reí, sintiendo más ojos en dirección a mí. Cada vez llamaba más la atención.
Los alumnos y alumnas se hallaban distribuidos en grupos a lo largo de un patio y pasillos alrededor de este, todos vistiendo uniforme color azul marino con gris, lo que me hizo sentir todavía más incómodo. Eran un todo mientras Sam y yo, vistiendo casi por completo de negro, destacamos en medio de todos.
—Tiene un Beagle muy lindo —continuó el gordo. Aún hablaba de Finley.
—¿Por qué no le armas un club de fans al tal Finley, Sam? —sugerí hastiado de escuchar maravillas de Finley. Primero Miranda y ahora Sam.
¿Qué tan especial podría ser Finley? ¿Tenía un lanzallamas en el trasero?
—El perro estuvo enfermo —continuó Sam—, Suhail estuvo publicando su progreso.
—«Lamiendo las bolas de Finley» puedes llamar al club.
—En lo personal me alegra que se haya recuperado.
—«Lamiendo las bolas gordas y peludas de Finley».
—Soy amante de los animales, lo sabes.
—«Lamiendo las bolas gordas y orgullosamente británicas de Finley».
Quizá suene mejor así.
—Ese Beagle en particular es bastante tierno.
No sabía ni qué demonios es un Beagle.
—«Lamiendo las bolas gordas y peludas y británicas de Finley. Fan Club oficial». Ya lo tenemos.
Sam negó con la cabeza.
—Mejor ayudo a ese grupo de chicas a organizarte un fan club a ti —dijo, señalando a un grupo de alumnas que igualmente me veían.
—Tómale una foto de cintura para arriba —opinaron entre sí. Porque claro, a muchas les desilusionó ver mi prótesis.
—No las llames «chicas» —bufé, buscando a Paola entre los alumnos—, se oye raro, llámalas «niñas». Llama «chicas» a lo que nos podamos comer.
—¿Ya te animaste a buscar pareja?
—Solo si es pelirroja y muy pecosa.
—Te puedo conseguir una así.
—¿Cuál es tu necesidad de conseguir donde meter mi polla?
Al instante que terminé de decir eso, Paola se acercó y nos miró mostrándose incómoda.
—Teníamos una plática educativa —intenté aclarar, sintiendo vergüenza.
—Claro —suspiró ella. Debía estar acostumbrada a tratar con idiotas—.
¿Están listos? —preguntó para cambiar de tema y Sam y yo asentimos—.
Han creado mucha expectativa y ni siquiera han subido al escenario.
Nos pidió seguirla y Sam y yo caminamos tras ella en medio del bloque de alumnos, tanto niños como niñas.
La mayoría nos miró con curiosidad.
«¿Quiénes son?»
«No tiene una pierna»
«¿La pierna será lo único que le amputaron?» rio un niño y sentí la necesidad de volverme para golpearlo.
El director, un señor anciano y notoriamente agotado de la vida, subió al escenario y nos presentó como Max Solatano y Sam Delvecchio.
Mis manos sudaban al subir al escenario. Instalamos lo más rápido que pudimos los instrumentos, yo mi guitarra y Sam un bajo, y después nos sentamos uno al lado del otro para ver con terror al público adolescente. Se escuchaban murmullos, risas y comentarios del tipo «¿Qué mierda es esto?». Tragué saliva y acomodé el micrófono con pedestal cerca de mi boca. Todos esperaban que dijera algo. Lo que fuera, pero algo.
—Nos va a cantar un inválido. —Tambiénse escuchó a lo lejos y sentí mis orejas arder; y a eso le siguieron risas.
Mi peor pesadilla vuelta realidad.
Muchos comenzaron a callarse los unos a los otros, no para ayudar; por el contrario, para hacer más ruido, y el descontrol empezó. Tenía que decir algo... ya.
Mi guitarra resbalaba debido al sudor en mis manos y mi voz tembló.
«Solo di algo».
—Perdón por llegar tarde. —Me animé, por fin, sin mirar a nadie en particular. Los alumnos callaron—. Íbamos a venir en avión, pero el control de rayos X que detecta metales en el aeropuerto no me dejó pasar —
bromeé, señalando yo mismo mi prótesis.
Un coro de risas explotó y a eso le siguieron aplausos. Miré a Sam y este alzó con humor sus cejas.
«Así es, niños, me puedo reír de mi condición». Dejé salir aire.