Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 47 de 146

Páginas del PDF

Max & Suhail

69. Max

«¿Cómo?»

Cada vez los escuchaba reír con más fuerza. A todos menos a Max, que ahora me miraba con los ojos muy abiertos. Quizá sorprendido por mi reacción y temiendo que pasara queja a Miranda.

Acomodé la comida sobre mi bandeja pretendiendo no darme cuenta de nada lejos de mi nariz.

—Eso es —dijo Ling, haciendo lo mismo—. Ahora levanta la barbilla. Y

no los mires. No los mires.

Parpadeé muchas veces para alejar las lágrimas y traté de pensar en cosas que me hicieran feliz. Max Solatano muriendo, por ejemplo.

69. Max

Suhail era mi vecina desde hace años. Sabía perfectamente cuando intentaba no llorar. En su cara tenía la misma expresión que cuando decapité a sus muñecas.

Me puse de pie lentamente...

—Siéntate, Max —ordenó Jessica, mirando con nerviosismo a sus amigas al no poder explicar por qué me callé y me puse a la defensiva al ver la mirada triste de Suhail.

Me vi a mí mismo. «Sí, ¿qué estoy haciendo?», me pregunté. No debería estar de pie.

Volví a ocupar mi asiento y traté de entretenerme con el envoltorio de una galleta. Los demás, con excepción de Sam, continuaron burlándose de Suhail. Mis manos temblaban, pero traté de no apartar mis ojos de la galleta.

—Es tan patética —dijo Jessica, riendo.

Lo que era extraño, porque, antes de esto, ella no reía. Lo hizo hasta que...

Hasta que Suhail se percató de todo. ¡Lo hacía a propósito!

«¿Cuál es su problema con Suhail?», me cuestioné. El de ella y el de sus amigas. Suhail no se metía con ellas. Bueno... les afectaba tener que asistir a las actividades que Suhail y su padre organizan, sin embargo... Lo que hicieron ese día en la cafetería iba más allá. Ero era cruel.

—En la primaria le arrojábamos comida —se burló Edgar—. Una vez me peleé con Max por eso.

Escuchar a Edgar decir eso hizo que Jessica cerrara la boca y me mirara seria.

—¿En serio, Max? —preguntó disimulando muy mal su enfado.

¿De verdad tenía que dar explicaciones sobre algo que hice a los ocho años?

—Bueno, yo.... —busqué una excusa—: Mi mamá me pidió que la defendiera —mentí.

¿Por qué no decía la verdad? Lo hice por... Por... ¿Por qué fue que lo hice?

Y no tenían por qué reírse de Suhail. Insisto en recalcar que ella no les hacía nada.El asunto entre nosotros dos funcionaba tipo «Me haces, te hago». Jamás nos atacamos sin motivos.

«¡Basta!»

Puse mala cara y miré a Jessica con desdén. Me sentía quemar por dentro, mis manos temblaban y también sentía la boca seca. ¿Por qué me senté antes? Debí caminar hacia Suhail y disculparme. Ella me ayudaba con mis ensayos. Yo no debí...

«¡Pero aquí están todos!», solía debatirme.«Me mirarían raro si iba con ella... También se reirán de mí».

Dejé caer la galleta sobre la mesa y me obligué a contener las ganas de lidiar con eso.

—¿Qué te pasa? —me preguntó Eric.

Lo miré a él y a Sam. Los dos eran mis mejores amigos. ¿Por qué no podían comprender qué me pasaba?

—Creo que me hizo mal la comida —mentí.

—Debe ser el queso amarillo —dijo Sam—. Mira, hasta Suhail se lo está quitando al sándwich que compró.

¿Por qué ponía de ejemplo a Suhail? Sin poderme contener, observé la mesa en la que Suhail y Ling se sentaron. Y sí, Suhail intentaba sacarle el queso a su sándwich.

—Es porque no le gusta el queso —dije, sin pensar—. Siempre se lo quita. Tampoco se come la orilla de la pizza.

—La tienes bien controlada, ¿no? —me cuestionó Jessica.

«¿Controlada?»

La miré sin comprender y ahí fue cuando me percaté de que pensé en voz alta. Sentí cada célula de mi cuerpo estallar.

«¡Es mi jodida vecina!» Uno sabe eso sobre sus vecinos, ¿no?

Eric aclaró su garganta:

—Es porque cuando éramos niños —dijo—, si mal no recuerdo, le hicimos una broma con queso amarillo.

No, nunca le hicimos a Suhail una broma con queso amarillo. Pero comprendí lo que intentaba hacer Eric. Mi amigo. Mi hermano.

Escuchar eso complació a Jessica. Yo, por otra parte, miré la galleta sobre mi mesa. Minutos antes, fingía estar concentrado en abrirla... pero no la abrí. ¿Por qué no la abrí? Me distraje. Me distraje con Suhail. «¿Qué pasa contigo, Max Solatano?»

—¿Recuerdas, Max? —continuó Eric. Sam, del mismo modo, añadió anécdotas—. Una vez hasta le arrojamos lodo a la cara. Ese día sus amigas se disfrazaron como princesas y...

En mi mente puse el mute a la voz de Eric y, con disimulo, miré una vez más hacia la mesa donde se encontraba Suhail.

Me sentía pesado... Sí, eso es. Pesado. Como si mis músculos de preadolescente idiota dolieran. Sentía la boca seca, las manos sudorosas; y, como si en mi interior, para ser más precisos en mi estómago, tuviera una pequeña alimaña arañándome.Y el mundo, de por sí confuso, comenzó a ir en cámara lenta cuando vi a Suhail reír al mostrarle a Ling la manzana que sujetaba en su mano, la que después acomodó en medio de dos galletas. Y

debajo de esas tres, colocó una banana. Yo sabía por qué lo hacía. Desde niña le gustaba formar figuras con la comida.

La primera vez que la vi hacerlo teníamos nueve años. Regresaba del supermercado con su papá y al bajar del coche una bolsa de papel se rompió y, sin remedio, cayeron a sus pies las verduras que la bolsa tenía dentro. Yo estaba entretenido con mi bicicleta, pero eso captó mi atención y reí. Suhail me sacó la lengua y de inmediato intentó recoger cada verdura, para después dejarlas caer otra vez y aprovechar eso para mostrarle a su papá que podía hacer con estas una familia de verduras.

Utilizó patatas para las cabezas, pepinos para el torso y espárragos como piernas y brazos acomodándolo todo en orden. Recuerdo pensar que sería mejor utilizar las coles como cabezas, porque de esa manera las personitas serían todas verdes. Y lo comprobé esa noche en mi cocina, cuando yo