Max & Suhail
155. Max
Mi corazón palpitaba a un ritmo fuera de lo normal al aparcar nuestro vehículo frente al edificio de Suhail. Bajamos y Ling nos indicó por dónde.
Suhail, explicó, nos estaba esperando.
El lugar me pareció agradable. Suhail, como es su costumbre, se esmeró en darle un toque hogareño haciendo a un lado el lujo. Todo era muy ella.
Había libros, plantas de sombra y cosas hippies como atrapasueños.
—¡Suhail, llegamos! —la llamó Ling, pues al entrar no vimos a nadie por ningún lado. Mientras, los cuatro ocupamos distintos rincones de la sala.
Eric se encontraba de pie cerca del televisor queriendo encenderlo para ver un partido, Ling abría y cerraba puertas buscando a Suhail y Sam y yo, por otro lado, vimos retratos colocados a lo largo de una cómoda. La mayoría eran fotografías de Suhail en compañía de Finley. Ellos en un café, haciendo deporte, en una cena, en un cumpleaños, de vacaciones, con la familia de él, con amigos...
«Maldición».
Dolió. Aún sigue doliendo.
—Entonces sí te hace feliz —suspiré, queriendo ver esta vez fotografías de ella sin él.
—¡Voy! —escuchamos que gritó alguien por fin. «La voz de ella»—.
¡Estoy por meter algunas patatas al horno!
Mi espina dorsal hormigueó y sentí una mano caer suave sobre mi hombro. Era Sam.
—Haz lo correcto —dijo. Lo miré y asentí tres veces devolviendo mi atención a la cómoda.
Esa frase cambió por completo mis planes, mi apreciación del entorno y me dio material para pensar. «Hacer lo correcto». Por lo que una vez más vi una por una las fotografías y pensé en la incontable cantidad de veces que una estupidez mía impidió que Suhail fuera feliz. Me sentía como un destructor. Y ahí iba de nuevo a, quizá, arruinarlo todo de vuelta.
¿Qué quería? ¿Una prueba de que no debía interponerme? Ahí estaban las fotografías. Qué más.
—Hola —escuché que dijo una voz a mi espalda. Una voz que escuché por primera vez a los siete años, pero que, con el tiempo, se fue atenuando
para, paulatinamente, sonar más precisa, más segura, más afable. Era la voz de ella. Suhail. Mi canción favorita.
—¡Tonta!¡Te extrañé! —oí exclamar a Ling y las imaginé abrazarse al mismo tiempo que prometían no volver a perder comunicación.
Yo continuaba de cara a las fotos, evitando ver a todos de frente.
—¡Sam, te veo tan... alto! —continuó Suhail.
—Y ancho —dijo el gordo en respuesta.
—Solo un poco —le restó importancia ella, con su habitual amabilidad.
—Max no le deja hacer dieta —protestó Ling y sonreí.
—¡Oh, Dios, Eric! —Era el turno de Eric para ser saludado—. A ti es al que más tiempo tengo de no ver.
—Unos cuantos años.
—Muchísimos. Y no sabes el gusto que me da verte bien.
«Sabía que te alegraría ver que hice las paces con Eric».
—Con todo y tu mascada... ¿arcoíris? —preguntó ella, curiosa.
—Sí... creo que soy gay.
—Oh, ¿genial?
—Eso creo. Dame un abrazo.
Era mi turno.
Un silencio abrupto se instaló entre todos, lo único que se escuchaba a lo lejos era la sirena de un coche. Era mi turno.Dejé sobre la cómoda la foto de ella sola que sostenía en mis manos y me giré lentamente.
Ahí estaba Suhail, con rasgos mejor cincelados, cuerpo más delineado, ojos mucho más expresivos, cabello largo y... estatura más baja.
—Estás... alto —dijo, tragando saliva y conteniendo lágrimas. Su mirada era la de una persona con miedo. Miedo a qué es lo que me hubiera gustado saber.
Y claro, ella no estaba más baja, yo le había sacado algunos centímetros con los años.
Era toda una mujer. Aunque diferente a las modelos, actrices y cantantes que había visto sin parar los últimos meses. Suhail no es exuberante, es modesta y, por gusto propio, prefiere mezclarse entre la mayoría. Ya no era la adolescente hippie de años atrás, se veía como una adulta, una mujer segura. De cualquiera modo, estar cerca de ella siempre me hace sentir en casa. Incluso había harina sobre su pecosa nariz, prueba clara de que estaba cocinando. Sonreí. Suhail es costumbre. Es casa. Es hogar.
—Y de pie —agregó, dirigiendo su mirada hacia mis zapatos para después buscar otra vez mis ojos.
La última vez que me vio aún utilizaba muletas.
Necesitaba abrazarla.
La vi dudar si debía acercarse o no y decidí acortar yo la distancia por ambos. Me aproximé a ella, la rodeé y la acerqué hacia mí para abrazarla.
Se sentía pequeña en comparación de cómo la recordaba y, en ese momento en particular, olía a mantequilla y canela. Pese a todo éramos uno. Al menos ese momento fuimos uno de nuevo.
No podía ver su rostro, pero sí sentí su corazón y respiración ir deprisa.
Aun así, la solté al percatarme de que no correspondió mi abrazo. Cuando menos no de la manera que esperé.
«No me amas. Ya no me amas».
—Y también estás más ancho —dijo, al apartarme. En sus ojos todavía había dudas y ese miedo que no sabía interpretar—. Cuánto músculo. Has...
Has hecho ejercicio.
No dije nada de inmediato porque no sabía qué. De haberme permitido besarla hubiera comprendido cuánto aún la amo y extraño.
Tocó uno de mis brazos con timidez y después lo apretó, como si no supiera que de mí podía tocar cuanto quisiera, pues soy suyo. Parpadeó algunas veces para continuar alejando lágrimas y yo cogí aire para armarme de valor y hablar.
—Tú... te ves bien —dije.
—¿Te parece? —preguntó, procurando acomodar de mejor forma su cabello. En respuesta acerqué mi mano a su nariz para limpiar de esta la harina, aunque no la quité del todo porque su cara se veía adorable así—.
También he ido al gimnasio. El otro día fui a la playa y recibí buenas críticas.
No entendí el porqué de ese comentario, pero le creí. Sin duda le creí y me hubiera gustado verla yo mismo.
Antes de que pudiera decirle algo más, se giró hacia el resto del grupo y nos pidió tomar asiento.
Cuando nadie nos veía, Eric levantó su mano mostrando el dedo pulgar hacia arriba, dándome a entender que lo hice bien. No obstante, en mi cabeza aún hacían eco las palabras de Sam. «Haz lo correcto».
—Ahora cuenten qué se siente al ser famosos —preguntó Suhail, viéndonos. Inclusive quería saber qué opinaba Ling.
«Bueno, ya pasó. Ya estás con ella otra vez. Aunque no de la manera que quisieras».
—Es apabullante —contestó Eric, y Sam y yo asentimos—. Creo que hablo por los tres cuando digo que no nos acostumbramos.
—Pero tú ya eras famoso, Eric.
—Ni la mitad de lo que soy con Raptor, pero sí. Algo.
—A Sam ya le leí la cartilla —dijo Ling, sentada con la espalda recta en su asiento y respingando aún más su nariz.
—No puedo hacer amistad con mujeres, solo saludarlas —agregó el gordo gobernado.
Eric, Sam y Ling le platicaron a Suhail cómo resurgió Raptor. Desde cómo sucedió lo del vídeo que nos dio a conocer, la llamada de la disquera, la reunión con Eric, los ensayos, la planificación de la gira, la grabación del disco, las entrevistas, la locura en los medios de comunicación y las redes sociales, la gira en sí y los admiradores.
Yo era el único que no hablaba. Tan solo la miraba a ella. A Suhail.
—Estoy segura de que es más de lo que alguna vez imaginaron —dijo, viéndome, esperando que esta vez yo dijera algo. Parecía esperar obtener de mí algo más que no fuera silencio.
Pero, ¿qué iba a decir? Lo que tenía para explicar era a ella, solo a ella, y ya no estaba del todo seguro de querer confesarme.
—Es mucho más —estuve de acuerdo.
Me sonrío conforme y una vez más se dirigió a todos:
—Entonces... ¿les gusta el pescado rebozado? Será eso, patatas al horno y como postre tartaleta.
—Suena bien —dijo Sam.
—Hasta aquí escucho tu estómago, gordo —bromeé.
—Finley trajo el pescado y las patatas hace rato —continuó Suhail, logrando que mi estómago quemara, aunque no por el hambre—. Pero le faltaron las bebidas. Fue por ellas aquí cerca. Cuando regrese estaremos listos.
Al instante sentí la mirada de Sam sobre mí y me pregunté qué decir para no verme tan patético.
—Y... ¿cómo vas en la editorial? —pregunté.
Suhail meditó un poco antes de responder. En sus ojos y temple general percibí menos emoción al hablar nosotros dos. A diferencia de mí, concluí, tomó nuestro reencuentro de forma natural. Ya no le afectaba.
«Ya no me amas».
—Bien, supongo. Mi jefa y un compañero vendrán más tarde... si no les importa compartir con dos admiradores. Grandes admiradores, en realidad.
—No hay problema.
—¿Te relacionas con autores importantes? —le preguntó Ling.
—Como llevo poco tiempo dentro solo trato con noveles. Hoy estaba corrigiendo un cuento para niños.
—¿Algo interesante? —preguntó Sam, que ama leer casi tanto como a Yoko.
—Hilarante en realidad. Trata sobre un oso y una hormiga que se hacen amigos.
—Qué fumado —resopló Eric, haciéndonos reír.
—Más cuando tratas a la autora —estuvo de acuerdo Suhail—. Mi jefa, Laura, es la que trata con autores de renombre, pero de momento estoy bien con los novatos. Debo hacer carrera si quiero escalar más y tratar a autores celebres como Alexander Donoso.
—Me alegra que te esté yendo bien —la felicité y ella sonrió en mi dirección. Cada vez parecía sentirse más cómoda estando nosotros dos cerca.
«Lo superaste bien».
Se puso de pie y nos ofreció bebidas, y venía de la cocina con una jarra de limonada y vasos cuando la puerta principal se abrió de golpe, entrando tras esta mucho escándalo.
—¡Alto ahí! —llamó la voz de un tipo que entró cargando bolsas y sujetando una correa—. ¡Amor, por favor, sujeta a Max que se me cae todo!
—pidió y Suhail entregó la jarra y vasos a Ling para ayudarle.
OceanofPDF.com
«¿Max?»
El gordo y Eric me miraron procurando no echarse a reír.
«¿MAX?»
—¡Ya están aquí! —saludó el tipo una vez estuvo desocupado. A la vez un perro saltó. Era un Beagle pequeño con cara de bobo. «Y tenía que venir hacia mí, maldición»—. ¡No lo babees, Max! —le pidió quien asumí era Finley.
—¿A cuál de los dos le hablas? —le preguntó el gordo gobernado, riendo.
Suhail rascó su frente con incomodidad y Finley se soltó a reír. Y sí, el perro me estaba babeando.
—Perdona, Max —se disculpó Finley.
—Insisto en solicitar saber a cuál de los dos te diriges —repitió Sam.
—Ling, acompáñame a dejar todo esto en la cocina —le pidió Suhail a Ling evitando mirarme y las dos se retiraron murmurando.
—Hola —saludó Finley al resto de nosotros. Estrechó las manos de los tres, aunque se detuvo conmigo. Solo conmigo—. Max Solatano —dijo, como si no me reconociera yo mismo.
«Él también tiene cara de bobo», me dije. Aunque eso no importa cuando recuerdas que también tiene a la mujer que amas.
—Sí —dije, estrechando su mano.
—Wow, en serio, hermano, te veo por... ¿Qué? ¿Todos lados?
—Me da gusto mejorar tu día.
Finley se echó a reír y bajé la guardia comprendiendo que solo me veía como el hermanastro de Suhail. No parecía tener idea de más. Ella no le habló de lo nuestro.
—Oye, en serio me caes bien. Bienvenidos sean todos a nuestra casa —
dijo, mirando sucesivamente a Sam y a Eric—. Me encanta tenerles aquí.
—¿Le pusieron como yo al perro? —me atreví a preguntar.
—Pero no fue a propósito —aseguró él, apenado—. Ya tenía a Max cuando conocí a tu hermana.
—Oh.
—Y te juro que es un tocayo adorable —agregó, levantando al Beagle para al instante ponernos frente a frente—. Se pasa de simpático.
—¿Va por ahí conquistando perritas? —preguntó Eric, ganándose mi odio. Aunque no le importó, se soltó a reír junto con Finley.
—En realidad lo castramos —contó el otro.
«Oh, quién diría que sí tenemos bastante en común el perro y yo».
Lo cargué y me pregunté qué tan fuerte lo tenía que lanzar para que saliera disparado por la ventana.
—Oh, vamos, tú no tienes la culpa de nada —me disculpé con él, reconciliándonos.
—No te escuché —dijo Finley a modo de pregunta. Entendió que me dirigí a él.
—Que está linda tu casa —le aclaré.
—Ah.
—Imagino que ya se presentaron —dijo Suhail al volver, viéndonos a todos, sobre todo a mí y al Beagle. «No, no lo voy a matar».
—Sí, ya —contestó Finley—. Estos chicos son geniales.
Interpreté el suspiro de Suhail como muestra de alivio. Quizá se sentía afortunada de que no lo arruiné todo, como esa vez que me presentó a Aitor... lo cual también dolió.
—¿Desde cuándo se conocen tú y Suhail, Max? —me preguntó Finley, alcanzando la mano de Suhail para que ella tomara asiento a su lado.
—Desde los siete años —dije, evitando mirar sus dedos entrelazándose.
—Nuestros padres no se casaron hasta años después —añadió ella.
Finley asintió mostrando estar interesado en el tema hermanastros.
—Pero eran vecinos.
—Sí, vecinos —dije mirando hacia abajo. «Qué lindas manos solas y vacías tengo».
—¿Y a qué edad tuviste el accidente? Si no te incomoda el tema, claro. Es que se habla mucho de eso.
—Un día antes de cumplir dieciocho —conté, sintiéndome obligado a sonreír.
— Wow. Debió de ser duro.
—No tienes idea —dije, desplazando mi mirada hacia ella—. Aunque Suhail estuvo ahí para apoyarme. No lo hubiera logrado sin ella.
Finley asintió con apreciación y hubo mucho en la forma en la que Suhail me miró al terminar de decir eso. Sin embargo, no soltó la mano de Finley; se aferró a esta como si temiera de mí o de ella. Tras eso, lo único que hicimos fue mirarnos.
—Y a ustedes claramente les va bien —los felicitó Ling.
Finley se abochornó, pero contestó sin titubeos.
—Sí, tuve mucha suerte de conocer a esta mujer talentosa y sobre todo hermosa.
«Otra bala directa a mi pecho».
—¿Cómo se conocieron? —preguntó Sam.
Suhail empezó a contar todo de forma tímida, sin embargo, lentamente se soltó y de pronto todos, excepto yo, reían y comentaban aquel día lluvioso en el que la suerte tocó a la puerta de ambos.
Mi cabeza era un panal. «No debí venir. Lo ama. No debí venir. No estoy listo para esto». Abrumado, me puse de pie y pregunté por el baño. Suhail me explicó dónde encontrarlo y me alejé.
En el baño me recosté contra la puerta. «¿Por qué, Dios? No. No. No.
Esto es consecuencia de una decisión que yo tomé. Nada tiene que ver una fuerza superior con mi propia estupidez». Pensé en todo un largo rato.
Pensé en todo... mucho. «Lo arruiné. O quizá no...».
Porque es cierto, quizá no lo arruiné. Quizá así es como la vida debe ser.
Yo por mi lado, ella con él. Porque no es un mal tipo. Finley, se lo juro, no es un mal tipo. Se merecen. Y si yo la amo, debo aceptar eso deseando lo mejor a ambos. Y ya.
Porque no quiero desearles que todo vaya mal para así yo tener una oportunidad con ella. No. Suhail no merece llorar más por mi culpa. Merece ser dichosa conmigo... o sin mí. Es hora de aceptar eso.
Y ya.
Y YA, MALDITA SEA. Y YA.
Me incorporé, me di ánimos y, pensando en marcharme pronto, abrí la puerta.
Cuál fue mi sorpresa al ver a Finley esperándome y a Eric viniendo tras él. Había todo un comité de recibimiento afuera.
—¿Todo bien? —me preguntó Finley.
«¿Quiere saber si me sentí a gusto con el olor y tamaño de papel higiénico?»
—Sí —contesté, procurando sonar casual—. Es que padezco de hemorroides.
—Oh. Sí. Sí. Algo de eso escuché.
—Ajá.
—En todo caso... Bueno, te esperaba por algo más —dijo, mirándome con emoción.
El tipo se estaba armando de valor para hablar conmigo.
—¿En qué te puedo ayudar? —le pregunté mirando con duda a Eric, que también se acercó a ver por qué no salía del baño. Debí decir que no encontraba el papel.
—Creo que puedo confiar en ti —dijo Finley, como si temiera que le dijera que no.
—Claro. Sí.
—¿Eric? —preguntó, girándose para ver a mi amigo.
—Por supuesto —contesté yo por Eric—. En él también puedes confiar.
¿Qué quería decirnos? ¿Que trabaja para el servicio secreto de la familia real británica?
Finley dejó escapar aire y nos pidió seguirlo. No fue lejos. Caminamos unos metros y abrió una puerta cerca.
Cuando entré no necesité mayor explicación para darme cuenta de que me encontraba en la habitación de ellos. Eric golpeó mi hombro para darme apoyo moral y yo, ya recuperado de la primera impresión, miré de nuevo a Finley preguntándome qué quería. ¿Para qué, en el infierno, le podía servir yo a Finley? O Eric. Más cuando lo vi poner el pestillo de la puerta.
—El otro día ordenando este armario llegué a una maleta de Suhail —
empezó y procedió a abrir el armario—. Estaba mal cerrada y en consecuencia de esta salía un pedacito de prenda de algodón —continuó, bajando la maleta de la parte superior del armario—. La abrí para acomodar mejor todo y me encontré con esto —añadió, acomodando la maleta sobre el alfombrado para, un segundo después, abrirla por completo.
Que fuera droga me hubiera importado menos. Eran cosas para bebé.
Cosas. Para. Bebé.
«¡MALDICIÓN!¡MIERDA! ¡MIERDA! ¡MIERDA!»
Di dos pasos hacia atrás y sentí cómo la realidad golpeaba duro y sin piedad en mi pecho.
«NO. ¡NO!»
—¿Es…? —Eric tampoco podía creerlo.
—Sí, son cosas para bebé —sonrió Finley, orgulloso—. Empecé a sospechar el día que Suhail se desmayó cuando salimos a caminar —contó y se oía feliz. Tan malditamente feliz—. Y los últimos días ha estado sensible, llora por cualquier cosa y constantemente me pide que la abrace.
Se ha acercado mucho a mí.
Y terminó explicando que, conociendo a Suhail, pensaba que quería darle la noticia con una sorpresa.
Me arrodillé frente a la maleta y cogí una camisita entre tantas.
Necesitaba asimilar.
—Un be-bebé —dije, sintiendo mi voz quebrarse.
«¿Por qué? Esto no. Esto no...».
—Sí, felicidades, tío —me dijo Finley como si fuera un cumplido y miró de mí a Eric esperando también una felicitación para él, el padre primerizo.
Apreté mis labios y mentalmente me obligué a ser fuerte. Felicité a Finley con un abrazo y volví a mi sitio bajo la mirada preocupada de Eric. Me quería matar. La había perdido. Ella no dejaría a un bebé sin su papá. La había perdido.
La había perdido. Perdí a la mujer que amo.
Finley volvió a cerrar la maleta y la guardó otra vez en el armario. Suspiró para volver a armarse de valor y nos miró.
—Ahora necesito su apoyo, chicos —dijo, decidido.
—Te escuchamos —dijo Eric, mientras yo veía el suelo con mi vida destrozada a su alrededor.
—Quiero hacer las cosas bien —explicó—. ¿De acuerdo, Max? No voy a permitir que tu hermana sienta mi apoyo a medias. La amo, y ella y yo ya habíamos platicado sobre querer pasar nuestra vida juntos.
—¿Le vas a pedir que se case contigo? —quise saber ya, aunque doliera.
Finley asintió mientras un par de lágrimas brotaban de sus ojos y me miró como si necesitara mi aprobación. La aprobación del hermano de Suhail.
«De verdad la amas».
Limpié mi nariz al sentir que de pronto goteaba y le demostré con un par de palmaditas en su espalda mi apoyo. Eric hizo lo mismo.
—Me parece una gran idea. Sí. Hazlo.
—Pero quiero que sea hermoso. Y pensaba que siendo tú músico...
Él tenía miedo de preguntar.
—¿Quieres que toque algo para ella cuando se lo pidas?
—Sí —dijo Finley, feliz de que yo comprendiera que necesitaba sorprenderla.
No tenía idea de que nadie mejor que yo podía entender eso.
—Puedo hacer algo mejor, Finley —dije, mirando de él a Eric que negó con la cabeza.