Max & Suhail
108. Suhail
«Lo voy a matar».
—Aitor—dijo Eric, confuso—. Cómo olvidar ese nombre. ¿No tenía una novia llamada Laila?
—Sí, ¿por qué? —gruñí, todavía mirando la pantalla del teléfono de Ling.
Ella no la apartaba. Amaba torturarme.
—Oye, yo salí con su chica —recordó Eric.
—¡Imbécil, él cree que fui yo! —me quejé y en seguida lo golpeé en el hombro.
—Es que fue cosa de una noche —continuó Eric para nada apenado—.
Cuando empezó a averiguar mi nombre, le hice llegar el tuyo.
—¡¿Qué?!
Quería matarlo.
—¡Tú hiciste lo mismo una vez! —me recordó, y era cierto.
Di a todos una última mirada de «Ni me toquen o intenten detener» y le pedí al gordo las llaves de su coche. Tenía algo que hacer.
108. Suhail
Dejé mi coche en la cochera a las diez de la noche. No recordaba haber llegado tan tarde antes, ni tan feliz, y mucho menos por una cita. Me sentía optimista, por fin me daba una oportunidad. Por primera vez tenía planes más allá de mi carrera. Comenzaba a vivir. Nada lo podía arruinar. Nada...
...excepto Max.
Camino a mi habitación me crucé con Miranda y se lo quise contar todo.
Brinqué y la abracé:
—¡Adivina!
Ella me miró con sorpresa.
—¿Qué?
—¡Hoy me dieron mi primer beso!
Ella gritó conmigo y las dos saltamos emocionadas. Alzamos la voz tanto que, me temo, debió escucharse en toda la casa.
—¡Tu primer beso! —Miranda me abrazó—. ¡Ni siquiera sabía que había un chico!
—Lo acabo de conocer —confesé—. Estoy tan emocionada, Miranda. —
Sentí ganas de bailar. Aitor era mi esperanza—. Me trajo a casa. Se portó muy lindo conmigo.
Miranda se llevó ambas manos a la boca con emoción. Era consciente de lo difícil que era para mí dar ese paso.
—Me da tanto gusto por ti, cariño. Pero pórtense bien —aconsejó—. No me obligues a ir por la Rana René y por Peggy —reímos y ella me volvió a abrazar con fuerza—. Haz bien las cosas.
—No te preocupes, voy despacio.
—Dios santo, hoy es día de sorpresas —dijo luego, rompiendo nuestro abrazo. Tenía una noticia.
—¿Por qué?
—¿Puedes creer que Max vino temprano? —Eso de verdad me asombró
—. Porque no crean que a mí me engañan diciendo que él pasa el rato contigo.
«Oh no».
—¿Genial? —balbuceé, sin saber qué otra cosa decir. Me tomó por sorpresa y no pensé en Max desde la mañana que lo vi en la cafetería.
—Te dejo descansar —se despidió Miranda—. Debo alcanzar a tu padre en la fiesta de cumpleaños de la vecina.
—No le platiques sobre Aitor —le pedí—. No todavía.
Ella asintió.
—Aitor. Lindo nombre —agregó, sonriente—. Y sigue repasando para tu concurso. Que el amor no te distraiga. Las palabras siempre estarán ahí, los novios no.
—Sí. No te preocupes por eso.
A mí menos que a nadie le debían pedir que fuera despacio. Con mucho esfuerzo daba un primer paso.
Entré a mi habitación a oscuras y palpé la pared en búsqueda del interruptor de luz. «Aquí está». Había sido un largo día y necesitaba descansar. Sin embargo, salté al ver a Max sentado en mi cama.
—¡Me asustaste! —lo regañé. Sostenía en sus manos uno de mis retratos.
Eso también me pareció extraño—. ¿Cómo puedes ver con la luz apagada?
Aclaro que no me molestaba encontrar a Max en mi habitación. Con los años aprendí a tenerle confianza.
—Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, supongo —contestó.
—Qué poético te escuchaste. «Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad». Me gusta. —Lo saludé con un beso en la mejilla y me senté junto a él—. ¿Y... qué haces? —También eché un vistazo a mi retrato. La fotografía fue tomada en la primera fiesta de cumpleaños de Max. Nuestros padres nos habían obligado a posar uno junto al otro. Mi cara era de
«Aguanta, Suhail, aguanta. Es solo una foto». Y la de él de
«Alguien apártela de mí o va a morir».
—Pensando —dijo por fin.
—Ese día hice feliz a las Hermanas de la caridad con tanto obsequio —
recordé—. Tu cara al ver que no había nada no tenía precio.
Max rio por lo bajo.
—Nunca te agradecí eso —dijo sin apartar los ojos de la foto.
Lo miré con sorpresa.
—¿Estás loco? Fue horrible. Debería pedirte una disculpa.
Él negó con la cabeza.
—El único regalo que me quedó esa vez fue la guitarra que me obsequió papá más temprano ese día. De no haber perdido lo demás no le hubiera pedido ensayar y no hubiéramos pasado tanto tiempo juntos antes de... ya sabes.
Nunca antes lo vi de esa manera.
—Así que te hice un favor.
—En realidad sí espero una disculpa —admitió y reí—, pero sí... al final fue un favor —Max me miró—. ¿Entonces... te fue bien con Aitor?
¿En serio quería saber?
—Sí. Se relaja cuando no estás cerca.
Max hizo rodar los ojos.
—Por cierto, ni siquiera fui yo quien «le quitó» a la chica; fue Eric.
—Se lo haré saber.
Aunque eso no iba a cambiar el hecho de que Max le cayera de la patada a Aitor y viceversa.
—¿Y... qué quieres? —pregunté, para alejar el silencio incómodo. Max no dejaba de ver nuestra foto—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Te iba a contar...
—Adelante.
—Un... un cazador de talentos me fue a escuchar al bar. Aceptó ser mi representante. Haré una gira.
—¡Oye, eso es genial!
A él le dio gusto verme animada. Al contrario, a mí me intrigó que él no se viera feliz. Por lo menos no lo suficiente feliz.
—Me consiguió una presentación para este viernes — continuó—. Seré telonero de Los hijos del fracaso.
—¿Los hijos del fracaso? —No lo podía creer—. Max, ellos son muy famosos.
De verdad me daba gusto que él lograra sus metas.
—Lo sé.
Aun así, la duda me mataba.
—¿Y por qué no te ves feliz?
—Es el viernes —repitió, por si acaso aún no lo había procesado—. El día de tu concurso de deletreo.
—Ah. —Le resté importancia de inmediato—: Está bien. No hay problema.
—¿En serio?
—Sí. Aitor irá. Le daré tu entrada.
La mandíbula de Max al instante se tensó.
—¿A Aitor?
Olvidé que no le agradaba, a eso asocié su molestia. No a los celos.
¿Cómo iban a ser celos?
—Sí. Hoy me ayudó a repasar —le conté—. Por eso vine tarde.
—Oh.
—Ustedes son tan diferentes —dije, recordando lo feliz que se veía Aitor escuchándome deletrear—. A ti no te gusta ayudarme, pero Aitor se divirtió.
—¿De dónde sacas que no me gusta ayudarte?
—La vez que te lo pedí dijiste «Solo de pensarlo me duermo»
Me eché a reír al recordarlo y pensé que Max haría lo mismo. Pero no, se veía deprimido.
—¿Ah, sí? —Su mandíbula continuó tensa—. ¿Entonces... no te importa que no vaya a tu concurso?
Sí me importaba, claro que me importaba; pero tampoco quería que perdiera su oportunidad.
—No. Ya vendrán más. Ve a ser una estrella. Tú y los chicos lo harán genial.
Se puso de pie y caminó con decisión hacia la puerta.
—¿Ya te vas? —pregunté.
Nunca era tan determinante al marcharse. La mayor parte del tiempo yo lo tenía que echar.
—Ya.
—Está bien —dije, confusa.
—Te veo luego.
—Sí. —No sabía qué más decir.
Y, sin tener más para hacer, me dispuse a acomodar mi habitación. De cualquier manera, aunque Max había hecho la pantomima de querer marcharse, aún continuaba ahí.
—¿Pasa algo? —pregunté, queriendo saber por qué todavía me miraba. Se portaba extraño.
Y de esa manera, sin advertirlo, se aproximó una vez más a mí y me tomó por la cintura.
—¿Max? —pregunté, confundida.
Su actitud era más indescriptible que de costumbre y se limitaba a ver cómo reaccionaba yo.
—Max, ¿qué pasa?
Y me besó...
¡Eso sí que no me lo esperaba!
Intenté detenerlo.
—¿Qué... qué haces?
—Recordándote quién te dio tu primer beso —dijo, dejándome saber que escuchó mi conversación con Miranda, y volvió a alcanzar mi boca.
—No seas idiota —lo empujé, pero mis brazos delgados no tenían oportunidad contra la pared que era su pecho.
Y de esa manera me besó otra vez.
—¡MAX! —conseguí soltarme—. Esto —nos señalé a ambos— no es un juego.
Yo estaba jadeando. Los besos de Max eran todo o nada.
Él intentó acortar la distancia de nuevo.
—Lo sé.
—Pues no lo parece —dije, tajante, a la vez que intentaba de recuperar el aliento.
—¡¿Por qué no me tomas en serio?! —se quejó—. ¡Todo lo que hago te parece estúpido!
—¿Cómo quieres que te tome en serio si de la nada empiezas a besarme?
—espeté, molesta—. Para ti... —Iba a ser vergonzoso decir esto— ...un beso es solo un beso. Para mí es una muestra de amor. Suena cursi, pero así es. Así que, por favor, no juegues con ello.
Me miró con enfado.
—¿Piensas que estoy jugando?
De nuevo traté de alejarme.
—Bueno, sí...
Él volvió a acortar la distancia entre nosotros.
—¡Aléjate!
—¡No! —negó y pegó su boca contra la mía. Me deshice ahí mismo.
Nunca lo había sentido tan cerca.
—Max... —No sabía qué más hacer o decir al ser tomada por sorpresa.
—¿Por qué pareces tener ganas de llorar? —quiso saber. ¿Tan obvia era?
—. No te estoy haciendo daño.
—Eres un bruto —espeté.
—Y tú una necia.
—No espero que comprendas lo difícil que es para mí hacer esto —dije, cerrando los ojos. Max sin dudarlo suavizó su agarre. Tal vez sí comprendía
—. Nunca había llegado tan lejos con nadie..
—Yo no te haré daño —aseguró.
Y yo confiaba en él.
—Dame una buena razón para no alejarte.
—Porque... —Abrí los ojos. Él miraba mi boca—. ¡Porque no, Suhail!
—¿Porqué no? —Necesitaba una mejor explicación—. ¡Ma...!
Esta vez no pude alejarlo. Y por primera vez fui consciente de cuánto habíamos crecido. Hasta hace algunos años Max y yo teníamos la misma altura. Sin embargo, ahora me veía pequeña y frágil junto a él, que era alto, atlético y tan atractivo que parecía obsceno. O. B. S. C. E...
«No es momento para deletrear, Suhail».
—Max —dije, besándolo.
—No me alejes. No te alejes—me rogó, mordiendo mi labio inferior. Ya dije que con él era todo o nada en cuanto a besos y... Después aclaramos lo demás—. Aitor no te sabe besar —supuso.
—¿Perdón?
Quise volver a alejarme al escuchar eso, pero él continuó llenándome de besos.
—Mira. No. Sabes. Cómo. Responderme —dijo, dándome un beso por cada palabra.
Y era cierto, yo no sabía besar.
—Es que el beso que Aitor y yo nos dimos fue tímido, fue...
Y ahí estaba Max Solatano otra vez, interrumpiéndome para meter su lengua dentro de mi boca y morder mis labios hasta dejarlos temblorosos y marcarlos como si él fuera el dueño.
Se sentía el dueño.
Poco a poco, al dejar de rechazarlo, sus movimientos se relajaron. Ahora me besaba con ternura. Y eso tenía un efecto en mí más fuerte que ser tomada a lo bruto.
—No te comprendo —musité al sentir su mano sobre mi espalda. Después recorrió con besos mis hombros y mi cuello—. Créeme que no te comprendo.
—Sabes bien —dijo.
—Y eres tan poco romántico. —Eso fue una queja.
—Honesto —aseguró, interponiendo su pierna entre mis piernas para hacerme caer... caer sobre mi cama. «Así que volvimos al modo cavernícola»—. ¿Para qué te voy a hablar de flores si está claro qué quiero?
—dijo, rompiendo de forma abrupta el encanto.
Y aunque me sentía como gelatina y su roce había hecho efecto, sus palabras me devolvieron a la realidad. ¿Está claro qué quiero?
—¿Y qué quieres? —le pregunté, mirando con enfado mi pecho. ¿En qué momento había desabotonado mi camisa? Era un experto. Me sentí atropellada.
Max se arrodilló frente a la cama y empezó a subir con lentitud a esta, abriéndose paso entre mis piernas, rodeando con besos mi vientre y después… mis tetas.
Eso contestaba mi pregunta.
Fruncí el ceño.
Quizá todo hubiera marchado mejor si él hubiera dicho algo como:
«Suhail, he estado enamorado de ti desde hace mucho, mas no encontraba
el momento oportuno para decirlo. Pero eso ya no importa, quiero que estemos juntos».
Pero en lugar de eso, dijo:
—Soñé tanto con estas tetas.
Y eso fue todo. Lo empujé con la pierna derecha poniendo todas mis fuerzas en ello y lo hice caer al piso.
—Eres cruel —gruñó, poniéndose de pie otra vez.
—¡Y tú un bruto!
Sacudió polvo imaginario de su ropa.
—Fue como estar de pie frente a la fábrica de Willy Wonka, y que en el último momento, te quiten el boleto dorado.
Se veía decepcionado.
También me puse de pie.
—¡Y eres tan poco romántico!
—¿Qué quieres que te diga? —preguntó, dejando salir una risa seca—.
¿Que te amo?
Me enojé más al escuchar sonar eso como una queja. ¿Tan ridículo era pensar que me ama? Lo abofeteé.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó, molesto.
Apenas podía mantenerme de pie. Cada parte de mi cuerpo aún temblaba.
Esa noche descubrí lo sensible que soy en sus manos. Lo mucho que aún me hacía sentir. Maldito seas, Max Solatano, por... por... ¡Por existir!
Cerré los ojos para coger valor.
—Vete —le pedí.
—¿Por qué?
—¡Porque no soy cualquier tipa que conociste en el bar de Bob!
—¡Nunca he dicho que lo seas!
—¡Pero me hiciste sentir así! —Contuve mis lágrimas. «No llores, idiota»—. ¡Cómo se te ocurre hablar de mis tetas!
Si lo miran desde un punto de vista objetivo, él fue un impulsivo y yo una sensible.
Se cruzó de brazos.
—¿Y sobre qué querías que hablara?
Lo volví a abofetear.
—¡¿Y eso por qué fue?!
Ya me dolía la mano.