Max & Suhail
115. Max
la boca, y a pesar de que mis pasos eran lentos me sentía como si al correr flotara sobre el suelo.
De lejos, además de las ambulancias y el camión de bomberos, podía ver la parte alta de un camión color azul.
—Suhail, tal vez no sea buena idea acercarse.
Sentí a Aitor querer tomar mi mano, pero lo aparté.No estaba pensando en absolutamente nada. Solo quería saber, necesitaba saber.
«Dios, que esto sea una pesadilla».
Al nomás llegar a la pared de personas me abrí paso. Un policía solo me permitió avanzar cuando escuchó gritar a papá «Es mi hija».
Papá se encontraba al lado de Miranda, que también era apartada con insistencia del camión de bomberos. «Dios mío». Entonces comprendí que debía avanzar más y mirar lo que había entre el camión de bomberos y el camión azul, e hice mi camino en medio de los dos. El sonido de más ambulancias acercándose taladraba mis tímpanos.
Fue como vivirlo todo en cámara lenta. Pero yo, Suhail Didier, acepto que no reaccioné hasta que dos bomberos se hicieron a un lado y vi que con la ayuda de otros procuraron avanzar entre los restos de un Ford color azul por completo destrozado.
El coche de Sam.
115. Max
116. Suhail
Max estuvo muerto durante medio minuto, o al menos eso dijeron los paramédicos, quienes con esfuerzo consiguieron traerlo de vuelta y trataron de sacarlo lo antes posible del coche.
Fue difícil ver a Max y a Sam ser subidos en camilla a una ambulancia, los dos inconscientes. Los seguimos en el coche de papá y estuvimos por
horas afuera de la clínica esperando noticias. Aitor me ofreció una vez tras otra su chaqueta, repitiendo con insistencia que aquella era una noche fría, pero en aquel momento no me importaba el clima. Por el contrario, le di la bienvenida al frío. Prefería concentrarme en sentir helar mis huesos que en el dolor que me produjo la posibilidad de perder a los chicos. Necesitaba saber de Max y de Sam.
No le resto méritos a Aitor, iba y venía de la clínica informando de cómo iba todo:
—Continúan en cirugía.
Ling, a la par, tomaba mi mano y procuraba no soltarla. No me consolaba a mí. Bueno, es posible que, en parte, pero más se consolaba a ella misma.
Ese día, al ver su mirada triste, comprendí cuánto realmente le importaba Sam. Creo que hasta entonces ni ella misma era consciente de ello.
—¿Lo viste? —me preguntó—. Tenía tanta sangre sobre su rostro, Suhail.
Se echaba a llorar y cuando se calmaba miraba la puerta de la clínica como si esperase que algo pasara.
¿Cuánto más habría que esperar? Me sentía al borde de la desesperación.
Fue difícil no tener noticias. Por fortuna, para nuestro «alivio», la décima o decimo primera vez que Aitor regresó al fin trajo respuestas:
—Traumatismo craneal —dijo de cara a Ling cuando ella le preguntó qué sabía de Sam.
—¿Traumatismo craneal? —repitió Ling.
—Dijeron que... —A Aitor se le dificultó explicarlo—: Está en coma, Ling. Necesita de un respirador. No se sabe si...
—No digas más —pidió mi amiga caminando de un lado al otro con ambos brazos cruzados sobre su pecho—. ¡Suhail! —gritó cuando corrí a abrazarla—. ¡Esto no puede estar pasando, Suhail!
—Todo va a estar bien —dije queriéndolo creer yo misma.
¿Todo iba a estar bien?
—¿Y cómo está Max? —le pregunté a Aitor temiendo igualmente respuesta.
Me miró triste.
—Tu papá quiere que entres para decírtelo él mismo.
Eso sonó poco alentador.
Le encargué a Aitor cuidar de Ling y entré a la clínica. En la sala de espera vi reunidos a Eric, Gi, Bob y otros amigos de Max. Me preguntaron
si sabía algo de él o de Sam y solo pude informar sobre Sam. Después busqué a papá, él estaba de pie junto a Miranda, que parecía desmayada sobre una silla. Me preocupé al verla.
—La sedaron —me explicó papá.
No dejaba de sentir miedo. Mucho miedo.
—¿Qué... —obligué a las palabras a salir de mi boca— ...qué le pasó a Max? ¿Cómo está?
—Ay, Suhail —suspiró papá, cansado.
Eso parecía una invitación para que llorara con él… con todos.
—Papá, habla —le rogué—. ¿Max —no quería decirlo— también está en coma?
Mi corazón suplicaba respuestas.
—No, pero él...
—¿Él qué? —Mi padre no hablaba rápido.
—Le amputaron la mitad de una pierna, Suhail.
Lo primero que vino a mi mente luego de escuchar eso fue una imagen de Max saltando de un lado al otro cuando todavía era niño y yo viéndolo jugar desde mi ventana. Llevé mis manos a mi boca sin poder creerlo.
Cuánto estaba por cambiar su vida.
—¿Por qué? —pregunté, permitiendo que mis lágrimas cayeran libremente al pensar en el dolor físico y emocional de Max.
—No podían sacarlo del coche —explicó papá por intervalos. Creo que ni él mismo podía creerlo. Él ama a Max como a un hijo—. Debían sacarlo.
Era perderlo a él o a su pierna. Debían traerlo de emergencia, Suhail. Tú viste que casi muere. Ellos lo reanimaron.
Max sin la mitad de una pierna. Tomé asiento junto a Miranda, quien a pesar de estar sedada tenía una expresión de dolor en su rostro. La imaginé preguntándose cómo enfrentar a Max y explicarle.
—Su otra pierna también está lastimada, pero responde —continuó papá
—. Eso dijo el doctor. Volverá a caminar con la ayuda de una pierna ortopédica y terapia.
Terapia.
—Ya solicitamos una silla de ruedas.
Cerré los ojos. ¿Silla de ruedas? Si me costó asimilarlo a mí, no puedo imaginar a Max.
—Yo... —Solo no quería pensar en eso—. Y Sam no responde —dije.
—Su situación es más grave —me confirmó papá—. Las próximas horas son importantes.
«¿Por qué, Dios?»
—¿Cómo se lo vamos a decir a Max? —pregunté a papá.
—No lo sé, princesa. No lo sé.
Los amigos de Max tampoco lo podían creer.
—Max un discapacitado —dijo Eric, asimilándolo. Para mi sorpresa, sus palabras expresaban ira.
Lo miré con desconcierto. No tenía idea de que Max y Eric tuvieran problemas. Después di mi atención a Gi, su mirada de horror al escuchar la palabra discapacitado de boca de Eric me hizo ver lo diferente que se sentía respecto a Max.
No podían dejarlo solo. ¿Iban a dejarlo solo?
Escuché a Eric pedir a Bob el número de la Bombilla y después de eso todos se marcharon de la clínica, pues al fin y al cabo nadie, excepto la familia, podía ver a Max.
«Max».
Caminé hacia la habitación que le asignaron al salir de cirugía, abrí la puerta y entré temerosa. ¿Habría despertado ya?
«No».
Su rostro reflejaba lo caótico que fue el accidente. Su cuerpo completo tenía fracturas, cortes y contusiones. «Ay, Max». Cogí una silla cerca, la coloqué junto a su cama y sin saber qué más hacer me senté. Sentí ganas de llorar, pero al mismo tiempo era consciente de que debía ser fuerte. Me necesitaba. Nos necesitaba.
—Daría lo que fuera para que no tuvieras que pasar por esto.
Teníamos un historial largo, pero nada como eso. De cualquiera manera, le hice llegar un mensaje de esperanza al acercarme y susurrar en su oído:
—No olvides que somos Max y Suhail, y para bien o para mal siempre estamos juntos, bailando al ritmo de una canción a la que yo le pongo la letra y tú la música.
Tres letras. M. A. X. Max.
Por favor, despierta.