Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 112 de 146

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Max & Suhail

140. Suhail

—Venderé por él Porsche. ¿Eso también lo haría alguien que solo tiene un enamoramiento?

—¿Vender el Porsche?

—Max necesita un gimnasio en casa y Miranda y papá no pueden pagarlo.

—Dios mío, Suhail, ¿lo vas a mantener? —El tono de voz de Jacqueline era de horror.

—¡No, mamá...!

—Ya te veo tratando de conservar dos trabajos porque a Max no le dan nada por ser discapacitado.

—¡No lo llames de esa manera!

—Es como es, hija. Ahora no lo ves de esa forma porque lo amas. Pero como decía tu abuela, cuando el hambre entra por la puerta el amor sale por la ventana.

No quise escuchar más, le pedí al gordo seguirme y me alejé de la ventana rápido.

Claro, tenía que ser Jacqueline quien nos abriera los ojos a todos.

140. Suhail

Mamá es una mujer difícil de tratar, siempre lo ha sido. Su etapa gay había terminado y estaba por casarse con un ejecutivo de la cadena de televisión para la que trabaja. En ningún momento dejó de repetir que su intención siempre es y será buscar lo mejor para mí, sin embargo, me ha lastimado muchas veces. Años atrás, tratando de ascender en su carrera, me dejó en manos de un hombre malo, asumiendo que nada pasaría porque ella confiaba en él. Pero es mi mamá y la amo, de modo que, tratando de comprender su manera de ver las cosas, le prometí que hablaría con papá y con Max sobre lo de estudiar en Inglaterra.

No quería alejarme de Max, amaba celebrar con él sus progresos y amaba aún más tenerle cerca, pero al mismo tiempo quería darle su importancia a mamá.

«Tal vez si mejoro mis notas en la universidad».

Todavía me hallaba en compañía de mamá cuando vi a la hermana de Sam llegar por él y por... ¿Max? Me sorprendió ver a Max subir al coche con

ellos, pero se hubiera visto mal ir a preguntarle a dónde iba estando yo con mamá. La idea era darle a mamá la impresión de estar en una relación que me permitía ser libre.

—¿Para qué necesita Max un gimnasio? —preguntó mamá, confundida.

No conectaba con la idea de que Max hiciera algo más que no salir de la cama.

—Su fisioterapeuta le recomendó ejercitarse para evitar dolores en articulaciones, reducir estrés y obtener más flexibilidad, resistencia y fuerza. Algo así dijo. Pronto empezará entrenamiento de equilibrio. Debe estar en mejores condiciones y sentirse cómodo a la hora de utilizar una prótesis.

Mamá se mostró entusiasmada al escuchar sobre los progresos de Max.

—Oye, eso es bueno.

—También necesita ayuda con su autoestima —sonreí. Me alegraba que por fin comprendiera—. Paulo considera que ejercitarse le beneficiará con eso. Lo hará más disciplinado... lo motivará...

Mamá arqueó una ceja.

—Siendo ese el caso, creo que lo puedo ayudar.

—¿En serio? —Quería saltar y abrazarla—. ¿Cómo?

—Le puedo obsequiar el gimnasio en mi Talk show. Hasta lo podemos televisar.

Me espanté al instante.

—No, no, no. Ni hablar. Max es muy orgulloso, se sentiría humillado; si le cuesta trabajo salir y que lo reconozcan. Imagina un programa televisado.

El gimnasio tiene que llegar a él de forma casual.

—¿Casual?

—Hablé con Miranda y la convencí de aceptar el dinero por la venta del coche, le dirá a Max que está pagando el gimnasio a plazos.

—Ay, Suhail. —Mamá frunció sus labios—. Lo único que no me gusta es que te sacrifiques.

—No lo hago —Me molestaba no convencerla.

—Está bien que te preocupes por él, amor; pero haz planes propios y sin miedo a que él se sienta menos.

—Los hago.

—Sabes que no. Porque si te ama... —Mamá levantó su dedo índice—. Si realmente te ama, no le ofenderá que salgas, te independices y tengas

logros. De lo contrario, esté discapacitado o no, déjalo.

—Max me ama... yo sé que me ama —recalqué y mamá me abrazó.

No veía venir lágrimas de tristeza, eran de felicidad. A pesar de todo, mi relación con mamá mejoraba, Sam había despertado, Max se independizaba...

—¿Ves que sí podemos entendernos?

Todo volvía a su lugar.

—Difiero de la palabra entendernos —refunfuñó, sin perder su inusitado buen humor—, más bien cedo confiando en que sabes lo que haces. Solo prométeme una cosa. —Ella me pidió verla a los ojos y ser seria con esto—.

Pensarás con la cabeza y no con el corazón lo de aceptar mi ofrecimiento de estudiar en Inglaterra. Apenas estás en el primer año de universidad, estás a tiempo, princesa... No me mires así. Antes de lo que pasó con Max, ese era tu plan. Te esforzaste por aquella beca, Suhail. Yo puedo darte eso ahora.

Tú amas leer, deletrear... Inglaterra es la cuna de Shakespeare, Dickens, Austen, Woolf, Wilde... Piénsalo.

No niego que la idea siempre me emocionó, Mamá lo dijo: «Ese era tu sueño, tu plan», pero no quería separarme de Max tanto tiempo. Sentía un apego especial a él tras pasar tantos momentos increíbles juntos.

Al marcharse mamá entré a la casa, revisé el móvil esperando tener algún aviso de Max y al no ver nada busqué a Miranda.

—¿Max...?

Ella no me dejó terminar la pregunta.

—Me pidió permiso para pasar una semana en casa de Sam, ¿puedes creerlo? —Miranda estaba sonriente—. Antes del accidente iba con él todo el tiempo. Lo estamos recuperando, cariño.

Las palabras «Lo estamos recuperando, cariño» aún retumban en mi mente.

Antes del accidente, Max no iba exactamente a pasar la noche en casa de Sam. Más bien le decía a Miranda que estaría con Sam cuando en realidad iba a meterse en líos con Eric Parisi y otros músicos alcohólicos. Yo, que le cubría, tenía claro eso. Sin embargo...

«No hay nada de qué preocuparse», pensé. «Max ha cambiado. Ha crecido espiritualmente durante los últimos meses».

Esa noche le envié un mensaje de texto al móvil:

Suhail: Miranda dijo que pasarás el resto de la semana en casa de Sam :)

Max: Sí, el gordo quiere celebrar con drogas y prostitutas que ya puedo caminar con muletas.

Suhail: Ja, ja.

Max: Es mala influencia para mí, Suhail :(

Suhail: Ja, ja... de nuevo.

Max: Te escribo al rato. X

«¿Te escribo al rato?» Max no me cortaba en seco, prefería platicar conmigo sobre cualquier otra persona. «Es porque Sam está de vuelta, quiere tiempo de chicos», supuse y esperé a que él me escribiera más tarde.

No lo hizo.

Al día siguiente, al no saber nada de él, volví a escribirle.

Suhail: Hoy no me deseaste buenos días :)

Suhail: Bueno, siempre soy yo la que te desea buenos días primero :p, pero pensé que esta vez lo harías tú por estar separados.

Nada. Ninguna respuesta.

Suhail: ¿Max?

Las mañanas en la universidad se me hacían largas por no saber nada.

Casi no me escribía y cuando lo hacía era cortante.

Suhail: Te extraño.

Suhail: Hablé con Ling y me propuso salir de vuelta los cuatro juntos.

¿Qué les parece si es el sábado vamos de día de campo?

Suhail: Hablo en plural porque sé que estás con Sam :)

Suhail: Prometo que no irán mis amigos hippies .

Al no obtener respuesta las siguientes horas, sintiéndome preocupada, le escribí a Sam:

Suhail: ¿Max está bien? Me preocupa que no responda mis mensajes.

Sospecho que quizá se siente deprimido por lo que pasó en el centro comercial.

Suhail: ¿Sam?

Sam fue tajante:

Sam: Suhail, Max no está conmigo.

Suhail: ¿Está en el baño o algo?

Sam: Se marchó de mi casa el segundo día aquí.

Sam: Lo lamento. No sabía si decírtelo o no. Pensé que habían hablado.

Sam: En verdad lo lamento.

Las interminables disculpas de Sam lo empeoraron todo. Miré la pantalla del móvil durante una hora sin poder creerlo. ¿A dónde fue Max? Debía untar una crema especial sobre su herida cicatrizada todas las noches.

Andaba en muletas. ¿Hasta dónde podía llegar de esa manera? Insistí en enviarle mensajes, pero no los respondió.

Temiendo lo peor, hablé con Miranda y le dije la verdad: Max no estaba en casa de Sam. Preocupados, tanto ella como papá empezaron a llamar a hospitales, estaciones de bomberos, de policía y a la familia. Nada. Max no aparecía por ninguna parte.

Obligamos a Sam a darnos información y lo único que dijo saber era que Max se había marchado en un coche color azul marino y que le había pedido no preocuparse por él, pues nosotros, supuestamente, sabíamos a dónde iría.

«¿Dónde estás, Max?».

Mi preocupación llegó al punto de que le pedí a mamá mostrar la fotografía de Max durante su programa de televisión. Prometió que lo haría siempre y cuando pasaran 48horas desde su desaparición. Lo mismo informó la policía cuando les pedimos buscarlo.

Me sentí tan confundida y desesperada por noticias que yo misma salí a buscarle en coche y a pie por Ontiva. No lo encontré.

Lo único que me quedó hacer fue recostarme sobre su cama con Gilmour estirado a un costado mío. Los dos esperando noticias y pidiéndole al cielo que Max estuviera bien.

*****

El reloj digital de Max marcaba las 2:05 a.m. cuando abrí los ojos de golpe tras escuchar risas y un coche estacionándose afuera. Salí de la cama y me aproximé a la ventana para ver. Max bajaba de ese mismo coche, acompañado de Lucía, quien fue la presidenta de su club de admiradoras cuando aún tocaba con Raptor. Sentí quemar mi estómago.

Antes de ver la escena de ellos saliendo del coche tambaleándose, besándose... yo creí, realmente creí, que a Max le había pasado algo malo; pero no, ¡estaba con Lucía!

¿Cómo demonios se lidia con el sentimiento de alegrarte porque alguien esté a salvo, pero al mismo tiempo decepcionarte?

Salí de la habitación y bajé las escaleras al mismo tiempo que papá y Miranda.

—¡Ya llegó el rey de la casa! —anunció Max cuando Miranda abrió la puerta.

Entró en muletas, con Lucía siguiéndole. Los dos apestaban a licor y cigarrillo. ¡Alguien me tenía que decir que estaba soñando!

Miranda se cruzó de brazos.

—¿Dónde estabas, Max?

—Con Lucía —Max hizo un ademán hacia la chica a modo de presentarla

—. Lucía, la de la buena compañía —bromeó, soltando carcajadas—.

¡Hasta rimó! ¿No la recuerdan? Es la presidenta de mi club de admiradoras.

Miré a Lucía, ella no dejaba de contonear sus caderas mientras miraba a Max de forma juguetona. No cabía duda de que entre ellos había pasado algo.

—Nos tenías preocupados, Max —le hizo ver papá.

Max dejó caer una muleta y también se cruzó de brazos.

—¿Quién los entiende? Primero, dale que dale con que recuperara mi vida. Eso estoy haciendo.

Miranda, papá y yo nos quedamos sin palabras. ¿Recuperar su vida? ¿Su antigua vida? ¿La que lo llevó a esa condición? Sin poder disimular más tiempo mi dolor y decepción me solté a llorar. Sentía mi corazón roto, muy roto.

Era imposible que Max no me escuchara llorar, hasta papá se había acercado a consolarme. No obstante, sin importarle, parpadeó algunas veces y continuó dirigiéndose solo a Miranda. ¿Por qué me ignoraba?

—Paulo dijo que si todo marcha bien podré usar prótesis. ¡Tendrán de vuelta a la estrella!

¿Al irresponsable? ¿Al fanfarrón? ¿Al odioso? ¿Al Max autodestructivo?

Negué con la cabeza, me solté de los brazos de papá y subí corriendo las escaleras a la vez que escuchaba a Max gritar:

—¡Max Solatano, la estrella de Raptor volverá a brillar y conquistará a millones de admiradoras!

Lo que siguió fueron gritos y regaños por parte de Miranda y papá. Max se había pasado. Ni siquiera antes del accidente había sido tan cínico.

Eran tantos sentimientos encontrados. ¿Por qué ese afán de lastimar a todos a su alrededor? ¿Por qué no anunciar sus planes de forma sana? ¿Por

qué despertar una vez más lo peor de él y preocuparnos? Me encerré en mi habitación y cubrí mis oídos para no escuchar los regaños de Miranda y las altanerías de Max en respuesta. ¿Eso realmente estaba pasando? Parecía un infierno irreal después de tantos días en el paraíso. ¿Que Max se recuperara implicaba traer lo malo de él de vuelta?

Esperé a que Lucía se marchara y el ambiente en general se calmara.

Tenía que haber una explicación, Max no podía echar por la ventana tantos meses juntos. ¿Fue por lo que pasó en el centro comercial? ¿Max estaba viviendo un momento de rotura? Tenía que explicármelo.

Esperé a que Miranda y papá se encerraran en su habitación para enfrentarlo. Salí yo misma de mi habitación y recorrí nuestro pasillo repitiéndome «Calmada, calmada...», toqué la puerta de Max y entré pidiendo a Dios ser paciente.

Max estaba sentado en la orilla de su cama prendiendo un cigarrillo. ¡Un cigarrillo!

—Justo a quien esperaba —dijo, abriendo para mí sus brazos—. Ven y recíbeme con un beso, amor.

Me acerqué hasta él, le tumbé el cigarrillo y lo abofeteé.

—¿Dónde diablos estuviste? —siseé, enfadada. Estaba temblando del coraje. ¡Yo estaba preocupada por él!

—Menos mal que preguntas dónde y no qué estuve haciendo, porque si no

—Max resopló de forma burlona.

Me quedé boquiabierta. ¿Quién había intercambiado a Max y nos envió otra vez al bestia y altanero?

Quise obligarme a no llorar, pero no pude, era demasiado el daño.

—¿Te estás oyendo, Max? —Negué con la cabeza sin poder creerlo.

Él me mostró una sonrisa de lado e intentó abrazarme.

—No te pongas fea. Ya sabes que detesto a las celositas.

Agité mis brazos hacia arriba y miré el techo sintiendo que me ahogaría pronto con mis propias lágrimas.

—Me entregué a ti, Max.

¿Y ahora eso significaba nada? ¿En qué momento pasé de su novia a otro polvo?

—Y nadie está hablando de arrepentimientos. —Él se incorporó sosteniéndose únicamente sobre su pierna buena e intentó consolarme muy a su antigua manera—. Debes comprender, así en muy