Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 84 de 146

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Max & Suhail

110. Suhail

Pero ella ya se iba. No obstante, se giró para poder decirme algo más:

—Mejor déjalo ahí.

—Es que yo... —Negué con la cabeza.

—No digas nada hasta que comprendas el valor de las palabras —decidió.

«¿Cómo?»

—Suhail...

Levantó la mano para impedirme hablar.

—Me haces daño —añadió con una mirada triste y después finalmente me dejó solo.

«¿Daño?»

Tomé asiento en el sofá para pensar. ¿Daño? ¿Por qué Suhail tenía que complicar algo sencillo?

Está bien, no. Tal vez debí...Tal vez no dije...Quizá lo mejor era...

Igual ya no importa.

Lo único cierto es que aún me faltaban muchas cosas por comprender.

110. Suhail

Aunque había repasado mi deletreo por la tarde, saqué de mi estantería dos libros para continuar.

Fortísimo.

Impermeabilización.

Institucionalización.

Me ayudó a no pensar en Max. O al menos a no pensar tanto en Max.

¿Por qué tenía que complicar tanto algo como decir que me quiere?

«Suhail, te quiero. ¿Vamos al cine? Ten, te traje estas rosas. Hablemos.

Compartamos nuestro tiempo».

¿O es que acaso todos los hombres piensan igual que Max?

«No pienses en Max. Practica tu deletreo».

Entre las palabras las hay largas, como murciélago, que limitan su significado a un mamífero nocturno en el discurso de un biólogo, o a un héroe de ficción de ser este un seguidor de las historietas.Cada palabra cambia de valor dependiendo de quién la utiliza. No es lo mismo escuchar

decir guerra a un niño de seis años que juega con soldados de plástico a que lo diga el presidente de Rusia o de Estados Unidos.

A lo que voy es que, de acuerdo con esa premisa, no era lo mismo escuchar hablar de Suhail Didier a Aitor y a Max.

Yo solo quería saber si significaba algo más para Max. Aitor hablaba de admirarme, de querer conocerme. Por lo mismo, ese día lo dejé acompañarme a un seminario. Comentamos el tema por horas. No era lo mismo que asistir sola. Aitor tenía más experiencia universitaria, por lo que resultaba estimulante escucharlo. Aprendí mucho con él. Después me ayudó a repasar mi deletreo. Sin embargo, tras mi encuentro poco fortuito con Max, la tarde con Aitor pasó a un recuerdo secundario.

—Desoxirribonucleico —dije, retomando mi práctica.

En cuanto a Max, desde su habitación hizo lo suyo con la guitarra. Parecía intentar componer una canción.

Repasé mi deletreo mientras él tocaba.

—Desoxirribonucleico —dije en voz alta para distraerlo—. D. E. S. O.

X…

Lo escuché reír:

—¡A ver, deletrea eyaculación! —se burló.

—¡MAX! —escuché gritar a Miranda. Su voz venía de la habitación de Max. Seguro estaba recogiendo el desorden.

—Eyaculación —dije, decidida—. E. Y. A. C. U...

—¡SUHAIL! —me regañó también Miranda.

Tanto Max como yo reímos.

«Qué fácil lo perdonas», me recriminé. Desde pequeña me acostumbré a relacionarnos de esa manera.

*****

La mañana del concurso vi a Max bajar a toda prisa las escaleras.

—¿Dónde es el incendio? —le preguntó papá en tono de broma.

—La presidenta de mi club de admiradoras me organizó una fiesta de pre-cumpleaños.

Alcé las cejas. No solo ya me sorprendía que Max tuviera admiradoras, añadamos a eso una tan vehemente.

—¿No vas a desayunar? —le preguntó Miranda, nosotros estábamos sentados en la mesa comiendo avena.

Max miró sin apetito el menú.