Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 49 de 146

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Max & Suhail

71. Max

Pasaron los días y volví a ser feliz. Aunque esta vez el raro era Max.

Luego del incidente en la cafetería no solo me ignoraba. Peor aún. Huía de mí. Pero no me importó. Es más, abrí de vuelta mi ventana y volví a llenar la pistola de agua, esperando que saliera a ensayar.

Pero había un problema. Ahora quien mantenía cerrada su ventana era Max.

71. Max

Pese a todas mis quejas, Bill Didier me llevó directo a la enfermería. Aun así, no supe explicarle a la enfermera qué pasó conmigo. Haciendo a un lado la parte que incluye a Suhail, le platiqué sobre mis manos sudorosas, mi boca seca y mi estómago en eterna voltereta.

—Parece un ataque de pánico —dijo—. Aunque no puedo asegurar nada.

Sería mejor ir con un especialista.

Miré a Bill Didier y negué con la cabeza. «De ninguna manera».

—Y no le digas a mamá, por favor —le rogué.

Solo necesitaba descansar.

La enfermera me dio algo para el estómago y me permitió abandonar el lugar. Y caminé hacia la salida porque no tenía humor para enfrentar a mis amigos. Necesitaba tiempo para inventar algo.

Cansado, salí al estacionamiento y busqué con mi mirada la parada de autobuses.

—¿Te llevo a casa? —escuché que preguntó a mi espalda Bill. Me había seguido.

Me alcanzó, señaló su coche e insistió en llevarme. Y pese a que no quería tener que ver con él, acepté; prefería llegar rápido a casa, y aún faltaban dos horas para poder tomar el autobús escolar.

El camino se me hizo largo porque la compañía de Bill me resultaba incómoda.

1. Es el padre de Suhail.

2. Salía con mamá.

—Sé que no tenemos una buena relación —empezó.

—No tenemos que hablar —dije, haciendo girar mis ojos. Nada peor que el novio de tu mamá intentando ser tu amigo.

Primero que nada, acepto que Bill y mamá no empezaron a salir un minuto después de que murió papá; pero, ¡rayos! No fue fácil aceptarlo. Me aferraba a los recuerdos y me dolía ver a mamá con alguien que no fuera papá.

—¿Notas un poco extraña a Suhail? —preguntó Bill de pronto.

Qué cambio de tema tan brusco. Sin embargo, dadas las circunstancias, escuchar eso me obligó a incorporarme en el asiento. «Así que no soy el único que nota extraña a Suhail».

—S-sí —dudé, fingiendo falta de interés—. ¿Tú sabes por qué?

—Créeme, Max, cuando te digo que pese a trabajar tantos años con adolescentes sigo sin entenderlos.

«Pero si ni siquiera nosotros nos entendemos».

—Pero ella está bien, ¿no? —pregunté, mirando con disimulo mi ventana.

No quería que Bill sospechara que Suhail me importa—. Aunque Suhail siempre ha sido rara.

Escuchar eso hizo reír a Bill.

—¿Recuerdas cuando le puso uñas acrílicas a tu G.I. Joe? Incluso a mí me dolió eso.

Sonreí al recordar.

—Pero me vengué.

—Siempre te vengas, Max.

Miré a Bill preguntándome si eso era un reproche o un simple comentario.

De cualquier modo, sentí una punzada de culpa. «Siempre te vengas, Max».

—¿Te puedo pedir un favor? —preguntó entonces.

Asentí sin anticipar lo que vendría después.

—Vigila a Suhail, ¿quieres?

—¿Yo?

¿Acaso Bill estaba loco? Era como poner a Silvestre a cargo de Piolín o a Tom a cargo de Jerry.

Aunque habían pasado años desde que no lastimaba a Suhail.

Lo que no sabía entonces es que se puede lastimar de muchas maneras.

—¿Estás seguro? —insistí.

—Por supuesto. —La confianza que Bill depositó en mí me dio miedo—.

Si ves algo raro, dímelo. No es que no confíe en Suhail. Solo quiero que