Max & Suhail
73. Max
Lo último que necesitaba era que Max asumiera que me sentía triste por lo sucedido en la cafetería. No le iba a dar el gusto. Por eso cada día al llegar del colegio abría la ventana y ponía música pop alegre. Max, en caso contrario, continuaba manteniendo la suya cerrada. Aunque no intenté preguntarle por qué.
Sentía que cualquier cosa que hiciera, por pequeña que fuera, me delataría, me pondría en evidencia. Y lo último que necesitaba es que Max sospechara de mis sentimientos por él.
73. Max
Tras pensarlo detenidamente, llegué a la conclusión de que mi mejor oportunidad para averiguar qué pasaba con Suhail era poner a Sam a investigar.
Lo pensé un par de días y admití que podía confiar en Sam.
—Su papá me pidió investigarla —expliqué—. Suhail anda rara. ¿No te has dado cuenta?
—No. Yo no estoy pendiente de Suhail —dijo Sam, lastimando mi orgullo.
—Yo tampoco —dije a regañadientes—. Su papá me pidió...
—Sí. Sí. Ya me lo dijiste muchas veces.
Luego que no se queje de que le llamo «Ballena bebé».
—Y tú me vas a ayudar —añadí, dando un golpecito a su hombro.
—¡¿Qué?!
Empujé a Sam por los pasillos del colegio buscando a Ling y a Suhail. Era hora de receso, pero quería evitar la cafetería. Allí siempre había mucha gente.
De cualquier manera, terminé en la cafetería.
—Suhail no puede saber que yo estoy detrás de esto, ¿de acuerdo? —
continué—. De modo que, si te capturan y torturan con tal de hacerte hablar, debes negar que yo soy parte de esto.
—¡Ni siquiera sé qué debo hacer! —se quejó Sam.
Una vez estuvimos de pie en la puerta, busqué a mi objetivo: Ling y Suhail se hallaban sentadas una junto a la otra en una mesa. La buena
noticia era que la cafetería no estaba llena.
—Primero debemos separar a Suhail de Ling —dije, evaluando el terreno
—. Porque es a Ling a quien vas a preguntarle.
—¿Qui-quieres que hable con Ling? —preguntó Sam, atemorizado.
Me crucé de brazos.
—Te gusta, ¿no?
—Pu-pues por eso lo digo.
—Deja de tartamudear o sospecharán —lo codeé—. Es tu oportunidad de oro, gordo.
—Po-pues no la quiero.
Sam dio media vuelta, resuelto a alejarse de la cafetería.
«¡Maldición!»
—¡Sam! ¡Sam, por favor! —le rogué—. Ayúdame.
El gordo se detuvo y giró hacia mí para mirarme. Parecía molesto:
—Con una condición —dijo.
—¿Cuál?
Sam «el gordo» no era de ponerte condiciones.
—Admite que eres tú el que quiere saber de Suhail.
«¡¿QUÉ?!»
Me puse pálido.
—¿Que-que quieres qué?
—No tartamudees, Max, o sospecharán —se burló.
Me enojé.
—¡No admitiré nada! —De nuevo me crucé de brazos.
Nada en el infierno me haría decir que...
Sam arqueó una ceja, me dio la espalda y siguió caminando.
—¡SAM!
«¡MALDICIÓN!»
—Admítelo —dijo él, todavía de espaldas.
Lo rodeé y, viéndole a los ojos, me acerqué a él lo más posible para que nadie nos escuchara.
—¿Por qué quieres que admita algo así? —le cuestioné—. Yo no...
Pero Sam me interrumpió:
—Porque solo entonces —dijo, cogiendo aire—, comprenderás lo difícil que es para mí hablar con Ling.
De acuerdo, ahí tenía un punto.Bajé la mirada.
—Pero no es lo mismo —negué—. Tú-tú quieres a Ling. Yo...
—Admítelo, Max.
—¡Mierda! —zapateé y cogí del cuello a Sam—. Pero te juro que si le dices algo a Eric o a alguien más yo...
Sam me empujó para que lo soltara.
—Jamás haría algo así —me aseguró—. Ahora admítelo. —No daría marcha atrás—. Anda, admítelo.
Apreté los dientes y dije:
—Yo soy el que quiere saber qué pasa con Suhail —admití—. ¿Contento?
—Sí.
Después de decir eso, Sam caminó de vuelta hacia la puerta de la cafetería. Y aunque mi cara estuvo todo el tiempo de color rojo escarlata, el gordo no se burló. No se burló. Por eso insisto en declarar que sin importar lo que pase puedo confiar en Sam.
—Lo haremos antes de que vengan nuestros amigos —dije, dando un masaje a los hombros de Sam en plan entrenador preparando a su mejor luchador—. Porque si se dan cuenta...
—Intentaré ser rápido.
—Rápido, pero prudente —advertí—. ¿De acuerdo? —Sam asintió—.
Primero alejaremos a Suhail de Ling.
Solté los hombros de Sam y busqué el teléfono público más cercano. Allí marqué el número del colegio.Por fortuna contestaron rápido.
—Buen día. Está llamando a la Secundaria San Sebastián. ¿En qué podemos ayudarle? —preguntó la voz de la secretaria.
Me apreté la nariz con los dedos:
—¿Sí? Buenos días —dije—. Necesito comunicarme con la señorita Suhail Didier. Es urgente.
—¿Quién le llama?
Eso no lo había planeado.
—Eh... Su dentista.
—Un momento, por favor.
—¿Ahora qué? —me preguntó Sam en voz baja.
—Esperemos.
Mirándonos, escuchamos la cancioncita que indicaba un mensaje en altavoz.
—Señorita Suhail Didier, tiene una llamada en dirección —anunciaron.
Sam y yo chocamos palmas. «¡Bien hecho!»
—Ahora roguemos que Ling no la acompañe —dije.
No hubo de qué preocuparse, Suhail salió sola de la cafetería.
Sam y yo chocamos palmas de nuevo y, sin perder más tiempo, dejé a un lado el teléfono sin colgar la llamada y nos alejamos en silencio. Luego, cuando estuvimos otra vez de pie frente a la puerta de la cafetería, masajeé otra vez los enormes hombros de Sam.
—Tú puedes, campeón —dije a su oído—. Eres valiente. Eres el mejor.
—Soy el mejor —repitió Sam asintiendo, y movió los pies como si se preparara para correr un maratón.
—Repíteme tu misión —le pedí.
—Averiguar por qué está rara Suhail.
—¿Quién te envió?
—Nadie.
«¡Muy bien!»
—¿Y por qué quieres saberlo?
—Simple curiosidad.
Besé con fuerza la enorme mejilla de Sam y acto seguido este empezó a caminar en medio de las mesas de la cafetería.
Yo iba detrás.
—Una cosa más —añadí, preocupado—: No empieces la conversación siendo obvio. Primero habla sobre la comida o el clima.
Sam asintió.
—Está bien.
—Me sentaré en un banco de la mesa detrás de ustedes para escuchar —le susurré, colocándome un par de gafas oscuras. Quería pasar desaparecido.
Y no, las gafas no sirvieron para eso, pero me veía genial con ellas.
Sam asintió y continuó avanzando lentamente hacia donde estaba sentada Ling. Pude escuchar el aumento de su respiración a medida que acortaba distancias. Me percaté de que entre más rápido hiciéramos esto mejor.
—Ho-hola —saludó, ya de pie junto a la mesa de Ling.
Yo ocupé mi lugar detrás de ambos.
—¿Qué quieres? —preguntó Ling molesta.
—Me voy a sentar —escuché decir a Sam a modo de disculpa.
«¡Tú puedes, ballena bebé!»
Ling resopló con enfado, pero al menos no lo echó. No de inmediato. Ese día Sam se ganó mi profunda admiración.
—¿E-e-está rico lo que comes? —preguntó.
—Supongo.
—Genial.
«¿Genial? Ay, Sam».
—Está bonito el clima, ¿no?
Bajé la mirada y puse la mano derecha sobre mis gafas, sintiendo mucha pena ajena. Sin duda le debía un gran favor al gordo.
—Supongo —repitió Ling sin disimular su creciente molestia por tener que soportar a Sam.
—Oye y... ¿tú sabes qué le pasa a Suhail? Es que últimamente se comporta rara.
—Ese no es tu asunto.
—Es que... es que... —Sam se escuchaba cada vez más nervioso—.
Bueno... Ella...
—No. Es. Tu. Asunto. Ahora largo.
Cogí aire y recé por el soldado caído.
—Largo, dije —insistió Ling al ver que él ni siquiera lo intentaba.
«Rayos».
Escuché a Sam ponerse de pie. «Gracias, amigo». No obstante, una pregunta de la profesora de inglés, sentada en la mesa de junto, rescató nuestra misión.
—¿Cómo que Suhail anda rara? —le preguntó a Ling.
Me volví para mirar.
«Gracias, Dios. Gracias. Te prometo ya no ver tanto porno. Al menos no hoy».
—Sí —dijo Ling, dudosa—. Pero descuide, profesora. Suhail solo está enamorada de un estúpido. Pero ya lo está superando.
Al tiempo Sam se sentó a mi lado:
—¿Escuchaste? —preguntó. Se veía sudoroso y cansado tras volver de su misión—. Dijo que Suhail está enamorada de un estúpido.
Asentí y abrí la boca sin poder creerlo. ¿Un estúpido?
La profesora de inglés se echó a reír después de escuchar a Ling.
—Gracias, profesora.
—Ya vienen nuestros amigos —me codeó Sam, poniendo atención a la puerta de la cafetería.
Pero yo seguía boquiabierto. ¿Suhail estaba enamorada de un estúpido?
¿Qué estúpido?
—¿Por qué no nos esperaron? —escuché que preguntó Eric, buscando su lugar al lado de Sam.
Edgar, Liz, Silvy y Jessica venían con él.
—Max y yo teníamos que hacer cosas —respondió Sam por ambos.
«¿Un estúpido?», seguí cuestionándome.
—¿No me vas a saludar? —me preguntó Jessica, preparando sus labios.
Le di su beso y seguí pensando...
¿A qué estúpido se refería Ling? En nuestro salón había muchos.
—Eres muy ocurrente, Ling —escuché decir a la profesora de inglés—.
Pero me alegra que Suhail lo quiera superar.
Sam me codeó. Asentí para mostrarle que estaba poniendo atención.
—Oigan, ¿por qué están aquí? —preguntó Jessica—. Esta no es nuestra me...
—Shhhhh —la callé al darme cuenta de que Ling iba a contestar.
Mi hermosa novia me miró molesta.
—Es lo mínimo —dijo Ling a la profesora—. Una no puede enamorarse de alguien que le hace la vida imposible.
Sam y yo nos miramos.
—Max —escuché decir a la voz de Jessica en un tono cada vez más amenazante.
La volví a callar con la mano.
—Primero dijo estúpido —dijo Sam.
Asentí.
—Después que él le hace la vida imposible —añadí.
Ambos habíamos llegado a la misma conclusión.
— Wow —dijo Sam.
—¡A mí no me calles, Max Solatano! —gritó Jessica, pero la ignoré. Me hallaba en medio de algo.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —le pregunté a Sam en voz baja.
Él asintió. Entonces los dos nos volvimos para mirar a Edgar.
Increíble. Suhail estaba enamorada de Edgar.