Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 106 de 146

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Max & Suhail

134. Suhail

la silla. Había entrado a esa habitación innumerable cantidad de veces, pero algo en el ambiente cambió de un día para otro. «Que esté bien el gordo».

Lo primero que vi fue batas blancas, por lo menos cuatro, rodeando la cama de Sam. A él no lo vi de inmediato, pero temí lo peor al notar tranquilos a los médicos. ¿Lo tomaban como caso perdido? Estos solo intercambiaban comentarios sin intentar hacer algo por el gordo. Molesto, me abrí paso entre dos de ellos.

—¡Usted no puede estar aquí! —me regañó al verme, pero no me importó.

Eso y más valió la pena soportar al ver a Sam tratando de esbozar una sonrisa.

—Mash —dijo, hablando con dificultad debido a un tubo que aún tenía dentro de su boca—. ¿Cómo lesh fe a Raptor en el concherto?

¿Se estaba muriendo y le importaba más el estúpido concierto?

No le respondí, o cuando menos no de inmediato. Lo único que hice fue reír mientras apartaba lágrimas de felicidad de mi cara.Tenía a mi Ballena bebé de vuelta.

134. Suhail

El diagnóstico de Sam fue traumatismo craneoencefálico, y desde el primer día recibió tratamiento de estimulación cognitiva, fisioterapia y algunos fármacos que fue dejando de forma gradual. Su recuperación tardó años y le cambió la vida para siempre, pero vamos, es Sam y todo el tiempo contó con Ling, con Max y conmigo.

Los primeros días no habló con fluidez, pasaba gran parte del día somnoliento y, paulatinamente, tuvo que ordenar sus períodos de sueño. Se sintió desorientado, no recordaba mucho del día del accidente o del tiempo que estuvo en coma. De esa manera pasó tres meses en una clínica de rehabilitación y, tras ser dado por fin de alta, le autorizaron a continuar su recuperación en casa bajo la supervisión de su familia.

—¡Él no puede comer eso! —regañé a Max al verlo entrar a casa de Sam una cubeta de KFC y Cheetos de contrabando. Todo escondido en la parte baja de su silla de ruedas.

—¡Está en los huesos! —se quejó él, ocultándolo mejor todo.

Yo venía de la universidad y Ling, para facilitarme la ruta, pasó a traer a Max a nuestra casa, pues quedamos de juntarnos en casa de Sam los cuatro para celebrar que llevaba cinco meses despierto.

Su mamá y su hermana nos recibieron y, como ya era costumbre durante nuestras visitas, nos enviaron al jardín trasero. Ahí se mantenía Sam intentando resolver él solo cubos de Rubik, jugando al ajedrez, armando rompecabezas y leyendo. Todo por recomendación de su médico y fisioterapeuta.

La primera en saludar a Sam fue Ling, y lo hizo dándole un beso en los labios, llevaban tres meses saliendo. Sam no tuvo que hacer nada, al final fue Ling la que le pidió estar con él.

La segunda en saludar fui yo, aunque no tardé mucho cerca porque era el turno de Max y él, al ver a su amigo, se aferraba a él como una garrapata.

—¡Lo acaparas todo! —lo regañó Ling. Max prácticamente estaba sobre las piernas de Sam y no parecía querer salir de ahí pronto.

—Yo lo conocí primero —se defendió él—. Es mi gordo.

Sam dedicó a todos una sonrisa media. Cabe aclarar que esa es su única forma de sonreír en la actualidad, pues el accidente le dejó una lesión del nervio facial y tiene inmovilidad en la cuarta parte de su cara.

—Admítelo, gordo, te ves con más personalidad —lo animó Max, apretujando sus mejillas.

—¿Tú crees? ¿No me veo raro?

—Te ves muy guapo —enfatizó Ling, plantándole otro beso en lo que Max se aferraba al cuello de Sam para que Ling no se aproximara tanto.

—Raro te verías si te faltara una de tus extremidades —señaló Max, a la vez, recibiendo un codazo mío.

—Tú no eres raro —lo regañé.

Sam estuvo de acuerdo:

—Puedes usar una pata de palo al estilo pirata. Te verías genial —sugirió.

—Esa es la actitud que necesito, gordo —dijo Max y le plantó otro beso tronador a Sam en la mejilla.

—Antes no me besabas —le hizo ver Sam, abochornado.

—Antes, tú lo dijiste. Cuando se marchen Ling y Suhail te doy otro beso, pero esta vez en la boca.

—Eso se oyó raro —gruñó Ling y yo asentí.

Max me guiñó un ojo.

—Sigo sin creer que ustedes dos estén saliendo —dijo Sam, mirando de uno al otro. Él todavía no se acostumbraba a nuestro arreglo.

—«Saliendo». No de forma literal, pero sí —dijo Max.

—Aunque es necesario agregar que últimamente te besa más a ti que a mí

—añadí yo.

—¡Oh, mi goshdito! —suspiró Max con exageración y le plantó otro beso a Sam. Esta vez en la frente.

Me sentí feliz de que recuperar a Sam animara a Max. Ni siquiera lo tenía que forzar a visitar a su amigo; Max, por sí mismo, se animaba a salir más de la casa.

—Aunque ya no es gordito —dije, al retomar la conversación anterior y mirar de forma curiosa lo holgadas que le quedaban a Sam las camisetas.

—Y hoy mismo solucionaré eso —dijo Max sacando de la parte baja de su silla la cubeta de KFC y los Cheetos.

Viré mi atención a la ventana trasera de la casa, pero no había nadie. Por fortuna, la mamá y la hermana de Sam se encontraban lejos, de lo contrario nos hubieran echado. ¡Sam no podía comer comida chatarra!

—¡Mis favoritos! —saltó, mostrándonos una vez más su sonrisa media.

Al menos se veía feliz. Por lo que Max prosiguió a meter dentro de su boca un ala de pollo.

—Hay mucho por recuperar, gordo —dijo, serio, apretujando el abdomen de Sam—. Aquí, por ejemplo, había cinco tripas colgando, no dos. Necesito de vuelta a mi michelín.

—Max —empecé.

—¿Qué? Es mi Ballena bebé, no jirafita.

Y aunque Ling y yo le dirigimos otras miradas de regaño, nos dio gusto ver y escuchar a Sam riendo. Le hacía bien pasar el rato con el cabeza dura de Max.

—¡Anda, gordo —continuó—, cómete todo ese pollo que luego siguen los Cheetos y dos bolsas de M&M’s!

Intenté alcanzar para mí una pierna de pollo, sin embargo, Max palmeó mi mano.

—Son del gordo.

—Que ya no es gordo —le recordé.

—Por eso mismo se lo tiene que comer todo él solo.

—A tu novia no vas a decirle que no.

Tras decir eso, me lancé sobre Max de tal forma que los dos terminamos en el piso, en medio de varias piezas de pollo.

—¡A tu novia no vas a decirle que no! —insistí, besándolo y reímos.

Mientras, para aprovechar que lo tenía entretenido con mis labios, le saqué del bolsillo las bolsas de M&M’s y me quedé una yo y le entregué la otra a Ling. Aun así, Max y Sam, en venganza, se comieron ellos dos solos el resto de las piezas de pollo y los Cheetos.

—Juguemos a Verdad o Reto —propuso Ling luego de un rato.

—Bien. ¿Verdad o reto? —empezó Max, mirándola. Los cuatro nos encontrábamos sentados alrededor de una mesa de jardín. Era una tarde agradable.

—Verdad —dijo ella y levantó con honor su barbilla.

—¿Amas a Sam?

«¿Pregunta incómoda?»

—Mucho —dijo ella y miró con ternura a quien hoy es su esposo—. Tuve que perderlo un rato para darme cuenta de cuánto lo necesito conmigo.

Después de decir eso ella y Sam se dieron un beso. No me quedó duda de que estarían juntos lo que les quedara de vida.

—Mi turno—dijo Ling y me vio a mí—. ¿Verdad o reto?

—Verdad —dije, tras pensarlo unos segundos. «Sé buena, Ling».

—¿Max es bueno en la cama?

Mi boca cayó hasta el piso y dejé salir a través de mis dientes unos cuantos dulces de M&M’s. No podía creer que Ling me preguntara eso frente a los chicos.

—Buenísimo —respondió Max por mí.

—Le pregunté a Suhail —lo regañó Ling.

—Li priginti i sihiil.

Me relajé y asentí.

—Como una vez dijo él mismo: esa parte de su cuerpo sigue funcionando bastante bien.

—¿Lo hacen en una sola posición? —continuó Ling—. Mi pregunta va encaminada a saber si se les dificulta... ya saben, por lo de la pierna.

—Solo tenías derecho a una pregunta —le recordé y miré con bochorno de ella a Max.

—Anda, contéstale —me alentó Max, engreído.

—Somos bastante creativos y... digamos que Max está recuperando fuerza.

—Fuerza de Hulk —enfatizó él—. Últimamente Suhail grita tanto que debemos poner música de Kiss para que Miranda y Bill no nos escuchen.

—¡Tampoco exageres! —lo regañé, sintiendo quemar mis orejas y mi cuello.

Sam tragó saliva.

—No puedo creer que ustedes dos hagan «cositas» cuando antes peleaban tanto.

—He ahí la magia —contestó Max por los dos—. Había demasiada tensión sexual acumulada y hay que liberarla.

—Mi turno —dije, interrumpiendo tan incómoda conversación y miré a Sam—. ¿Verdad o reto?

—Verdad.

—¿Tienes resentimientos contra Max debido a lo que pasó? —pregunté de forma directa, para sorpresa de Max.

Ling, Sam y yo lo teníamos planeado. Empezamos a jugar a Verdad o reto para que así se diera la oportunidad de que Sam respondiera a eso y liberara a Max de culpas y carga emocional.

—No —dijo Sam sin dudarlo y miró de forma amistosa a Max—. No es como si él hubiera deseado que yo pasara por esto... y nuestra amistad de años pesa más que nada. Pesa los kilos que yo ya no tengo.

Max dejó escapar aire y apretó con fuerza su mandíbula. Pensé que iba a llorar, sin embargo, aguantó las ganas y solo sonrió. En el fondo supe que lo habíamos logrado, lo liberamos de la culpa.

—Bueno, basta de tonterías —añadió, desviando así la atención de su momento incómodo—. Me toca y elijo reto.

Sam y él se vieron de forma divertida.

—No vas a hacerlo —le dijo Sam.

Max levantó las cejas.

—Rétame.

Ling y yo nos preguntábamos de qué hablaban.

Sam cogió aire y habló:

—Reto a Max a comerse una buena ración de Cheetos que yo mastique.

—¿Qué? —solté, asqueada, y sin dudarlo Ling también los miró con repugnancia.