Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 72 de 146

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Max & Suhail

96. Suhail

tú eres más... ya sabes, como...

Ella me sonrió.

—Si no regresas al colegio, el mensaje que darás a todos es que Edgar y los demás ganaron —continué—. Huir es algo que yo haría. Pero tú... Tú...

Tú eres mejor que eso. Haz como que no pasó nada. Ve y continúa abrazando arbolitos y rompiendo las pelotas a todos con actividades raras...

Pero, demonios, sigue.

Miré mis pies mientras decía todo eso. Pero al menos lo dije. Punto a mi favor.

—No te entiendo la mayor parte del tiempo, Max Solatano—dijo ella—.

Pero viniendo de ti, aprecio mucho esto.

Dimos un golpecito de puños a lo mejores amigos, mejores vecinos, mejores aliados… y me dispuse a salir de ahí.

—Gracias, Max —se despidió ella.

El objetivo se cumplió. Suhail regresó al colegio y, temiendo vérselas con la juez Jacquie, al igual que los padres de Edgar, casi nadie la molestó.

Aunque no faltó el idiota que...

—¡Corre, Suhail, ahí viene el fantasma!

Pero solo lo decían una vez. No lo repetían cuando yo les buscaba para dejarlos caer cabeza abajo dentro del váter.

Sí, ese era yo ahora: el protector de Suhail. Pero no sonrían asumiendo que cambié del todo y que este es ya el final de la historia. No. Max Solatano todavía la podía cagar más y más. Lo mismo Suhail.

—Defiendes mucho a Suhail —me dijo Laura, mi nueva novia en una de nuestras citas—. Y yo sé por qué —agregó.

Ah, ¿creían que le iba a declarar mi «amor» a Suhail? Vamos, no sean ingenuos.

—¿Por qué? —le pregunté, arrugando el entrecejo.

No me gusta hablar de Suhail con mis parejas.

—Sé que tu mamá y su papá salen —dijo—. La ves como tu hermana.

Me eché a reír y abracé por la cintura a Laura.

—Sí, mi hermanita.

96. Suhail

A pesar de que todavía me sentía desanimada, ayudé a Ling y a papá a terminar de organizarlo todo para el festival El Amor Libre. Ling y yo venderíamos camisetas a quienes entraran al auditorio del colegio a ver el concierto donde tocarían bandas locales y debutarían Los Raptores.

—Si quieres entra a ver a Max—me dijo Ling, buscando animarme—.Yo me puedo quedaraquí para venderlo todo.

Las dos estábamos en el suelo, al lado de una mesa repleta de cajas, cuyo contenido eran las camisetas.

Me negué.

—Estamos juntas en esto, Ling.

El propósito de vender camisetas era recaudar dinero para nuestra siguiente actividad: construcción de rampas para personas en silla de ruedas. La idea vino a mí al ver las que tenía la entrada de la clínica. Esta vez haría algo más que «abrazar arbolitos».

Max, Eric y Sam se aproximaron a nuestra mesa con instrumentos en mano.

—Ho-hola, Ling —saludó con timidez Sam a mi amiga—.Hola, Suhail.

—Hola, Sam —lo saludé yo de vuelta poniéndome de pie para darle un beso en la mejilla. Ling guardó silencio—. Gracias por ayudarme el otro día

—dije.

—Casi no hice nada —se restó importancia Sam.

—Buscaste a Max —le recordé.

Escuchar eso llamó la atención de Ling y, para sorpresa nuestra, miró de forma menos despectiva a Sam.

—¿Ayudaste a Suhail? —le preguntó.

Sam bajó la mirada.

—Bueno, sí... un poco.

—Mucho, Sam —dije yo.

Y Max entró al ataque:

—¿Ves toda esta grasa? —le preguntó a Ling, colocándose detrás de Sam y señalando con orgullo los rollos de este —. Es puro amor, Ling. El gordo es como un enorme oso de felpa.

Eric se echó a reír mientras yo, molesta, intenté acuchillar con la mirada a Max. Sam parecía querer morir.

Ling dejó escapar aire:

—Suman puntos cada vez que le gustan a una chica, ¿no? —les preguntó.

—Sí —contestó Eric, fanfarrón. Yo sabía poco de ese juego entre ellos—.

Yo llevo 16 y Max 28.El punto se suma cuando las chicas demuestran que efectivamente les gustas.

«Hombres».

—¿Tú cuántos llevas, Sam? —quiso saber Ling.

Sam miró sus zapatos.

—Cero —dijo.

—Pero tiene buena salud —dijo Max—. Mejor que Eric y yo juntos.

Cogí una de las camisetas y se la arrojé a la cara.

Ling se removió incómoda sobre sus pies y, mirando seria a Sam, dijo:

—Pues ahora tienes un punto.

Los presentes abrimos mucho la boca y los ojos. Ling nos dejó estupefactos. Sobre todo, a Sam.

—Creo que se orinó encima —dijo Max a Eric.

Le arrojé otra camiseta.

—Gra-gracias —dijo Sam, mirando con ilusión a Ling.

—Eso sí. Debes sumar más puntos conmigo si quieres que intentemos algo —le advirtió ella—. Soy exigente.

—Está bien —prometió Sam—. Los sumaré.

« Wow».

—¿Y yo cuántos tengo contigo? —me preguntó Max, tonteando. Era bueno fingiendo que yo le gusto.

—Menos diez.

— Ouch.

—¿Y cuántas camisetas han vendido? —nos preguntó Eric, mirándolas con una mueca del tipo «¿Quién se pondría eso?».

Ling le mostró el único billete dentro de la caja registradora, puestoque nuestra única venta la conseguimos de un profesor que ni siquiera se puso la camiseta «Ama libremente».Reconocer eso me puso triste de nuevo.

—No te pongas así —me consoló Sam—. Al salir, yo compraré una camiseta.

Tomé su mano y le sonreí.

—Gracias, Sam.

Max me miró sin saber qué decir. No, él no compraría una camiseta.

Lo positivo de los últimos días era que mamá estaba más pendiente de mí.

Me llamaba a diario y ya teníamos programadas dos idas al cine y otra al

centro comercial.Aun así, me sentía triste. No busqué nada de lo que me pasó. Ya saben, lo del fantasma, el acoso y mi mala relación con mamá.Y

aunque todo lo que venía se percibía mejor, tenía rotas y cansadas mis alas.

Los Raptores se despidieron luego de lamentar que no entraríamos a ver su debut. Max, en particular, caminó hacia el auditorio volviéndose cada cinco pasos solo para verme. Sé que yo le preocupaba y me lo demostró portándose diferente desde lo de Edgar.

Max Solatano había cambiado. No que se diga « Wow, es un chico por completo distinto», pero sí se esforzaba en no ser tan idiota y me defendía de otros. Max Solatano pasó de decapitar a mis muñecas a ignorarme, para ahora ser mi ángel de la guarda.

Según papá, Max me veía como una hermana. Y aunque pensar en eso me dolía, me gustaba tener migajas del amor de Max. Yo quería a Max.

Los asistentes al concierto ya se encontraban dentro del auditorio. Ling y yo escuchamos sorprendidas la infinidad de gritos y silbidos cuando la directora presentó a Los Raptores.

—De haber sabido que hay tantas fans habríamos hecho esto antes —

escuché decir a Max en el micrófono.

—Fanfarrones —se quejó Ling—. No los quieren por su música, los quieren por ser guapos. Bueno, a Eric y Max.

Ignoré a Ling y sonreí al escuchar que el debut de la banda era un éxito.

La música es importante para Max y para mí Max es importante.

Primero tocaron Knockin’on heaven’s door y después Hotel California. Max cantó y tocó la guitarra en lo que Eric y Sam le hacían coros y se encargaban de su propio instrumento. Max se equivocó poco. No obstante, anoté en mi mente que me debía dos pistoletazos de agua.

Antes de tocar la última canción, Max saludó al público:

—¿Quieren autógrafos? —preguntó con voz seductora.

Su papá tenía razón. Lo de ser estrella de rock le salía natural.

—¡SÍ! —gritaron cientos de chicas.

En cualquier caso, no me esperaba lo que vendría a continuación:

—Se los daremos si, y solo si —advirtió—, lo piden en una de las camisetas que dos de nuestras compañeras están vendiendo allá afuera.

Ling y yo nos miramos sin poder creerlo.

—¿Qué esperan para ir por una? —les instó Max.

Y en lo que Los Raptores se preparaban para tocar su última canción, muchas chicas salieron del auditorio solo para comprarnos camisetas. Las vendimos todas. Ling, papá y yo haríamos muchas cosas gracias a eso.

—¿Listos para la última canción? —preguntó Max al público.

Esperé atenta. Me gusta escuchar cantar a Max.

—¡OTRA! ¡OTRA! ¡OTRA!

Y me sentía orgullosa de que tuviera éxito.

En ese momento pensé en cada una de las razones que me hacían querer a Max Solatano, buenas o malas, y dudé. Pero todo se ordenó otra vez en mi mente cuando empezó a cantar...

Got to write a classic

Got to write it in an attic

Baby, I’m an addict now

An addict for your love.

I was a stray boy

And you were my best toy

Found it easy to annoy you

But you were different from the rest...

Y lloré porque era justo lo que necesitaba para empezar a sanar mis alas.

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