Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 117 de 146

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Max & Suhail

145. Max

Fuimos amigos un mes y, cual resfriado, Finley Becher primero me dio dolor de cabeza y escalofríos, después dolor de garganta y fiebre... para, más tarde, llevarme a la cama.

No fue difícil estar con Finley, él supo llegar hasta mí con paciencia y caballerosidad. Además, vino a mi vida cuando por fin me obligaba a dejar de darle importancia al recuerdo de Max Solatano. Finley es ese amor que llega con la madurez y necesidad de tener algo estable. Y lo amo. Lo amo.

Me da atención, paz, consistencia... Es ese tipo de amor que te hace sentir seguro.

¿Finley es el adecuado?

145. Max

— Se oye bien. A ver, cuenta.

Estaba bajando las escaleras de casa rumbo a la academia de música cuando noté que mamá hablaba por teléfono con Suhail.

Suhail y yo, aclaremos, no nos vimos para nada todo ese tiempo. Las veces que vino a Ontiva a visitar a Miranda y a Bill yo, para no incomodarla, salía de viaje con Sam o por mi cuenta. Fui a la playa, hice montañismo, visité a mis abuelos, fui a la ciudad por cosas que

«necesitábamos» Sam y yo en Solatano & Delvecchio. El objetivo, claro está, era evitarla.

Ella tampoco preguntó por mí. Cada vez que hablaba por teléfono con Bill o mamá cambiaba de tema cuando ellos me mencionaban. No la culpo. En su lugar tampoco querría saber de mí.

—Como lo describes, lo imagino tipo... ¿Cómo se llama el protagonista de esa de novela de Jane Austen? Señor Darcy... Sí, él.

Hice rodar los ojos y terminé de bajar las escaleras.Al percatarse de que, para variar, la pillé hablando maravillas del novio de Suhail, Miranda me dedicó una mirada de «Lo siento, cariño, pero tú te lo buscaste».

Esperé en silencio hasta que terminaran de hablar. Contrariamente a Suhail, yo sí quería saber de ella.

—Aunque físicamente lo imagino tipo Henry Cavill —continuó mamá—.

Ese actor es británico, ¿no? Ah, es rubio... Entonces como Jude Law. —

Volví a girarlos ojos—. Ah, es más rellenito... Sí, mándame una foto... Ve a almorzar, sí. Hablamos luego. Besos.

—El tal Darcy es un grano en el culo —le hice ver a mamá cuando colgó.

Ella se cruzó de brazos.

—No sabía que habías leído Orgullo y Prejuicio.

—No lo leí. Ling nos obligó a Sam y a mí a ver la película. Una hora de

«Ay, qué odioso es el señor Darcy», «Ay, no, ¿y ahora con quién bailo?»,

«¿Y yo con quién me caso o caso a Lady Sutanita?», seguido de otra de

«Ay, no, mentira, Darcy es bello es solo que nadie lo entiende». Al terminar tuve que ver mi entrepierna para corroborar que no me había salido una sensual y hermosa vagina.

—El señor Darcy es el héroe de la literatura romántica —lo defendió Miranda—. En caso contrario, deberías leer lo que comenta Suhail en su blog sobre esas películas o novelas que tú prefieres.

Me acomodé de mejor manera mi chaqueta de cuero antes de caminar hacia la salida.

—Ver a Rocky Balboa pelear o a Neo en la Matrix es más entretenido que Darcy bailando como si tuviera algo atravesado.

Miranda entrecerró sus ojos.

—Jamás en tu vida digas eso frente a Suhail.

—Yo sé hasta dónde empujar mi suerte —la tranquilicé—. Lo que trato de decir es que si el nuevo novio de Suhail es como el tal Darcy...

—Lo dices como si Suhail saliera seguido con chicos. Finley es su primer novio después de...

«Después de ti». Miranda dejó la afirmación al aire al percibir que se trataba de un tema delicado.

Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, me alegraba que Suhail fuese feliz. Por otro, me entristecía. Nadie dijo que sería fácil renunciar a ella.

Sam pasó por mí para ir a la academia. De lunes a viernes abrimos a las nueve, pero el fin de semana, cuando hay más clientes, abrimos a las siete.

Ling nos apoyó desde que comenzamos, por lo que la dejamos a cargo de la recepción. Ella es la encargada de recibir alumnos nuevos, ubicarlos en horarios que les resulten cómodos y atender el teléfono. Sam lleva la contabilidad, pagos y demás. Yo coordino a los profesores y, por qué no decirlo, doy ambiente al lugar.

Al ser capaces de contratar a más profesores, Sam y yo nos relajamos más y turnamos para dar clases. Aunque ese sábado en particular me tocaba atender a un grupo de niños entre las edades de ocho y doce años. La mañana iba normal hasta que dos mujeres, que advertí eran clientas nuevas, pidieron a Ling ver las instalaciones y una clase, y entraron al salón en el que practicaba con las niñas y niños. Estos, al ver entrar a las mujeres, se distrajeron.

—Oigan, acá estoy —los llamé, para que me devolvieran su atención y las visitantes se disculparon por interrumpirnos—. No pasa nada. Bienvenidas.

Luego de decir eso, continué practicando con los alumnos una canción de AC/DC, lo que hizo reír a las mujeres.

—¿Qué? —pregunté.

—Asumí que, por tratarse de niños y niñas, practicaban... qué se yo... —

La que respondió parecía avergonzada—... Canciones de Disney.

Los niños rieron, y yo con ellos.

—Perdón —dije, dejando de tocar—, pero con Max Solatano como profesor, ellos aprenden rock. Lo mejor del rock.

—Es bueno saberlo —sonrió la mujer, tendiéndome su mano para presentarse—. Mi nombre es Eunice y ella es Paola.

Dirigí mi atención a Paola, quien aún miraba con asombro a los niños.

—¿Qué edades tienen? —preguntó.

—Entre ocho y doce y son un grupo avanzado —dije, para que no pensaran que en la primera clase ya enseñaba a tocar canciones de AC/DC.

—Increíble.

Después, al virar su atención a mí y mi guitarra acomodada sobre mi regazo, y verme de pies a cabeza, inevitablemente alcanzó a ver mi prótesis.

Y aunque Paola intentó ocultarlo, su asombro respecto a mí fue mayor.

Traté de ignorarla y continué mi clase.

Pensé que tanto Eunice como Paola se marcharían, pero se quedaron el resto de la clase. Tengo una costumbre: al concluir permito a los niños y niñas tocar cualquier canción de su elección mientras esperan a sus padres, y estaba felicitando a uno de ellos por su avance cuando Paola se instaló a mi costado.

—Increíble —repitió a modo de felicitarme.

—Un día normal en Solatano & Delvecchio.

Ambos vimos a Eunice sentarse al lado de uno de los niños para verle de cerca tocar una guitarra acústica.

—¿Vendrán a clases ustedes? —pregunté—. La jornada para adultos empieza después de mediodía.

—No —respondió ella, ruborizada. ¿Pensó que la estaba echando?—. Yo ni siquiera vivo aquí. Mi prima Eunice acaba de matricular a su hija. Ella aspira a ser la siguiente Hannah Montana o algo así.

—Sí. Aquí tengo a Kurt Cobain, Madonna, Mick Jagger, Miley Cyrus y más. ¿Ella vendrá a clases de canto entonces?

—Así es. Y realmente nos gusta el lugar... el ambiente... —Ella se giró para esta vez verme de frente—. Y usted... realmente es admirable. Los inspira. Estoy segura de que los inspira —dijo, viendo otra vez de mí a los niños.

—No puede estar segura de eso —dije, viendo con duda mis pies. Hace mucho no recibía un halago de ese tipo.

—Confíe en mí. Yo trabajo con niños y adolescentes.

—¿En serio?

—Sí. Soy psicóloga. Trabajo como consejera en el instituto de Deya.

—Bastante interesante.

—¡No! Usted es el interesante.

—¿Por no tener la mitad de una pierna? —pregunté sin rodeos y Paola me miró como si no esperara que fuese directo.

—Supongo que no es del todo consciente de cuánta presencia tiene —

dijo, cruzando los brazos sobre su pecho. Pronto advertí que intentaba confrontarme—. Le diré una cosa, Max Solatano —continuó—. Ese dijo que es su nombre, ¿no? —Asentí—. Quiera o no, usted es un modelo a seguir. Más si trabaja con niños... Vi el tatuaje en su brazo, sabe. Es imposible no hacerlo.

Miré mis brazos. Al sacarme la chaqueta y quedarme solo en camiseta se leí perfectamente «¿Quién es la estrella de rock?».

Sentí vergüenza.

—Es una aspiración que tenía de niño.

—¿Qué?

—Ser estrella de rock.

Paola me miró seria.

—¿Tenía? Max Solatano, usted es una estrella.

Tuve que reír.

—No, yo soy profesor de música.

—¡Lo ve! —dijo, satisfecha, como si le estuviera dando la razón—. No es consciente del impacto que tiene en otros. Mire a esos niños —pidió, y eso hice—. Cuando toca ellos ven la guitarra y sus manos, pero, de forma inevitable, también la prótesis. Los niños no son tontos, Max. Los adultos tampoco lo somos tanto y reconocemos a un líder cuando lo vemos. Usted es admirado, usted es un ejemplo, usted es inspiración. Usted, lo crea o no, Max, para esos niños... es una estrella de rock.

¿De dónde había salido esa mujer?

—Señorita...

—¿No me cree? —Negué con la cabeza—. ¿A qué tipo de personas les ponen el mote de «estrella de rock»? A quienes son objeto de admiración, a quienes influyen en muchos lo quieran o no. A las voces que sobresalen por ser únicas. Las estrellas de rock, Max, son seres humanos excepcionales.

—Se nota a todas luces que trabaja como motivadora —la felicité.

—Hay una estrella de rock en cada uno de nosotros —continuó—, pero no todos la hacemos brillar, lo que es lamentable. Por eso créame que cuando le digo que cualquiera que le vea continuar su vida a pesar de su aparente discapacidad, le admira.

Aún miraba a los niños cuando sentí la mano de Paola en mi hombro y me volví hacia ella.

—¿Quién es usted? —pregunté.

En mi mente podía escuchar a mi papá preguntándome «¿Quién es la estrella de rock?»

—Alguien que desea hacerle una invitación, en realidad —admitió Paola

—.Creo que podemos hacer algo importante.

—La escucho.

—¿Aceptaría tocar para mis alumnos en el instituto de Deya?

—¿Tocar para adolescentes?

Miré mi prótesis e imaginé las burlas. Para entonces incluso podía correr, pero aún me sentía inseguro. Más al tratarse de adolescentes. Las indiscreciones de los niños suelen ser tiernas, las de adultos y adolescentes... no.

—¿Quiere confirmar que es una estrella? Acepte —me retó Paola—. Allá tengo jóvenes de todo tipo, la mayoría atrapados en el mundo de la