Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 79 de 146

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Max & Suhail

104. Suhail

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Abrí los ojos al sentir sobre mi cara el primer rayo de sol, limpié baba de mi boca y traté de recordarlo todo: Eric, Polo y yo llegando al bar, Polo presentándonos a sus amigos idiotas, entre ellos uno al que le apodan «el mono».

Un momento. «Desperté en un lugar demasiado limpio para ser mi habitación», reflexioné. Todavía adormitado, miré el techo y leí: HONESTIDAD. RESPETO. CIELO...

«Es la habitación de Suhail». Sonreí como un ganador y me acomodé sobre mi lado izquierdo buscándola. Ya no se encontraba ahí, pero dejó una nota.

1. No, no nos acostamos, así que borra esa sonrisa idiota de tu cara.

2. Me debes una explicación. Y me vas a escuchar, Max. ME VAS A ESCUCHAR.

3. Te espero a las once en la cafetería de la universidad. Sin falta. Y no, no pongas esa otra cara. Si no vienes le contaré a Miranda en qué estado llegaste anoche.

Vamos a evaluar programas de estudio hasta encontrar uno que llame tu atención.

Suhail.

Pasé una mano sobre mi cara. Suhail quería obligarme a entrar a la universidad y yo solo quería concentrarme en Raptor.

Y la amenaza funcionó. Salí de la cama y luego de la habitación maldiciendo al mono y a los malditos porros.

104. Suhail

Saqué un cuaderno del bolso y me acerqué a la cartelera informativa de la universidad para anotar los códigos de los cursos que me interesaba llevar. Si no me inscribía a tiempo quedaría fuera. Seguiría tomando cursos libres hasta graduarme del bachillerato y poder matricularme.

Así fue como al buscar el listado de horarios me tope con publicidad del concurso de deletreo. Éramos muchos los participantes. «Ojalá tenga una oportunidad», pensé.

—Creo que iré —le dijo una chica a otra, mirando el afiche que invitaba a asistir al concurso.

—Suena aburrido —contestó la otra.

—Nah, es divertido ver sus caras cuando se confunden.

Torcí mi propia cara en una mueca. Ese día descubrí la fascinación que sienten algunos al ver cometer errores a otros.Terminé de anotar mi horario y giré sobre mis pies buscando el camino más corto hacia la cafetería. Ahí me encontraría con Max. Entretanto, en apariencia distraída, vi a un chico tratar de esconderse detrás de un grupo de personas, pero era tarde, ya lo había visto; sonreí y caminé con timidez hacia él, dudando si acercarme o no. Por fortuna, ya no era invisible para mí.

—No te estoy acosando —aclaró, a modo de disculpa. Se veía avergonzado de ser descubierto—. También vine a ver el listado de horarios.

—Aitor —saludé para que se relajara—. A. I. T. O. R —deletreé—. Aitor.

—Lo deletreas perfectamente —dijo, feliz.

Vestía una camisa azul, pantalones café y mocasines. Me gustó su estilo.

Soy del tipo que prefiere a los chicos formales, tipo «Le caerías bien a papá». Al contrario de Max, que... Mejor no hablemos de Max. No debería estar pensando en Max.

—No es difícil —negué, guardando mi distancia, siempre dejé al otro la decisión de aproximarse.

Y lo hizo. Caminó hacia mí hasta quedar frente a frente, y sentí miedo, lo admito; pero no me alejé. Me convencí de permitirle llegar hasta donde me sintiera cómoda.

—¿Cuándo es el concurso de deletreo? —preguntó, metiendo las manos dentro de los bolsillos. Nada que temer, se sentía tan cohibido como yo.

—El próximo viernes —dije, contando con los dedos los días que faltaban

—. Un día antes del cumpleaños de Max. —«¿Qué estás haciendo?», me reproché mentalmente. «¿Por qué mencionas a Max?». Me apresuré a negar con la cabeza—. Perdón por mencionar a mi hermanastro —me disculpé—.

Es que, en casa, cuando se hace mención del concurso, papá y Miranda

agregan que tienen dos fechas importantes la misma semana —aclaré

—.Bueno, no importa. —Mejor cambiar de tema—. ¿Cómo... cómo estás?

—Bien —dijo, amable.

Miré sobre mi hombro, otra vez buscando el camino más corto hacia la cafetería.

—Bueno... gusto en saludarte —intenté despedirme—. ¿Te veo luego?

Porque si únicamente iba a responder «bien», no vi el caso de quedarme, ya se me dificultaba lo suficiente conversar como para que encima me responda con...

—¿Cómo está tu coche? —preguntó, deteniendo mi huida.

—Bien —dije, dudosa, igualmente sintiéndome cómoda al solo contestar eso, y empecé a caminar. Mientras, él, contrario a lo que imaginé, se quedó a mi lado—. Papá lo llevará con nuestro mecánico para que lo revise, aunque en mi opinión anda bien.

Aitor asintió de acuerdo.

—Recomiendo un chequeo general.

—Le diré a papá.

Bajamos gradas y nos abrimos paso entre grupos de estudiantes.La noche anterior llamé a Ling para contarle que Aitor llamó mi atención, mas no esperé que las cosas avanzaran. Rápido para mí, claro. Porque para cualquier otra chica es normal que algún chico que ha mostrado interés en ella camine a su lado.

—Acabo de decidir que iré al concurso —comentó, sonriendo.

Otra vez me sentí especial.

—¿Para ver si me equivoco? —bromeé, recordando la conversación de las dos chicas.

—No. Iré para verte ganar —aseguró, y las esquinas de mi boca se levantaron en una sonrisa. Aitor, insisto, me hacía sentir segura y cómoda.

Caminamos uno junto al otro hasta la cafetería y al llegar buscamos una mesa.

—¿Qué te pido? —me preguntó en lo que yo tomaba una silla.

—Un sándwich.

Lo vi dejar un par de libros sobre la mesa para después caminar hacia la caja. Aitor se veía como un chico normal, llamar la atención no era lo suyo.

No como Max, que...

«¡Que no pienses en Max!», suelo regañarme cada vez que cuento esta historia. Porque Max, como ya vieron, cuenta su propia historia. Yo tengo mi versión.

Eché un vistazo a los libros que Aitor dejó en la mesa: Juan Salvador Gaviota y El Arte de la Guerra. De esos dos solo había leído Juan Salvador Gaviota.

Cuando Aitor volvió, además del sándwich, me trajo un jugo de naranja.

Para él pidió pastel de manzana y un café.

—¿Está bien el jugo o voy por un café? —Siempre se mostró atento.

—Jugo está bien.

Lo observé dar un sorbo a su café como si esperara a que en cualquier momento dijera algo que me hiciera sentir mal. Pero no. «Confía en él, Suhail. Vas bien».

—¿Tienes una hora libre? —le pregunté—. Yo no me he matriculado, pero... tú ya estudias aquí.

Temí hacerle perder el tiempo.Tosió nervioso.

—Eh, sí... Pero no quería perder la oportunidad de... ya sabes.

—¿Ir a anotar los nombres de los cursos libres? —bromeé.

—No —negó, sonrojándose—. La oportunidad de conocerte más —

aceptó—. Otra vez te vi a lo lejos y pensé: «Quizá pueda acercarme».

«En serio le intereso».

De esa manera, buscando una distracción que menguara mi incomodidad, formé una flor con el sándwich.Aitor me observó curioso. Admito que sentía miedo de que algo saliera mal, nunca había llegado tan lejos con un chico, pero me sentí dispuesta a no dejarlo pasar.

—¿No te importó que Max dijera que soy mitómana? —pregunté, mirando la flor. ¿Había creído a Max o no?

—No me has dicho ninguna mentira, Suhail —dijo—. Yo mismo te he visto interesada en actividades extracurriculares —se encogió de hombros

—. Además, perdón, pero no confío en tu hermanastro.

Y es que…

—¿Tú otra vez? —escuché decir a Max. Salté en mi asiento debido a la sorpresa. ¿Lo invocamos?

Max se hallaba de pie a un costado de nuestra mesa, de brazos cruzados, mirando con molestia a Aitor.

—¿Hola? —lo saludó Aitor confuso y miró de mí a él.

Olvidé advertirle que me reuniría con Max. No obstante, en todo caso, nuestra «cita» se dio casualmente. Yo no eché a perder nada.

—Max viene a escoger una carrera —expliqué.

Max, a la vez, soltó una risa seca:

—Suhail quiere que haga algo con mi vida —dijo, observando con interés al chico que me ayudó con mi coche y se sentó en un banco de nuestra mesa.

Aitor torció la boca formando con esta una mueca que reflejaba incomodidad, pero yo no podía echar a Max, lo había citado.

—¿Y para qué eres bueno, Max? —decidió preguntar tratando de ser amable—. ¿Qué aptitudes tienes?

—Déjame ver —musitó Max tomando asiento, fingiendo pensarlo. Yo continué jugando con el sándwich—. Se me da el ballet y el origami. ¿Tú?

Hice rodarlos ojos. Aitor, por otro lado, en todo momento solo intentó disimular lo mal que le caía Max.

—Oh.

—Max es músico —aclaré, lanzando una mirada de advertencia a Max.

No iba a permitir que fuera el mismo simio de siempre.

—Eso ya lo sabe, Suhail —sonrió Max mirando con humor la flor que formaba con el sándwich. Le gusta verme jugar con la comida—. Lo recuerda cada vez que me reclama que me acosté con su novia. ¿Cindy se llama, Aitor?

—No —respondió Aitor, tenso.

Sin preguntar si se lo permitía o no, Max cogió la mitad del sándwich y le dio un mordisco.

—¡Oye! —me quejé. Había desarmado mi flor.

—¿Te lo compró Aitor? —me preguntó hablando con la boca llena.

Asentí. Acto seguido, Max miró burlón a Aitor—: A Suhail no le gusta el queso amarillo —lo regañó—, y prefiere pan integral en lugar de blanco.

¿No te ha dado su discurso sobre comida procesada?

—No lo sabía —se disculpó Aitor, mirándome.

—Está bien —dije, y me puse de pie buscando una mesera para pedirle servilletas.

Era increíble que mi «hermanito» no comiera educadamente frente a extraños.

—¿Señorita? —llamé a una mesera. No me escuchó. Decidí caminar hacia ella—. Señorita, necesito servilletas —le pedí.

—Suhail nació siendo niño y niña —escuché decir a Max mientras tanto, y sentí mucha vergüenza. La excusa de que tengo pene es de sus favoritas

—. Vivió como niño hasta los quince. Recién encontramos un buen médico para que le haga la cirugía de cambio de sexo.

—¿Ah, sí? —escuché gruñir a Aitor. Se oía enojado. Muy enojado.

Tendría que aclarar las cosas con él y explicarle a Max que no quería alejarlo.

Cuando la mesera me entregó las servilletas regresé a nuestra mesa y lo primero que hice fue darle una última mirada de advertencia a Max:

«¡Compórtate!».

—¿Ahora qué excusa utilizarás? —le preguntó Aitor. Lo miré sin comprender—. ¿La del exnovio que es asesino en serie, que su papá es miembro de la mafia italiana o que su madrastra vendió su virginidad a un musulmán líder de Al-Qaeda?

—¿Que Miranda hizo qué? —inquirí viendo con enojo a Max. Primera vez que escuchaba lo de Al-Qaeda.

Max me guiñó un ojo.

—Tú tranquila.

Por otro lado, me sorprendió que Aitor estuviera al tanto de nuestro juego.

—¿Cómo...?

Él mismo me explicó:

—Cuando hice notar mis intenciones de salir contigo un chico me advirtió tener cuidado, y después otro y otro... —Miró a Max. Sé qué pretendes, Solatano —le dijo—. Eres un hermanastro muy celoso.

Max lucía serio. ¡Qué va! Se veía amenazante.

—No me importa que alejes tipos de ella —continuó Aitor, cogiendo mi mano. Mi palma cosquilleó—. Pero no hagas lo mismo conmigo.

Tragué saliva y sentí mi corazón dar un vuelco. «¿Él acaba de decir que le intereso?»

Los ojos de Max se entrecerraron desafiando a Aitor y, dando un último mordisco al sándwich que me robó, miró nuestras manos. Luego buscó de nuevo la mirada de Aitor y le sonrió:

—¡Priscila! —exclamó de forma repentina, en plan de sentirse feliz de recordar algo—. Ese es el nombre de tu exnovia.

—No —dijo Aitor con voz tensa.

Miré boquiabierta a Max. «¿Qué demonios...?»

—¿Irene? ¿Kim? ¿Nadia?

—No —gruñó Aitor.

—Tienes que ayudarme, amigo —lo animó Max, burlón.

—Laila —dijo por fin Aitor, molesto.

—¡AH, LAILA! —se carcajeó Max y lo hizo tan alto que la mitad de la cafetería nos miró. Aitor levantó con dignidad su barbilla—. Haberlo dicho antes. Grita bastante, eh.

—¡MAX! —lo regañé.

¿Qué intentaba?

—¿Cómo era? Ah, sí: «¡Oh, Max, tú sí la tienes grande!» —gimió, imitando la voz de una mujer excitada—. Algo así fue, amigo tractor o…

Aitor. ¿Cómo es que te llamas?

—¡Max Solatano! —insistí, verde del coraje.

La mano de Aitor tembló a causa de su molestia, pero no soltó la mía. Al contrario. Y quiso decir algo sensato, pero no supo cómo.

—No me malentiendas, amigo —continuó Max—. Ya estaba bastante kilometrada. Su boquita era tan sucia que hacía...

De inmediato «mi hermanito» empezó a mover de forma circular su lengua.

—¡Suficiente! —lo amenacé. Había cruzado la raya.

—¡¿Qué?! —rio, mirando con altanería a Aitor—. ¿Le molesta que hable de su ex? —lo retó—. Pero si acaba de decir que está interesado en ti, Suhail.

Aitor tomó aire para luego dirigirse a Max con ímpetu y solemnidad:

—Tienes razón. Por lo que, si tu hermana está de acuerdo —me miró—, cambiaremos de mesa para estar solos.

—Él vino porque yo se lo pedí —le dije a Aitor.Me sentía entre la espada y la pared.

—Está bien, Suhail —dijo Max, alcanzando la otra mitad de mi sándwich

—. Les doy mi bendición para que se marchen a otra mesa y para que salgan.

Y mordió el sándwich ojeando curioso los libros que Aitor dejó sobre la mesa, y después cogió uno.