Max & Suhail
133. Max
—Hoy haremos una reunión en el parque —dijo Clara— para bloquear la tala de un bosque de coníferas. Estará genial, una empresa constructora llegará y nos pondremos a bailar y a mostrar rótulos de «Amamos a los árboles» frente a su maquinaria.
Sí, ese tipo de actividades tenía yo con mis amigos.
Aunque entonces sentía que debía encontrar la manera de rechazarla.
—Clara, no estoy segu...
De pronto sentí un tirón. Era Max, alcanzando para él el teléfono.
—¿Clara? —saludó a mi compañera—. Suhail asistirá —aseguró, a pesar de mi mirada de «Eso no pasará»—. Sí, no te preocupes, se pondrá su ropa hippie y todo.
Negué con la cabeza y no quité mi cara de enojo ni cuando Max colgó.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
—Irás con tus amigos, Suhail —decidió y volvió su atención a las fotos.
—Primero, ellos no son lo que se dice «amigos». No exactamente.Son un grupo que Aitor y yo frecuentábamos.
—Y hablabas todo el tiempo de ellos. Son importantes para ti.
En eso tenía razón.
—Pero quiero estar contigo —insistí.
—Estarás conmigo.
Él me miró de una forma que, aún hoy, recuerdo con amor.
—¿Irás? —le pregunté, tiñendo mis palabras de esperanza. Ese era mi ideal, integrar a Max a las actividades que disfruto.
Algo brilló en sus ojos. ¿Miedo? Lo que fuera, lo supo ocultar a tiempo, porque lo único que dijo fue:
—Iré.
Salté de mi asiento y corrí a abrazarlo. Una vez más, Max me demostraba cuánto le importo... o le importé.
133. Max
u Words don’t come easy - F. R. David Es importante mencionar que amo verla feliz, con todo mi corazón amo verla sonreír; por lo que durante un minuto —ese minuto que ella me
abrazó y dijo «Gracias »— olvidé cuánto me aterraba que la gente me viera.
Peor aún, que me reconocieran como la joven promesa de rock que arruinó su carrera al quedar lisiado.
Valía la pena por ella. Pese a que no quería echar tanta carga sobre sus hombros, ella lo valía.
Con la ayuda de Bill y mamá, bajamos la silla de ruedas desde el segundo piso a la cochera conmigo sentado en ella y entre los tres me subieron con cuidado al asiento de copiloto de la camioneta de Miranda. Un bebé.
Muchas veces quise preguntarles si, además de montar con protocolo la silla, me hablarían usando una vocecita empalagosa, tipo «¿Che, chente ben bebé en chu chillita?». Mamá no ayudaba al decirle a Suhail cosas como
«Vigila que no le pegue el sol en la herida», «Cuidado y coge una infección», «Mejor que no baje de la silla».
« Puedo estar pendiente de eso yo solo, saben».
Para no hacer sentir mal a nadie, me controlé y solo esbocé una mueca.
Por lo que Suhail, advirtiendo mi incomodidad, echó a andar rápido la camioneta y pronto nos alejamos de casa.
Libertad. La tenía a medias, pero necesitaba aire fresco con urgencia.
—Ella solo está preocupada —dijo Suhail, refiriéndose a Miranda—.
Quiere verte bien.
«¿Bien es igual a caminando?»
—Es difícil tener mi propio espacio cuando dependo siempre de alguien.
Solo quería que comprendieran que odiaba sentirme asfixiado.
—Pero no siempre será así, Max —Suhail sonrió y sostuvo con fuerza mi mano. Acabábamos de detenernos en un semáforo. De igual forma, aprovechó para plantarme un par de besos en la comisura de los labios.
Las terapias con Paulo marchaban bien, aunque no avanzaban, para mi gusto, lo suficiente rápido. Paulo era firme al decirme a mí y a mamá «paso a paso». Yo ya quería correr y aún me costaba caminar en muletas. También tenía que ver el hecho de que odiaba las muletas. Prefería la silla de ruedas a apoyarme sobre dos palos.
—Falta mucho —suspiré.
Porque pese a que caminaré por mi cuenta apoyándome en una prótesis, mi médico dejó claro que no sería igual a tener una pierna. Es obvio, pero él y Paulo consideran importante recordarme eso todo el tiempo.
Suhail apretó mi mano.
—En un abrir y cerrar de ojos estarás caminando.
«¿Cuándo?» Le hice la misma pregunta a Paulo y contestó «Todo a su tiempo, Max». Eso, sumado a mi temor de no ser capaz de sostenerme sobre una prótesis, me tenían ansioso y solo el amor de Suhail me tranquilizaba.
El semáforo cambió de rojo a verde y Suhail echó a andar otra vez la camioneta. Íbamos camino a un parque nacional. La actividad sonaba más aburrida que contar uno por uno cada cabello de Gilmour, pero ella sonreía; y, como ya dije, todo vale la pena si ella es feliz.
—¿Estará Aitor? —pregunté, recordando que frecuentaban el mismo grupo.
El rostro de Suhail se tensó.
—Eso creo. ¿Importa?
—Por supuesto —dije, serio, aunque en mi cara lentamente se dibujó una sonrisa radiante.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nos verá besarnos.
Suhail me codeó.
—¡Max!
—¿Qué? Estaría genial que nos viera.
—Eres cruel.
— Territorial es la palabra adecuada, mujer.
Ella frunció el entrecejo al escucharme llamarla mujer, a lo cavernícola, pero me dejó disfrutar mi victoria. Por eso, todavía sonriendo, le lancé un beso para que se relajara y después alcancé el botón de la radio.
Words don’t come easy to me...
Estaba sonando Words don’t come easy de F. R. David y concentré toda mi atención en Suhail.
How can I find a way to make you see I love you...
«Las palabras no me vienen fácilmente. ¿Cómo puedo encontrar una manera para hacerte ver que te amo?»
Suhail la cantó feliz mientras a mí me taladraba la cabeza.
Amaba a Suhail. Aún la amo, maldita sea... pero en ese entonces, debido a mi inseguridad, me costaba demostrárselo.Palabras . Justamente ella ama las palabras y estas no salían de mí.¿Cómo explicarle que la amaba lo suficiente como para dudar si estaría bien o no conmigo? ¿Cómo explicarle
—fácilmente— que me dolía pensar que sería un peso muerto para ella?
¿Cómo decirle «Te amo, pero...»?
Words don’t come easy...
Words don’t come easy to me.
Por ese motivo, en parte, accedí a ir a esa actividad con ella; necesitaba desengañarme sobre si sería fácil o difícil estar con ella en público lidiando los dos con mi condición de inválido.
Al llegar, lo primero que hice fue soportar la vergüenza de que ella pidiera a sus amigos ayudarme a bajar de la camioneta y luego echarme una mano para subir a la silla. Y aunque mantuve la boca cerrada para no abochornarle frente a nadie, fue difícil, fue humillante.Soporté miradas curiosas, preguntas incómodas y lástima. Lo peor siempre era la lástima.
—Él es Max Solatano, mi novio.
Mis articulaciones dolieron al escucharle decir eso, aunque no de mala manera. Dolieron como si me recordaran de qué estoy hecho. Y aunque entonces no sabía exactamente de qué, sí tenía claro que era algo que se volvía frágil ante las muestras de amor de Suhail.
Ella se inclinó para besar mi mejilla y sus amigos los hippies estrecharon mi mano y me saludaron de forma más casual.Aitor no asistió, pero sabía que el mensaje llegaría a él si besaba a Suhail frente a las personas adecuadas.
Por otro lado, la actividad no estuvo tan mal. Incluso fui de ayuda.En los periódicos del día siguiente el encabezado diría: «Empresa intentó echar a andar maquinaria pese a que tenían en su camino a un joven en silla de ruedas». Haciéndole caso a Suhail, hasta posé con mis mejores caras de tristeza cuando los reporteros se acercaron a mí para sacarme fotos.
Como sea, talaron el bosque. Estuvimos allí seis horas hasta que la policía nos sacó, pero me conmovió ver a los hippies sintiendo satisfacción por haber intentado que la tala no sucediera. Hasta les dejé colocar un pañuelo de colores sobre mi cabeza y canté con ellos. Sí, lo pasé bien; y Suhail estaba feliz de verme animado.
Todo marchaba bien hasta que su teléfono sonó.
—Es Ling —dijo, al ver en la pantalla quién estaba llamando.
—Contesta —me apresuré a decir.
El rostro pecoso de Suhail palideció al escuchar a Ling hablar.
—¿Estás segura? —preguntó a los pocos segundos, sonando alarmada.
Y, por supuesto, una sola palabra vino a mi mente: Sam.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo mi boca secarse. Un día antes había visitado a Sam y parecía estable. Sam debía estar bien. Tenía que estar bien, maldita sea.
Suhail apartó el teléfono de su oído y me miró.
—Dice que llegó al hospital y no pudo entrar a la habitación de Sam porque dentro hay enfermeras y médicos. Algo pasó o está pasando, Max.
Ling tiene miedo.
Miedo. Sí, yo también empecé a sentirlo.
Sujeté con fuerza las ruedas de mi silla y yo solo las eché a andar en dirección a la camioneta. Debíamos llegar pronto al hospital.
—¡Ayuda aquí! —Suhail hizo que sus amigos me ayudasen a subir de nuevo al asiento del copiloto.
Una vez acomodada la silla de ruedas en el maletero, salimos a toda prisa del parque y debido a la tensión no hablamos de camino al hospital. Temí que algo malo se avecinara. Y lo peor que me podía pasar en ese momento, para agravar mi situación, era perder a Sam.
Y no quería perder a Sam.
*****
Meses antes salí de ese mismo hospital con la silla de ruedas siendo empujada por Miranda; pero ese día, sintiendo miedo por el gordo, entré haciéndola mover a toda prisa y con Suhail corriendo detrás.
Pronto, cuando llegamos a la puerta de la habitación de Sam, Ling corrió a abrazarnos.
—¡Ayúdenme a averiguar qué pasa! —rogó, y Suhail la consoló.
Miré hacia la puerta. «Debo entrar», pensé. «Caminando, sentado o arrastrándome, pero debo entrar a ver qué sucede con Sam».
—¡No pueden estar aquí! —nos regañó una enfermera indicando que ya le había dicho a Ling que debía esperar afuera, e intentó coger mi silla para empujarme de regreso a la sala de espera de Cuidados Intensivos.
—Si yo fuera usted no trataría mal a un inválido —la regañé.
Ella me miró con cara de estarle acusando injustamente y, molesta, me ignoró para concentrar su atención en echar a Ling y a Suhail. Aproveché para girar la manivela de la puerta de Sam y entré empujando la puerta con