Max & Suhail

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 67 de 146

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Max & Suhail

91. Max

Escuchaba a Max, sin embargo, prefería no opinar. Me dolía opinar.

—Oye —bajó el tono de voz y me miró serio antes de preguntar lo siguiente—: Escuché rumores sobre ti y Edgar.

«Wow».

—Él los difundió —aclaré, indiferente—. Se siente tocado por los ángeles desde que le llegó el rumor, Dios sabrá de dónde, de que él me gusta. Hasta me ofreció regalarme una foto.

No podía creer lo idiota que podía llegar a ser Edgar.

—Y... ¿qué le dijiste? —Max se tomaba en serio el tema.

—Que sí —me reí—, y que además la quería autografiada.

—¿Y...?

Miré curiosa a Max. Tenía la sospecha de que me preguntaba sobre mi escasa vida amorosa en agradecimiento por escucharlo hablar de la suya.

—Me la dio —dije, recordando con humor ese momento—. Claramente no captó mi sarcasmo.

A Max también le dio gracia.

—No es que sea un tipo listo.

Me cuestioné por qué él y todos en el colegio dieron por hecho que yo sentía algo por Edgar. Aunque no era para menos. El rumor se esparció y no pude detenerlo. Ahora tenía a Edgar haciendo bromas y enviándome notitas tipo «Mi color favorito es el rojo, por si te lo preguntabas».

Y no lo desmentí. Preferí que todos asumieran que me gustaba Edgar a ser expuesta frente a Max. Porque todo era mejor que sentirme vulnerable por Max.

91. Max

Me parecía curioso que el idiota de Edgar estuviera pendiente de Suhail.

Y esto porque desde que el idiota supo que a ella «le gusta» se sintió más importante de lo que realmente es.

Según él, lo que hacía era burlarse de ella. Pero su conducta iba más allá.

Lo miré y supe que iba más allá. Miraba a Suhail durante un largo rato y estaba pendiente de lo que ella hacía o decía. Y yo me daba cuenta porque también estaba pendiente de... Olvídenlo.

Es como si al hablarle sobre los supuestos sentimientos de ella hacia él un foquito se prendiera dentro de su horrible y grande cabeza y ahora, aunque no lo admitiera, estaba interesado en Suhail.

Me preocupé y esperé a Sam para salir juntos a receso.

—Tienes que ayudarme —le dije.

—No le diré a Sylvi que ya no te llame. No soy tu mensajero.

—¡No, esta vez no es eso! —juré.

Seguí al gordo por el pasillo. Su culo enorme nos abría paso con facilidad.

—¿Entonces qué es?

Había algo más aparte de lo de Sylvi.

—Suhail —admití.

El gordo hizo rodar los ojos.

—No volveré a hacer el ridículo con Ling por ti. Me debes muchas, Max.

Te has alejado. Por andar de idiota incluso le prestas menos atención a la banda.

—¡Pero ensayo todas las tardes! —justifiqué.

—Para poder estar con Suhail —señaló.

Sí... No...

Intentaba seguirle el paso, que a pesar de ser gordo era bastante rápido.

Era eso o solo que no quería hablar conmigo.

—Claro que no —dije, pateando de mala gana una bola de papel que encontré a mi paso.

Gente iba y venía del patio principal, de otros salones y de la cafetería.

—Claro que sí.

—Claro que no.

—¡Que sí! —repitió, mirándome—. Suhail es tu puerto seguro.

¿Mi…?

—Deja de hablar tan filosófico —le critiqué—. Eric hasta me preguntó si crees que por estar en una banda puedes fumar hierba.

Sam me dio una mirada de hastío y continuó caminando. Llegamos al final del pasillo y vimos en redondo el patio y la cafetería. Busqué con la mirada a Suhail. Caminaba junto a Ling hacia la cafetería.

—Por favor, Sam —le volví a rogar al gordo, codeándole—. Eres mi amigo para solaparme, no mi mamá. No me sermonees.

Sam sacó de su bolsillo un chocolate y con un gesto de «Pero habla rápido» accedió a escuchar mi petición.

—Necesito que alejemos a Edgar de Suhail —dije.

—¿Ellos están juntos?

—Todavía no, pero a ella le gusta él y estoy casi seguro de que ese chimpancé se está interesando en ella.

—¿Y cómo piensas alejarlos? —Sam me miró de forma burlona en lo que comía su chocolate.

—Habla en plural —dije—. Cómo pensamos alejarlos... Y no sé. No tengo muchas ideas.

El gordo lamió cada uno de sus dedos, ahora repletos de dulce.

—Ya sé —dijo—. Ve a orinar alrededor de ella para marcar tu territorio.

Entrecerré los ojos y torcí la boca para hacer notar mi enojo.

—Esto es serio, Sam.

—Pero Suhail tiene derecho a salir con chicos.

Me crucé de brazos.

—Pero no con Edgar —sentencié y me volví para ver de nuevo el patio del colegio. Evalué a varios candidatos—. Yo mismo le buscaré a alguien.

¿Qué te parece aquel idiota de anteojos? —lo señalé—. Parece buen tipo.

Sam lo miró ceñudo.

—Está en primero y es demasiado nerd.

—Ahí está. Perfecto para Suhail.

El gordo continuó relamiendo lo poco que quedaba de su chocolate.

—A decir verdad, tampoco me gusta Edgar para Suhail —admitió.

Miré otra vez de frente al gordo:

—¡Ajá! ¿Verdad que no? —celebré.

—Y tú tampoco me gustas para ella. Es demasiado para ambos.

Abrí ligeramente la boca y vi a Sam con nuevos ojos.

—¿Cómo?

—He estado leyendo poesía —dijo, pensativo—. Y concluí que Suhail es poesía, mientras que tú eres una canción de rock.

—Hay poesía en el rock —me defendí.

—Déjame terminar —Sam cambió su peso de un pie al otro—. Eres una canción de rock, sí. Pero de esas estridentes que casi no se entienden a menos que la escuches poniendo toda tu atención en ello.

—¡Eso es heavy metal! —protesté—. Y deja de leer tanta basura, Sam —

agregué, porque no sabía qué más decir. El gordo me hacía sentir que no tenía derecho de alejar a Edgar de Suhail.

Y es que no tenía derecho de alejar a Edgar de Suhail. Pero es que...

—Le va a hacer daño —le dije a Sam, como última oportunidad de convencerlo de que me ayudara.

El gordo me miró pensativo.

—Pero a ella le gusta. Algo bueno tuvo que ver en él.

—Y Bill Didier me lo pidió —continué—. Ya sabes, que vigile a Suhail.

Eso incluye que Edgar no se acerque.

—Max. —Mi amigo se mostró serio—. En lugar de preocuparte por cómo ve Edgar a Suhail, resuelve tú tu mierda con ella.

Y después de decir eso se marchó.

Abrí mucho la boca. El gordo acababa de usar la palabra mierda. Lo que, en mi experiencia, quería decir que era una petición seria. Y me dejó solo. Se marchó dejándome solo con mi «mierda».

—¡Sam! —lo llamé—. Maldita sea... ¡SAM!

No regresó. No regresó y comprendí que también se sentía molesto porque Eric y yo, por salir con chicas, cada vez le poníamos menos atención a Los Raptores.

Me abrí paso hasta la cafetería y cuando llegué busqué una mesa continua a la de Ling y Suhail. «No puedo», me dije. No puedo acercarme a Suhail y decirle que siento «cosas» por ella.

«La cosa». Me reí y decidí que era buen nombre para describir mis sentimientos por Suhail.

Tenía catorce años y lo que sentía abarcaba mucho más espacio de lo que, en comparación, me hicieron sentir alguna vez Jessica, Sylvi, Olivia y Angie juntas. Y me daba miedo. Tanto miedo que no me sentía capaz y lo suficiente valiente como para lidiar con eso. Y por consiguiente me frustraba.

Era como sentir vergüenza de reconocer públicamente que te gusta la espinaca. Todos dirían: «Ay no, ¿te gusta la espinaca? La espinaca es fea».

Porque es fea. A casi nadie le gusta la espinaca.

Así era como me sentía: malditamente confundido. Era demasiado en que pensar siendo aún tan joven. Sin embargo, eso no evitó que llamara mi atención ver a Edgar sacar con valentía el pecho y sentarse en la misma mesa que Suhail. Al lado de Suhail. Busqué entre los presentes a Sam, pero no lo vi por ningún lado. Le quería hacer saber que lo de orinar alrededor de Suhail ya no me parecía tan mala idea.