Max & Suhail
166. Suhail
Caridad.
«Obsequiaste será la...»
La cámara aún enfocaba a Suhail: ella mostrando su vestido, ella jugando con globos, ella bailando...
Se veía tal como la vi por primera vez: fea.
Entonces todavía no despertaba ningún sentimiento de afecto en mí; sin embargo, mirándola comprendí algo: me enamoré de Suhail a medida que la fui conociendo. Con el tiempo lo físico aportó mucho, claro; pero fue más el hecho de conocernos mejor el uno al otro. Hemos pasado por tanto. Tanto.
—Tengo más vídeos así —avisó Miranda, buscando más dentro de una caja.
No, no iba a torturarme. Por lo que salí de mi cama, caminé hasta la pared que sostenía el televisor y lo arranqué...
—¡MAX! —gritó mamá, asustada, pero hice caso omiso; y, cargando con el televisor que aún mostraba a Suhail, me acerqué a una ventana y lo dejé caer. En el acto se desconectó del enchufe y también se pasó llevando un florero.
Los ojos y la boca de Miranda no podían estar más abiertos.
—¡MAX SOLATANO!
Sin nada para decir, regresé a mi cama y volví a colocar la almohada sobre mi cara preguntándome dónde estaría en ese momento de no haber conocido a Suhail Didier.
166. Suhail
Me hallaba en la mesa de comedor escribiendo una nota en mi blog hasta que decidí leer las noticias del día. No había tenido tiempo y, pese a vivir lejos, trato de estar informada de lo que sucede en Ontiva.
Terminé de actualizarme con cada cosa y, dudosa como me siento ahora, tomé el teléfono para llamar a mamá. Ella respondió después de tres intentos. Como siempre.
—Princesa —saludó, con un susurro. Con culpa.
La escuché estando de pie, deambulando de un lado a otro frente a mi laptop sintiéndome por demás ansiosa, tensa... En ese momento estar viva me dolía.
—Mamá.
No dije más.
—¿En qué puedo ayudarte?
La nota de dolor en su voz me confirmó que ella también lo había leído. «Lo leyó y no me llamó», de modo que a mi pesar esa llamada no sería tan breve como las demás. No sería un breve «Hola, ¿cómo estás?
Adiós».
—¿Leíste? —Me costó decirlo. «No llores. No todavía»—. ¿Leíste el periódico de hoy, mamá?
—Sí.
Hubo una pausa. El infierno estaba en calma en ese momento. No obstante, conteniendo mis lágrimas, llevé una mano a mi boca y cuando estuve lista seguí hablando.
—¿Era... él?
Me coloqué frente a la laptop y volví a releerlo todo.
Gael Conti, de 40 años, fue encontrado muerto cerca de un río al sur de la ciudad. Años atrás había cumplido condena por intento de abuso sexual a una menor...
—Sí, Suhail, es él.
Al hombre lo habían golpeado en la cabeza hasta matarlo.
Contuve unos segundos mi respiración.
—¿Por qué, mamá? —le pregunté, sintiendo lágrimas deslizarse con dolor sobre mis mejillas. Me estaba desmoronando.
—Suhail.—Mamá también lloraba y, por lo que escuché, de una forma más dolorosa. En mí había dolor... en ella culpa.
—¿Por qué nunca te disculpaste? —le reclamé.
—Princesa...
Las lágrimas no dejaban de caer con fuerza.
—Nunca he sido tu prioridad, mamá. Creo que hasta te alegró que el juez le haya dado mi custodia a papá.
—Suhail...
—¡Te quitó una gran responsabilidad de encima, mamá! —Apreté con fuerza mis dientes.
—Suhail, Dios... —También escuché a mamá desmoronarse.
Sujeté con fuerza el teléfono y me incliné sobre la laptop para ver otra vez la foto del hombre ahora muerto. «Desgraciado».
—Nena...
—¡Nunca te disculpaste! ¡Nunca!
Y huyó cuando más necesitaba de ella.
Me percaté de que había agua sobre el teclado de la laptop. «Lágrimas».
Furiosa, también golpeé el teléfono contra este y saqué ambos objetos de la mesa con un bofetón. Ahora la laptop y el teléfono estaban sobre el suelo...
…y yo con ellos.
La muerte hubiera sido más misericordiosa que el dolor que estaba sintiendo.
Va y viene, nunca lo superas del todo; va y viene... algunos días se siente más que otros.
—¿Suhail? —Ni siquiera escuché a Finley abrir la puerta—. ¡Suhail!
Él corrió a abrazarme, pero lo aparté. No podía más. No más.
—¿Estás bien? —Me miraba con preocupación. Mi cuerpo temblaba—.
¡Suhail, háblame!
Metí la cabeza entre mis manos y seguí llorando hasta que tuve la fuerza necesaria para que las palabras volvieran a salir.
—¿Por qué tiene que volver esto? —me pregunté en voz alta—. ¿Por qué no puedo solo poner mi mente en blanco y empezar de cero? —Lloré aún más fuerte. No había límite—. ¿Por qué tienen que quedar cicatrices? ¿Por qué?
—Dios, Suhail, solo dime qué pasó. —La voz de Finley era un ruego.
«Pasó todo, Finley. Todo».
Me incorporé, levanté del piso la laptop, la coloqué de nuevo sobre la mesa e hice que Finley se sentara frente a esta; luego yo hice lo mismo, colocando la silla de manera que me permitiera verle de frente a él.
Primero le pedí leer la nota que publicó el periódico de Ontiva.
—¿Qué... es esto? —Me miraba y leía, así muchas veces.
—Ese hombre puso sus manos sobre mí cuando era niña —expliqué, procurando no volver a perder la compostura.
—Lo lamento tanto, Suhail...
Quiso levantarse a abrazarme, pero lo detuve.
No iba a ser fácil.
—Lo hizo por descuido de mi mamá y ella nunca se disculpó. Nunca. Mi papá, por el contrario, sí lo hizo. Muchas veces me pidió perdón por no estar allí para impedirlo.
Finley me miró con compasión, pero iba a ser la última vez que lo haría.
—En verdad lo lamento.
—Pasé por mucho, Finley. Dejé de llamarme a mí misma «princesa», no quería verme bonita. Con los años encontré refugio en muchas cosas: los libros, la naturaleza, la oración, las letras... Sin embargo, pasó mucho tiempo hasta que me dejé tocar por alguien... La misma persona a la que le pedí que me protegiera.
Esta vez había duda en el rostro de Finley.
—Max —añadí.
—¿Max?
Cerré los ojos.
—Él... Primero ahuyentaba a mis pretendientes, era el único con el que yo me sentía segura. —Ahora las lágrimas también se alojaban en mi garganta
—.Es difícil de explicar, yo... confiaba en Max. Lo amaba —continué, ahora mirándole—. Él también a mí, pero me lastimó... Y duele mucho cuando la única persona a quien te entregas te lastima.
—Suhail, no entiendo. —Ya había temor en sus ojos.
«Perdóname, Finley».
—Me lastimó en un momento importante para ambos —seguí explicando
—. Nos estábamos conociendo de muchas formas... como hombre y…
mujer. Y luego vino aquí y afirmó que hizo lo que hizo porque me quería...
Aún me quiere... o eso dice.
—Termina de explicarte, Suhail. —La voz de Finley esta vez era una demanda. Como si tratara de reconocerme.
—Me acosté con mi hermanastro.
Él abrió su boca hasta que las palabras por fin salieron. No era él. Ya no era él.
—¿Co-co... Cuándo?
Su rostro era una lucha entre el asombro, la consternación y la repulsión.
El mío era una cripta vacía.
—Cuando vivía en Ontiva y la última vez... el día que me pediste matrimonio.
Él colocó sus manos sobre su cabeza y se levantó de la mesa. Lo perdí lentamente.
—¿Por eso te has comportado tan rara? —exigió, dejando caer sus manos.
Asentí con la cabeza con la misma actitud críptica—. ¡ Wow! ¡Debieron reírse de lo lindo de mí! ¡Ambos! ¡De lo lindo!
—No, Finley.
«No».
—Es evidente que no voy a confiar en tu palabra.
—Estoy arrepentida. Realmente arrepentida.
—¿Por qué no te marchaste con él?
—Porque me lastimó. Valoro más lo que tengo contigo.
—¿Lo valoras más? ¿En serio, Suhail? ¡Mírame! —Lo hice—. Eres una traidora.
—Finley, lo lamento —musité mientras al mismo tiempo apretaba mis manos una sobre la otra—. Si quieres terminar yo lo...
—¡Suhail, las invitaciones ya fueron enviadas! —Él estaba fuera de sí—.
¿Por qué...? —Contuvo su respiración unos segundos y luego lo soltó todo
—: ¿POR QUÉ NO LO DIJISTE ANTES?
—No pude —acepté, empezando a llorar de nuevo.
—¿Por esta razón has venido tarde últimamente? —demandó saber—.
¿Has estado con alguien más?
—Finley...
—¡HABLA!
Antes de responder me detuve a mirarlo un segundo, ya no era aquel hombre dulce que conocí una tarde lluviosa de Londres. Ya no.
—No, yo... voy por ahí a caminar. —Miré mis manos—. A pensar.
—A partir de hoy quiero que vengas directo para acá. ¡Para acá! —Asentí, limpiando mis lágrimas—. Yo... —Él empuñó su mano más hacia mí y cerré mis ojos esperando un golpe, aceptando ese golpe… pero no llegó—.
¡No quiero verte, Suhail! ¡No quiero!
«Iba a golpearme y se arrepintió».
Debería escribir un manual sobre cómo transformar a un hombre bueno en una bestia.
Abrí los ojos con vergüenza y temor y lo vi buscar sus llaves, las tenía en el bolsillo.
—Finley, yo quisiera...